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¿Qué están haciendo las derechas con las disputas memoriales sobre los 70?: entrevista con Valentina Salvi y Luciana Messina

por | May 23, 2026 | Entrevistas

Los años ’70 han sido un campo de disputa memorial y político en las últimas décadas. En esa disputa, los sectores de derecha transitaron desde cierta marginalidad a una renovada centralidad política en la actualidad. Conversamos con Valentina Salvi y Luciana Messina sobre esos temas a raíz de su último libro. 

Valentina Salvi y Luciana Messina, coordinadoras de ¿Qué están haciendo las derechas con los 70? (Siglo XXI, 2026).

A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que puso en marcha un plan sistemático de represión y exterminio implementado por las Fuerzas Armadas y de Seguridad, entrevisté a Valentina Salvi y Luciana Messina, que junto con un equipo de autores y autoras especializados en los estudios de las memorias y las nuevas derechas, analizan en el libro ¿Qué están haciendo las derechas con los 70? (Siglo XXI, 2026) las disputas memoriales sobre la violencia estatal y política en el pasado reciente.

Con la asunción a la presidencia de Javier Milei en 2023, las nociones de “guerra” y “excesos”, que remiten a un momento anterior de la transición democrática, pasaron de un espacio marginal en el debate público al eje central del discurso oficial. Esta narrativa se articula con otra de carácter transnacional, que es la categoría de “terrorismo”, que por su ambigüedad conceptual y temporal sirve para condenar a hechos y personas del pasado y del presente. Sin embargo, las autoras señalan que este desplazamiento memorial no debe ser entendido como un fenómeno aislado, ni eventual, ni tampoco un retroceso a un momento anterior al consenso en torno al Nunca Más, sino que hay una genealogía que hay que tratar de reconstruir.

¿Qué hizo posible que a 50 años del golpe militar en el país del Nunca Más, los Juicios a las Juntas Militares, las madres y abuelas de Plaza de Mayo, los nietos y nietas recuperados, los espacios de la memoria que antes fueron centros clandestinos de detención y los juicios a los crímenes de lesa humanidad, resurgieran con fuerza memorias que banalizan, relativizan e incluso justifican la violencia del Estado?

Luciana Messina (LM): Este resurgimiento no comenzó en 2023, cuando Milei eclosiona en el espacio público ni se circunscribe al debate presidencial, donde habla de “guerra” y “excesos”, sino que tiene una genealogía que es la que tratamos de reconstruir en el libro. Por eso, abarcamos un período de veinte años para desarmar la perplejidad en torno a cómo fue posible esto en el país que había desarrollado una multiplicidad, diversidad y gran cantidad de políticas de memoria. Tiramos de distintos hilos, como actores, narrativas, y prácticas que habían empezado a emerger de manera aislada, fragmentaria, marginal, en muchos casos, y cómo fueron creciendo y articulándose en distintas coyunturas: 2008, 2015 y 2020, con la pandemia, y tomaron cuerpo en un gobierno que dio lugar a narrativas y significantes que habían quedado desacreditados. Si bien hubo muchas tensiones en la transición democrática, estas habían quedado impugnadas como efecto del Nunca Más y el Juicio a las Juntas.

Valentina Salvi (VS): Estas narrativas que finalmente tienen un lugar en la actualidad, componen una genealogía que se remonta a la dictadura e incluso es previa a ella, porque traen un lenguaje de la doctrina de la seguridad nacional. Algunos se refieren a estas memorias como subterráneas, pero nosotras elegimos definirlas como residuales y marginales: residuales porque parecía que iban quedando referidas a un pasado y que no tenían espacio de interpelación en los distintos presentes, como los 80, 90 y 2000, y marginales porque quedaban circunscriptas a las dependencias militares, es decir, que eran parte del núcleo duro de la memoria militar. Sin embargo, estas memorias empiezan a salir al espacio público en la medida en que van trayendo esos sentidos que son propios de la dictadura, pero también los van reactualizando y articulando con nuevas significaciones, básicamente dos giros: el primero, sería el giro hacia la narrativa humanitaria que tiene la memoria militar, que implica recentrarse en la figura de las víctimas y no de los vencedores, y el otro giro refiere a la noción de “terrorismo” como categoría de interpelación para poder nombrar la violencia política de los años 70. En ese contexto, significantes que son de largo plazo encuentran las condiciones políticas para que distintos actores, que pueden ser intelectuales, organizaciones de memoria completa o fuerzas políticas de derecha, vayan articulando y tomando esa discursividad, porque hay condiciones históricas de estas coyunturas donde eso va fraguando siempre en tensión, en un contexto de polarización política que se va agudizando en términos de kirchnerismo y antikirchnerismo.

Ustedes hacen referencia a la historicidad de las memorias políticas sobre el pasado reciente y reconocen dos momentos: un período que es el del régimen de memoria ciudadana, que va de la transición democrática hasta mediados de la década del 90, y un segundo periodo de régimen de memoria militante (en clave humanitaria) que se inicia en el 95 y recupera la subjetividad de los desaparecidos vinculada a la práctica política. La presencia de este régimen no se tradujo en el desplazamiento de la memoria ciudadana, más bien coexistieron ambos regímenes. ¿Por qué consideran que sucedió esta coexistencia? ¿Por qué no hubo una mayor ampliación en el debate público de esta memoria militante? A propósito, ¿están de acuerdo con la reflexión que hace Pilar Calveiro acerca de la responsabilidad militar de las propias organizaciones armadas en la escalada de violencia y la falta de autocrítica especialmente de parte de las conducciones?

VS: Ese problema es el telón de fondo que merece una investigación en sí misma, que es esa tensión entre las memorias: la memoria ciudadana, que es aquella que pone el énfasis en las instituciones para construir un discurso basado en derechos y que llega hasta el día de hoy,  que de manera general denominamos el legado del “Nunca Más”. Después, surge la memoria militante, que reconoce las prácticas militantes y que activa a los familiares y tiene eco en las propias memorias de la política que están anudadas con las políticas de memoria durante el kirchnerismo. Es decir, es muy difícil pensar que las políticas de memoria no traen algo de las memorias de la política, es decir, de las memorias del hacer político. El kirchnerismo es la articulación de esas dos cosas. Por eso, el kirchnerismo es ese telón de fondo donde al mismo tiempo que se traía la memoria ciudadana, en clave de derechos humanos, también se reconocía a la generación diezmada, a los jóvenes.

«Hay una suerte de orden del discurso en el que muchos actores se pueden reflejar y las organizaciones de “memoria completa” también se reflejan en ese universal de los derechos humanos para traccionar esa narrativa humanitaria para sí misma y disputársela a los organismos». (Valentina Salvi)

Si bien aparece esa memoria del hacer político, pareciera que no se ponen sobre la mesa las contradicciones que había al interior de esas memorias.

LM: Yo creo que algunos textos traen eso, por ejemplo, la creación de la revista Lucha Armada. Se trata de historizar y esquematizar en esos dos momentos, en donde la figura central es la víctima inocente, la hipervíctima, que predomina en el espacio público y en el sentido común, pero emergieron a mediados de los noventa una cantidad de relatos que reivindican la práctica política y militante, en algunos casos sosteniendo la lucha armada. Es decir que son víctimas pero con accionar político, ideales y un horizonte de transformación. Eso no desplaza a la centralidad de la víctima, pero esas memorias de la política, que también son prácticas en el espacio público, eclosionan fuertemente en 2001 y se articulan con las políticas de memoria. En síntesis, las políticas de memoria no son sin esas memorias de la política.

¿Por qué algunas organizaciones, como Memoria, Encuentro y Verdad, fueron críticas de la política del gobierno kirchnerista y hoy coinciden también, por ejemplo, con Claudia Hilb, que al final de un artículo dice “que la aparición en la escena pública de personas como Victoria Villarruel y las demandas de las derechas se deben, en parte, a una construcción partisana de la memoria llevada adelante por el kirchnerismo”. ¿Hay un “tabú” sobre el accionar de las organizaciones armadas y las narrativas públicas de la memoria? ¿Cómo se puede tramitar eso desde lo público? ¿El Estado tiene que participar o no de las políticas de la memoria?

VS: Esa lectura me parece unidimensional, porque le quita agencia a los propios actores de las organizaciones de “memoria completa”. Estos agentes sí tenían cosas para reivindicar y colocar en el espacio público y vienen militando desde los 90 por el reconocimiento de su discurso y no sólo el reconocimiento de sus víctimas, sino también instalar la noción de “guerra” como categoría que explique lo que pasó en los años 70 y otros efectos de eso, como es quitarle responsabilidad a las Fuerzas Armadas y explicar el golpe de Estado como una respuesta a la violencia anterior. Decir que la aparición de Villarruel se debe solo a una suerte de mirada partisana del kirchnerismo es no entender la complejidad de un proceso en el que funcionan tres cosas. Por un lado, es esa suerte de disimulación del kirchnerismo para hablar de la lucha armada o de la incapacidad de producir un discurso respecto de eso. La segunda cuestión es la agencia de estos actores y la tercera cuestión es la capacidad que tiene el discurso de los derechos humanos para que todos los actores se reflejen en él y busquen traccionarlo para sus propios intereses. Es decir, ahí también hay una suerte de orden del discurso, como dice Cinthia Balé, en el que muchos actores se pueden reflejar y las organizaciones de “memoria completa” también se reflejan en ese universal de los derechos humanos para traccionar esa narrativa humanitaria para sí misma y disputársela a los organismos. La posición de Claudia Hilb yo creo incluso que es partisana en el punto en que asume una categoría nativa y la expone.

LM: Para mí es clave el desconocimiento de la agencia de esos propios actores, como si solamente fuesen un efecto de las políticas de Estado, que además lo coloca en el lugar del amo. El problema estaría en las faltas que cometió el kirchnerismo. ¿Cómo no hizo todo bien? Bueno, hizo lo que hizo y además tendrá sus críticas. En ese hacer habrá aciertos y errores, pero no se puede desprender de allí la consecuencia del ascenso o la resonancia de los factores.

VS: Por otro lado, a mí me parece que la noción de “tabú” es un poco fuerte para pensar lo que es el silencio o el silenciamiento de algunos aspectos que llevó adelante el kirchnerismo. No estoy de acuerdo con decir que eso es un “tabú”, porque hubo mucha producción y discusión respecto de la lucha armada. Al mismo tiempo, el propio posicionamiento del discurso de Hilb, como vos mencionás, también reconoce sus propias memorias políticas en el alfonsinismo. Para nosotras es importante no separar las políticas de la memoria de las memorias de la política e imaginar que las políticas de memoria pueden ser un universal donde todos nos reflejemos es muy complicado. Es una hipótesis solo pensable en términos teóricos, pero no en términos históricos.

Imagen de portada del libro coordinado por Luciana Messina y Valentina Salvi.

Entonces la idea de “memoria completa” también es como un imposible. ¿Cómo sería una “memoria completa” en que todos se ven reflejados?

VS: Pensar que la política de memoria puede ser un universal absolutamente desencajado, desterritorializado, desenraizado de un particular es no entender los procesos históricos.

LM: Además, esas políticas de memoria fueron traccionadas por ciertos actores sociales que hacían política en el presente, pero que también narraban sus prácticas políticas del pasado. No es que el Estado dijo: “bueno, a partir de ahora…” Durante el kirchnerismo una cosa muy discutida también por varios intelectuales era el acceso a cargos como exmilitantes o funcionarios o militantes de los rangos de derechos humanos que se transformaban en militantes. Ahí hay un lugar de creación de políticas que vienen de la mano de los actores que históricamente utilizaron esas políticas. Hubo entonces una creación de gestores, si se quiere híbridos, en el sentido de que tenían compromisos militantes con organizaciones de derechos humanos o compromisos con las prácticas políticas de los 70. Por ello, la crítica o la pretensión de que el funcionario tenga solo un compromiso técnico es improbable, porque las políticas de derechos humanos comprometen subjetivamente a los que la llevan adelante.

VS: También es cierto que ese momento fundacional de la transición en el 83 sigue siendo visto e imaginado como el lugar de emergencia de las instituciones sin política. Existe una idea pura, sin política, por eso a veces nosotras discutimos esta idea de los usos políticos de la memoria o los usos políticos del pasado, como si fuera una separación metafísica entre el ejercicio de la política y la evocación del pasado. Estos usos están articulados, porque la cultura y la política traen sus memorias políticas, sus propias tradiciones, y la derecha está haciendo eso: trae su propia tradición.

Respecto al tema de las derechas que impulsan la consigna de “memoria completa” y que pasó a ser central en el debate público sobre lo que ocurrió en los 70, ustedes dicen que hay una incompatibilidad entre la recuperación de la noción de “guerra” para dar cuenta de la violencia como un todo indiferenciado y el rescate de la perspectiva humanitaria para recordar a las víctimas del terrorismo de las organizaciones guerrilleras. Así, desde el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas (CELTyV), liderado por Victoria Villarruel, se pasa del significante “subversión” al de “terrorismo”. ¿A qué se debe este desplazamiento semántico? ¿Hay una búsqueda de distanciarse de la reivindicación pública de la última dictadura? ¿Es posible que con la llegada de Villarruel al Poder Ejecutivo Nacional, los tribunales argentinos adopten las figuras de lesa humanidad para los delitos cometidos por las organizaciones guerrilleras?

LM: No, esa es una disputa que se dirime en el ámbito judicial. Pero volviendo al nudo de tu pregunta, la memoria militar ya venía haciendo uso del lenguaje de los derechos humanos. Asimismo, en el capítulo de Cristian Palmisciano, se analiza el pasaje de los muertos por la subversión a las víctimas del terrorismo. Villarruel encuentra un nicho para poder hacer visible su demanda a través de la categoría de víctima, que tenía unidad social, o sea, que tenía resonancia. Bueno, estas víctimas no tienen reconocimiento. A partir de ahí empieza su camino de buscar la reparación.

VS: La incompatibilidad es más bien en términos históricos. Es decir, la noción de “guerra” para el núcleo duro de la memoria militar describía “combatientes”, no se hablaba de “víctimas”. Había dos bandos combatientes. Entonces, la noción de “guerra” articulaba con esas ideas. Con la transición, la Conadep y el Juicio a las Juntas hay una transformación —escrita en la Causa 13/84—, donde la noción de “guerra” es reemplazada por la noción de “terrorismo de Estado”. ¿Qué trae la noción de “guerra”? Responsables, victimarios y víctimas. La memoria militar sigue con la noción de “guerra”, pero hace una operación bastante compleja, que es sostener la “guerra” ahora articulada, ya no mostrando la disputa entre combatientes, sino trayendo la noción de “víctima”. Y ahí es cuando se produce ese pasaje de muertos por la subversión a víctimas del terrorismo.

«Nosotras discutimos esta idea de los usos políticos de la memoria o los usos políticos del pasado, como si fuera una separación metafísica entre el ejercicio de la política y la evocación del pasado. Estos usos están articulados, porque la cultura y la política traen sus memorias políticas, sus propias tradiciones, y la derecha está haciendo eso: trae su propia tradición». (Valentina Salvi)

Retomando el artículo de Matías Grinchpun: ¿qué tan significativo es el rol de los libros en las disputas por la memoria? ¿Es posible presentar a las Fuerzas Armadas en términos heroicos y al mismo tiempo reivindicar los derechos humanos de los desaparecidos? ¿Cómo es este dilema?

LM: Respecto a los libros, me acuerdo de estar viendo La Misa en 2022, dirigido por el Gordo Dan, cuando eran totalmente marginales y no los escuchaba nadie. Allí, uno de los panelistas decía: “Yo una vez estaba en la casa de mis padres y encontré en la biblioteca este libro de Márquez y lo empecé a leer”. Es el libro como disparador y como vehículo de transmisión. Eso que aparecía invisibilizado circulaba ya no solo en el ámbito castrense. También lo vemos en el capítulo de Ezequiel Saferstein, “La batalla cultural”, donde se percibe una transmisión silenciosa, que encontró en los libros otros canales de emergencia. Algunos libros, como los del Tata Yofre, fueron best sellers y tuvieron efectos, aunque quizá no inmediatos, en esas generaciones que se sentían engañadas.

VS: Además representan el lugar del saber. Son utilizados como una reproducción de verdad. El movimiento de derechos humanos está totalmente atravesado en sus luchas por un conjunto de mediaciones e instituciones, que desde el EAAF (Equipo de Argentino de Antropología Forense) hasta el Poder Judicial, van confirmando sus demandas y sus discursos. O sea, hay un entramado. En cambio, en la posición de la “memoria completa” no existe ese entramado o al menos no hay una referencia en los juicios sobre lo sucedido en la década del 70, sino que aparecen libros como soporte de un discurso objetivo verdadero. ¿Y cómo logran compatibilizar dos cosas, que, en principio, desde la transición son incompatibles? Eso muestra el carácter nativo de esa articulación, que pretende reivindicar a las Fuerzas Armadas como salvadoras y, a su vez, reconocer a los desaparecidos como víctimas. Esa es la ilusión de la “memoria completa”.

Respecto a la política de la memoria llevada adelante por el macrismo, que ustedes tratan en un capítulo, se observa un cambio de discurso que plantea la no intervención del Estado en el debate sobre la memoria. ¿Cuáles fueron las consecuencias de esa deskirchnerización y la estigmatización de los organismos de derechos humanos? ¿Y en qué medida se habilitaron lo que Ludmila Da Silva Catela denomina las memorias denegadas?

VS: Ahí me parece que hay una aspiración de parte de la gestión de Cambiemos de que las memorias se diriman en el terreno de la sociedad civil y que el Estado pueda operar como reflejo de la pluralidad propia de ese debate. Nosotras vemos que esa es la aspiración de Cambiemos, pero en la medida de que llevan adelante sus propias políticas la noción de derechos humanos, esa categoría universal normativa, empieza a ser desanclada de un histórico particular ubicado en la década del 70 y en las transiciones y trae toda la historia de la dictadura para rearticularla con nuevos particulares. Así se pierde su condición de excepcionalidad, para articularla con otras víctimas: incluyen a las víctimas de las organizaciones armadas y otro tipo de víctimas, como accidentes de tránsito, violencia obstétrica, víctimas de delitos comunes, etc. Entonces, la pregunta es: ¿al articular ese universal con esas otras víctimas se vuelve más plural o pierde su especificidad? ¿O los derechos humanos pueden ser el discurso con el que se pueda dar respuesta a todo eso? ¿Incluso la situación de Luis Chocobar? Eso es lo que proponía Cambiemos.

LM: Lo que sucede ahí, es que históricamente el campo de los derechos humanos y la memoria están entrelazados, tanto sus actores, como sus prácticas y sus narrativas. El efecto que tiene en el discurso de Cambiemos es ser más plural, pero en realidad lo que se está poniendo en juego es la desdiferenciación del crimen de Estado respecto del crimen común. Todas las víctimas son reconocidas, pero se borran las diferencias. Lo que había sido fundamental para la definición de víctima, que era haber sido avasallada en sus derechos por el Estado, se desdibuja.

La vicepresidenta Victoria Villarruel encabezando un acto en homenaje a las «víctimas del terrorismo».

 

En uno de los capítulos mencionan las piezas audiovisuales que buscan posicionar al gobierno respecto al pasado reciente, por ejemplo, en 2025, Agustín Laje decía: “Este 24 de marzo rompamos con el relato impuesto y reivindiquemos nuestro derecho a conocer la verdad completa”. Se promueve una reconfiguración de la cronología en la cual la violencia ejercida por las organizaciones guerrilleras provocó el golpe de Estado y justifica los secuestros, torturas y muertes como “excesos” en el marco de una “guerra”. Incluso, este último 24 de marzo de 2026 se presentó el testimonio de la nieta recuperada Mirta Fernández, un caso muy particular, que niega los delitos cometidos por su padre condenado a cadena perpetua, y critica el accionar militante de la madre que la parió engrillada en la ESMA. ¿Cómo es esta resignificación del pasado reciente, que pareciera definir quién tiene derecho a narrar y legitimar el pasado? ¿Cómo es posible construir una “memoria completa” que relativiza la memoria social construida en torno a los desaparecidos y al terrorismo de Estado?

VS: La memoria completa es un imposible. La propia genealogía de la memoria completa es hacer foco en algunos aspectos y nuevamente obliterar otros. Se reivindica, se reconoce, se evoca la guerra, el conflicto y la violencia de los 70, pero se va progresivamente desresponsabilizando a las Fuerzas Armadas. Se la piensa solo como respuesta, como espejo de esa primera violencia.

LM: Yo creo que en el video se pueden observar dos elementos. Primero, que esos videos tal vez no llaman la atención de nadie, o sea, no convocan a nadie. Me parece que todos tenemos derecho a narrar el pasado en función de nuestra experiencia, vivencia y verdad; me parece que eso no merece una opinión. Sí considero que hay que decir y tratar de poner las verdades en su lugar, en el sentido de combatir el relativismo. ¿De qué verdad estamos hablando? ¿Qué otra verdad estaría impugnando este relato, si es que impugna algo? Me parece hay que reivindicar y poner en su lugar histórico la verdad. La tensión entre la verdad individual y la verdad colectiva se pone en acto en estas situaciones. La verdad colectiva fue elaborada a lo largo de 40 años y pasó por distintas mediaciones institucionales y actores, desde el EEAF hasta el aparato judicial. Hubo distintos momentos en que diversos actores testimoniaron y fueron construyendo una verdad en torno al pasado, que no es impugnable a partir de un testimonio. La verdad histórica de una sociedad pasó por un montón de mediaciones.

VS: La propia figura de la víctima lo que trae aparejado es la hipervalorización del testigo. Eso es un efecto del gran peso que tiene la figura de la víctima como gran ordenador de estos debates. El testigo viene y cuenta su historia. Esa es su fuente de verdad, pero para que sea su fuente de verdad, a su vez, necesita un conjunto de mediaciones institucionales que pongan ese relato en una serie con pruebas, sentencias judiciales, saberes peritales, saberes académicos. Así se va construyendo una serie, un conjunto de mediaciones, y pasamos del discurso íntimo, particular, a un discurso de orden social y colectivo. Esa es una verdad social. El relato que ella construye no está hablando del carácter criminal de las acciones de su padre, que están probadas en la justicia en cinco juicios. O sea, que en sede  judicial es un testimonio que atravesaría otras interrelaciones. Entonces, es un relato individual, emocional, particular, pero ese relato hace serie cuando se articula con un conjunto de mediaciones que lo convierte en un relato verdaderamente reconocido en términos sociales. Ahí, en ese video hay una hipostasia, porque se pone en primer plano ese carácter subjetivo, que en esos términos no se lo puede cuestionar, es su verdad particular, familiar, pero en términos sociales sí, porque ella no reconoce la acción criminal e incluso la justifica.

«Nosotras analizamos los límites del legado del Nunca Más: cómo dejó de interpelar o si dejó de interpelar con la misma fuerza a las nuevas generaciones. Es probable que sí, pero eso no permite concluir que todos los jóvenes sean libertarios y que estén a favor de la dictadura militar». (Luciana Messina)

Relacionaba esta hipervalorización de los testigos con los libros del Tata Yofre y los documentos: se valora el libro porque tiene los documentos, los “pelpas”, “los factos”, eso es lo que vale.

VS: ¿Cómo son los procesos de objetivación de esos discursos? Bueno, hay una pretensión performática en el video, cuando ponen a alguien a decir su verdad. La pretensión performativa es que porque está en la Sala de los Espejos se constituye en un relato reconocido. Como sociedad construimos muchas más mediaciones judiciales, institucionales, en términos académicos, peritales, para ver si efectivamente ese discurso subjetivo se puede constituir en un discurso verdadero. El tema es que la derecha también ataca las instituciones como la justicia, ataca los saberes académicos, los relativiza. Entonces, va de la mano de otros procesos que son contemporáneos y que ponen a ese discurso en ese lugar sobredimensionado. Las otras son mediaciones producidas colectivamente que le ponen un límite a ese ejercicio del poder, que se produce tanto cotidianamente como en esta forma de evocar el pasado. Aunque ella diga que su padre la crió con amor ¿nos alcanza para borrar el carácter criminal de la acción del padre? Y no, no lo digo yo, lo dice el derecho.

Para cerrar, retomo la siguiente reflexión que hacen sobre el avance de las derechas radicalizadas y la reconfiguración de las representaciones sobre la memoria de los 70.  Ustedes se preguntan, ¿los sentidos y representaciones que banalizan e incluso justifican las violaciones a los derechos humanos cometidos durante la última dictadura militar, lograrán consolidarse con el tiempo y tendrán capacidad de producir identificaciones en un amplio sector de la población?

LM: En principio, lo que podemos decir es que la apuesta radicalizada de Márquez, Laje, La Misa y compañía no es algo que podemos trasladar a todos los votantes de Milei o a los jóvenes que los siguen. No hay que hacer una traslación mecánica. El desafío es indagar en esas audiencias, en las militancias y ver qué límites tienen.

Hay algo de la movilización en la plaza del 24 de marzo de este año que contradice y muestra las limitaciones de los discursos de derecha. Asimismo, nosotras analizamos los límites del legado del Nunca Más: cómo dejó de interpelar o si dejó de interpelar con la misma fuerza a las nuevas generaciones. Es probable que sí, pero eso no permite concluir que todos los jóvenes sean libertarios y que estén a favor de la dictadura militar.

Víctor Sabanes

Víctor Sabanes

Víctor Sabanes es editor y sociólogo.