Entre lo inevitable de las conmemoraciones y la necesidad de leer críticamente nuestro pasado, nos encontramos ante un nuevo 25 de mayo. En diálogo con las historiadoras Sara Mata, Gabriela Tío Vallejo y Valentina Ayrolo y el historiador Gabriel Di Meglio, intentamos recorrer los puntos más relevantes de ese hito central en nuestra historia.

PH: Mariana Poggio. Cortesía de Nora Iniesta de su muestra «Celeste Bandera» en el Museo Histórico Nacional del Cabildo de Buenos Aires y de la Revolución de Mayo.
Las fechas conmemorativas están atravesadas por tensiones propias de su lugar simbólico en la historiografía nacional oficial y, por otro lado, la visión crítica de los historiadores académicos profesionales. La narrativa teleológica y encomiástica choca, en ocasiones, con miradas que intentan complejizar el pasado y analizar las múltiples aristas que lo configuraron. No obstante lo cual, hay espacio para que ambas lógicas confluyan, sin restar importancia a los acontecimientos que se celebran, pero dando cuenta de matices y contrapuntos propios de los procesos históricos.
Con ese objetivo, desde La Vanguardia, le propusimos a distintas historiadoras e historiadores conversar sobre la relevancia de aquella semana de mayo de 1810, enmarcarla en un proceso histórico más amplio y discutir sobre los nombres propios que protagonizaron esos días, desde los miembros de la célebre Primera Junta hasta otros menos recordados. Para ello, recurrimos a historiadoras e historiadores con una sólida trayectoria profesional, especialistas en el período y, como agregado, afincadas y afincados en distintas latitudes de nuestro país.
«Si bien el 25 de mayo puede leerse en el marco del camino hacia la independencia hacerlo limita la comprensión del evento y del contexto. Pero sobre todo recorta la posibilidad de pensar los problemas que se plantearon en ese momento y que van a atravesar, por lo menos, la primera parte del siglo XIX». (Valentina Ayrolo, profesora titular de la UNMdP e investigadora del Conicet)
25 DE MAYO, ¿ANTESALA DEL 9 DE JULIO?
Argentina tiene dos efemérides de idéntica estatura simbólica con un sexenio de distancia entre una y otra: el 25 de mayo de 1810 y el 9 de julio de 1816. La segunda de estas fechas, como desenlace de ese proceso, fungió de marca que significaba ese mayo de 1810 como un paso necesario en la conquista de la añorada independencia del Imperio español. No obstante, la historiografía ha contribuido a desanudar ese hilo rojo que unía de forma acrítica ambos hitos.
En tal sentido, Sara Mata, autora de Los gauchos de Güemes. Guerra de Independencia y conflicto social (Sudamericana, 2008), explica: “El 25 de mayo se conmemora la formación de la Primera Junta de Gobierno en 1810 en Buenos Aires, capital del virreinato del Rio de la Plata, la cual desconoce la Regencia instaurada en Cádiz y destituye al Virrey Cisneros. Este acontecimiento político ha sido y es interpretado como el grito de libertad política y el nacimiento de la patria y de la nación argentina. Este relato reconoce sus orígenes en los primeros ensayos historiográficos del siglo XIX. Obviamente, en las últimas décadas la creación de la Junta de Gobierno el 25 de mayo de 1810 ha sido revisitada desde nuevas perspectivas ofrecidas por la historia política”.
En la misma clave, la historiadora Gabriela Tío Vallejo, Profesora Titular de la Universidad Nacional de Tucumán e investigadora del Conicet, señala que: “De independencia no se habla hasta el congreso de Tucumán, en todo caso de autogobierno o de un nuevo contrato con el rey. 1816 es un momento muy distinto: se ha restablecido en el trono a Fernando VII como rey legítimo de España y sus territorios americanos, la guerra fracasó en Paraguay y el Alto Perú y el proceso mismo de la guerra queda en una situación de ilegitimidad con la vuelta del rey. La opción es declarar la independencia o ser juzgados como traidores en caso de perder la guerra”.
«De independencia no se habla hasta el congreso de Tucumán, en todo caso de autogobierno o de un nuevo contrato con el rey. 1816 es un momento muy distinto: se ha restablecido en el trono a Fernando VII como rey legítimo de España y sus territorios americanos, la guerra fracasó en Paraguay y el Alto Perú y el proceso mismo de la guerra queda en una situación de ilegitimidad con la vuelta del rey». (Gabriela Tío Vallejo, profesora titular de la UNT e investigadora del Conicet)
No obstante esto, el historiador Gabriel Di Meglio, ex Director del Museo de Historia Nacional e investigador del Conicet, observa: “El 25 de mayo es un quiebre muy importante que da inicio a la revolución, que años después da lugar a una independencia y también al fin del orden colonial. No hay que pensar ya más desde prisma de la independencia, ya que las distintas investigaciones mostraron que el proyecto de los revolucionarios de mayo, solo en un caso muy minoritario era la independencia total respecto de España, para la mayoría de los revolucionarios era un proyecto de autonomía dentro del Imperio Español. Es decir, dejar de ser colonia, dejar de depender de España, de la metrópoli, para elegir las propias autoridades y manejar la propia economía, pero eso les parecía compatible con que el rey, que en ese momento estaba prisionero de los franceses, volviera a su trono y reconociera una igualdad entre españoles y americanos. Es decir, que fueran un territorio de la monarquía que se gobierna a sí mismo. O sea, como, si querés, independiente dentro de una monarquía general”.
En contraste, la investigadora Valentina Ayrolo, Profesora Titular de la Universidad Nacional de Mar del Plata e investigadora del Conicet, agrega: “La Revolución de Mayo de 1810 es recordada como el inicio del proceso que llevará a la Independencia de las Provincias Unidas en Sud América, el 9 de julio de 1816. Si bien esto es cierto “con el diario del lunes”, como solemos decir, también lo es que la independencia no fue el propósito de la Revolución, ni estaba en el horizonte de quienes constituyen el gobierno en 1810. En ese sentido, si bien el 25 de mayo puede leerse en el marco del camino hacia la independencia hacerlo limita la comprensión del evento y del contexto. Pero sobre todo recorta la posibilidad de pensar los problemas que se plantearon en ese momento y que van a atravesar, por lo menos, la primera parte del siglo XIX”.
ENTRE LOS ACONTECIMIENTOS Y LOS PROCESOS

PH: Mariana Poggio. Cortesía de Nora Iniesta de su muestra «Celeste Bandera» en el Museo Histórico Nacional del Cabildo de Buenos Aires y de la Revolución de Mayo.
La historia anuda temporalidades múltiples, procesos heterogéneos y causalidades diversas. Las fechas, hitos simbólicos para la conmemoración, condensan mucho más que un simple acontecimiento: son punto de partida y de llegada de muchas transformaciones políticas, económicas y sociales. En tal sentido, el 25 de mayo no fue la excepción. Recurriremos a nuestros especialistas nuevamente para ver qué es lo que se puso en juego en esas jornadas.
Valentina Ayrolo, especialista en la política riojana decimonónica, señala: “Sin dudas el proceso revolucionario abrió, muy tempranamente, una discusión sobre la administración del territorio, sobre la legitimidad del gobierno y sobre la representación del poder que no tuvo vuelta atrás”. La historiadora tucumana Gabriela Tío Vallejo, por su parte, procura encasillar el proceso como eminentemente político: “Respecto de las posibles causas económicas o sociales de larga duración, el hecho de que las revoluciones se dieran al mismo tiempo en toda América al llegar las noticias de la prisión del rey, y que el planteo principal haya sido jurídico, deja poco espacio para una explicación de este tipo. Podía haber entre las elites críticas al monopolio y deseos de tener más participación en el gobierno pero no se hablaba de independencia. Se trata de un proceso político y la prueba está en que después de la independencia las estructuras sociales y económicas no cambiaron demasiado”. Y agrega, a modo de provocación: “Haciendo historia contrafactual si la metrópoli hubiera ofrecido acabar con el monopolio o atemperarlo y favorecer un trato más igualitario a las elites se hubieran acomodado probablemente a una situación colonial más ventajosa”.
«1810 es sólo el inicio de una revolución, no es la revolución. No es solamente una cuestión que va a terminar en la independencia, sino que también va a discutir la sociedad como era hasta entonces. Respecto de las consecuencias, bueno, hubo un montón de cambios muy importantes». (Gabriel Di Meglio, profesor de la UBA e investigador del Conicet)
En discordancia con esta mirada, el profesor de la Universidad de Buenos Aires Gabriel Di Meglio rescata las transformaciones sociales del proceso abierto en 1810 como parte de un ciclo revolucionario más amplio: “1810 es sólo el inicio de una revolución, no es la revolución. La revolución dura por lo menos una década, si no más. Hay distintas posiciones, pero si uno se para en 1810 y compara con 1820, 1821, puede ver una serie de cambios muy importante. Obviamente la independencia de países nuevos, pero también el fin de la monarquía en América para ser reemplazada por un sistema republicano, con lo cual cambia la forma de organización política. El fin del sistema de castas, aunque sigue existiendo el racismo, no va a ser en forma jurídica, sino en forma implícita”. Y enfatiza: “No es solamente una cuestión que va a terminar en la independencia, sino que también va a discutir la sociedad como era hasta entonces. Respecto de las consecuencias, bueno, hubo un montón de cambios muy importantes. Hay cosas que no cambiaron, pero la verdad es que la Revolución transformó brutalmente al territorio y también creció la gente dedicada a lo militar, el peso de lo militar. Así que en realidad es un periodo de cambios muy significativos”.
A modo de síntesis, Sara Mata, Profesora Titular de la Universidad de Salta e investigadora del Conicet, propone: “Los procesos sociales y políticos cruciales son múltiples y desde luego han dado lugar a diferentes planteos historiográficos entre los cuales, simplificándolos, podríamos referir aquellos que han colocado el acento en los cambios políticos que se implementaron en los territorios hispanoamericanos en el transcurso del siglo XVIII y que impactaron indudablemente en la conflictividad de la sociedad colonial. Desde luego, también se ha insistido en la trascendencia que tuvieron la circulación de ideas de las nuevas experiencias políticas, particularmente la revolución francesa y la independencia norteamericana. Pero sin dudas, la invasión napoleónica a España, la abdicación de Carlos IV y la prisión de Fernando VII, ofreció la oportunidad de formar una Junta de Gobierno que ante la vacancia real asumiera el gobierno en las colonias españolas”.
“Considero que sería interesante una relectura de la trayectoria política de Juan Larrea fuertemente vinculada con sus intereses económicos. Entre los revolucionarios que han sido subestimados podría mencionar a los hermanos Eustaquio y José Antonio Moldes, ambos activos participantes del movimiento». (Sara Mata, profesora titular de la UNSa e investigadora del Conicet)
SOBRE HÉROES Y PROTAGONISTAS
No hay conmemoración sin nombres propios, con sus estatuas y monumentos acorde a su centralidad. Los próceres son la contraparte necesaria de las fechas, inmortalizados en bronce y colocados en un pedestal. La historiografía académica, como sabemos, ha hecho mucho por quitar ese brillo inmaculado a esas figuras y aportar otra carnadura histórica a su trayectoria y labor, así como proponer miradas más amplias y no acotadas al desempeño de los “grandes hombres”. Más allá de eso, y a modo de desafío, le propusimos a nuestras historiadoras e historiadores que nos hablaran de las figuras de ese mayo, entre aquellos reivindicados y, en especial, aquellos soslayados.
Gabriel Di Meglio, autor de ¡Viva el bajo pueblo! (Prometeo, 2007), señala con respecto a los próceres de mayo: “Me parece que los protagonistas de mayo han sido bastante estudiados. Sí, en los últimos años se han agregado cosas, como fue la participación popular, como fue la participación de las mujeres. Es decir, un montón de elementos que antes se consideraban mucho menos, junto con los grandes protagonistas de la clase alta que dirigieron el proceso”. En la misma línea se expresa Tío Vallejo: “La historiografía de los últimos años ha rescatado como actores sociales a los sectores populares y hoy los procesos revolucionarios se estudian desde diversos actores. También sabemos que muchas de las rebeliones a lo largo de América fueron protagonizadas a veces por esclavos o indígenas y, otras veces, fuero policlasistas. Por otro lado, al desafío de calibrar el lugar del individuo en el proceso histórico, se suma el de despojar al héroe patriótico de las capas de sentido que las sucesivas generaciones han ido incorporando a su figura”.
Aceptando el envite propuesto por La Vanguardia, Valentina Ayrolo observa: “Si nos referimos a los miembros de la Junta constituida en 1810 los historiadores se han encargado de hacer más populares a unos que a otros. Mariano Moreno sin dudas es mucho más popular que Cornelio Saavedra. Sin embargo, a mi juicio, Saavedra amerita ser reconsiderado. Su figura fue opacada por la de Moreno e incluso muchos historiadores le atribuyeron acciones y reacciones cuyo alcance precisa revisarse.” Asimismo, Sara Mata observa cierta necesidad de seguir estudiando a los protagonistas de mayo: “Considero que sería interesante una relectura de la trayectoria política de Juan Larrea fuertemente vinculada con sus intereses económicos. Entre los revolucionarios que han sido subestimados podría mencionar a los hermanos Eustaquio y José Antonio Moldes, ambos activos participantes del movimiento revolucionario y sobre los cuales, más allá de biografías tradicionales, se sabe todavía poco”.

