Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors

A 108 años de la Reforma Universitaria: defender la universidad y animarse a transformarla

por | Jun 26, 2026 | Opinión

Cada junio, la comunidad universitaria vuelve la mirada hacia uno de los acontecimientos más trascendentes de la historia argentina y latinoamericana. Pero la Reforma Universitaria de 1918 fue mucho más que una serie de cambios institucionales o una rebelión estudiantil nacida en Córdoba. Fue la irrupción de una generación que decidió cuestionar una universidad que ya no respondía a las necesidades de su tiempo y convertirla en una herramienta al servicio de la sociedad.

Franco Bartolacci, presidente del CIN, en la última marcha universitaria.

A 108 años de aquella gesta, hay una pregunta que sigue interpelándonos: ¿qué significa ser reformista hoy?

La respuesta difícilmente pueda encontrarse únicamente en la conmemoración del pasado. Si algo enseña la historia de la Reforma es que ninguna generación hereda respuestas definitivas. Cada época plantea nuevos desafíos y exige nuevas preguntas. Y la universidad pública argentina atraviesa hoy un momento que demanda exactamente eso: reflexión, compromiso y capacidad de construir horizontes.

DEFENDER LA UNIVERSIDAD PÚBLICA

La coyuntura obliga, en primer lugar, a una tarea ineludible. El deterioro presupuestario, la pérdida del poder adquisitivo de docentes y no docentes, el congelamiento de las becas estudiantiles y los permanentes cuestionamientos a la educación pública han colocado a la universidad en una situación de fragilidad que parecía impensada hace algunos años.

Desde la Federación Universitaria Argentina, su presidente Joaquín Carvalho sostiene que “el desafío más importante que atraviesa hoy la universidad pública es, ni más ni menos, su supervivencia”. Frente a este escenario, recupera una idea profundamente arraigada en la tradición reformista: siempre que la universidad ha estado en riesgo, el movimiento estudiantil ha elegido organizarse para defenderla.

“El desafío más importante que atraviesa hoy la universidad pública es, ni más ni menos, su supervivencia” (Joaquín Carvalho, presidente de la FUA).

Para Carvalho, “el reformismo constituye una de las expresiones más valiosas de la historia universitaria argentina porque reconoce al movimiento estudiantil como un actor capaz de transformar la realidad y asumir responsabilidades en los momentos decisivos”. Una tradición que entiende que la universidad pública nunca fue una concesión otorgada desde arriba, sino una construcción sostenida por generaciones que lucharon por ampliarla, democratizarla y defenderla.

En un contexto donde el financiamiento universitario, los salarios de los trabajadores y las becas estudiantiles atraviesan dificultades persistentes, cualquier discusión sobre el futuro de la universidad debe comenzar por garantizar las condiciones materiales que hacen posible su funcionamiento.

ANIMARSE A TRANSFORMARLA

Ante las medidas del gobierno de Milei, se desarrollaron tres marchas universitarias en todo el país.

Pero defender la universidad pública no puede convertirse en el único horizonte del reformismo. Porque si algo enseñó la Reforma de 1918 es que las instituciones no se fortalecen aferrándose a la inmovilidad. Se fortalecen cuando son capaces de leer su tiempo y transformarse para responder a él.

Defender la universidad no implica asumir que todo funciona bien. Tampoco supone renunciar a las discusiones pendientes. Por el contrario, implica asumirlas con responsabilidad. Significa preguntarnos cómo mejorar una institución que valoramos precisamente porque creemos en ella.

En esa línea, el presidente del Consejo Interuniversitario Nacional, Franco Bartolacci, propone abrir una discusión profunda sobre el futuro de la universidad argentina, partiendo de una premisa simple: el mundo cambia vertiginosamente y la universidad no puede seguir haciendo lo mismo que hacía tres o cuatro décadas atrás.

Bartolacci sostiene que ese proceso debería apoyarse en tres grandes ejes: “una revolución académica, pedagógica y curricular; una modernización administrativa, funcional y de gestión y un nuevo modo de entender su proyección y la vinculación con su entorno. Todo en simultáneo y orientado a un objetivo: contribuir a una nueva épica por la inclusión, la convivencia y el desarrollo”.

«La modernización de la universidad debe apoyarse en tres grandes ejes: una revolución académica, pedagógica y curricular; una modernización administrativa, funcional y de gestión y un nuevo modo de entender su proyección y la vinculación con su entorno. Todo en simultáneo y orientado a un objetivo: contribuir a una nueva épica por la inclusión, la convivencia y el desarrollo” (Franco Bartolacci, presidente del CIN).

Para todo ello, hay que partir de una premisa difícil de discutir: la universidad pública argentina sigue siendo una de las instituciones más valoradas por la sociedad. Es una herramienta de movilidad social, producción de conocimiento y desarrollo. Pero, al mismo tiempo, enfrenta el desafío de repensarse en un contexto atravesado por transformaciones tecnológicas, culturales y productivas de una magnitud inédita.

Los cambios en las formas de producir conocimiento, las transformaciones del mundo del trabajo, la aceleración tecnológica y las nuevas demandas sociales obligan a revisar prácticas y estructuras que durante décadas parecieron inalterables. La pregunta ya no es solamente cómo sostener la universidad pública, sino cómo garantizar que siga siendo relevante para las próximas generaciones.

DEMOCRATIZAR ES TAMBIÉN ACOMPAÑAR

Ahora bien, toda discusión sobre el futuro universitario debería partir de una pregunta fundamental: ¿para quiénes y con quiénes construimos esa universidad?

Desde la mirada docente, la secretaria general de CONADU, Clara Chevalier, recupera uno de los legados más importantes de la Reforma: el protagonismo estudiantil en la construcción de una universidad democrática. 

Chevalier afirma que: “Los desafíos actuales de la democratización exceden el acceso. También implican generar condiciones reales para que quienes ingresan puedan permanecer, desarrollarse y graduarse”.

Las trayectorias estudiantiles son hoy más diversas que nunca. Miles de estudiantes trabajan, sostienen tareas de cuidado, participan en organizaciones sociales o políticas y enfrentan dificultades económicas para continuar sus estudios. Pensar una universidad inclusiva exige reconocer esas realidades y construir políticas capaces de acompañarlas.

Los desafíos actuales de la democratización exceden el acceso. También implican generar condiciones reales para que quienes ingresan puedan permanecer, desarrollarse y graduarse.

Chevalier también advierte que estas transformaciones requieren condiciones dignas para quienes enseñan, investigan, realizan tareas de extensión y sostienen cotidianamente el funcionamiento de nuestras universidades. Como ella misma señala, “la universidad no es solamente un edificio ni una estructura administrativa: es una comunidad construida por estudiantes, docentes, no docentes y graduados”.

EL DESAFÍO DE NUESTRA GENERACIÓN

Representantes del movimiento estudiantil en la última marcha universitaria.

Defender la universidad pública frente a quienes la desfinancian o la cuestionan. Transformarla para que pueda responder a los desafíos del siglo XXI. Y profundizar su democratización para que cada vez más personas puedan habitarla en condiciones de igualdad.

La generación de 1918 no se limitó a resistir una universidad que consideraba injusta. Se animó a discutirla, imaginar alternativas y construir algo distinto. Su legado no está solamente en las conquistas que alcanzó, sino en esa voluntad permanente de interpelar lo establecido y pensar lo que todavía podía ser mejor.

Quizás por eso el mayor riesgo de nuestro tiempo sea reducir la defensa de la universidad pública a la mera conservación de lo existente. Como si el objetivo fuera preservar intacto aquello que heredamos.

La universidad necesita ser defendida, sin dudas. Pero también necesita ser discutida, evaluada críticamente y transformada. Necesita debatir cómo mejorar las trayectorias estudiantiles, fortalecer la calidad académica, incorporar nuevas herramientas pedagógicas, vincularse de manera más efectiva con la sociedad y responder a las inquietudes de las nuevas generaciones.

La universidad necesita ser defendida, sin dudas. Pero también necesita ser discutida, evaluada críticamente y transformada. Necesita debatir cómo mejorar las trayectorias estudiantiles, fortalecer la calidad académica, incorporar nuevas herramientas pedagógicas, vincularse de manera más efectiva con la sociedad y responder a las inquietudes de las nuevas generaciones.

A 108 años de la Reforma Universitaria, esa sigue siendo nuestra responsabilidad.

Tal vez ser reformista hoy consista en recuperar el legado más profundo de la Reforma, que ya no son las respuestas que una generación construyó hace más de un siglo, sino en la capacidad de hacerse preguntas nuevas frente a un mundo en constante transformación.

Agustina Polanich

Agustina Polanich

Estudiante de Derecho en la Universidad Nacional de Rosario. Secretaría Ejecutiva de la Federación Universitaria de Argentina