A 130 años de la fundación del Partido Socialista, Leonardo Stanley discute la necesidad de poner la cuestión ambiental en el centro de la agenda progresista. Sin esa prioridad, el futuro de todos está en riesgo.
«La Rebelión (Puño)» de Nicolás García Uriburu. Serie Antagonismo entre Naturaleza y Civilización (1973).En un hotel ubicado en el barrio de San Telmo de la ciudad de Buenos Aires socialistas e intelectuales del campo progresista se congregaron el pasado 27 de junio para celebrar un nuevo aniversario de la fundación del Partido Socialista. Cuando Juan B. Justo funda el partido, el país experimentaba un periodo de fuerte crecimiento, bonanza económica que atraía migrantes de todo el mundo al tiempo que se consolidaba la organización del Estado Argentino. Pero el progreso no estaba exento de conflictos, así lo evidenciaban las crecientes demandas de la creciente clase obrera que entonces habitaba los principales centros urbanos del país. En la citada reunión las exposiciones versaron sobre el rol que le cupo al PS en dichas luchas, donde el trabajo de militantes y legisladores socialistas iba a permitir incluir lo social en la carta de derechos de la ciudadanía.
Con el paso de los años, muchas de las demandas siguen vigentes y algunas de las conquistas parecen diluirse en las aguas del neoliberalismo. Pero el contexto ha cambiado. En la era digital el trabajo formal pierde relevancia, al tiempo que avanzan la flexibilidad y la informalidad laboral. Desde el poder se impulsa un mundo de “emprendedores” y de «gente», se destaca la centralidad del “ciudadano” aunque hombres y mujeres pierdan derechos a diario. Lo comunal pierde entidad, los bienes comunes son despreciados. Todo ocurre en un período donde la estructura económica se transforma, la industria pierde preminencia, el extractivismo se profundiza.
A la cuestión social se suma lo ambiental, los derechos ambientales no resultan un lujo. Ello lleva a repensar la idea misma de progreso, pues no podemos hoy pensar crecer a expensas de deteriorar el medio ambiente, la sustentabilidad debe ser parte de la ecuación de cualquier alternativa progresista.
Dichos cambios obligan a repensar el discurso, escuchar las demandas de quienes se hayan marginados del modelo (despectivamente catalogados como “choriplaneros” y, más rigurosamente, como precariado). Pero también la de aquellos que resultan desplazados por los diversos proyectos extractivos, las comunidades que viven en “zonas de sacrificio”. Personas que nunca resultan partícipes de los beneficios del pretendido progreso y cuyos reclamos resultan reprimidos. La sanción del RIGI nos obliga a repensar la ecuación, pues las ganancias se evaporan al tiempo que los costos se socializan.
Todo ello nos plantea un modelo de inserción internacional que se viene articulando por años, que la irrupción de China vino a consolidar. Argentina, como el resto de los países de la región, termina convirtiéndose en un mero proveedor de materias primas, commodities sin mucho valor agregado. Dicho modelo no solo expulsa trabajadores, sino que también deteriora el medio ambiente.
Esto último nos habla de un nuevo contexto, que marca un fuerte retroceso en los derechos ambientales que poco importa a las clases dirigentes en sentido amplio (política, empresarial, sindicatos), pero que convoca a un número creciente de ciudadanos. Los cambios a la ley de glaciares ilustra el desinterés de unos, la preocupación de otros. A la codicia de los empresarios se le suma la miopía de los gobernadores: en tiempos de emergencia climática se avanza con leyes que afectan a ecosistemas únicos.

«Toro» de Nicolás García Uriburu (1981). Colección particular.
Lamentablemente lo ambiental no estuvo mencionado en un lugar de preminencia en el comentado evento del PS, ninguno de los presentes planteó (o, al menos, no en primer plano) la crisis por la que atraviesa el planeta. Lo cual resulta sorprendente si consideramos la amplia difusión que le otorga Antonio Guterres, actual Secretario General de Naciones Unidas. Y es este ex presidente de la Internacional Socialista (1999 – 2005) una de las principales voces en la denuncia el rol que les cabe a las petroleras en el calentamiento global. O la labor de Mary Therese Winifred Robinson, Presidenta de Irlanda (1990 – 1997), hoy titular de la fundación Mary Robinson por la Justicia Climática. Así también podrías mencionar el trabajo de Christiana Figueras, costarricense, actora clave en las negociaciones que terminaron con el Acuerdo de París. O destacar la valentía de Berta Cáceres, activista hondureña conocida por su compromiso con el medio ambiente, cuyo asesinato en 2016 repercutió en todo el mundo. Hombres y mujeres del campo progresista que junto a la comunidad científica nos plantean las urgencias del momento, ideas deberían entrar en la matriz de temas que el campo de la izquierda democrática no puede seguir soslayando.
A la cuestión social se suma lo ambiental, los derechos ambientales no resultan un lujo. Ello lleva a repensar la idea misma de progreso, pues no podemos hoy pensar crecer a expensas de deteriorar el medio ambiente, la sustentabilidad debe ser parte de la ecuación de cualquier alternativa progresista. Si seguimos denegando el deterioro de la naturaleza, la pérdida de la biodiversidad, o la urgencia climática, estaremos condenando a los más jóvenes a experimentar riesgos incalculables – riesgo que ya enfrentan miles de habitantes a lo largo y ancho del país afectados por fenómenos climáticos extremos (incendios, tormentas extremas, ciclogénesis).
La comunidad científica nos dice que nos acercamos a superar los umbrales de seguridad que permiten la vida humana en el planeta, de seguir aumentando la temperatura promedio en la tierra no solo agudizará la severidad de los eventos extremos (tornados, inundaciones, incendios, sequías), sino que puede que también altere numerosos ecosistemas. También nos dicen que avanzar con la deforestación podría transformar el Amazonas en área desértica, cuyas consecuencias alterarían el régimen de lluvias en toda la región, amenazando la actividad agrícola en las pampas. Asimismo, nos plantean la importancia del manejo de la tierra, mientras los productores protestan por la propuesta de legislar el ecocidio. Otro caso de miopía de la clase dirigente, empresarios que están atentos a las ganancias de la próxima cosecha, pero desatienden los rendimientos futuros.
Todo ello nos enfrenta a un presente distópico, realidad a la que muchos intentan evadir. Atravesamos pues un momento único, donde la incertidumbre resulta radical mientras florecen relatos falsos que difunde la extrema derecha. En la oscuridad debemos avanzar con una narrativa diferente, que destaque las amenazas y los desafíos al tiempo que muestre las alternativas que permitirán avanzar hacia un futuro más inclusivo en lo social como sustentable en lo ambiental.
Las ideas en debate al momento de la fundación del PS destacaban el conflicto entre capital y trabajo. El ideario de Karl Marx destacaba lo irremediable del triunfo socialista, esas ideas catalogadas como verdad científica, que Juan B. Justo vino a difundir, sostenían que las luchas vendrían a consagrar un mundo más justo. Ciento treinta años después los conflictos son diferentes, las disputas por el territorio se acrecientan al tiempo que las urgencias ambientales se aceleran. A las luchas por los derechos del trabajo se le suman otras, lamentablemente soslayadas.
Todo ello nos enfrenta a un presente distópico, realidad a la que muchos intentan evadir. Atravesamos pues un momento único, donde la incertidumbre resulta radical mientras florecen relatos falsos que difunde la extrema derecha. En la oscuridad debemos avanzar con una narrativa diferente, que destaque las amenazas y los desafíos al tiempo que muestre las alternativas que permitirán avanzar hacia un futuro más inclusivo en lo social como sustentable en lo ambiental. Estas son las ideas el socialismo debe ayudar a impulsar. Debemos difundir los problemas y las urgencias a las que nos enfrentamos y comenzar a implementar las soluciones que pueden contribuir a salvar la salud del planeta que hoy se encuentra en peligro. A fin de soñar con la celebración de otro nuevo siglo, debemos enfrentar los desafíos del presente con urgencia. Ese es, tal vez, el mayor legado que debemos recuperar de los socialistas del pasado.

