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Los cuatro votantes de Milei y la falta de alternativas

por | Jul 6, 2026 | Nacionales, Opinión

El voto mileísta está compuesto por, al menos, cuatro perfiles distinguibles que han respondido de forma diferente ante la crisis producida por el caso Adorni. La oposición, frente a ello, no logra ordenarse para producir alternativas políticas y electorales viables.

Javier Milei, presidente de Argentina.

Hay una imagen que conviene desconfiar: la del electorado como bloque. La política argentina suele hablar del «votante de Milei» como si fuese una entidad estable, un sujeto reconocible que puede aprobarse o desaprobarse en un solo movimiento. Las encuestas, las columnas de opinión y las propias estrategias políticas se construyen sobre ese supuesto. Y sin embargo, cuando se mira de cerca, lo que aparece no es un sujeto sino una convivencia inestable de motivos que no se llevan particularmente bien entre sí.

El caso Adorni -las propiedades, los gastos, la pileta de mármol, el contraste entre la prédica austera y la opulencia revelada- funcionó como un revelador químico de esa heterogeneidad interna. No produjo una caída general, como hubiera sido esperable si el voto fuese homogéneo, sino una fractura desigual. El núcleo doctrinario libertario apenas se movió. Las periferias que habían llegado al mileísmo por razones laterales se desbandaron con velocidad. Y entre esos dos extremos quedó dibujado, por primera vez con cierta precisión, el verdadero retrato del fenómeno: cuatro electorados conviviendo bajo la misma boleta, cada uno con su lógica propia y su umbral propio de tolerancia.

LOS CUATRO VOTANTES DE MILEI

Hay un votante que llegó a Milei por convicción, que comparte el contenido ideológico del proyecto, que lee a Hayek o cree leerlo, que entiende la inflación como problema moral antes que como problema técnico. Hay otro que votó tácticamente, para impedir el regreso de un kirchnerismo al que asocia con la decadencia del país y con su propia decadencia personal. Está el votante económico, que confió en que alguien tan radical en sus diagnósticos podría finalmente romper la maldición inflacionaria que lleva décadas. Y está el votante anticasta, el que se sumó al mileísmo no por lo que Milei proponía sino por lo que Milei prometía destruir: un sistema político que llevaba años convirtiéndose, ante sus ojos, en una máquina de promesas incumplidas.

Esos cuatro perfiles reaccionan de manera radicalmente distinta cuando aparece un caso como el de Adorni. El doctrinario lo procesa como ruido, una incomodidad menor frente a la grandeza de la transformación civilizatoria en curso. El antikirchnerista táctico lo mira con cierta desconfianza pero no rompe: para él, romper con Milei es regalarle el país a Massa, y esa imagen le sigue resultando intolerable. El votante económico evalúa según los indicadores; mientras la inflación siga bajando, el caso le importa menos de lo que diría en una conversación de café. Pero el anticasta -el que llegó a Milei convencido de que esta vez iban a ser distintos- ve en la pileta de Adorni la confirmación de su peor sospecha: que el problema no era el peronismo, ni la casta, ni una elite particular, sino algo más estructural y más viejo. Que el poder corrompe a quien lo toca, sin distinción de signo. Y entonces se va. No se pasa a otro espacio, no encuentra dónde ir: simplemente se aparta.

El anticasta -el que llegó a Milei convencido de que esta vez iban a ser distintos- ve en la pileta de Adorni la confirmación de su peor sospecha: que el problema no era el peronismo, ni la casta, ni una elite particular, sino algo más estructural y más viejo. Que el poder corrompe a quien lo toca, sin distinción de signo. Y entonces se va. No se pasa a otro espacio, no encuentra dónde ir: simplemente se aparta.

Tres de cada cuatro votantes ideológicos siguen acompañando hoy. Tres de cada cuatro anticasta, no. La asimetría es enorme y dice algo importante sobre la naturaleza del fenómeno mileísta: el liderazgo construido sobre la denuncia del sistema enfrenta un problema estructural en el momento en que el sistema lo absorbe. El éxito político lo convierte en aquello que vino a destruir. Es una vieja paradoja de los populismos antisistema, y conviene tomar nota de ella sin las urgencias del comentario diario.

Pero la fragmentación interna del voto Milei sería una curiosidad sociológica si no estuviera enmarcada en algo más grande. Porque el desgranamiento se produce, pero no se traduce en otra cosa. El malestar existe, está medido, es real. Y sin embargo, la intención de voto opositor no acompaña esa caída en la misma proporción. Hay una distancia notable entre lo que la gente piensa del gobierno y lo que está dispuesta a votar contra él. Y esa distancia, lejos de ser un misterio, tiene un nombre bastante preciso: ausencia de alternativa.

EN BUSCA DE UNA ALTERNATIVA

Una democracia funciona cuando el descontento encuentra cauce. No alcanza con que un gobierno se desgaste; hace falta que alguien esté en condiciones de absorber ese desgaste y proponer otra cosa. Cuando eso no ocurre -cuando el malestar produce humor social pero no produce traducción electoral-, la democracia entra en una zona incómoda: sigue funcionando en sus formas pero pierde aquello que en última instancia la justifica, que es su capacidad de convertir las preferencias ciudadanas en cambios concretos de orientación política. El régimen no se rompe. Se vuelve un poco más opaco, un poco menos eficaz como mecanismo de canalización.

Eso es lo que está ocurriendo hoy. La oposición argentina, en sus tres variantes principales, no consigue ofrecerse como destino del descontento que el oficialismo libera. El kirchnerismo, atravesado por la condena y la inhabilitación de Cristina Fernández, vive su propia crisis interna y disputa una herencia que su figura central no termina de transferir. Axel Kicillof aparece en las mediciones como la única figura opositora competitiva en términos de imagen, pero arrastra el peso de una estructura partidaria que necesita para gobernar la provincia de Buenos Aires y que le impide presentarse, frente al votante de centro, como algo verdaderamente distinto. El Partido Justicialista no es hoy un proyecto: es una pelea por la sucesión.

Una democracia funciona cuando el descontento encuentra cauce. No alcanza con que un gobierno se desgaste; hace falta que alguien esté en condiciones de absorber ese desgaste y proponer otra cosa. Cuando eso no ocurre -cuando el malestar produce humor social pero no produce traducción electoral-, la democracia entra en una zona incómoda.

El PRO, por su parte, vive su propio drama. Una parte importante de sus cuadros migró al gobierno libertario y ya no responde al partido. Otra parte permanece, pero sin saber exactamente qué propone. Mauricio Macri intenta reconstruir una posición de negociación más que una candidatura propiamente dicha; sabe que sus números no le alcanzan para ser presidente, pero también sabe que sin su estructura La Libertad Avanza tiene serias dificultades para gobernar y para reelegirse. Es una negociación elegante, pero es una negociación, no una propuesta política.

Patricia Bullrich, finalmente, encarna una variante particularmente argentina del problema. Ocupa hoy el lugar mejor valorado en imagen del oficialismo, pero su capital político depende de seguir siendo parte del gobierno que se desgasta. No puede capitalizar el descontento contra el oficialismo siendo parte del oficialismo, y romper le significaría empezar de cero un proyecto sin tropa propia. Su mejor activo es también su mayor restricción.

UN ESCENARIO ABIERTO

Lo que aparece, entonces, no es un escenario de oposición pujante frente a un oficialismo en caída, sino algo más perturbador: un país que pierde confianza en su gobierno sin construir la confianza en ningún otro lado. El votante anticasta que abandona a Milei no se entrega a Kicillof, ni a Macri, ni a Bullrich. Se queda en una zona ambigua, sin nombre todavía, que las encuestas registran como indecisión, abstención simbólica, desafección. Es un descontento sin vehículo.

Acá conviene detenerse un momento. La tradición democrática argentina tuvo, en sus mejores momentos, la intuición de que la política es algo más que la administración de las pasiones del momento. Juan B. Justo lo entendió hace más de un siglo cuando fundó el Partido Socialista sobre el principio de que las transformaciones profundas requieren organización, paciencia y formación cívica del electorado. La idea, vieja pero no envejecida, era que un pueblo políticamente educado producía alternativas; que las alternativas no caían del cielo ni se compraban con marketing, sino que se construían con trabajo sostenido a lo largo del tiempo.

Esa intuición está hoy bastante desautorizada por los hechos. Las fuerzas políticas argentinas han dejado en gran medida de hacer ese trabajo. Se construyen para la elección próxima, no para la generación próxima. Se piensan como dispositivos electorales antes que como proyectos de país. Y entonces, cuando aparece un fenómeno como el mileísta -que con todos sus defectos al menos ofrecía algo parecido a una visión global, aunque fuese una visión negativa-, encuentran serias dificultades para responderle con algo equivalente. Le responden con sospechas, con cálculos de corto plazo, con denuncias judiciales, con maniobras tácticas. Pocas veces con ideas.

El desgranamiento del votante Milei es, en este sentido, una oportunidad y una advertencia al mismo tiempo. Una oportunidad, porque demuestra que el electorado argentino sigue siendo permeable a la realidad: cuando los hechos contradicen el discurso, una parte del voto se mueve. Eso es saludable, es lo que distingue a una democracia adulta de una sociedad cautiva. Pero también es una advertencia, porque ese movimiento, por ahora, no encuentra dónde posarse.

El desgranamiento del votante Milei es, en este sentido, una oportunidad y una advertencia al mismo tiempo. Una oportunidad, porque demuestra que el electorado argentino sigue siendo permeable a la realidad: cuando los hechos contradicen el discurso, una parte del voto se mueve. Eso es saludable, es lo que distingue a una democracia adulta de una sociedad cautiva. Pero también es una advertencia, porque ese movimiento, por ahora, no encuentra dónde posarse. Y un descontento que no encuentra cauce termina, antes o después, generando algo: una nueva improvisación política, un personaje desconocido que aparece de un día para el otro, una salida que nadie había anticipado. La historia argentina enseña que las opciones improvistas suelen ser peores que las construidas con tiempo.

Lo que el caso Adorni reveló, más allá de Adorni, es que la democracia argentina sigue funcionando como mecanismo formal pero está fatigada como sistema de representación. El votante todavía vota, todavía cree -al menos en parte- que su voto cuenta. Pero las opciones disponibles le parecen, en proporciones crecientes, insatisfactorias. Y cuando esa insatisfacción se generaliza sin que aparezca una propuesta capaz de absorberla, lo que viene después rara vez es lo mejor.

Reconstruir alternativas es la tarea política más urgente del momento, y al mismo tiempo la más ingrata. No tiene rédito inmediato, no produce titulares, no llena estadios. Pero es la única manera de evitar que la próxima elección se gane por descarte y la siguiente, por desesperación. La tradición reformista argentina -esa que pensaba la política como un trabajo lento y acumulativo, no como un espectáculo de iluminaciones súbitas- tiene en este momento una vigencia que muchos de sus herederos parecen haber olvidado. Vale la pena recordarla, no por nostalgia, sino porque sin ella el país se queda sin nada que oponerle al humor del día siguiente.

 

Agustín de Marco

Agustín de Marco

Agustín de Marco es Politólogo y Sociólogo (UBA). Magíster en Teoría Política (UBA) y en Estudios Electorales (UNSAM).