Una lectura situada sobre el Mar Argentino, el Atlántico Sur y nuestro lugar en el mundo.

«Bajo bandera» de Marcia Schvartz. Por cortesía de la autora.
Para la mayoría de los argentinos y argentinas, el mar es eso que llega hasta la playa. Es el lugar de vacaciones, la ola y la rompiente. Con suerte, una salida en lancha a pescar unos cuantos metros más allá. Puede que exagere. Todos conocemos el mapa, el perfil de nuestro país un poco triangular, las Islas Malvinas al pie y la Antártida más abajo. Al sur del sur. El mar, el espacio celeste del mapa, se ve como un espacio vacío.
Es razonable esta simplificación. Podemos saber que el mar es el subsuelo, el fondo (lecho marino), la columna de agua y la superficie, pero ante la mirada el espacio celeste es espacio vacío. Lo que pasa, en realidad, es que se trata de algo tan gigante que nos resulta inconmensurable y lo reducimos a lo conocido.
Argentina tiene una costa litoral marítima de 4.725 km, un litoral fluvial del Río de la Plata de 392 km (Instituto Geográfico Nacional), las Islas y la Antártida. Desestimar el mar solo porque no podemos habitarlo es dejar de lado la mayor parte de nuestro país.
Pensar Malvinas, pensar el mar, pensarnos como país oceánico. No podemos permitirnos abandonar la inversión en ciencia y tecnología, y empobrecer la defensa porque al hacerlo, estamos abandonando nuestra soberanía sobre el mar. A modo de ejemplo, el presupuesto de Pampa Azul, el programa estratégico interministerial del Estado argentino a través de los antiguos ministerios de Relaciones Exteriores, Economía, Ciencia y Tecnología, Medio Ambiente, Turismo, Defensa y Seguridad, para investigar, conservar y desarrollar el Mar Argentino y el Atlántico Sur, pasó del 0,31% del PBI en el periodo 2019-2023 al 0,14% del PBI en el periodo 2024 hasta el presente, según la asignación del presupuesto nacional; no hubo, en el mismo periodo, inversión privada que supliera esa reducción.
Pensar Malvinas, pensar el mar, pensarnos como país oceánico. No podemos permitirnos abandonar la inversión en ciencia y tecnología, y empobrecer la defensa porque al hacerlo, estamos abandonando nuestra soberanía sobre el mar.
Quienes trabajan en el mar, pescadores, marinos mercantes, militares, científicos e investigadores, podrían contarnos que el mar es mucho más de lo que vemos. Todo eso, necesitamos conocerlo para ocuparlo, para hacerlo nuestro.
Hay un chiste que cuentan en Noruega: ¿qué haríamos si no hubiera mar? Cargaríamos nuestros barcos a la espalda. Claro, la historia vikinga sucede en barcos y conquistas de ultramar. Nosotros tuvimos una tradición náutica con su origen en las guerras de la independencia y asentada más tarde en los argumentos del Vicealmirante Segundo Storni, el primer pensador, militar y estratega en advertir, a principios del siglo XX , que el desarrollo económico, político y soberano de Argentina estaba ligado a su mar y no solo a la riqueza de la pampa húmeda, pero esta tradición fue perdiendo. Hacia fines de la década de 1990, con la autorización de importación de barcos usados, la industria naval argentina parecía una especie en vías de extinción.
Sobre todo necesitamos desarrollar la idea de que el mar es mucho más que recursos, el espacio entre nosotros y los otros continentes, una fuente de oportunidades y de amenazas.
No es un espacio vacío. No es, solamente, un recurso. Entonces: ¿qué es? Es nuestro territorio, a falta de un mejor término; porque “territorio” está ligado a la tierra, pero esto es mar. Hace falta una palabra que diga eso: este espacio marítimo nuestro.
NOTICIAS DE AYER
La cadena nacional del presidente Javier G. Milei el jueves 3 de septiembre de 2026 sobre las islas Malvinas (y su nombre completo debería incluir Sandwich e islas del Atlántico Sur) parece dar un giro de 180 grados sobre su posición previa. Hasta la bandera de “las Malvinas son argentinas” que exhibieron los jugadores luego del partido Argentina-Inglaterra, la posición del gobierno libertario parecía decididamente alineada con Gran Bretaña y sobre todo con la Corporación Falkland Islands (que administra el territorio en nombre del Reino Unido, esta función no la cumple el gobierno de las islas). Su argumento es que la decisión de pertenecer a territorios de ultramar del Reino de Gran Bretaña corresponde a los habitantes de las islas que, además, votaron en plebiscito en 2013 por permanecer británicos por más del 98% de los votos (más precisamente: 1513 votos a favor, 3 votos en contra).
Diez días antes del discurso de Milei y en línea con su posición histórica (cementada en su declarada admiración por Margaret Thatcher y por el dictador Augusto Pinochet), el puerto de Tierra del Fuego, intervenido por el gobierno nacional, brindó amarra al buque petrolero VS Promise, proveniente de las Islas. Volvemos al discurso del 3 de septiembre; el presidente habló decidido sobre imponer costos a la ocupación británica, invertir en la base de Tierra del Fuego, actuar contra la empresa Navitas en el pozo de ultramar Sea Lion y, tal vez algo inconexo, establecer un organismo que integre defensa y seguridad (en roles internos que están prohibidos por la Ley de Defensa Nacional 23554 de 1988 y el decreto de reglamentación 727 del 2006).
Hasta la bandera de “las Malvinas son argentinas” que exhibieron los jugadores luego del partido Argentina-Inglaterra, la posición del gobierno libertario parecía decididamente alineada con Gran Bretaña y sobre todo con la Corporación Falkland Islands (que administra el territorio en nombre del Reino Unido, esta función no la cumple el gobierno de las islas).
Todo esto me recuerda la Cantata de don Rodrigo Díaz de Carreras, de Les Luthiers, en que don Rodrigo funda Buenos Aires, que ya estaba fundada. Tanto la base de TDF, iniciada en 2022 e interrumpida por su gobierno, como la interdicción sobre Navitas y el proyecto Sea Lion de extracción de petróleo 220 km al norte de Malvinas (2010), existían mucho antes de este giro discursivo. Sin embargo, el gobierno los presenta como novedades y como credenciales certeras de su compromiso soberanista.
El discurso del jueves 3 de septiembre debe pensarse conectando, por un lado, la pérdida de popularidad de su gobierno y, por otro, la relación con la administración Trump. Recurrir a la idea de la nación soberana en crisis es un reflejo bastante aceitado, el ejemplo más evidente es el de Galtieri, disparando la ocupación de Malvinas (aun sabiendo que el objetivo era resolver la interna de la sucesión entre las tres fuerzas de la dictadura). Ejemplos más recientes del uso de la defensa de la soberanía bajo asedio incluyen el rediseño de los mapas de Chile hacia el final de la presidencia de Piñera para incluir áreas del mar argentino reconocido por los acuerdos de 1984/5. La administración del presidente Donald J. Trump tiene una larga (y costosa) lista: desde las tensiones militares en el estrecho de Ormuz a Venezuela, de la exigencia de Groenlandia al estrangulamiento de Cuba.
MALVINAS

«Tiempos de guerra» de Pablo Suárez (1982).
La menguante popularidad de la administración Milei no requiere mucha explicación, los datos son palpables: la motosierra, lejos de garantizar salarios en dólares, solo ha conseguido la destrucción generalizada de la industria, la caída rotunda del empleo registrado y una preocupante serie de indicadores de destrucción del tejido social y económico. Las ambiciones de Trump son menos evidentes para nuestra vida cotidiana, pero no menos peligrosas. La revisión de la doctrina Monroe —América para los (norte)americanos— rebautizada doctrina “Donroe” consolida y expande las esferas de influencia hacia afuera del continente (Groenlandia y Ormuz) y nuestro Atlántico Sur, incluyendo nuestra Antártida, región sobre la que viene extendiendo sus largos brazos. Malvinas es mucho más que Malvinas.
Cuando pensamos en el reclamo de la bandera del partido Argentina – Inglaterra que nos conmovió a todas y todos, tendremos que relacionarlo con un poco más de 12.000 km² de tierra, pero sería muy importante que pensemos en el mar alrededor, en la zona económica exclusiva (ZEE) en torno a las islas que la Corporación Falkland Islands y el Gobierno de las islas administran en nombre del Reino Unido de Gran Bretaña, que es mucho más grande: hasta 200 millas náuticas (370 km) en torno a las islas. Esa distancia, frente a nuestra ZEE, conocida como milla 201, es el límite de la jurisdicción exclusiva que habilita no solo la base extractiva Sea Lion, sino la extracción pesquera, especialmente calamar.
La pesca es la principal fuente de ingresos de las islas, en especial el calamar illex. Flotas de todas partes pescan en la zona y luego faenan al borde de la milla 201, donde las reglas de conservación que Argentina impuso (de acuerdo a la ley internacional del mar, que responsabiliza al país litoral del cuidado de los bienes comunes) no pueden aplicarse. La flota española recurre asiduamente a esta práctica predadora y existen denuncias sobre China, Corea del Sur y Taiwán registradas por la Fundación Sudamericana de Sostenibilidad Pesquera y reclamos diplomáticos oficiales presentados por el gobierno de la provincia de Tierra del Fuego. Hay buques que apagan o manipulan sus sistemas de identificación automática y de esa forma entran y salen de la frontera argentina sin autorización ni control.
El petróleo es la segunda apuesta de la administración de las islas. El yacimiento Sea Lion, ubicado a 220 km al norte de las islas y a 450 m de profundidad, es un desarrollo de Rockhopper Exploration y Navitas Petroleum (35% y 65% respectivamente). Se estiman 314 millones de barriles extraíbles y un potencial de 600 millones. Se han invertido 1.800 millones de dólares y esperan una primera extracción para 2028, de acuerdo a las previsiones de la propia Navitas Petroleum, en su página oficial. Los expertos en energía comparan el yacimiento de Sea Lion con Vaca Muerta, para tener un parámetro de la magnitud mucho menor. Si bien este proyecto viola la ley argentina, su existencia y continuidad lo hacen mucho más difícil de modificar en el futuro. El giro discursivo del Presidente el jueves puede leerse como un intento de intervención, pero a todas luces es tardío y, considerando las dificultades para sostener la presencia en el mar (tanto de la defensa como de la investigación científica), probablemente ineficaz.
El giro discursivo del Presidente el jueves puede leerse como un intento de intervención, pero a todas luces es tardío y, considerando las dificultades para sostener la presencia en el mar (tanto de la defensa como de la investigación científica), probablemente ineficaz.
En Gran Bretaña el reclamo por Malvinas puede parecer anacrónico. La población está menos interesada en esas islas distantes, incluso hubo declaraciones que contemplaban su devolución. Sin embargo, los isleños mantienen la presión. Vale recordar que en 1986, Argentina adjudica permisos de pesca a la, entonces, Unión Soviética y Bulgaria. Poco después, la administración de las islas comenzó a vender sus propios permisos y con esto el PBI per cápita de los isleños pasó de ser el más bajo al más alto de todo el territorio de ultramar del Reino Unido. Por otra parte, el petróleo siempre es un incentivo. Independientemente de todos los movimientos, Argentina sostiene su demanda: las Malvinas son argentinas.
Hay un tercer jugador que se mantiene presente y debe ser tenido en cuenta: Estados Unidos.
Políticos y especialistas locales apelan a la intervención de Donald J. Trump, esperando que sea favorable a Argentina. Se basan en una entrevista de la BBC donde Trump comenta: “la postura de Estados Unidos sobre las Islas Malvinas/Falklands es ‘una de muchas’ que están siendo revisadas, e instó a Reino Unido a aumentar su gasto militar”— es una parte de la discusión sobre el gasto militar europeo (Unión Europea y Gran Bretaña) en la OTAN, que no tiene que ver con nuestra búsqueda de recuperación soberana.
Aún más: la experiencia en intervenciones norteamericanas no suele correr en nuestro favor y esta es una lección que deberíamos recordar. Especialmente, porque sabemos que Estados Unidos no suele actuar contra Gran Bretaña (no lo hizo con Galtieri, incluso le advirtió que no debía atacar en un llamado telefónico del presidente Ronald Reagan el primero de abril de 1982) a pesar de las declaradas simpatías. Lo más grave en este caso es que el presidente Trump viene mostrando una y otra vez que no tiene dificultades en tomar por la fuerza lo que quiere. Nuestras islas Malvinas son el tipo de objetivo estratégico que podría considerar útil. Especialmente considerando que se trata de uno de los pasos interoceánicos existentes. Hay siete pasos interoceánicos naturales: Estrecho de Malaca, Estrecho de Ormuz, Estrecho de Gibraltar, Estrechos Turcos (Bósforo y Dardanelos), Estrecho de Magallanes, Pasaje de Drake y el Cabo de Buena Esperanza. Magallanes, Drake en el sur de América del Sur, y el Cabo de Buena esperanza son los únicos tres pasos interoceánicos frente a la Antártida. Además hay dos pasajes artificiales: Panamá y Suez.
La experiencia en intervenciones norteamericanas no suele correr en nuestro favor y esta es una lección que deberíamos recordar. Especialmente, porque sabemos que Estados Unidos no suele actuar contra Gran Bretaña (no lo hizo con Galtieri, incluso le advirtió que no debía atacar en un llamado telefónico del presidente Ronald Reagan el primero de abril de 1982) a pesar de las declaradas simpatías.
Entonces, y esto es una especulación que podría resultar exagerada si no tuviera tanta historia confirmándola, nos encontraríamos con que el matón que nos ayudó a recuperar nuestras islas, decide quedarse con ellas. Me viene a la memoria el mantra del tiburón amigable de Buscando a Nemo, “los peces son nuestros amigos, no comida” … pero al revés. Y realmente ¿es conveniente que el vecino más grande y fuerte se interese tanto por nuestro territorio ocupado y por el mar circundante? Las buenas relaciones no deberían resultar en ocupaciones.
Por sobre todo, si queremos ocupar el mar y recuperar Malvinas, debemos invertir en lo que importa, en lo que somos buenos: en desarrollo científico y tecnológico que respalde nuestra presencia continua en el mar, en la zona y en la Antártida. Debemos mantener fluidas las conexiones diplomáticas con todos los países, especialmente aquellos que, como nosotros, han sufrido y sufren ocupación colonial. En lo posible, necesitamos consistencia: la política exterior, especialmente la de los países débiles, no tiene márgenes para giros intempestivos y solo es exitosa cuando consigue encontrar una lógica que la haga sostenible en el tiempo. Todo el proceso de registro de límites ante la Comisión de Límites de la Plataforma Continental, en el marco de la Convención Internacional de Derecho del Mar realizado a lo largo de veinte años por la Comisión Nacional del Límite Exterior de la Plataforma Continental (COPLA) es un ejemplo de buenas prácticas para hacerlo.

