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Aquello que llamamos amor, ¿sólo es trabajo no pago?

por | Ago 18, 2022 | Economía, Género, Opinión, Sociedad

El Congreso está discutiendo proyectos de ley de cuidados que es urgente. Los más notables, entre los que está el presentado por el bloque socialista, intentan modificar los regímenes de licencia por nacimiento y de cuidados.

Desde hace ya algunos años entró en la agenda del movimiento feminista el cuidado como tema central para entender las desigualdades de género persistentes. Las evidencias respecto al aporte económico que significa el cuidado y el trabajo de las mujeres ya no admite discusión. Las encuestas de uso del tiempo y las cuentas satélites asociadas a ellas presentan evidencia contundente del tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados en los hogares según género, nivel educativo, nivel socio-económico y por cantidad de personas dependientes bajo su cuidado (sean niños/as/es, sean personas adultas con algún tipo de dependencia o personas con discapacidad o limitación permanente).

Estos análisis han permitido estimar el valor económico, es decir, la contribución que este trabajo que no es pago y que se realiza en el ámbito de los hogares, otorga a la sociedad. También han mostrado con contundencia lo que intuitivamente pensábamos sobre los cuidados: la mayoría de las personas que llevan a delante estas tareas son las mujeres, y mientras menos ingresos tienen los hogares más tiempo le dedican ellas. Lo que sin dudas constituye un núcleo de desigualdades de oportunidades, de ocio, de recreación y de calidad de vida, sobre todo, para las mujeres más pobres. 

La pandemia, entre todos sus males aparejados, puso en evidencia la importancia y también las distintas dimensiones -hogareña/familiar/institucionalizada, remunerada y no remunerada- y los diferentes actores sociales que se articulan para llevar a cabo estas actividades (las familias, las organizaciones comunitarias, las escuelas, los jardines, los centros recreativos, estatales o privados) que son, en palabras de Joan Tronto esenciales para la sostenibilidad de la vida de las personas. Durante el 2020 y parte del 2021 cuidarnos implicaba permanecer en el hogar, cuidarnos era sinónimo de mantener higiene casi quirúrgica en nuestras casas,  de planificar estratégicamente cuándo realizar las compras y qué comprar; cuidarnos era estar pendientes de nuestra vecina anciana que vive sola, era llamar por teléfono a esa amiga que estaba maternando en soledad, era buscar actividades lúdicas para que a los más pequeños se les pasaran más rápido las horas de encierro, entre otras múltiples necesidades. 

Tal es así, que a medida que nuestra cotidianidad se vio afectada por las medidas asociadas a enfrentar la pandemia, empezamos a valorar a las personas, a los espacios, a los vínculos afectivos –y por qué no, también a las instituciones- que día a día contribuían a la organización familiar de los cuidados. Redujimos nuestras interacciones con el afuera, con nuestros compañeros de trabajo, con las amigas del club, con la familia extendida, con la comunidad de la escuela, por mencionar algunos. Intensificamos nuestras relaciones con los de adentro, con la familia, con el hogar. En este repliegue encontramos, al menos en su inicio, un tiempo de pausa, de reconexión y de ocio, que por supuesto duró poco y terminó en la mayoría de los casos no sólo con sobrepaso de tareas domésticas, de tele-trabajo entre los más privilegiados, de escolaridad virtual y de problemas de salud mental (como insomnio, depresión, irritabilidad).

HABLAR DE CUIDADOS MÁS ALLÁ DEL TRABAJO DOMÉSTICO Y REPRODUCTIVO

En definitiva, por un tiempo intenso pero corto, fuimos más conscientes de lo que nos da y nos quita la vorágine, de la importancia de parar a mirar nuestros vínculos, y de sus efectos sobre el bienestar propio y de nuestras familias. En otras palabras quitamos el velo a lo dado como natural y mecánico, para empezar a comprender la importancia cardinal que tiene el acto de cuidar de otros, de  cuidarse y de recibir cuidados.  

Entendimos que al slogan “aquello que llamamos amor es trabajo no pago”, se quedaba corto para comprender la compleja trama de vínculos, relaciones, emociones y de labores que implica cuidar. Es en este punto donde me quiero detener: hablar de cuidados involucra mirar más allá del trabajo doméstico y reproductivo. Dar y recibir cuidados impacta sobre nuestros vínculos, sobre nuestras emociones, sobre nuestra salud. Por eso, despojar a este concepto tan amplio de la emotividad, de la ternura, del amor, del sufrimiento y del agotamiento, para sólo enfocarnos en su dimensión de labor- trabajo y de los efectos e impactos para la economía, puede llevarnos a anteponer el carro delante del caballo. 

Por las exigencias laborales en un mercado altamente excluyente y segmentado, que no sólo las desiguales cargas de cuidados recaen sobre las mujeres, sino que también a raíz de ello, no todas las personas tenemos la oportunidad de recibir ni de otorgar cuidados de igual calidad.

Después de este shock producto de la pandemia, ¿por qué seguimos midiendo todo en términos productivos? ¿Por qué seguimos pensando que quien cuida preferiría estar trabajando en el mercado laboral? ¿Por qué continuamos analizando dicotómicamente el uso del tiempo entre trabajo remunerado y no remunerado?; y ¿por qué no centrarnos el análisis del tiempo dedicado al ocio, la recreación, e inclusive, en sociedades tan desiguales y empobrecidas como la nuestra, al tiempo dedicado a las necesidades fisiológicas básicas, como comer, ir al baño y dormir bien? Sobre todo, ¿por qué seguimos anteponiendo las exigencias del mercado?

Después de todo, es en la búsqueda por productividad donde quedamos exhaustos y afectamos nuestra salud y la calidad de nuestros vínculos. Cuando comenzamos a medir todos los aspectos de la vida en relación a su productividad, favorecemos al ámbito que menos está haciendo por cuidarnos: las instituciones del mercado. Salvo cuando desde el mercado se ofrecen servicios de cuidado (como jardines infantiles, residencias de cuidado de larga duración o el empleo de casas particulares), el mercado laboral es el ámbito donde se invisibiliza la centralidad del trabajo reproductivo y de las responsabilidades de cuidado de los trabajadores y las trabajadoras, negándoles a los primeros la posibilidad de ser partícipes de los cuidados, y penalizando a las segundas por ser quienes históricamente cargan con la –casi- exclusiva responsabilidad de cuidar, de criar, de acompañar.

SISTEMA NACIONAL INTEGRAL Y FEDERAL DE CUIDADOS

Es por las exigencias laborales en un mercado altamente excluyente y segmentado, que no sólo las desiguales cargas de cuidados recaen sobre las mujeres, sino que también a raíz de ello, no todas las personas tenemos la oportunidad de recibir ni de otorgar cuidados de igual calidad. Es ahí cuando la comunidad, la familia extendida, los vecinos del barrio, las mujeres del merendero, los grupos de jóvenes de la parroquia y de las agrupaciones políticas, despliegan creativamente artilugios basados en la cooperación y la solidaridad para acompañarse en estas tareas de subsistencia, de sostenibilidad de la vida, de cuidados. 

Estamos ante un momento histórico en materia de políticas de cuidado en el país. El Poder Ejecutivo envió el proyecto de ley “Cuidar en Igualdad” de creación de un sistema federal de cuidados con perspectiva de género al Congreso; la diputada socialista Mónica Fein junto al diputado Enrique Estévez también presentaron un proyecto de ley de creación de un sistema nacional integral y federal de cuidados (por mencionar los más recientes). Estos proyectos no sólo ponen sobre la mesa una discusión urgente, sino que también intentan canalizar las demandas ciudadanas, cristalizan las formas de organización del cuidado comunitario y condensan la actuación legislativa existente que busca modificar los regímenes de licencia por nacimiento y de cuidados, desde hace al menos quince años a esta parte. 

Todo esto resulta alentador para pensar que desde el Estado existe, al menos discursivamente, el compromiso de contribuir a una sociedad más justa, inclusiva y corresponsable. Pero tenemos que tener clara cuál debe ser la función del Estado en la materia, y cuál no es ni debe ser su función. El Estado tiene una función central en garantizar el derecho de todas las personas a dar y recibir cuidados de manera digna, con pisos mínimos de bienestar garantizados en función de los derechos humanos universales conseguidos y amparados en los pactos y convenciones internacionales a los que adhiere. 

Pero debemos ser escépticos/as a que desde el Estado se nos indique cómo delimitar la noción de cuidados, y que con ello se vean limitados nuestros márgenes de acción en función de formas aceptables y no aceptables de cuidar, según los criterios de productividad vigentes. 

Si seguimos poniendo todo el peso de la balanza sobre la conciliación entre las labores de cuidado y el trabajo productivo en el mercado, en base a sus temporalidades, corremos el riesgo de caer en la trampa de creer que todas las relaciones humanas son transables.

Celebremos la politización de los cuidados y reconozcamos que ello se ha logrado en parte, gracias al impulso que las economistas feministas le han dado a la medición continua del uso del tiempo y al cálculo de su equivalente valor económico. Pero no permitamos que se opaquen y se desgarren los planos afectivos y corpóreos del quehacer cotidiano, de la construcción colectiva del hacer cuidados, en pos de eslóganes con discursos unidimensionales donde toda labor sólo tiene valor en tanto se monetariza o se le imputa un precio de mercado. 

Para dar cuenta de la complejidad de la labor de cuidados, tenemos que tener en claro qué le exigimos al Estado como respuesta. La clave es entender que no todos los aspectos de los problemas sociales podrán ser resueltos a través de políticas estatales, y por ello debemos ser estratégicos/as en qué demandamos: si seguimos poniendo todo el peso de la balanza sobre la conciliación entre las labores de cuidado y el trabajo productivo en el mercado, en base a sus temporalidades, corremos el riesgo de caer en la trampa de creer que todas las relaciones humanas son transables, y con ello que efectivamente aquello que llamamos amor, sea simplemente trabajo no pago.

Gabriela Marzonetto

Gabriela Marzonetto

Politóloga, analista de políticas sociales de cuidados en perspectiva comparada. Becaria posdoctoral del CONICET-FCPyS Universidad Nacional de Cuyo. Miembro del Carework Network.