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El racista es el otro

por | Jul 25, 2026 | Opinión, Sociedad

La derrota argentina en la final mundialista abrió un debate inesperado en torno al racismo de nuestro país y precipitó una serie de respuestas ante esa acusación. Investido de cierto nacionalismo herido, estas respuestas suelen ocultar una genuina discusión sobre la discriminación y la cuestión racial en nuestro país. 

Gentileza de la artivista Mirta Toledo. Serie «Héroes Afrodescendientes Argentinos Invisibilizados».

 

“La belleza del antirracismo es que no tenés que fingir que estás libre de racismo para ser antirracista.

El antirracismo es el compromiso de luchar contra el racismo donde sea que se lo encuentre, incluso uno mismo.

Y este es el único camino posible”
Ijeoma Oluo 

“¿Argentina es un país racista?” se preguntan comunicadores y generadores de contenido del mundo y de Argentina. Se lo preguntan frente a otros que responden. En el plano local, en su inmensa mayoría, unos y otros son blancos, y hasta pertenecen a distintos tipos de mainstream y otras formas de clases privilegiadas. Cientos de contenidos audiovisuales, placas, entrevistas, gráfica, notas digitales que parecen guionadas por un cadáver exquisito a fuerza de la IA y del listado de titulares que asoman en alguna búsqueda Google sin demasiada profundidad en su instrucción para responder tamaña pregunta que parte de no saber bien qué es el racismo. 

Las hegemonías culturales locales y del mundo, hegemonías que como acusaba Henri Lefebvre siempre son canal activo de lo que en verdad dicen o pretenden rechazar, quedaron divididas a dos aguas: las que sentencian que Argentina es lo más racista de la historia de la humanidad y las que sentencian que Argentina no solo no lo es, sino que es un paraíso para todos los sectores racializados. Bah, un paraíso para los negros, porque para todos estos nuevos especializados del tema a ambos lados de la corriente, el racismo se trata no sólo de un color, sino específicamente de un solo color.

Hay tanto, pero tanto contenido a disposición, hay tanta basura tan a mano, tantas opciones pretendiendo información, alimentando la sobreinformación, pretendiendo interpretación y promoviendo las sobreinterpretaciones, hay tanto de todo que la exageración aparece como aliada para sobresalir sobre esa marea de confusión, vanidad, monetización, aspiraciones dudosas. Grandilocuencia, adjetivación e irracionalidad llevadas a extremos como combustible del clickbait, de anzuelo para lograr el ansiado like, para capturar nuestra bendita y preciada atención. Que hoy, vale recordar, es un activo y es lo que toda esa gente necesita de nosotros, simples navegantes digitales o simpáticas audiencias, para monetizar. 

Argentina, como todos los países del mundo, es racista. Lo es porque el racismo es huella del colonialismo pero también porque su condición es estructural. Como cada violencia estructural, el racismo toma diferentes formas de revelarse acorde a los recorridos históricos de cada territorio.

Bajando un poco el volumen, lo que podemos empezar a decir es bien simple: Argentina, como todos los países del mundo, es racista. Lo es porque el racismo es huella del colonialismo pero también porque su condición es estructural. Como cada violencia estructural, el racismo toma diferentes formas de revelarse acorde a los recorridos históricos de cada territorio. Formas de revelarse que, a su vez, exigen formas diferentes de comprensión y de relato propio. Un relato muy abierto y elástico porque también genera experiencias particulares: hay algo de lo racial que se pone en juego frente a un otro que nunca es el mismo; ser blanco en Argentina entra en jaque bajo el lente de qué es blanco y qué es no blanco en Europa, al mismo tiempo que un no blanco en Argentina puede ser considerado el más blanco de todos en Estados Unidos. ¿Cómo se le explica a un norteamericano que acá El Polaco —cantante y compositor de cumbia— es considerado un negro?

En nuestro país, entonces, se racializan la clase social, los hábitos y consumos y la ideología —el pobre es negro; el desempleado según su clase o zona de residencia pasa rápidamente a ser vago y en consecuencia, negro; “mirá esas zapatillas que usa, ¡qué negro!”; la cumbia y el reguetón es de negros; el peronista es negro—, para pasar a extranjerizarse la raza: el negro siempre es “bolita”, peruano, si tiene rastas es jamaiquino, etcétera. Es una extranjerización estereotipada, exótica. Si Argentina es el país blanco de Latinoamérica, obviamente negro será siempre un otro. Una Argentina que en verdad es un puñado de avenidas porteñas que suelen darle forma a una argentinidad conceptual más que territorial y poblacional, que entonces puede mirar al norte argentino y sin ruborizarse decir cosas como “parece Bolivia y, si te ofende, el racista sos vos”.

Defender la excepcionalidad argentina —ideario sublime del porteñocentrismo, por eso es gracioso ver “al interior” repetirlo— al mismo tiempo que se niega el racismo y se practica el supremacismo no solo es contradictorio en términos que se excluyen entre sí, o sea, funcionan como contradicción fatal y no como una contradicción posible para sacar de ahí algo jugoso, sino que, a su vez, es el tiro al pie: sos excepcional en lo bueno pero también en lo malo. De esa disyuntiva nace que de repente seamos los más villanos, porque nos narramos en la excepción, no le damos aire a todo eso que somos. Esa condena inevitable es la que genera la nefasta construcción de una excepcionalidad que, más allá de los parámetros que la originan, la han sostenido comprensiones sin dudas racistas, supremacistas, clasistas, misóginas, y un largo etcétera.

Gentileza de la artivista Mirta Toledo. María Remedios del Valle, 2013, Serie «Héroes Afrodescendientes Argentinos».

Estas formas en las que el racismo argentino se revela tienen lógica en nuestros relatos funcionales, presos de su tiempo, pues son eurocentristas. Un poema nacional como el Martín Fierro, donde el gaucho mata al negro y tilda de buscona a la negra, un negro y una negra figurados con poco sentido del humor que reciben un tono que salta de agresivo a paternalista por parte del gaucho; o La Vuelta del malón, un cuadro de Ángel Della Valle, que inaugura lo que llamamos arte nacional, pero que surge como necesidad de una convocatoria celebratoria de “la conquista española”, un cuadro hecho para ser llevado a Chicago, la ciudad anfitriona de la fiestita colonizadora, pero que también se piensa como un guiño de apoyo directo a Roca. El “matar al padre” de cada sociedad/país debería significar matar a esos relatos. 

Cuando hablamos de lo abierta y generosa que es nuestra Constitución Nacional solemos olvidar que habla de fomentar la inmigración europea: hay en el artículo 25 una calificación a la inmigración deseada acorde a su espíritu eurocentrista. Gracias a los dioses constitucionales, nuestro país recibió a los que en su propio país, en su gran mayoría, eran racializados. 

La riqueza de Argentina no solo nace en sus periferias, sino que viene de las periferias y de los periféricos del mundo. Y esta gracia aún está ahí frente a cada uno de nosotros más viva y radiante que nunca, pero también siendo atacada: ¿De qué creen que se tratan las campañas de criminalización que lleva adelante Jorge Macri en las villas? 

¿De qué “color” son las cárceles en Argentina? Si ocurre algo, falta algo, se va de las manos una situación en cualquier lugar: ¿Quién o quiénes van a ser los primeros sospechosos? ¿La gente blanca o la no blanca? Si en una búsqueda laboral van una mujer no blanca y una mujer blanca a un trabajo, aunque la primera esté más calificada, ¿quién se queda con el puesto? Lo mismo entre hombre blanco y hombre no blanco. Ahora, puede cambiar un poco el asunto entre un hombre no blanco y una mujer no blanca, porque si hay alguien aún en peores condiciones frente al racismo y al supremacismo esa es la mujer racializada. ¿Quiénes sostienen las cacerolas en los barrios? ¿Quiénes limpian y sostienen las casas de las mujeres empoderadas? ¿Quiénes crían a los hijos de las familias independientes y exitosas? ¿Acaso nadie recuerda cuando se denunció que a “las chicas que ayudan en casa, que son como la familia” no las dejaban tomar el mismo transporte que al resto para llegar a Nordelta? ¿Quiénes son las que sostienen las redes de cuidado? La lista de preguntas retóricas y apuntes puede ser interminable. 

Cuando decimos que hubo un borrado sistémico de lo negro, no estamos diciendo que se desapareció a la totalidad de la población negra, decimos que se los borró de la historia. No se los contó, no se los narró: no existieron durante siglos, y aún hoy, en muchos abordajes no se los incorpora, no existen incluso en temas que han sido y son protagonistas. 

El cuentito de la Argentina hecha desde los barcos es reduccionista, eurocentrista y racista. Para cuando llegaron esos barcos de los que se habla, a finales del siglo diecinueve y a inicios del siglo veinte, ya habían llegado durante varios siglos antes otros tantos barcos desde África. Y otros tantos más de otras partes del mundo en las más diversas condiciones que poco y nada tienen que ver con el turismo, y demasiado con la posibilidad de salvar sus vidas, de venir a encontrar a nuestras tierras una vida.

Cuando decimos que hubo un borrado sistémico de lo negro, no estamos diciendo que se desapareció a la totalidad de la población negra, decimos que se los borró de la historia. No se los contó, no se los narró: no existieron durante siglos, y aún hoy, en muchos abordajes no se los incorpora, no existen incluso en temas que han sido y son protagonistas. Apenas hace unos años asoman algunos nombres heroicos e indispensables para el devenir de esta tierra, como el de la gloriosa María Remedios del Valle, que comparte billete con Manuel Belgrano. Pero en general es un modus operandi y no ponerlo sobre la mesa es parte del problema: la historia, la participación, el protagonismo no blanco no solo se ha borrado sino que se sigue borrando, ninguneando, minimizando, y apropiando. No plantearlo es no escuchar los reclamos que nuestros hermanos afroargentinos, afrodescendientes, que la diáspora africana en Argentina y diversas comunidades no blancas mantienen con el Estado y sí, también con la sociedad toda. Supongo que, como argentinos que no son racistas, que son antirracistas, patriotas que dan la vida por otro argentino, entenderán esto.

Ahora, parte de los problemas estructurales para la comprensión íntegra del racismo surgen de la hegemonización del racismo estadounidense. Esto es, por un lado, creer que el racismo apunta solo y exclusivamente a lo negro, y que lo negro es solo afro, y por otro lado, el definir la cuestión racial en los términos estadounidenses, que por supuesto no son universales. Y esto es gravísimo y problemático. Es prácticamente imposible aplicar la particularidad racial de un país en otro, pero Estados Unidos ha dominado esta conversación, y la propia comunidad afroestadounidense es también parte de esta errata que queda presa de su propia experiencia y no habilita otras. 

 Gentileza de la artivista Mirta Toledo. Horacio Salgán, 2016, Serie «Héroes Afrodescendientes Argentinos».

La anécdota que mejor lo grafica la protagoniza Malcolm X: hace un viaje a África y conoce a blancos que lo reciben y abrazan como un hermano; cuando regresa a su país hace una autocrítica y hasta se disculpa por la visión absoluta que tenía. No todos los blancos son como los norteamericanos, plantea. Es muy interesante ese giro por la propia deriva relacional entre él y Martin Luther King, que en su visión era el Tío Tom. Al final de sus vidas cada uno se movió; los mataron antes de que esos movimientos los aproximaran como para unir fuerzas: Malcolm X ya no creía que el problema fueran todos los blancos, sino que con ellos se podía construir un mundo antirracista también; y King empezaba a darse cuenta de que debía estar más atento a los problemas estructurales de su comunidad en particular, que eran planteados por un Estado blanco que, aún escuchándolo, lo tenía a raya.

Las contradicciones, las demandas, los rechazos a estas formas estadounidenses de parte de la diáspora africana, digamos, para hacerlo cortito y al pie, de todos los negros del mundo, de todos los no blancos, de los que somos antirracistas, de los que estudiamos y pensamos la cuestión racial y practicamos la interseccionalidad, es una constante, es una vieja lucha conocida. En cambio, la conversación pública y cultural argentina, que por lo general habla de racismo cuando aparece un caso como el de George Floyd o cuando desde aquella mirada yankee se preguntan por qué no hay negros, es excesivamente propensa a aferrarse a la bibliografía tanto de Estados Unidos como de Inglaterra, que puede ser muy certera en general y en sus propias introspecciones, pero totalmente fallida para aplicar acá (y en Latinoamérica). Y esto, claro, no solo se ve en lo racial sino prácticamente en todo, lo que termina generando no solo pésimos y nulos aportes a lo local, sino un progresismo cómodo en su esnobismo y poco afecto al ejercicio crítico con la realidad local.

La raza es una construcción política, el antirracismo es una construcción de conciencia política, le recuerda a todo cuerpo su condición política. La primera define los grupos de poder, la segunda organiza a las personas frente a la primera, convoca, le da voz, memorias, proyecto de vida, reconocimiento de su lugar en una cadena de producción y de economías. 

Es muy difícil que haya antirracismo si no hay escucha. Veo todo el contenido, toda la producción informativa, efectista, emocional de unas semanas a esta parte y es increíble que casi no aparezcan voces de los sectores racializados. Insólito, inédito, parece una ofensa preguntar si a nadie se le ocurrió sumar a las voces negras, a las voces no blancas, a las que vienen estudiando y trabajando desde toda su vida el racismo local, regional, estructural, con recorrido geográfico, político, con los devenires culturales y las biografías sociales.

Por eso me gusta tanto cómo Steve Biko rompe el cerco de ese relato racial hegémonico que opera en y desde Estados Unidos: el tipo nos dice que negro es el explotado. Todo explotado. O cómo Stokely Carmichael pone el foco en la jerarquía y posibilidad de violencia, una posibilidad resultado de la impunidad que otorga la jerarquía: “Si un hombre blanco quiere lincharme, ése es su problema. Si puede lincharme, ése es mi problema. El racismo no es una cuestión de actitud, es una cuestión de poder”.

Es muy difícil que haya antirracismo si no hay escucha. Veo todo el contenido, toda la producción informativa, efectista, emocional de unas semanas a esta parte y es increíble que casi no aparezcan voces de los sectores racializados. Insólito, inédito, parece una ofensa preguntar si a nadie se le ocurrió sumar a las voces negras, a las voces no blancas, a las que vienen estudiando y trabajando desde toda su vida el racismo local, regional, estructural, con recorrido geográfico, político, con los devenires culturales y las biografías sociales. Es decir, voces no blancas y no influencers, no generadores de contenido con IA y Google, no habladores ni vivenciales, sino investigadores, activistas, organizaciones sociales a diferente escala, porque el racismo no es uno solo por lo que una sola voz no alcanza, y menos si es una sola voz blanca, mainstream, privilegiada. ¿Acaso solo importa que las ciencias y las militancias alcen su voz y ocupen los espacios que les corresponden por derecho cuando son de nuestro partido, cuando van a sostener nuestros relatos, cuando van a defender mi maldito sentido común, cuando son útiles al kiosquito sectorial? ¿O acaso no confían en el saber y decir no blanco?

El racismo tiene un primo hermano que es el supremacismo. No son lo mismo, muchas veces van de la mano, pero otras tantas no. Alguien puede no ser necesariamente racista pero sí ser supremacista. Si el racismo es el desprecio y la intolerancia violenta al otro no blanco, al otro diferente, al explotado, el supremacismo es el que paternaliza a ese otro, el que se cree en una posición, valga la redundancia o la obviedad, de superioridad intelectual, cultural, moral. 

Basta una conversación musical para ejemplo: durante la final de Argentina y España se revoleaban los “no somos racistas” al mismo ritmo que se sucedían los “qué grasa María Becerra, groncha, no me representa, qué hace ahí si ni sabe hablar esta villera”. Gran momento para volver a las sabias palabras de James Elkins: “El gusto —construcción europea posrenacentista— siempre ha defendido valores distintos a los estéticos, y siempre ha borrado la política y naturalizado la sociedad. Mientras te resistas a entender eso seguirás confundiendo lo local con lo universal, el placer con el significado, el conocimiento con la comprensión”. ¿Hace falta recordar los kilómetros de textos, de audios, de conversaciones supremacistas que despertó el Super Bowl de Bad Bunny? ¿Las declaraciones de Fito Páez sobre Latinoamérica, muy especialmente sobre el Caribe? Los que dicen que “sobre gustos no hay nada escrito” supongo que lo dirán porque todo lo escrito, que es mucho, los interpela. Pienso también ahora en medios como Futurock burlándose de cómo hablan en el Caribe: creer que el único idioma posible no solo es el tuyo, sino la forma en la que el tuyo pronuncia debe ser de los supremacismos no solo más básicos, sino más infantiles. Como ven, la realidad es más compleja y no entra en un reel apresurado informando, atacando ni defendiendo. 

Gentileza de la artivista Mirta Toledo. Ida Edelvira Rodríguez, poeta, 2016, Serie «Héroes Afrodescendientes Argentinos».

En tiempos como los nuestros en los que poco se discierne –y esto aplica también a la confusión de conceptos–, volver a separar racismo y supremacismo nos ayuda a rever, a elegir, a pensar amplia y profundamente las palabras que elegimos, las posiciones en las que queremos pararnos en un mundo de violencias estructurales y algoritmos que se alimentan a velocidad de la luz no solo de ellas, sino de la reacción inmediata, sin que haya tiempo para mediar, para darle paso a la reflexión, al pensamiento político. Tuiter directamente ya tiene botones que invitan a “amplificar”, usa exactamente ese verbo. La sociedad del espectáculo siendo una sociedad de puro nervio, porque eso es la reacción, y esa es la fuente de riqueza de los algoritmos.

Me parece muy preocupante que en la conversación digital, pero también en medios, streams y demás, entre gente adulta y profesional de las ciencias sociales, de la cultura, figurines de esas hegemonías culturales mainstream o conocidas, tampoco se distinga entre Estado, gobierno, nación, pueblo, comunidades. Es realmente preocupante porque es una proyección, un traslado de responsabilidades, y todas bajo un falso nacionalismo. Claro que este es un mal global.

He escuchado a muchos y muchas decir que eligen a cualquier argentino antes que a cualquier otro extranjero: ¿en serio entre Videla y Martin Luther King elegirían a Videla? Bueno, supongo que algo de esto explica por qué entre muchos peronistas Victoria Villarruel cae simpática, ja. He escuchado a muchas y a muchos del campo nacional y popular pedir privatización de escuelas, universidades y hospitales para latinoamericanos porque no apoyaban a Argentina en una final. Los he visto salir a cancelar artistas a lo loco por no decir nada grave, solo por preferir otras selecciones, o por compartir imágenes de algunos jugadores defendiendo causas que ellos también defienden, como Patti Smith con Palestina. 

Lo más brutal por estas horas es la cancelación masiva a Rosalía, por los mismos que hasta no hace mucho acusaban de nazis a los canceladores, porque compartió un video en el que sonaba su canción sin leer que era contra nosotros, y lo eliminó luego, y se disculpó. Javier Bardem tuvo que hacer un video también extenso con idéntico fin: vale la pena porque habla del juicio a las juntas y de esa Argentina modelo en derechos humanos. Todos españoles que celebraron su campeonato y en el fervor pudieron pifiarla un poco más o un poco menos, o quedar presos del recorte malintencionado. En todo esto asoma esa construcción de jerarquías y poder que mencionábamos antes pero, más allá de todo análisis profundo, lo ridículo que es el sujeto tomado por la manera de comunicación que han impuesto las redes. Ya sea por gusto o por ansia monetizadora. Ridículo y funcional: si alguna de las conspiraciones son reales, todo marcha según el plan. Aislados, amplificando todo el odio y con pésima defensa, estamos con el moño puesto para terminar de rematar el país.

El problema del nacionalismo mundialista, o del nacionalismo berreta que abunda también más allá del evento deportivo, no es que sea efímero sino que es selectivo y sobreactuado: porque esconde en su interior exactamente lo opuesto. Perdón que no les crea, pero no les vi un solo gesto político ni inteligente durante semanas, semanas en las que también estaba en juego la Ley de Tierras, propiedad privada, y demás.

Por eso es de mínima llamativo el nivel de mediocridad o de deshonestidad intelectual con el que estos defensores de lo patrio no abordaron nunca cómo funciona el algoritmo, y cómo —por vanidad, por desesperación de no perderse una, de aprovechar para ir contra otro pueblo (sin distinguir, de nuevo, entre Estado, gobierno, pueblo, nación, comunidad), etcétera— han amplificado cada zoncera, han legitimado cada zoncera. Somos bastantes responsables del uso que le damos a lo que se produce y reproduce, que nos quieran hacer creer que es una batalla perdida tiene razones que se explican solas estos días. No quiero decir que por no darle un RT ganamos, pero sí que hay algo de la retroalimentación que nos encierra entre cuatro paredes y ya no se ve más allá de eso. Como diría Lorde, no somos responsables de nuestras opresiones pero sí de liberarnos de ellas. Y para darnos una pista de cómo hacerlo, nos dejó su hit: nunca con las herramientas del amo.

Hay responsabilidades políticas que son claras en esto y jugando a las conspiraciones nadie las planteó. Durante estas semanas a ninguna de esas mentes brillantes e hipernacionalistas, que lo quieren mucho más que yo al país porque yo digo que hay racismo estructural, se les ocurrió poner en el foco de lo que estaba pasando al gobierno de Milei, que es sin dudas el gran responsable de todo esto, y para dar quizás un poco más de profundidad y márgenes, hablar del Estado argentino en perspectivas históricas. Eligieron siempre quedarse en el clima digital, incluso cuando luego pasó a mayores y tomó en serio lugar en ciertos medios (lo del The New Yorker fue una vergüenza, pero no asombra a nadie, ni siquiera a los propios, pero también recuerdo tantas notas en esa línea en La Nación, Clarín, tantos programas sosteniendo el relato civilización y barbarie, la idea de un Messi maradonizado que ataca a nuestros dos capitanes amados con un solo tiro). Capaz porque tampoco distinguen los conceptos y categorías de los que venimos hablando. ¡Vaya sabiondos, especialistas e intelectuales! En efecto, muchas de esas voces rechazan la posibilidad de hablar de fascismo en nuestro tiempo; bueno, capaz ahora que tocó el corazón futbolero sí se animan.

Veo en esto que pasó una oportunidad perdida de salir al mundo a decir no somos lo que Milei dice que somos, no somos Milei de rodillas frente a Trump, no somos el trumpismo. De exponer en el mundo cómo Milei, frente a determinada ola de odio, no salió a decir nada a favor de Argentina, al contrario: porque odia a su país, lo desconoce. Lejos de poner las fuerzas en reclamarle al gobierno dignidad y respeto a nuestro país, a nuestro pueblo, el orgullo salió por alimentar algoritmos y desterrar lo político para convertirlo en entretenimiento y consumo vanidoso en nombre de un falso nacionalismo. Una oportunidad única que podría incluso haberse adelantado a todo esto y, desde el vamos, exponer cómo estamos viviendo y cómo somos violentados continuamente por un presidente agresivo. No hubo día que no salieran fotos de las principales figuras del gobierno israelí, desde Netanyahu a personalidades del mundo que lo apoyan, con un funcionario del gobierno argentino luciendo camisetas de nuestro país, o los influencers de la LLA tratando de monos a los jugadores negros, haciendo teorías de cómo todo lo arruinan los negros, compartiendo plantillas de jugadores blancos contabilizando sus copas y los fracasos de equipos negros, que además eran falsas. No hubo un solo día que los grandes nacionalistas que salieron a enfrentar la campaña antiargentina tomara algo de eso para rechazar y redireccionar la conversación a la responsabilidad política. 

El problema del nacionalismo mundialista, o del nacionalismo berreta que abunda también más allá del evento deportivo, no es que sea efímero sino que es selectivo y sobreactuado: porque esconde en su interior exactamente lo opuesto. Perdón que no les crea, pero no les vi un solo gesto político ni inteligente durante semanas, semanas en las que también estaba en juego la Ley de Tierras, propiedad privada, y demás, cuyo tratamiento ahora fue pasado para tratarse el 6 de agosto. Supongo que nos veremos en las calles, ¿no? Porque parte de lo que nos permite defender esta ley es también defender a la población no blanca a lo largo y ancho del país. No se trata solo de nuestros recursos sino también de aquellos que los trabajan, los cuidan y habitan nuestra tierra.  

Gentileza de la artivista Mirta Toledo. Sargento Juan Bautista Cabral, 2013, Serie «Héroes Afrodescendientes Argentinos».    

Mirta Toledo (Buenos Aires, 1952) es una «artivista» quien, desde 1990, consagra su obra a la celebración de la diversidad étnica, sexual, cultural y religiosa, proponiendo una mirada alternativa y superadora del relato eurocéntrico. Egresada de la Universidad Nacional de las Artes (UNA) como Licenciada en Artes Visuales con especialización en Pintura, consolidó su formación técnica previa con los títulos de Maestra de Dibujo (1973), Profesora de Pintura (1977) y Profesora de Escultura (1984). A lo largo de su etapa formativa, recibió más de una veintena de distinciones en dibujo y escultura.

En 1987 se radicó en los Estados Unidos, período en el cual inauguró su célebre serie Pure Diversity y representó a su país de origen en la exhibición 7 Women from 7 Countries (Museum of the Americas, 2004). Durante su residencia en el exterior, fue becaria de prestigiosas instituciones como Coronado Studios en Austin, Stone Metal Press en San Antonio —donde se especializó en serigrafía artística— y el Leadership Institute de la Asociación de Arte y Cultura Latina (NALAC). Asimismo, desempeñó una intensa labor en la gestión cultural: fue periodista para el Fort Worth Star Telegram, curadora en La Peña Latino Arts Organization y docente en la Fundación LUPE Arte. Este compromiso comunitario y artístico fue reconocido con las distinciones «Orgullo Hispano» (Univisión 23, 1995) y la Estrella Award a Mujeres Sobresalientes en el Arte (Hispanic Women’s Network, 1998). Si bien ha priorizado las artes visuales, Toledo posee una trayectoria literaria. Desde 1992 publica textos en diversas antologías, y es autora de la novela La semilla elemental (Vinciguerra, 1993) y del libro de cuentos Dulce de leche (Torremozas, 1996).

A su regreso a la Argentina en 2007, la artista profundizó su enfoque en temáticas ligadas a la identidad, la niñez, la depresión y muerte, la inmigración y los afrodescendientes. Entre 2012 y 2016, llevó a cabo una rigurosa investigación histórica que culminó en la creación de cuarenta retratos de la serie Héroes Afrodescendientes Argentinos, un proyecto conjunto con el instituto IARPIDI. En 2019, esta colección fue declarada de Interés Cultural por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Declaración 727/2019). Ese mismo año fue incluida en el compendio historiográfico 100 grandes Mujeres Latinoamericanas, de la Dra. Lauren Rea (Editorial Atlántida).

Bárbara Pistoia

Bárbara Pistoia

Bárbara Pistoia es editora, ensayista y crítica cultural. Publicó "Una guerra en paz. Comunidad, trabajo cultural y deseo en las ciudades gentrificadas" (Marciana, 2025), "Por qué escuchamos a Tupac Shakur" (Gourmet Musical, 2019) y "¡Ay, amor! Un ensayo sobre la cumbia santafesina" (Gourmet Musical, 2024). Es editora y coautora de "Todo Diego es político" (Síncopa, 2020).