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Tecnología, dignidad y democracia: una mirada sobre la inteligencia artificial

por | Ago 19, 2026 | Opinión, Tecnología

La irrupción de la IA obliga a revisar las reglas con las que organizamos el trabajo, distribuimos la riqueza y construimos la vida en común. El desafío, propone Juan Carlos Melliard, es aprovechar su potencial sin sacrificar aquello que no puede reducirse a métricas de eficiencia.

Obra de Mirta Dermisache de la muestra retrospectiva «Porque ¡yo escribo!», Museo Malba (Curador: Agustín Pérez Rubio).

UNA TRANSICIÓN QUE NOS INTERPELA

En los últimos años, los sistemas de inteligencia artificial han pasado de ser herramientas especializadas a plataformas capaces de asumir tareas que antes requerían habilidad, formación y tiempo humano, y de uso generalizado. La velocidad de ese proceso ha llevado a gobiernos, empresas e instituciones a plantear con urgencia una pregunta tanto técnica como política: ¿Cómo se gobierna esta transición para que sus beneficios sean universales y sus costos, equitativos?

El problema es que esa pregunta se formula casi siempre desde los centros del poder tecnológico mundial. Sus respuestas llevan la marca de su origen: instituciones del hemisferio norte, mercados laborales formalizados, infraestructuras digitales consolidadas. Cuando esos marcos se proponen como universales, lo que se hace —a veces sin advertirlo— es presentar como común una realidad que no lo es para todos. Leer este debate desde Argentina produce una incomodidad que vale la pena explorar: ¿Qué implica la llegada de la superinteligencia para una sociedad atravesada por desigualdades estructurales, con una economía históricamente informal y una democracia que todavía se está consolidando?

Cuando la automatización alcanza no solo el trabajo físico sino el pensamiento, el juicio y la creación, la respuesta no puede ser simplemente adaptarse a los nuevos mercados. Debe ser una reafirmación de lo que ningún algoritmo puede reemplazar ni debe reemplazar: la experiencia vivida, el vínculo entre personas, la responsabilidad ética, la comunidad política.

LO QUE EL MERCADO NO PUEDE MEDIR

La inteligencia artificial radicaliza una pregunta que el humanismo viene sosteniendo desde sus orígenes: ¿Qué especificidad define a la especie humana? Cuando la automatización alcanza no solo el trabajo físico sino el pensamiento, el juicio y la creación, la respuesta no puede ser simplemente adaptarse a los nuevos mercados. Debe ser una reafirmación de lo que ningún algoritmo puede reemplazar ni debe reemplazar: la experiencia vivida, el vínculo entre personas, la responsabilidad ética, la comunidad política.

La lógica de mercado opera sobre lo que puede medir: transacciones, productividad, rendimiento. Pero la vida humana desborda permanentemente esas categorías. El maestro rural que transmite conocimiento con paciencia, el músico de folklore que sostiene una identidad regional, el militante barrial que teje redes comunitarias: ninguno es ‘productivo’ en el sentido que calcula un sistema de eficiencia. Pero todos hacen algo irreemplazable. Si aceptamos que el valor humano se define por lo que la IA todavía no puede hacer mejor que nosotros, estamos aceptando intrínsecamente que el criterio de valor que nos vamos a apicar a nosotros mismos es el del mercado tecnológico. Y ese criterio degrada sistemáticamente todo lo que no puede cuantificar. La historia lo confirma: la electricidad iluminó los palacios y las fábricas antes que los barrios populares. Internet expandió la vigilancia y la desinformación con la misma eficiencia con que expandió el conocimiento. La IA hará lo que las estructuras de poder que la regulen —o que la dejen sin regular— permitan que haga. En la era de la superinteligencia, ese riesgo se vuelve estructural: el mercado no fallará ocasionalmente en distribuir sus beneficios —fallará por diseño.

EL CONOCIMIENTO ES DE TODOS

Obra de Mirta Dermisache de la muestra retrospectiva «Porque ¡yo escribo!», Museo Malba (Curador: Agustín Pérez Rubio).

Ningún inventor parte de cero. Newton lo reconoció mejor que nadie: «Si he visto más lejos es porque estoy parado sobre hombros de gigantes». Los algoritmos de aprendizaje profundo que sustentan la IA actual descansan sobre la estadística bayesiana del siglo XVIII, la lógica formal de Aristóteles, la lingüística del siglo XX y décadas de matemática académica financiada con fondos públicos. Los modelos de lenguaje fueron entrenados con el texto que la humanidad produjo libremente durante generaciones. La inteligencia artificial no inventó nada desde la nada: procesó y aceleró lo que millones de seres humanos construyeron colectivamente a lo largo de milenios. Internet misma nació como proyecto del Estado norteamericano —ARPANET, financiada con fondos públicos— y su apertura a la sociedad fue la condición de su potencia transformadora. La historia del progreso tecnológico es, en buena medida, la historia de lo que ocurre cuando el conocimiento se comparte.

Y hay una deuda aún más profunda: la que sostiene las condiciones materiales en que el conocimiento se produce. El maestro que enseñó a leer al ingeniero que diseñó el chip no aparece en ninguna patente. La enfermera que cuidó al matemático que desarrolló el algoritmo no figura en ningún paper. El agricultor que alimenta a los científicos del laboratorio no tiene participación en los beneficios. Sin embargo, sin cada uno de ellos, nada de lo que llamamos progreso tecnológico sería posible. Apropiarse de los frutos sin reconocer esa deuda —y sin redistribuir en consecuencia— no es solo ingratitud. Es un modelo de acumulación que destruye las mismas bases que lo hacen posible. El conocimiento es patrimonio de la humanidad. Y los beneficios de la tecnología que ese conocimiento hace posible deberían serlo también.

EL TRABAJO Y LA DIGNIDAD EN DISPUTA

La dimensión del trabajo es quizás la más urgente de esta transición. El desplazamiento laboral será masivo y no afectará a todos por igual. Pero las propuestas que circulan en los foros especializados están pensadas para economías con alta formalización laboral, sindicatos fuertes y redes de seguridad social consolidadas. En Argentina, donde aproximadamente la mitad de los trabajadores está en el sector informal y donde esas redes son objeto permanente de ajuste fiscal, esas propuestas necesitan una reformulación de fondo.

La pregunta central no es solo cuántos empleos se destruirán y cuántos se crearán. Es una pregunta más antigua: ¿qué clase de relación entre trabajo y dignidad queremos construir? La tradición humanista de la socialdemocracia no reduce el trabajo a su función económica. Lo entiende también como espacio de realización personal, de identidad colectiva, de pertenencia social. Las políticas de transición laboral no pueden limitarse a la recapacitación técnica. Deben incluir el reconocimiento de trabajos irreductiblemente humanos: el cuidado de personas mayores, la educación temprana de infantes, la salud mental comunitaria, la producción cultural. Argentina tiene una historia rica en estas economías del vínculo, muchas veces organizadas de forma cooperativa o comunitaria. Esa historia debe ser un activo estratégico en la transición tecnológica, no una memoria del pasado.

Apropiarse de los frutos sin reconocer esa deuda —y sin redistribuir en consecuencia— no es solo ingratitud. Es un modelo de acumulación que destruye las mismas bases que lo hacen posible. El conocimiento es patrimonio de la humanidad. Y los beneficios de la tecnología que ese conocimiento hace posible deberían serlo también.

LA OPORTUNIDAD HISTÓRICA DE LA SOCIALDEMOCRACIA

Hay momentos en que las ideas que una tradición viene sosteniendo se vuelven inevitables para todos. La socialdemocracia atraviesa hoy uno de esos momentos. Si las máquinas producen cada vez más y los humanos producen cada vez menos en el sentido en que el mercado lo mide, el mecanismo tradicional de distribución de riqueza a través del vínculo empleado/empleador sencillamente se rompe. Y cuando ese mecanismo se rompe, la única institución con capacidad y legitimidad para reemplazarlo es el Estado.

En ese marco, el ingreso universal —un ingreso básico garantizado para todos, independientemente de su situación laboral— deja de ser una utopía marginal para convertirse en una respuesta concreta a un problema sistémico. Esta propuesta tiene dos fundamentaciones que raramente convergen. Desde la perspectiva humanista: la dignidad no se gana en el mercado laboral, se tiene por el solo hecho de existir. Desde la lógica liberal y económica: si la automatización avanza sin redistribución, la riqueza se concentra en quienes poseen los sistemas mientras una masa creciente pierde poder adquisitivo. Serán miles de millones los consumidores que dejarán de consumir. Los mercados colapsarán desde adentro. El ingreso universal no es solo una demanda de la izquierda humanista: es también una condición de supervivencia del propio capitalismo. Que esa conclusión provenga de ambas tradiciones es la señal de que estamos ante una propuesta que la socialdemocracia está en condiciones únicas de liderar.

Para Argentina, esto tiene resonancia inmediata. La Asignación Universal por Hijo, las transferencias condicionadas, los planes de empleo nacieron como respuestas de emergencia y la realidad los convirtió en estructuras permanentes. La transición hacia la superinteligencia no hace esas experiencias obsoletas: las vuelve fundacionales.

DEMOCRACIA, DIVERSIDAD Y SOBERANÍA

Obra de Mirta Dermisache de la muestra retrospectiva «Porque ¡yo escribo!», Museo Malba (Curador: Agustín Pérez Rubio).

La democracia en la era de la superinteligencia requiere condiciones materiales, no solo procedimientos. No puede haber participación genuina si los ciudadanos no tienen acceso a las tecnologías en discusión, ni debate público informado si la brecha digital reproduce las desigualdades preexistentes. Para Argentina, con su persistente desigualdad territorial en conectividad y educación tecnológica entre el Gran Buenos Aires y las provincias, entre centros urbanos y zonas rurales, una política de IA que no aborde esa base no democratizará el acceso: solo profundizará las brechas existentes.

La integración social no es simplemente tolerancia de la diversidad: es la construcción activa de condiciones para que personas con distintos orígenes, capacidades e identidades participen en igualdad real. Esto significa que los trabajadores informales deben tener acceso a redes de seguridad que los protejan del desplazamiento, y que los jóvenes de sectores vulnerables deben acceder a educación tecnológica de calidad antes de que el mercado laboral los deje obsoletos. La diversidad, además, no es solo un valor cultural sino una garantía epistémica: las sociedades que incorporan la pluralidad de voces en sus decisiones toman mejores decisiones: así de simple. Un sistema de gobernanza tecnológica que no incorpore la perspectiva de las mujeres, los trabajadores y las comunidades marginadas producirá tecnología sesgada y políticas excluyentes.

La soberanía tecnológica tampoco es un programa de autarquía: es una condición de la autonomía democrática. Argentina tiene universidades públicas con masa crítica científica y una tradición en software y desarrollo tecnológico. La política pública en inteligencia artificial debe partir de ese inventario real, no de una imitación de los modelos del norte. Y debe exigir, en los foros internacionales, que las reglas de gobernanza global de la IA se construyan con voces del sur y no solo para el sur.

La soberanía tecnológica tampoco es un programa de autarquía: es una condición de la autonomía democrática. Argentina tiene universidades públicas con masa crítica científica y una tradición en software y desarrollo tecnológico. La política pública en inteligencia artificial debe partir de ese inventario real, no de una imitación de los modelos del norte.

LO QUE NO PUEDE CALCULARSE

Hay una dimensión de esta transición que los marcos regulatorios suelen eludir: la dimensión de sentido. Las preguntas sobre para qué vivimos, cómo construimos vínculos que nos sostengan, qué transmitimos a quienes vienen después de nosotros. Argentina tiene, en este punto, algo genuino para ofrecer al debate global: una cultura de la adversidad que ha sabido producir sentido en condiciones de precariedad. El tango nació en los márgenes de una ciudad que no sabía qué hacer con sus migrantes. El teatro independiente argentino construyó una de las tradiciones escénicas más ricas del mundo con recursos mínimos y vocación comunitaria. El psicoanálisis arraigó aquí con una intensidad inusual porque encontró una sociedad dispuesta a hacerse preguntas incómodas sobre sí misma. Esa capacidad de producir cultura, vínculo y pensamiento crítico en contextos difíciles no es una curiosidad folclórica: es una competencia social profunda que la transición tecnológica no debería barrer sino potenciar.

En una sociedad donde la IA puede hacer cada vez más cosas que antes requerían habilidad y tiempo humano, la pregunta sobre qué queda reservado a lo humano se vuelve más urgente, no menos. Y esa pregunta no tiene respuesta técnica: tiene respuesta cultural, política y filosófica. La disposición a no reducir lo humano a lo medible, a no confundir eficiencia con valor, es lo que debería orientar la política argentina frente a la superinteligencia. No el rechazo a la tecnología ni la fascinación acrítica, sino la pregunta persistente: ¿para quién? ¿Con qué fines? ¿Bajo qué condiciones de igualdad y diversidad? Preguntas que no tienen respuesta en ningún laboratorio de Silicon Valley. Tienen respuesta en la tradición política y filosófica. En la nuestra.

CONCLUSIÓN: UNA APUESTA RENOVADA

La inteligencia artificial es el desafío político más importante de nuestra época, no porque la tecnología sea intrínsecamente amenazante sino porque su impacto cambiará el pacto social y este dependerá de las decisiones que tomemos como sociedades. La tradición humanista y socialdemócrata tiene algo genuino para decir: una concepción del ser humano que no se agota en su utilidad económica, una teoría del Estado como arquitecto de la vida digna, una historia de conquistas —el sufragio universal, la educación pública, la seguridad social— que demuestra que las transiciones más difíciles pueden procesarse democráticamente cuando existe voluntad política: prueba de ello son las leyes laborales argentinas del siglo XX, el “New Deal” norteamericano, y los Estados de Bienestar europeos de la postguerra.

El humanismo no es nostalgia. Es la apuesta, renovada en cada época, de que la historia puede tener una dirección más justa. La inteligencia artificial no cancela esa apuesta: la hace más urgente. Lo que hagamos con esta tecnología extraordinaria depende de nosotros. Y ese ‘nosotros’, en democracia, no puede dejar a nadie afuera.

Obra de Mirta Dermisache de la muestra retrospectiva «Porque ¡yo escribo!», Museo Malba (Curador: Agustín Pérez Rubio).

Mirtha Dermisache (Buenos Aires, 1940-2012) estudió en las Escuelas Nacionales de Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón. Entre 1966 y 1967 realizó su primer libro de grafismos. En la década de 1970, su trabajo fue valorado por Jorge Romero Brest, Amancio Williams, Oscar Masotta y Edgardo Cozarinsky, entre otros, y presentado en el CAYC, que dirigía Jorge Glusberg. Ulises Carrión expuso sus obras en la galería Other Books and So (Amsterdam) y el editor y curador belga Guy Schraenen las publicó a través del sello Archive for Small Press and Communication. Los grafismos de Dermisache fueron también editados por Marc Dachy en Amberes, y publicados Flash Art, Doc(k)s, Kontext, Ephemera y Axe. Participó de distintas muestras colectivas, entre las que se destacan: From Figuration Art to Sistems Art in Argentina, en Camden Arts Centre (Londres); Arte de Sistemas en Latinoamerica 1974, en el International Cultureel Centrum (Amberes), y en el Palais des Beaux-Arts (Bruselas); y Arte e Ideología. CAyC al aire libre. Arte de Sistemas II, en el Museo de Arte Moderno (Buenos Aires). En paralelo a su producción plástica desarrolló una extensa labor docente desde el TAC (Taller de Acciones Creativas) y con la creación y desde los talleres y las seis ediciones de las Jornadas del Color y la Forma (1974 a 1981), talleres públicos de gran escala destinados a la enseñanza de distintas técnicas plásticas con el objetivo de desarrollar la capacidad creadora y la libre expresión gráfica de los adultos. Su obra pertenece a las colecciones del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (España), el Museu de Serralves (Portugal), el Museum of Modern Art (EE.UU.) y el Museo Nacional de Bellas Artes (Argentina).
Juan Carlos Meillard

Juan Carlos Meillard

Juan Carlos Meillard es Licenciado en Dirección de artes Escénicas, músico y escritor. Fue Director de Gestión Cultural de la Provincia de Entre Ríos. Ha trabajado realizando investigaciones referentes a las industrias culturales para el Consejo Federal de Inversiones.