El éxito electoral arrollador del partido Alternativa para Alemania en el Estado Federado de Sajonia-Anhalt, ubicado en la ex República Democrática Alemana dice mucho sobre la calidad democrática y la crisis de representatividad que atraviesan los partidos tradicionales en aquel país. Cómo es posible que la extrema derecha populista sea capaz de canalizar las demandas de la población de la ex Alemania Oriental.

PH Dominic Wunderlich
OSTALGIE: AÑORANZA DEL PASADO Y DESCONFIANZA HACIA LA DEMOCRACIA LIBERAL DEL PRESENTE
Hace algunas semanas, en el mes de julio se produjo un hecho curioso en el marco de un acto partidario organizado por Alternativa para Alemania de cara a las elecciones locales a celebrarse en el mes de septiembre en Sajonia Anhalt. Uno de los presentes, quizás envalentonado por el discurso de los candidatos Ullrich Siegmund y Tino Chrupalla, comenzó a entonar las estrofas de Auferstanden aus Ruinen, el himno de la República Democrática Alemana, en lugar de Einigkeit und Recht und Freiheit, el himno de la República Federal de Alemania. Aunque desconcertados, los candidatos pronto se unieron a un coro de voces unido en una nostalgia compartida.
Este hecho pintoresco no es más que un ejemplo de las tantas ocasiones en las que la AFD logró movilizar un capital electoral esquivo al resto de los partidos tradicionales alemanes: la nostalgia que sienten los alemanes del Este hacia el Estado que se esfumó con la caída del muro. Se trata de la llamada Ostalgie, término que podría traducirse como nostalgia del Este en español.
Durante los primeros años que siguieron a la caída del Muro los grandes partidos tradicionales —la democracia cristiana, la socialdemocracia, los verdes y los liberales— subestimaron las demandas y preocupaciones de los alemanes orientales. Creían que el simple hecho de convivir en una Alemania unificada y democrática —además de una enorme inversión de billones de marcos— bastarían para convencer a los Ossis de las mieles de la reunificación. Sin embargo, los habitantes del Este pronto se percataron que el proceso de reunificación tendría como resultado ganadores y perdedores. Claramente ellos se encontraban en este último grupo.
Durante los primeros años que siguieron a la caída del Muro los grandes partidos tradicionales subestimaron las demandas y preocupaciones de los alemanes orientales. Creían que el simple hecho de convivir en una Alemania unificada y democrática bastarían para convencer a los Ossis de las mieles de la reunificación.
A pesar de la enorme cantidad de dinero que invirtió el gobierno federal en el Este con el objetivo de reducir la brecha entre ambas Alemanias, lo cierto es que hasta el día de hoy las diferencias son palpables. Aunque se observaron mejoras considerables en la calidad de vida de los alemanes orientales, existen enormes divergencias en cuanto a salarios y pensiones se refiere. Se calcula que los alemanes del Este ganan un 30% menos que los del Oeste.
Estas cifras sirven para explicar la decepción y el resentimiento que muchos de estos Ossis sienten hacia la República Federal. Pero está frustración no es solamente económica. En vez de adoptar una estrategia de reunificación más amplia, integrando los símbolos de la República Democrática de Alemania con los de la República Federal, el Canciller Helmut Kohl rechazó la propuesta de Lothar de Maiziere, último primer ministro de la RDA, de o bien unificar ambos himnos o bien seleccionar uno nuevo que represente a todos los alemanes.
Esta anécdota resulta clave para entender por qué Alternativa para Alemania logra tocar un nervio importante en los habitantes del Este. Mientras que muchos de los políticos de los partidos tradicionales en el Este de Alemania reniegan de su pasado “Ossi”, los políticos de la AFD abrazan su pasado para hermanarse con sus pares orientales, en un proceso de identificación mutua como herederos de una memoria emocional común.
LAS DEUDAS DE LA DEMOCRACIA Y EL FANTASMA DEL NACIONALSOCIALISMO

En el año 2015, se estrenó en Alemania una película titulada Er ist wieder da, en español “Él está de regreso”. El film buscaba responder a un interrogante presente en la mente de muchos alemanes: qué pasaría si un día Adolf Hitler estuviese de vuelta entre nosotros. Para ello utiliza varios recursos propios más del documental que de la ficción. Por ejemplo, busca observar la reacción de los transeúntes en tiempo real, mientras observan perplejos cómo Hitler camina otra vez entre ellos. Con el objetivo de participar en las próximas elecciones, el Hitler resucitado busca dialogar con los alemanes del presente. En uno de estos encuentros tiene la posibilidad de charlar con una mujer comerciante en la ex RDA. Lo que sigue es realmente un diálogo desopilante.
Adolf Hitler: —Estoy recorriendo el país para conocer las opiniones de los alemanes ¿Considera que es válido y posible participar en esta democracia?
Comerciante de la ex RDA: —Claro que no. No voto por principios. Creo que los resultados están manipulados. Yo vengo del Este, ahí siempre se manipularon las elecciones.
Este intercambio resulta aterrador por varios motivos. En primer lugar, creo que no hace falta mencionar lo desconcertante que resulta que una mujer se encuentre con un hombre igual a Hitler —no sería plausible creer que quienes participaron en la película realmente creyeran estar hablando con Hitler resucitado— y sea capaz de entablar una conversación de lo más normal, como si se tratase de cualquier otro candidato. Por otro lado, es evidente que la postura de esta mujer sirve, en parte, para explicar la desconfianza que sienten los alemanes orientales hacia la democracia. Un sistema por el que sienten aversión y que no fue capaz ni siquiera de ofrecerles salarios similares a los de los alemanes occidentales.
Alternativa para Alemania resulta una propuesta electoral exitosa porque logra empatizar con los reclamos de los Ossis y sus descendientes, menores de 35 años, que se sienten extraños en un país que no logra integrarlos del todo. Para este partido, Bruselas, Merkel, los refugiados; todos son culpables de los problemas de los alemanes.
Alternativa para Alemania resulta una propuesta electoral exitosa porque logra empatizar con los reclamos —legítimos o no— de los Ossis y sus descendientes, menores de 35 años, que se sienten extraños en un país que no logra integrarlos del todo. Para este partido, Bruselas, Merkel, los refugiados; todos son culpables de los problemas de los alemanes.
Pero hay otro factor que resulta mucho más preocupante: la normalización del lenguaje relacionado con el nacionalsocialismo.
Björn Höcke, referente de Alternativa para Alemania y miembro del Parlamento de Turingia, clausuró un acto partidario con la frase Alles für Deutschland, en español Todo para Alemania. Este lema era utilizado habitualmente por las SA para reafirmar la supremacía de Alemania sobre sus vecinos y el resto de Europa. Este tipo de controversias le trajo varios problemas al partido, sobre todo con sus correligionarios en el Parlamento europeo, que consideraron a AFD demasiado extremista, incluso para sus propios estándares.
El interrogante surge cuando la nostalgia por el Este choca con la reivindicación del nazismo. Desde su fundación en 1949 y hasta su desaparición en 1990, la RDA siempre se identificó como un Estado antifasciscta, leal a la URSS y orgulloso de la resistencia de algunos de sus más altos funcionarios contra el nazismo.
La estrategia de Alternativa para Alemania, entonces, puede entenderse como una forma de reivindicación de un pasado alemán etnonacionalista, con intenciones de replicar un Estado de bienestar para los propios una vez conquistado el poder. En este sentido, AFD busca abrazar una especie de populismo de derecha mezclado con posfascismo en un intento de interpelar a un nosotros mediante la nostalgia y la reivindicación de una identidad perdida, a la vez que desafía de forma constante el acuerdo democrático al introducir lenguaje e ideología nazi de forma sistemática.
Aún es muy pronto para determinar si AFD llegará al poder a nivel federal en algún futuro. Lo que sí es cierto es que el advenimiento de este partido sirvió para cristalizar dos problemas graves de la democracia alemana: las deudas de la reunificación y el fantasma del nazismo, siempre presente y al acecho.

