A 70 años del fusilamiento del General Valle a manos de la Revolución Libertadora y su inmortalización en «Operación Masacre» por Rodolfo Walsh, Hernán Gerlo reconstruye las principales aristas de ese acontecimiento político decisivo y sus derivas.

Ilustración de «Operación Masacre» de Rodolfo Walsh en la edición de Ediciones de la Flor.
En el transcurso de esta semana, y mientras muchos están ingresando en la fiebre mundialista que se apodera de gran parte de nosotros cada cuatro años, se conmemora el 70 aniversario de uno de los acontecimientos que forma parte de las páginas más oscura de la Argentina del siglo XX: el fallido levantamiento del general Valle y los fusilamientos de junio de 1956. Estos hechos marcaron a fuego nuestra historia no solo por la dimensión política de lo ocurrido, en donde civiles y militares que formaron parte de la resistencia al gobierno de facto surgido tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón arriesgaron su vida para lograr su retorno, tras casi un año de exilio, sino también porque dieron origen a una de las investigaciones periodísticas más importantes de América Latina: Operación Masacre, de Rodolfo Walsh. Dicho libro, además, es considerado por muchos como el que marcaría el inicio de un nuevo género literario: la novela de no ficción, adelantándose nueve años a la publicación de A Sangre Fría, de Truman Capote, quien, para un sector no menor del mundo literario poco interesado en poner la mirada en estas tierras, aún detenta ese título
La historia del levantamiento encabezado por el general Juan José Valle y de las ejecuciones que siguieron a su fracaso reúne algunos de los elementos más dramáticos de la vida política argentina del siglo XX: proscripciones, persecuciones, resistencia, violencia estatal y una búsqueda obstinada de la verdad. Siete décadas más tarde, aquellos hechos siguen siendo objeto de investigaciones históricas, debates políticos y homenajes, mientras el libro de Walsh continúa leyéndose como una obra fundamental para comprender la relación entre poder, justicia y memoria.
UN PAÍS BAJO LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA
Para entender los acontecimientos de junio de 1956 es necesario retroceder casi un año atrás. El 16 de junio de 1955 la Armada Argentina, junto con sectores de la Fuerza Aérea, llevaron a cabo un intento de asesinato de Perón y los miembros de su gabinete para hacerse con el poder. A las 12:40 P.M., aviones que sobrevolaban el cielo del centro de Buenos Aires lanzaron más de cien bombas con un total de entre 9 y 14 toneladas de explosivos. El número total de víctimas fue de 308, en su gran mayoría civiles, y más de 800 heridos. Sin embargo, esa cifra es aún hoy objeto de discusión debido a la magnitud del ataque y la imposibilidad de recuperar los restos de muchas víctimas.
Los acontecimientos de junio de 1955 provocaron una escalada de violencia entre el gobierno y los sectores antiperonistas más acérrimos: la quema de iglesias llevada a cabo por simpatizantes de Perón inmediatamente después del bombardeo y el discurso realizado por el presidente el 31 de agosto, prometiendo que por cada uno de los propios que cayera, caerían cinco enemigos son solo algunos de los momentos de mayor tensión, culminando el día 16 de septiembre con el golpe militar que no había logrado consumarse tres meses atrás. El nuevo régimen, que se autodenominó Revolución Libertadora, quedó inicialmente bajo la conducción del general Eduardo Lonardi y, a pesar de prometer que en la nueva etapa que se iniciaba no habría “ni vencedores ni vencidos”, apenas cincuenta días después de hacerse cargo del nuevo gobierno sería desalojado del poder por Pedro Eugenio Aramburu, máximo exponente del ala más antiperonista de los artífices del golpe.
La dictadura impulsó una política de desmantelamiento de las estructuras políticas, sindicales y simbólicas construidas durante el peronismo. El Partido Peronista fue proscripto, numerosos dirigentes fueron detenidos o enviados al exilio y se prohibieron expresiones públicas vinculadas al movimiento, incluyendo símbolos, consignas e incluso la mención de los nombres de Perón y Eva Perón, mediante la sanción del infame Decreto-Ley 4161/56. En ese contexto comenzó a desarrollarse una resistencia integrada por sectores sindicales, civiles y militares que rechazaban la proscripción política y reclamaban el retorno a la legalidad constitucional. Entre quienes observaban con preocupación el rumbo del gobierno de facto se encontraba el general Juan José Valle, un militar de trayectoria profesional respetada que había ocupado diversos cargos durante los gobiernos peronistas.
La historia del levantamiento encabezado por el general Juan José Valle y de las ejecuciones que siguieron a su fracaso reúne algunos de los elementos más dramáticos de la vida política argentina del siglo XX: proscripciones, persecuciones, resistencia, violencia estatal y una búsqueda obstinada de la verdad.
EL LEVANTAMIENTO DEL 9 DE JUNIO Y LA DECISIÓN DE FUSILAR
La noche del 9 de junio de 1956, Valle encabezó una sublevación militar que buscaba, en primer lugar, derrocar al gobierno de Aramburu. Asimismo, se procuraba restablecer la vigencia de la Constitución de 1949 y poner fin a la proscripción política. Sin embargo, y contrariamente a lo que muchos creen, Contrariamente a lo que muchos creen, no se mencionaba nada vinculado a una posible vuelta al país del general Perón, exiliado desde hacía meses en la ciudad de Panamá. El historiador Julio César Melón Pirro, autor de la obra El peronismo después del peronismo: resistencia, sindicalismo y política luego del 55, afirma al respecto que “había una ambigüedad significativa con respecto a postular su retorno y, de hecho, el texto no lo proclama, aunque puede haber sido un elemento para aumentar la adhesión de algunos militares indecisos. Este es uno de los motivos por el cual Perón no acompaña la insurrección encabezada por Valle”. El movimiento contaba con apoyos en distintas unidades militares del país y con la participación de grupos civiles vinculados al peronismo. Sin embargo, el levantamiento encontró serias dificultades desde el comienzo, que incluirían problemas de coordinación, filtraciones de información y la rápida reacción de las fuerzas leales al gobierno impidiéndose así que la insurrección alcanzara la magnitud esperada. En pocas horas, la mayor parte de los levantamientos habían sido sofocados, quedando en pie apenas el foco comandado por el capitán Adolfo Philippeaux en Santa Rosa, La Pampa. La historia del Philippeaux merecería un capítulo aparte: tras haber huido y ser rápidamente capturado, fue condenado a muerte por su accionar. Sin embargo, el avión en el que se lo trasladaba para ejecutarlo fue saboteado por oficiales de la Fuerza Aérea que le guardaban cierto aprecio y, finalmente, su pena fue conmutada a prisión, para terminar siendo indultado por el gobierno de Frondizi.
Una vez sofocado el intento golpista, el gobierno de Aramburu dio paso a una represión inmediata y feroz: se declaró la ley marcial y se procedió a la ejecución de militares y civiles vinculados al levantamiento. En distintas dependencias militares del país se realizaron fusilamientos sumarios que dejaron decenas de muertos. Entre las víctimas se encontraban oficiales comprometidos con la sublevación, pero también civiles cuya participación en los hechos era escasa o inexistente. El objetivo de las autoridades era enviar un mensaje contundente: cualquier intento de cuestionar el nuevo orden político sería castigado con la máxima severidad.
JOSÉ LEÓN SUÁREZ: LA NOCHE DE LA MASACRE
Entre todos los episodios de aquella represión, ninguno alcanzó la trascendencia histórica de los fusilamientos ocurridos en José León Suárez, una localidad del conurbano bonaerense. La noche del levantamiento, un grupo de hombres se encontraba reunido en una vivienda escuchando una pelea de boxeo por radio. Algunos tenían simpatías peronistas; otros apenas compartían vínculos personales o circunstanciales. La policía irrumpió en el lugar y detuvo a varios de ellos. Horas más tarde fueron trasladados a un descampado cercano a los basurales de José León Suárez. Allí recibieron la orden de bajar de los vehículos y fueron fusilados. Lo que las autoridades ignoraban era que algunos de los detenidos sobrevivirían. En medio de la oscuridad, los disparos y la confusión, varios hombres lograron escapar gravemente heridos. Durante meses permanecieron ocultos o en silencio por temor a nuevas represalias. Aquellos sobrevivientes se convertirían en los testigos fundamentales de una historia que el gobierno intentó mantener oculta.
Una vez sofocado el intento golpista, el gobierno de Aramburu dio paso a una represión inmediata y feroz: se declaró la ley marcial y se procedió a la ejecución de militares y civiles vinculados al levantamiento. En distintas dependencias militares del país se realizaron fusilamientos sumarios que dejaron decenas de muertos.
“ENTRE MI SUERTE Y LA DE USTEDES, ME QUEDO CON LA MÍA”
Mientras tanto, la persecución contra los responsables militares del levantamiento continuaba. Juan José Valle permaneció prófugo durante algunos días antes de entregarse voluntariamente. Sabía que su destino estaba sellado. Aun así, decidió asumir públicamente la responsabilidad política de la sublevación. El 12 de junio de 1956 se concretaría, entonces, uno de los episodios más infames de la historia de nuestro país. Antes de morir, Valle escribiría una extensa carta dirigida al general Aramburu que con el tiempo se transformó en uno de los documentos más significativos de la historia política argentina. En ella defendía las razones del levantamiento, cuestionaba las ejecuciones ordenadas por el gobierno y advertía sobre las consecuencias morales e institucionales de responder con la muerte a una rebelión derrotada. En uno de sus pasajes más famosos, Valle escribió:
“Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones”
Según los relatos de la época, Valle afrontó la ejecución con serenidad. Rechazó que le vendaran los ojos y murió ante el pelotón de fusilamiento pronunciando vivas a la patria. Su cuerpo fue posteriormente entregado a sus familiares.
EL NACIMIENTO DE OPERACIÓN MASACRE

Durante varios meses, la versión oficial pareció imponerse. Los fusilamientos fueron presentados como una consecuencia inevitable de la aplicación de la ley marcial frente a una insurrección militar. No obstante, a fines de 1956 ocurrió algo inesperado. Rodolfo Walsh, por entonces un periodista y escritor conocido principalmente por sus relatos policiales, escuchó una frase que despertó su curiosidad: “Hay un fusilado que vive”, por lo que Walsh decidió investigar. La búsqueda lo condujo hasta Juan Carlos Livraga, un joven de 25 años que hasta los fatídicos acontecimientos de junio del 56 se desempeñaba como colectivero de la línea 10 que unía Munro con Chacarita y que, por entonces, no tenía ningún tipo de vinculación política con ningún partido. Su suerte lo conduciría a reunirse a escuchar la pelea de boxeo en la casa de Horacio Di Chiano, para luego ser apresado y acribillado, salvándose milagrosamente. A partir de ese encuentro comenzó una tarea periodística extraordinaria que incluiría entrevistas tanto a sobrevivientes como familiares, testigos y funcionarios. Recorrió lugares, reconstruyó horarios, contrastó testimonios y examinó documentos. Lo hizo en un contexto político de máxima hostilidad y bajo el riesgo permanente de represalias. Lo que descubrió resultó demoledor: las investigaciones demostraban que varios de los detenidos habían sido arrestados antes de que la ley marcial entrara formalmente en vigencia. En consecuencia, las ejecuciones carecían incluso de la cobertura legal que intentaba invocar el gobierno.
En 1957 Walsh comenzó a publicar los resultados de su investigación en una serie de notas periodísticas que posteriormente serían reunidas en forma de libro bajo el título Operación Masacre. Melón Pirro sostiene que, incluso, “las investigaciones de Walsh tuvieron dificultades en un primer momento para hallar su lugar de publicación ya que las primeras entregas comienzan a publicarse en el periódico Revolución Nacional, dirigido en aquel entonces por Luis Cerruti Costa, quien hasta hacía poco tiempo se había desempeñado como ministro de trabajo en el gobierno de Lonardi. Tras un intento fallido de continuar la publicación de la obra en la revista Propósitos, dirigida por Leónidas Barletta, la investigación se trasladó definitivamente a la revista Mayoría, en donde pudo lograr una difusión mucho más amplia.”
Tal y como afirma Julio Melón Pirro, “si bien es cierto que Operación Masacre sirvió, entre otras cosas, para darle mayor visibilidad a las ejecuciones de José León Suárez, no logró constituirse en un documento que contribuyera a la búsqueda de justicia y el castigo a los culpables».
LEGADO DE LA OBRA
La obra revolucionó el periodismo argentino y lejos de limitarse a una denuncia política, construía un relato que combinaba investigación documental, reconstrucción testimonial y recursos narrativos propios de la literatura. El resultado permitía seguir la historia desde la vida cotidiana de las víctimas hasta el momento mismo de los fusilamientos. El lector no encontraba estadísticas ni simples registros judiciales: encontraba personas concretas, con nombres, familias, trabajos y proyectos interrumpidos por la violencia estatal. Sin embargo, tal y como afirma Melón Pirro, “si bien es cierto que Operación Masacre sirvió, entre otras cosas, para darle mayor visibilidad a las ejecuciones de José León Suárez, no logró constituirse en un documento que contribuyera a la búsqueda de justicia y el castigo a los culpables. Ni siquiera durante el gobierno de Frondizi, quien había realizado un acuerdo con Perón en el exilio, ya que durante el gobierno del radical intransigente enuncia, ni bien asume, una serie de medidas que no buscan aclarar las circunstancias de lo acontecido en los fusilamientos del 56 sino que, por el contrario, no detiene el ascenso de los principales involucrados en esta represión.”
Los acontecimientos de José León Suarez y la posterior publicación de Operación Masacre continúan más vigentes que nunca en la actualidad, demostrándonos, en primer lugar, que la Argentina ha atravesado momentos de una oscuridad para muchos inusitada y que no se puede volver a repetir. Nuestra democracia ya lleva más de cuatro décadas de vigencia ininterrumpida y, aún con sus defectos, es un sistema que debemos valorar y preservar. Asimismo, el legado de Walsh y de su obra tienen que servirnos también para comprender que el periodismo puede ser una profesión de una nobleza extraordinaria ya que no nació para agradar al poder, sino para hacer preguntas, para investigar, contrastar versiones, señalar irregularidades y contar aquello que algunos preferirían mantener oculto. Y que, aunque pueda tratarse de un oficio poblado de comunicadores que no están a la altura (profesional, intelectual ni moral) de la tarea que se les ha encomendado, debe honrarse a los que deciden denunciar los abusos de poder en todas sus formas y luchar desde el lugar que han elegido para lograr una Argentina más justa.

