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Encuotados: el fenómeno del endeudamiento en el país de Vaca Muerta

Encuotados: el fenómeno del endeudamiento en el país de Vaca Muerta

La inclusión financiera ha crecido de forma sustancial en la Argentina a través de las billeteras virtuales y las fintech. Sin embargo, la contraparte de ese proceso tiene que ver con una tendencia al endeudamiento y mora que afecta principalmente a los sectores populares y a los trabajadores informales para sustentar gastos corrientes. Un problema subterráneo que, según Mariano Cuvertino, cada vez se torna más preocupante. 

«La familia obrera» (1968) del artista argentino Oscar Bony.

Hay un fenómeno profundamente inquietante en la economía argentina, que cada mes se vuelve más complejo: familias que se endeudan para llegar a fin de mes, trabajadores precarizados que piden préstamos a sus propios empleadores a tasas altísimas, empresas que dejan de invertir porque producir es cada vez más difícil.

En el país de Vaca Muerta, del litio y del campo, más de 12 millones de personas están endeudadas. De ellas, el 26,9% cayó en mora y destinan cada vez más parte de sus ingresos para pagar deudas.

A pesar de tratarse de un fenómeno que creció exponencialmente en los últimos dos años, el oficialismo pone el tema debajo de la alfombra y le quita peso: es una simple curva de aprendizaje, un efecto del ingreso de nuevos trabajadores al sistema financiero, algo que se va a acomodar con el correr de los meses y, en última instancia, una responsabilidad individual. ¿Estamos ante un efecto no deseado de la ampliación del crédito, o ante una nueva evidencia de que el costo del modelo económico libertario lo siguen pagando las familias y el sector productivo? Repasemos los datos a partir del informe sobre Endeudamiento Ciudadano elaborado por el Centro Cultural y de Estudios DEMOS.

En el país de Vaca Muerta, del litio y del campo, más de 12 millones de personas están endeudadas. De ellas, el 26,9% cayó en mora y destinan cada vez más parte de sus ingresos para pagar deudas.

EXCESO DE CRÉDITO, EXCESO DE RIESGOS

El argumento que más se escucha del lado del gobierno nacional es que en una economía que recuperó el crédito es normal que aparezcan los atrasos en los pagos y que es una cuestión de adaptación, tanto de las familias como de los bancos. «A veces la gente misma se expone a riesgos de impago, simplemente por no saber manejar sus propios ingresos y obligaciones», sostuvo hace unos días el nuevo vocero Adrián Ravier, en línea con las declaraciones del ministro de Economía Luis «Toto» Caputo y de la senadora Patricia Bullrich.

La lectura es correcta. De la mano de las fintech y las billeteras virtuales, Argentina avanzó como nunca en inclusión financiera. Los indicadores del BCRA arrojan que el 98,7% de los adultos del país tienen una cuenta bancaria o virtual. Ahora ya no hace falta presentar una carpeta de papeles al banco sino que con la misma aplicación con la que se paga el colectivo o el supermercado, se consigue un préstamo en dos clicks.

Pero la inclusión financiera, por sí sola, no explica una expansión acelerada del crédito. Allí el relato oficial se queda corto.

BAJOS SALARIOS, ALTA MORA

El dato para entender el fenómeno del endeudamiento está en los ingresos. Según el INDEC, entre diciembre de 2023 y comienzos de 2026 los salarios reales cayeron 3,5% en el sector privado registrado y 18,3% en el sector público. En paralelo, subieron las tarifas, los alquileres, los combustibles, las obras sociales y otros gastos esenciales. Si bien la inflación dejó de correr al ritmo frenético de 2024, el costo de vida siguió creciendo más rápido que los ingresos, con un impacto directo en el bolsillo de las familias. Las palabras del capitán de la Selección Nacional resumen la realidad que hoy viven muchos argentinos: “hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes y que la vive peleando”.

La aceleración del crédito coincide con este deterioro del poder adquisitivo. Y el aumento de la mora también, lo que sugiere que ni aun tomando deuda las familias pudieron hacer frente a los gastos básicos necesarios para vivir. Los números lo demuestran. En el caso de los créditos de consumo, la mora se multiplicó casi por cinco en quince meses (diciembre de 2024 y marzo de 2026) y pasó del 2,5% al 11,5%. Lo más alarmante, sin embargo, no es la magnitud de la mora, sino la velocidad, que no muestra señales de reversión y cada mes desde octubre de 2024 registra un nivel de irregularidad más alto que el anterior.

En las entidades no bancarias (fintech, billeteras digitales, tarjetas de supermercados, cooperativas y mutuales) que representan alrededor del 17% del mercado de préstamos, la proporción del deterioro es mucho mayor y ya pasa el 32%. Eso confirma que quiénes están más golpeados son los que recién entran al sistema de crédito y los que buscan liquidez inmediata, no los que planifican una inversión. Es decir, los que necesitan pagar el changuito del supermercado y no los que se fueron a Estados Unidos a ver el Mundial, o cambiaron su auto por el último modelo premium que desde marzo paga menos impuestos. La inclusión financiera fácil y rápida puede convertirse en un salvavidas de plomo para ese segmento. ¿Qué consecuencias tendrá esta deuda para los sectores de menores recursos en una economía de salarios planchados y un sistema financiero que no está regulado?

Dentro de este cuadro general, el caso de los trabajadores de apps merece un capítulo aparte.

El dato que más impacta es que el 54% de los deudores son trabajadores independientes vinculados a las propias plataformas. Lo que indica que las empresas no solo organizan el trabajo sino que también financian a quienes dependen de ellas para poder generar un ingreso. Se trata, además, de un fenómeno marcadamente joven ya que el 70% de los deudores tiene menos de 40 años.

RAPI DEUDA

El último informe del Banco Central sobre la economía de plataformas (que el organismo denomina «gig«) publicado en junio de 2026, no deja dudas: la cantidad de personas que tomaron créditos a través de estas apps se disparó 177% entre diciembre de 2023 y diciembre de 2024, y volvió a crecer 122% durante 2025. El salto expresa tanto la precarización del trabajo como la alta demanda de financiamiento que el sistema tradicional no estaba cubriendo.

Los montos también son reveladores. El informe destaca que el saldo promedio de financiamiento para los monotributistas que trabajan en estas plataformas ronda los $900.000, mientras que entre los comerciantes que venden a través de ellas y tributan como autónomos, los créditos pueden llegar a ser hasta siete veces superiores. Para dimensionar esta cifra basta ver un dato del Sindicato de Trabajadores de Reparto por Aplicación (SiTraRepA): un repartidor promedio necesita jornadas de hasta 12 horas para llegar a ingresos brutos de entre $1.200.000 y $1.300.000 mensuales.

El dato que más impacta es que el 54% de los deudores son trabajadores independientes vinculados a las propias plataformas. Lo que indica que las empresas no solo organizan el trabajo sino que también financian a quienes dependen de ellas para poder generar un ingreso. Se trata, además, de un fenómeno marcadamente joven ya que el 70% de los deudores tiene menos de 40 años.

Esta realidad plantea un escenario inédito y preocupante: el trabajador queda atado a su propio empleador, que ahora también es su prestamista. Organismos como la Asociación Civil Conductores de Aplicaciones Unidos de la República Argentina (ACCAURA) calculan que las tasas en esos circuitos llegan a ubicarse entre 400% y 700% anuales, es decir que se devuelve hasta ocho veces lo que se pide. Con el agravante del scoring crediticio, que a diferencia de los bancos, se arma con el desempeño laboral de los solicitantes que las plataformas capturan de sus propios sistemas. Falta que las empresas comiencen a emitir su propia moneda y estamos a un paso de volver al modelo de La Forestal.

UN FENÓMENO QUE NO TERMINA EN LAS FAMILIAS

Del otro lado de la economía aparece una situación todavía más reveladora. Mientras aumenta la morosidad de los hogares y los trabajadores de plataformas, las empresas siguen mostrando niveles relativamente bajos de incumplimiento financiero. ¿Cómo se entiende en ese contexto el aumento de concursos preventivos, el cierre de pymes y la constante destrucción del tejido productivo? Porque el principal problema de las empresas ya no está en el banco sino en la cadena de pagos. Cheques rechazados, facturas que no se cobran, proveedores que esperan meses para recibir un pago. La tensión se corrió desde el sistema financiero a la economía real.

Hoy las empresas se endeudan para financiar el capital de trabajo a corto plazo: adelantos en cuenta corriente, descuento de cheques o documentos comerciales. El financiamiento destinado a incorporar tecnología, ampliar la capacidad instalada, innovar o mejorar la productividad sigue siendo excepcional.

El problema no es únicamente la histórica escasez del crédito en la Argentina, sino que esa limitación estructural hoy se potencia por un programa económico que desalienta la inversión productiva. Aunque existen instrumentos orientados a promover grandes proyectos, como el RIGI y el Súper RIGI, el esquema macroeconómico del gobierno nacional basado en un tipo de cambio apreciado que usa como ancla desinflacionaria, tasas de interés elevadas para títulos en pesos (sobre todo de deuda pública) y apertura indiscriminada de importaciones, penaliza la actividad, encarece artificialmente el trabajo local y premia la renta financiera, haciendo que la inversión interna y externa sea particularmente baja. En provincias con un fuerte entramado industrial, como Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, esta combinación es muy dañina y afecta de manera directa la competitividad, frena la inversión y compromete la generación de empleo.

Hoy en Argentina vamos a contramano. Las familias se endeudan para consumir lo básico para subsistir y miles de trabajadores de plataformas necesitan un préstamo para comprar la moto, reparar el auto o seguir generando ingresos. En tanto, las empresas dejan de invertir porque producir resulta cada vez más difícil.

LA PARADOJA DEL CRÉDITO

La lógica financiera en el resto del mundo es simple: las personas se endeudan para construir patrimonio y las empresas para invertir y producir más. El endeudamiento acompaña el crecimiento y el progreso.

Hoy en Argentina vamos a contramano. Las familias se endeudan para consumir lo básico para subsistir y miles de trabajadores de plataformas necesitan un préstamo para comprar la moto, reparar el auto o seguir generando ingresos. En tanto, las empresas dejan de invertir porque producir resulta cada vez más difícil.

El gobierno puede seguir mirando para el costado, o peor, culpando a las familias por su falta de educación financiera. Pero seamos claros: cuando millones de personas recurren al crédito para compensar el salario, el problema no está en saber administrar una tarjeta de crédito sino en un programa económico que ordena las cuentas públicas, pero traslada buena parte de sus costos a las familias y al aparato productivo que se desangran en cómodas cuotas. El crédito ya no financia el futuro, financia la supervivencia.

¿Por qué dejamos de cuidarnos?: el inquietante regreso de las infecciones de transmisión sexual

¿Por qué dejamos de cuidarnos?: el inquietante regreso de las infecciones de transmisión sexual

La salud sexual y reproductiva vive un momento de crisis, por alguna razón las personas ya no se cuidan como antes. A 20 años de la sanción de la ley que estableció la Educación Sexual Integral, Dolo Cova indaga con especialistas sobre las razones de esta tendencia y qué podemos hacer para revertirla. 

 

Imagen cortesía del artista indio Raj. Colección «Condom is beatiful». Instagram: @the_legend_of_raj

La salud sexual es un derecho humano y un tema de interés público, ya que sobre nosotros/as inciden las decisiones que toman quienes gobiernan. El acceso a información científica, a educación sexual integral, a métodos de prevención, a testeos gratuitos y a campañas de promoción de la salud no es voluntad propia: constituye una obligación del Estado, reconocida por nuestro marco normativo (y a nivel internacional). Sin embargo, el progresivo y sostenido retiro estatal en relación a las políticas de salud sexual como la plena implementación de la Ley de Educación Sexual Integral y de la Ley Nacional de Respuesta Integral al VIH, Hepatitis Virales, otras ITS y Tuberculosis, junto con la resistencias de sectores conservadores continúan obstaculizando nuestro derecho y configuran un escenario en el que cuidarse resulta, para muchas personas, más difícil.

Es cierto que hoy hablamos más de consentimiento, diversidad, placer, vínculos, orgasmos y juguetes sexuales. La sexualidad dejó de estar monopolizada por la culpa y el silencio para convertirse, cada vez más, en un terreno donde el deseo puede expresarse con mayor libertad. Aunque, mientras el deseo sale del clóset, el cuidado va perdiendo protagonismo.

En tiempos de match, sexo casual, aplicaciones de citas y consejos sexuales que se viralizan en menos de un minuto, la conversación sobre salud sexual parece haber quedado algunos pasos atrás. Las estadísticas muestran un incremento sostenido de las infecciones de transmisión sexual (ITS) en Argentina y en buena parte del mundo, con diagnósticos que crecen en distintas franjas etarias y en un contexto de debilitamiento de las políticas públicas destinadas a la prevención.

En las notas anteriores propuse pensar la relación entre sexualidad, placer, deseo y derecho al goce. Ahora quiero recuperar otra dimensión inseparable de una sexualidad plena: el cuidado. No para volver a discursos alarmistas, sino para preguntarnos por qué, justamente cuando contamos con más información, más derechos y mejores herramientas, las ITS vuelven a ocupar un lugar de preocupación para los equipos de salud.

La respuesta no es simple. No existe una única causa ni un único responsable. Lo que aparece es la convergencia de transformaciones culturales, avances científicos, cambios en las formas de vincularnos y decisiones políticas que, juntas, modificaron la manera en que percibimos el riesgo. Entonces, si bien el cuidado implica decisiones personales, también requiere un Estado presente que garantice derechos y condiciones materiales para ejercerlos. Entonces, hablamos tanto de responsabilidad individual como de responsabilidad política.

“No hubo compras de preservativos durante el año pasado y el presupuesto destinado a prevención es considerablemente menor al de años anteriores. Tampoco existen campañas masivas ni acciones sostenidas de comunicación pública”, señala Leandro Cahn de la Fundación Huésped.

UN FENÓMENO QUE ATRAVIESA LAS FRONTERAS

El aumento de las ITS no es un fenómeno exclusivamente argentino. Los sistemas de salud de numerosos países registran desde hace varios años un crecimiento sostenido de diagnósticos, con una tendencia intergeneracional.

Para Leandro Cahn, director ejecutivo de Fundación Huésped, el fenómeno responde a una combinación de factores sociales, culturales, sanitarios y políticos que modificaron profundamente la percepción del riesgo.

Uno de esos cambios tiene que ver, paradójicamente, con una buena noticia. Los avances científicos transformaron el VIH: los tratamientos antirretrovirales permiten hoy que las personas que viven con el virus tengan una expectativa y calidad de vida comparables a las de la población general, y la aparición de estrategias preventivas como la profilaxis preexposición (PrEP) marcó un antes y un después.

La PrEP es una herramienta altamente eficaz para prevenir el VIH en personas con mayor riesgo de exposición, pero no protege frente a otras infecciones de transmisión sexual. Por eso forma parte de una estrategia de prevención combinada que también incluye el uso del preservativo, los testeos periódicos, la vacunación cuando corresponde y el acceso a información de calidad.

Según explica Cahn, a medida que disminuyó la percepción del VIH como una amenaza inminente también comenzó a observarse una reducción progresiva del uso del preservativo, acompañada por un aumento de otras ITS, especialmente sífilis y gonorrea.

“Muchos adolescentes desconocen incluso la existencia de algunas infecciones de transmisión sexual, cómo se transmiten y cuáles son los riesgos que implican”, advierte.

La consecuencia es que muchas decisiones vinculadas con la salud sexual terminan tomándose con información incompleta, atravesadas por experiencias personales, contenidos virales o falsas certezas que reemplazan al conocimiento basado en evidencia.

En ese contexto, la expansión de prácticas como el sexo “a pelo” tampoco puede analizarse únicamente como una elección individual. “No hubo compras de preservativos durante el año pasado y el presupuesto destinado a prevención es considerablemente menor al de años anteriores. Tampoco existen campañas masivas ni acciones sostenidas de comunicación pública”, señala Cahn.

El crecimiento de las ITS, entonces, no habla solamente de conductas individuales. También interpela la manera en que una sociedad construye —o deja de construir— una cultura del cuidado.

 

 

Imagen cortesía del artista indio Raj. Colección «Condom is beatiful». Instagram: @the_legend_of_raj

LO QUE MUESTRAN LOS CONSULTORIOS

Las estadísticas describen una tendencia. Los consultorios permiten ponerle rostro.

La médica tocoginecóloga feminista, Fabiana Taul observa desde hace varios años un aumento sostenido de consultas vinculadas con infecciones de transmisión sexual y coincide con el diagnóstico de Leandro Cahn: no existe una única explicación. “Es un fenómeno claramente multifactorial”, resume.

Para Taul, el cambio más profundo es cultural. La generación que hoy ronda los treinta años recibió una educación sexual fuertemente centrada en la prevención del embarazo y del VIH. Con el paso del tiempo, los avances científicos modificaron esa percepción del riesgo, pero no siempre fueron acompañados por una educación sexual más amplia ni por información de calidad. “Muchos jóvenes ya no tienen el miedo que existía décadas atrás. El problema es que perder el miedo no necesariamente significa haber ganado información”, explica.

“La ESI sigue faltando en muchos niveles educativos y en muchas instituciones. Si además disminuyen las campañas públicas y el acceso a los métodos de barrera, es esperable que también disminuya su utilización”, señala la médica tocoginecóloga feminista Fabiana Taul.

Las redes sociales ocupan hoy un lugar central en esa construcción de saberes. Allí conviven contenidos producidos por profesionales con experiencias personales, consejos sin evidencia científica y afirmaciones que se viralizan con rapidez hasta convertirse, muchas veces, en verdades incuestionables. “Hay información, pero muchas veces es incompleta o directamente incorrecta”, advierte la especialista.

A esa circulación de contenidos se suma un retroceso de las políticas públicas de prevención. Para Taul, la implementación desigual de la Educación Sexual Integral y la menor presencia de campañas estatales terminan debilitando una herramienta que sigue siendo indispensable para tomar decisiones informadas. “La ESI sigue faltando en muchos niveles educativos y en muchas instituciones. Si además disminuyen las campañas públicas y el acceso a los métodos de barrera, es esperable que también disminuya su utilización”, señala.

Taul también considera importante aclarar una diferencia que suele pasar inadvertida. Durante años hablamos de enfermedades de transmisión sexual (ETS); hoy se prefiere el término infecciones de transmisión sexual (ITS), porque una persona puede portar un virus, una bacteria o un parásito sin presentar síntomas y, aun así, transmitirlo. “La infección significa que el microorganismo está presente; la enfermedad aparece cuando esa infección produce manifestaciones clínicas”, explica.

Imagen cortesía del artista indio Raj. Colección «Condom is beatiful». Instagram: @the_legend_of_raj

MUCHO MÁS QUE UN CAMBIO DE NOMBRE

Parte de la desinformación comienza incluso por el lenguaje. Durante años hablamos de enfermedades de transmisión sexual (ETS). Hoy el concepto de infecciones de transmisión sexual (ITS) resulta más preciso porque permite comprender que una persona puede portar un virus, una bacteria o un parásito sin presentar síntomas y, aun así, transmitirlo. Esa diferencia no es menor: muchas ITS transcurren durante meses sin síntomas evidentes, y esperar a que aparezcan molestias para consultar puede retrasar el diagnóstico y facilitar nuevas transmisiones.

Entre las infecciones más frecuentes se encuentran la sífilis, la gonorrea, el virus del papiloma humano (HPV) y la tricomoniasis. Muchas tienen tratamiento y pueden curarse completamente. Otras, como el VIH o algunas hepatitis virales, requieren tratamientos prolongados que hoy permiten desarrollar una vida plena gracias a los avances científicos.

Respecto de los controles, “no existe un protocolo único para indicar cada cuánto tiempo realizar un testeo. Como orientación general recomendamos hacerlo al menos una vez por año y con mayor frecuencia en personas con mayor riesgo de exposición, pero siempre debe evaluarse según la situación de cada paciente”, concluye.

La Ley 25.673 creó el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, estableciendo el deber estatal de garantizar información, educación y acceso a métodos de prevención. A ello se suma la Ley 27.675, de Respuesta Integral al VIH, Hepatitis Virales, Tuberculosis e Infecciones de Transmisión Sexual. “La ley no solamente garantiza tratamientos. También reconoce el derecho al diagnóstico temprano, al acceso a preservativos, a la PrEP, a la PEP y a recibir atención integral libre de discriminación”, explica la abogada Julieta Molina.

LA PREVENCIÓN ES UN DERECHO

La abogada especializada en género y derechos humanos Julieta Molina recuerda que el acceso a la prevención no depende exclusivamente de la voluntad política de cada gobierno, sino que constituye una obligación legal asumida por el Estado argentino.

Por un lado, la Ley 25.673 creó el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, estableciendo el deber estatal de garantizar información, educación y acceso a métodos de prevención. A ello se suma la Ley 27.675, de Respuesta Integral al VIH, Hepatitis Virales, Tuberculosis e Infecciones de Transmisión Sexual, que consolidó un enfoque basado en derechos humanos y amplió las estrategias de prevención disponibles.

“La ley no solamente garantiza tratamientos. También reconoce el derecho al diagnóstico temprano, al acceso a preservativos, a la PrEP, a la PEP y a recibir atención integral libre de discriminación”, explica Molina.

Desde esa perspectiva, reducir el debate a una cuestión presupuestaria resulta insuficiente. Cuando el Estado interrumpe campañas de prevención, disminuye la compra de preservativos o desfinancia programas específicos, no está simplemente modificando prioridades de gestión: también compromete el cumplimiento efectivo de derechos que cuentan con respaldo legal.

Molina señala además que, con frecuencia, personas afiliadas a obras sociales o empresas de medicina prepaga encuentran obstáculos para acceder a estudios diagnósticos, medicamentos o estrategias preventivas contempladas por la legislación vigente. Tanto las obras sociales como las empresas de medicina prepaga tienen la obligación de garantizar las prestaciones vinculadas con la prevención, el diagnóstico y el tratamiento del VIH y otras ITS.

Cuando ello no ocurre, existen mecanismos administrativos y judiciales para reclamar su cumplimiento. Sin embargo, advierte, recurrir a la Justicia nunca debería convertirse en la puerta de entrada al derecho a la salud. “El acceso a la salud no puede depender de que una persona tenga tiempo, recursos o conocimientos para iniciar un juicio”, concluye.

 

 

Imagen cortesía del artista indio Raj. Colección «Condom is beatiful». Instagram: @the_legend_of_raj

EN VOZ PROPIA: LA ESI, UNA LEY Y UN DERECHO

Este año la Ley de Educación Sexual Integral cumple veinte años. Y, como suele ocurrir con las buenas ideas, llegó para quedarse. La ESI no es una moda, una concesión ni un permiso que pueda encenderse y apagarse según el humor de la época: es un derecho vigente y una política pública fundamental para construir autonomía, acceder a información confiable y ejercer la sexualidad con libertad, responsabilidad y dignidad.

Las personas entrevistadas para esta nota coincidieron en señalar su importancia, y comparto plenamente esa mirada. Sin embargo, hay algo que me viene rondando mientras escribo estas líneas: solemos pensar la ESI casi exclusivamente en relación con niñas, niños y adolescentes, como si la educación sexual terminara junto con el último boletín escolar.

Los datos sobre el aumento de las infecciones de transmisión sexual muestran que esa idea resulta insuficiente. La sexualidad no desaparece a los treinta, a los cincuenta ni a los setenta; cambia, se reinventa y encuentra otros ritmos y otras preguntas. Por eso necesitamos pensar estrategias de educación sexual también para personas adultas y adultas mayores, muchas de las cuales ya no transitan el sistema educativo y, sin embargo, siguen necesitando información actualizada, espacios de escucha y herramientas para tomar decisiones sobre su salud sexual.

Todavía persiste un imaginario que asocia la vejez con la ausencia de deseo. Pero la realidad, afortunadamente, suele ser bastante más interesante. Hay personas enamorándose a los setenta, iniciando vínculos a los ochenta y preguntándose —con toda razón— cómo cuidarse en relaciones que comenzaron mucho después de la adolescencia. La pregunta no es si existe sexualidad en la vejez; la pregunta es por qué seguimos sorprendiéndonos de que exista.

A veinte años de su sanción, quizás el mayor desafío de la Educación Sexual Integral sea ampliar la conversación. Defender la ESI es sostenerla en las escuelas, fortalecerla como política pública y reconocer que el derecho a informarse, a cuidarse, a disfrutar y a decidir acompaña a las personas durante toda la vida. Porque la sexualidad no se gradúa, no se jubila y no pierde vigencia con la edad. Y, por suerte, el deseo tampoco.

A veinte años de su sanción, quizás el mayor desafío de la Educación Sexual Integral sea ampliar la conversación. Defender la ESI es sostenerla en las escuelas, fortalecerla como política pública y reconocer que el derecho a informarse, a cuidarse, a disfrutar y a decidir acompaña a las personas durante toda la vida. Porque la sexualidad no se gradúa, no se jubila y no pierde vigencia con la edad. Y, por suerte, el deseo tampoco.

ALGUNOS HACKS PARA CUIDARNOS Y DISFRUTAR

Erotizar el preservativo. Integrarlo naturalmente a los encuentros sexuales, en lugar de vivirlo como una interrupción, también forma parte del disfrute. Incluso, practicar masturbarse con su uso.

Naturalizar los testeos y los controles médicos. Conocer nuestro estado de salud sexual y realizar consultas periódicas es una práctica de cuidado, no un motivo de vergüenza. Mientras más sepamos sobre nosotros, mejor. 

Hablar de salud sexual con nuestras parejas. Conversar sobre métodos de prevención, prácticas de cuidado y expectativas fortalece la confianza y permite tomar decisiones informadas.

Conocer las distintas estrategias de prevención. El preservativo sigue siendo una herramienta fundamental, pero también es importante informarse sobre otras estrategias disponibles y comprender la función de cada una.

DEFENDER LAS POLÍTICAS PÚBLICAS DE SALUD SEXUAL

En fin, queridxs, ¿sobre qué otros temas vinculados con sexualidad, derechos y diversidad les gustaría leer? Porque todavía queda muchísimo por decir: podríamos escribir un verdadero vademécum sobre ITS y ETS, desarmar mitos, responder preguntas y seguir escuchando las voces de quienes investigan, acompañan y trabajan todos los días en estos temas. Pero el propósito último de estas líneas no es llenar casilleros de información, sino invitarnos a algo mucho más simple y profundo: desear cuidarnos para vivir el disfrute, el placer y la libertad sexual con más herramientas, más autonomía y más alegría. Me encantaría leerles en los comentarios

 

Raj cree que existe el arte como una forma de vida y la vida como una obra de arte. Desde el principio, sus instintos siempre se han inclinado hacia esta última.

Formado en Diseño Gráfico en el Government College of Art & Craft de Calcuta, comenzó su carrera en la publicidad antes de encontrar su verdadera vocación en el periodismo visual. Durante los últimos 25 años, ha transformado ideas complejas en poderosos relatos visuales a través de medios impresos y digitales. Su trabajo ha sido publicado en revistas, libros, exposiciones y plataformas digitales de todo el mundo.

Inquieto por naturaleza, Raj explora continuamente nuevos caminos creativos: desde la fotografía, la ilustración, el cómic y los libros infantiles hasta el arte asistido por inteligencia artificial y la escultura en 3D. Guiado por la convicción de que el diseño debe iluminar la información, y no limitarse a decorarla, procura hacer que el conocimiento resulte atractivo, memorable y visualmente inolvidable.

Para Raj, crear no es una profesión: es una forma de vida.

A 60 años de la Revolución Argentina y la «noche de los bastones largos»

A 60 años de la Revolución Argentina y la «noche de los bastones largos»

A 60 años de uno de los hechos más cruentos propiciados por la autodenominada Revolución Argentina, nos proponemos reconstruir aquella «Noche de los Bastones Largos». Con aportes de los historiadores Florencia Osuna y Esteban Pontoriero, nos adentramos a un episodio represivo que marcó las siguientes décadas de la política y la ciencia en nuestro país. 

El 29 de julio de 1966, el Ejército irrumpió en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA.

El 29 de julio pasado se cumplieron sesenta años de uno de los episodios más traumáticos de la historia de la universidad argentina: la Noche de los Bastones Largos. Aquella noche, efectivos de la Policía Federal irrumpieron violentamente en cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires para desalojar a docentes, investigadores y estudiantes que resistían la intervención ordenada por la dictadura encabezada por el general Juan Carlos Onganía, quien había asumido el poder apenas un mes antes. Los golpes propinados por las fuerzas de seguridad, las detenciones masivas, la destrucción de laboratorios y el posterior exilio de centenares de científicos transformaron ese episodio en un símbolo del autoritarismo y de la persecución al conocimiento. Sin embargo, la Noche de los Bastones Largos no fue un hecho aislado ni una reacción improvisada del nuevo gobierno militar. Constituyó la expresión más visible de un proyecto político mucho más amplio que pretendía reorganizar profundamente la sociedad argentina. Para comprender por qué las universidades se convirtieron en uno de los primeros objetivos de la Revolución Argentina resulta necesario retroceder varios años y observar un escenario atravesado por la Guerra Fría, la proscripción del peronismo, las disputas internas dentro de las Fuerzas Armadas y la creciente influencia de la Doctrina de la Seguridad Nacional en América Latina.

Florencia Osuna, Doctora en Historia, nos explica: “en este tipo de guerra no convencional contra un enemigo no convencional, es necesario no solo que las acciones represivas se planteen en este escenario de guerra atípico sino, también, que la política pública se transforme en una estrategia de combate y de guerra contra este enemigo de nuevo tipo, que es al mismo tiempo un enemigo político, militar e ideológico».

UN MUNDO DIVIDIDO EN DOS

Cuando Onganía llegó al poder en junio de 1966, el mundo atravesaba uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el planeta había quedado dividido en dos grandes bloques liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética, cuya competencia excedía ampliamente el plano militar. Se trataba de una confrontación ideológica, económica, tecnológica, cultural y hasta deportiva, que atravesaba prácticamente todos los conflictos internacionales y América Latina ocupaba un lugar estratégico dentro de esa disputa.

Hasta fines de la década de 1950, Washington había considerado a la región latinoamericana como un área relativamente estable y aislada de la influencia de cualquier ideología cercana a la soviética o china. Esa percepción cambió drásticamente con el triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959, ya que la llegada de Fidel Castro al poder alteró el equilibrio geopolítico del continente. Por primera vez desde el inicio de la Guerra Fría, un gobierno revolucionario se declaraba abiertamente socialista a pocos kilómetros del territorio estadounidense. El temor a que la experiencia cubana se reprodujera en otros países latinoamericanos llevó a la administración norteamericana a redefinir su estrategia hemisférica. Comenzó entonces una etapa caracterizada por un fuerte fortalecimiento de la cooperación militar entre Estados Unidos y los ejércitos latinoamericanos. Miles de oficiales fueron entrenados en nuevas doctrinas de seguridad, inteligencia y lucha contrainsurgente en la infame Escuela de las Américas, instalada en Panamá, en donde los métodos de tortura desarrollados por los militares franceses en la Guerra de Argelia (1954-1962) serían transmitidos a muchos de los dictadores latinoamericanos más sanguinarios que surgirían en las décadas siguientes.

La principal innovación de este conjunto de ideas, que pasaría a ser conocida como la Doctrina de Seguridad Nacional, consistía en modificar completamente la noción de enemigo. Tradicionalmente, las Fuerzas Armadas habían sido preparadas para enfrentar amenazas provenientes de otros Estados. A partir de la década de 1960, el peligro comenzó a definirse como interno. El comunismo internacional no avanzaba únicamente mediante invasiones militares sino también infiltrándose en sindicatos, universidades, medios de comunicación, organizaciones estudiantiles, partidos políticos, ámbitos culturales e incluso sectores religiosos. En consecuencia, la defensa nacional debía involucrar a todas las instituciones estatales. Florencia Osuna, Doctora en Historia y coordinadora (junto con Valeria Galván) del libro Política y cultura durante el Onganiato (Prohistoria, 2026), nos explica: “en este tipo de guerra no convencional contra un enemigo no convencional, es necesario no solo que las acciones represivas se planteen en este escenario de guerra atípico sino, también, que la política pública se transforme en una estrategia de combate y de guerra contra este enemigo de nuevo tipo, que es al mismo tiempo un enemigo político, militar e ideológico. Por eso, se lo combate en el plano armado y represivo, pero, también, se lo combate en el plano cultural, educativo, social, ideológico”. Dentro de esa lógica, entonces, las universidades ocupaban un lugar particularmente sensible ya que, según estos actores, constituían espacios privilegiados para la difusión de ideas marxistas y para la formación de cuadros políticos opositores. La autonomía universitaria, conquistada desde la Reforma Universitaria de 1918, comenzó a ser interpretada como un obstáculo para el control estatal.

LA CRISIS ARGENTINA Y EL PRETORIANISMO MILITAR

Mientras el contexto internacional se transformaba aceleradamente, la Argentina atravesaba su propia crisis política. El golpe de Estado de septiembre de 1955 que derrocó a Juan Domingo Perón inauguró un período de profunda inestabilidad institucional. La denominada Revolución Libertadora prometía restaurar la democracia, pero simultáneamente decidió excluir de la competencia política al movimiento que había gobernado el país durante casi una década.

La proscripción del peronismo alteró el funcionamiento del sistema político argentino. Millones de ciudadanos continuaban identificándose con Perón, pero no podían votar libremente por ese movimiento. Los sindicatos permanecían bajo permanente vigilancia y numerosos dirigentes sufrían persecuciones, encarcelamientos o exilio. El peronismo, entonces, conservaba una enorme capacidad de movilización social y ninguno de los gobiernos que habían accedido al poder luego del 55 habían podido resolver ese dilema. La gran pregunta que atravesó toda la década fue cómo construir estabilidad política mientras el principal movimiento popular permanecía excluido de la vida institucional. Frondizi intentaría llevar a cabo su propia estrategia, integrando progresivamente a los votantes peronistas sin levantar formalmente la proscripción, pero esto terminaría acrecentando el malestar dentro de las Fuerzas Armadas.

Asimismo, tampoco había consenso entre los militares. En esos años, fueron conformándose dos grandes facciones cuyo enfrentamiento hizo eclosión en esos años: los llamados azules y los colorados. Aunque ambos sectores compartían un fuerte antiperonismo y coincidían en atribuir a las Fuerzas Armadas un papel tutelar sobre la política argentina, discrepaban respecto del modo de enfrentar el problema peronista. Los colorados sostenían la postura más radical, ya que consideraban que cualquier apertura política terminaría favoreciendo el regreso del peronismo y defendían la posibilidad de interrumpir el orden constitucional siempre que resultara necesario para impedirlo. Los azules, por su parte, imaginaban la posibilidad de canalizar gradualmente a los votantes peronista dentro de otras expresiones partidarias, evitando que continuaran alimentando una fuerza política proscripta.

Finalmente, quien se terminaría imponiendo sería la facción azul, encabezada por Juan Carlos Onganía, quien a partir de entonces se convertiría en el militar con mayor influencia política del país. Esteban Pontoriero, doctor en Historia e investigador del CONICET, señala que las diferencias entre azules y colorados, tan marcadas antes de la llegada de Onganía al poder, deben ser matizadas ya que “la historia luego mostraría de alguna manera que, finalmente, no parecía haber en la práctica diferencias tan profundas ya que una vez que la facción azul realiza el golpe de Estado de 1966 e instaura su proyecto político, este se trataría básicamente de una dictadura sin plazos que proscribía toda actividad política, quedando muy lejos esa idea del profesionalismo prescindente, la preocupación por lo estrictamente técnico-militar y el alejamiento de las luchas políticas de parte de las fuerzas armadas.”

Esteban Pontoriero, autor de La represión militar en la Argentina (1955-1976) (UNGS-UNLP-UNMi, 2022), sintetiza: «la dictadura tenía una idea de reconfigurar el poder en la sociedad a partir de este esquema de largo plazo, que se vería a nivel de la planificación económica y política asociada más bien a una gestión administrativa técnica, más que política». 

UNA DICTADURA PENSADA PARA DURAR

Cuando Arturo Umberto Illia asumió la presidencia el 12 de octubre de 1963, la democracia argentina seguía funcionando bajo severas limitaciones y esto afectó al propio gobierno electo. El peronismo continuaba proscripto, las Fuerzas Armadas conservaban un fuerte poder de veto y la inestabilidad política parecía haberse convertido en una característica permanente del sistema institucional. El gobierno radical impulsó una agenda que buscó fortalecer el papel del Estado, ampliar la inversión social y consolidar el desarrollo científico y educativo, pero con claras limitaciones en su legitimidad de origen sustentada en un volumen estrecho de sufragios.

Más allá de las intenciones del gobierno de Illia y de lo logrado, su gestión fue víctima de un constante ataque por parte de los medios de comunicación y de los grupos concentrados de poder, por lo que, en la madrugada del 28 de junio de 1966, las Fuerzas Armadas llevarían a cabo el quinto golpe de Estado en nuestro país, esta vez al mando del mismísimo general Juan Carlos Onganía. Finalizaba así la presidencia encabezada por un hombre que, a la distancia, es considerado como una de las personas más honestas e íntegras que ha ocupado la primera magistratura de nuestro país y que pagó el precio de enfrentarse a los grupos concentrados de poder de la Argentina. Sin embargo, el golpe que lo desalojó del poder fue bien visto por amplios sectores de nuestra sociedad. Curiosamente, uno de los pocos actores sociales que condenó el golpe sería el Consejo Superior de la UBA y más tarde pagaría el precio de esta postura.

La autodenominada Revolución Argentina no era un golpe de Estado más, sino que estaba dotado de particularidades nunca vistas en las interrupciones precedentes al orden democrático. Pontoriero, autor de La represión militar en la Argentina (1955-1976) (UNGS-UNLP-UNMi, 2022), sintetiza estas particularidades afirmando, en primer lugar, que “se trató de un golpe de Estado que tuvo un nivel de organización, planificación y concreción entre las tres fuerzas como no había existido antes. Asimismo, dicho golpe se planteó como un proyecto de largo plazo, debido a varios motivos, especialmente la búsqueda de una dictadura que durara el tiempo suficiente para que, durante su transcurso, falleciera Perón y de esa manera, en teoría, se terminara con el ‘problema del peronismo’. Por otra parte, la dictadura tenía una idea de reconfigurar el poder en la sociedad a partir de este esquema de largo plazo, que se vería a nivel de la planificación económica y política asociada más bien a una gestión administrativa técnica, más que política. Y, por último, a escala internacional o, al menos, americana, se trató de un golpe de Estado y de una dictadura militar que nació en el esquema de seguridad en el marco de la Guerra Fría, del esquema de seguridad nacional, la preeminencia de Estados Unidos y la colaboración entre distintos gobiernos y dictaduras militares en relación con la llamada lucha contra el comunismo”.

La idea, entonces, era reemplazar el funcionamiento tradicional de la democracia por un modelo de conducción tecnocrática. Los ideólogos del régimen sostenían que la política partidaria había demostrado ser incapaz de resolver los problemas estructurales del país. En consecuencia, el Estado debía quedar en manos de técnicos y especialistas capaces de administrar racionalmente la economía y reorganizar la sociedad. En este esquema, entonces, la política tradicional no tenía nada para ofrecer y, por tal motivo, los partidos políticos fueron suspendidos, el Congreso Nacional disuelto, la Corte Suprema reemplazada y los gobernadores destituidos. El próximo objetivo en este plan de control, entonces, debían ser las universidades.

Pocas semanas después del golpe, el gobierno avanzó sobre uno de los símbolos más importantes de la Argentina del siglo XX: la universidad reformista. El decreto-ley 16.912 eliminó la autonomía universitaria, puso fin al cogobierno e intervino las universidades nacionales. Las autoridades académicas dejaron de responder a la comunidad universitaria para depender directamente del Poder Ejecutivo. Dichas medidas formaban parte de una política mucho más amplia destinada a combatir lo que el gobierno definía como infiltración marxista dentro de las universidades. La intervención era presentada como un instrumento para terminar con la agitación estudiantil y reorganizar el sistema universitario de acuerdo con los principios de la Doctrina de la Seguridad Nacional.

La respuesta de buena parte de la comunidad universitaria fue inmediata. En distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires, docentes, investigadores y estudiantes resolvieron permanecer dentro de los edificios como forma de resistencia pacífica. Sin embargo, nadie imaginaba aún la magnitud de la respuesta oficial.

LA NOCHE DEL 29 DE JULIO

Los destrozos provocados por la redada conocida como «La noche de los bastones largos».

El viernes 29 de julio de 1966 la Policía Federal recibió la orden de desalojar los edificios ocupados. Las facultades de Ciencias Exactas y Naturales, Arquitectura, Ingeniería, Filosofía y Letras y Ciencias Económicas fueron rodeadas por efectivos policiales. En su interior permanecían cientos de personas que rechazaban la intervención universitaria y se negaban a abandonar los edificios. Durante la noche, los policías ingresaron utilizando largos bastones de madera con los que golpearon indiscriminadamente a docentes, investigadores, estudiantes y autoridades universitarias quienes, en muchos casos, serían detenidos por las fuerzas de seguridad. La violencia ejercida sobre la comunidad académica se vería acompañada, además, por la destrucción total o parcial de laboratorios, instrumental científico, bibliotecas, archivos y oficinas. Si bien algunos contemporáneos vieron en la Noche de los Bastones Largos un simple exceso por parte del gobierno de facto o un conflicto que escaló a niveles impensados, lo cierto es que, tal y como afirma la investigadora del CONICET Florencia Osuna “estas intervenciones estaban justificadas por este sesgo anticomunista o antisubversivo de la doctrina de la seguridad nacional  a la que adhería plenamente Onganía, porque se consideraba que era importante intervenir las universidades para poner fin a la infiltración marxista y a la agitación estudiantil que se consideraba que habían sido propiciadas por el reformismo”.

Las consecuencias fueron inmediatas. En las semanas posteriores comenzaron a multiplicarse las renuncias de profesores e investigadores y si bien algunos encontraron su lugar en universidades privadas, lo cierto es que muchos eligieron el camino del exilio. La Argentina perdía, en muy poco tiempo, una parte sustancial de la generación de científicos que había construido durante la década anterior uno de los sistemas universitarios más prestigiosos de América Latina. Para Osuna, lo ocurrido a finales de julio del 66 “es un golpe de represión muy fuerte en contra de la universidad y el movimiento estudiantil. Pero, al mismo tiempo que estas prácticas provocaran que se instalara de manera permanente la llamada fuga de cerebros por razones políticas, posteriormente seguirá ocurriendo lo mismo, pero ahora por razones económicas”. La reconstrucción del sistema científico, entonces, demandaría décadas.

Si bien algunos contemporáneos vieron en la Noche de los Bastones Largos un simple exceso por parte del gobierno de facto, lo cierto es que, tal y como afirma la investigadora  Florencia Osuna, “estas intervenciones estaban justificadas por este sesgo anticomunista o antisubversivo de la doctrina de la seguridad nacional a la que adhería plenamente Onganía, porque se consideraba que era importante intervenir las universidades para poner fin a la infiltración marxista y a la agitación estudiantil que se consideraba que habían sido propiciadas por el reformismo”.

UN EFECTO INESPERADO

Paradójicamente, la represión produjo un resultado muy diferente del buscado por el gobierno ya que lejos de desmovilizar al movimiento estudiantil, aceleró su politización. Durante los años siguientes se profundizaron los vínculos entre estudiantes, organizaciones de izquierda y distintos sectores del movimiento obrero y será dicha articulación la que desempeñaría un papel decisivo en las grandes protestas sociales que estallarían pocos años después, como lo fue el Cordobazo en mayo de 1969. La insurrección protagonizada conjuntamente por obreros y estudiantes (y que tendrá réplicas posteriores, aunque a menor escala en diferentes puntos del país) reveló que el proyecto político de Onganía comenzaba a perder apoyo incluso entre sectores que inicialmente habían recibido con expectativa el golpe de Estado. La represión, entonces, se mostraba ineficaz como mecanismo de disciplinamiento social

La explicación principal del fracaso del gobierno de Onganía no debe buscarse solamente en los problemas económicos o en el crecimiento de la violencia: la causa central fue política. La Revolución Argentina había intentado reemplazar la negociación democrática por una administración puramente técnica del Estado. La eliminación de los canales institucionales para procesar los conflictos sociales, terminó acumulando tensiones que finalmente estallaron entre 1969 y 1970. A esto se le sumaría, además, la pérdida de apoyo de las Fuerzas Armadas y, en especial, del general Alejandro Agustín Lanusse, ya que, tal y como afirma el historiador Esteban Pontoriero, el futuro presidente del país entre 1971 y 1973 “era el cerebro detrás de la experiencia de la dictadura de la Revolución Argentina, y para ese momento, había identificado que era urgente plantear una salida política ordenada y que la situación se había agravado enormemente a nivel político interno, debido a la violencia y radicalización de importantes sectores de la sociedad. Todo esto provocará una valoración muy negativa de todo lo que había sido la experiencia de su gobierno y que se piense en Roberto Levingston como un posible sucesor”.

SESENTA AÑOS DESPUÉS

La Noche de los Bastones Largos ocupa hoy un lugar central en la memoria histórica argentina porque sintetiza múltiples procesos que marcaron la segunda mitad del siglo XX. Fue la consecuencia de la radicalización ideológica propia de la Guerra Fría, de la creciente intervención militar en la política iniciada tras 1955, de la difusión de la Doctrina de la Seguridad Nacional y del proyecto autoritario impulsado por la Revolución Argentina. Pero también simboliza otra historia: la de una universidad pública que, pese a las intervenciones, persecuciones y exilios, logró reconstruirse una y otra vez. La de una comunidad científica que continuó produciendo conocimiento incluso en condiciones extremadamente adversas. Y la de una sociedad que terminó comprendiendo que la autonomía universitaria no constituye un privilegio corporativo, sino una condición indispensable para garantizar la libertad de investigación, la pluralidad de ideas y la formación de ciudadanos críticos.

Sesenta años después, los bastones que aquella noche buscaron disciplinar a la universidad siguen siendo uno de los símbolos más elocuentes de los riesgos que enfrenta una democracia cuando el conocimiento se convierte en objeto de persecución política. En momentos como los que actualmente atraviesa la Argentina, con un gobierno que desprestigia recurrentemente a las universidades y a sus trabajadores (tanto desde el maltrato discursivo como en la asignación de los recursos económicos que le corresponden), comprender la Noche de los Bastones Largos implica, en definitiva, comprender una época. Una época en la que la Argentina creyó que podía reemplazar la política por la fuerza, la deliberación por la obediencia y el pensamiento crítico por el control ideológico. El resultado fue exactamente el contrario al esperado: lejos de pacificar al país, profundizó los conflictos que terminarían marcando el dramático recorrido de la historia argentina durante los años siguientes. Las universidades argentinas han sido castigadas infinidad de veces y los acontecimientos de 1966 son, tal vez, uno de los golpes más duros que han sufrido. No solo por los efectos inmediatos sino también por los de largo plazo. Sin embargo, amplios sectores de la sociedad salieron a las calles y lucharon desde el lugar que pudieron para preservar a una de las instituciones más importantes de nuestro país (tal vez una de las que más nos debería enorgullecer como argentinos) y volver a ponerla de pie. Ya ocurrió hace sesenta años. Que ocurra también ahora.

 

El legado del reformismo

El legado del reformismo

El reformismo universitario catalizó un pensamiento radical de raíz latinoamericano todavía en ciernes. Con éxito disímil en lo político y lo universitario, su impulso transformador parece haberse vuelto una resistencia sin resignación, con legados y desafíos que permanecen vigentes.

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Postal célebre de la Reforma Universitaria de 1918.

 

La reforma universitaria tuvo epicentro en Córdoba hace 108 años. Esto es un dato histórico fehaciente, pero es una verdad a medias. El reformismo universitario fue mucho más que ese movimiento de jóvenes argentinos en reclamo de una nueva institucionalidad universitaria más democrática y transparente. La revuelta cordobesa fue simplemente un capítulo, importante sí, de un prolongado periplo de organizaciones, dirigentes, intelectuales y movimientos políticos que han defendido el reformismo universitario durante ya casi un siglo hasta nuestros días. Conmemorar este aniversario solo tiene sentido si se considera ese episodio en su contexto y, al mismo tiempo, al reformismo como un ideario que irradió mucho más allá de los claustros universitarios.

Córdoba fue el epicentro y el Manifiesto Liminar el emblema de un movimiento político de escala continental, el primero de su tipo desde las revoluciones libertadoras de principio de siglo XIX. El documento, atribuido a Deodoro Roca, daba cuenta con claridad de ese universo de representaciones e ideales que trascendían por mucho el embate concreto contra una institución anacrónica, sumida en la venalidad y la corrupción: “Las universidades han llegado a ser así el fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil” señalaba. Reformar las universidades solo era el primer paso de un programa político e intelectual que buscaba una transformación profunda de las sociedades impulsada por el ímpetu de los jóvenes: “La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse.”

Reformar la universidad solo era el primer paso de un programa político e intelectual que buscaba una transformación profunda de la sociedad. 

El reformismo universitario fue el catalizador de un pensamiento radical de raíz latinoamericano todavía en ciernes. Aunó a un conjunto de intelectuales y políticos de prestigio con sensibilidades progresistas y antiimperialistas: José Ingenieros, José Vasconcelos, Alfredo Palacios, Manuel Ugarte, fueron algunos de esos hombres que acompañaron con su pluma y acción a estos jóvenes entusiastas. Esos jóvenes que años más tarde se convertirían en destacadas figuras de la política y la cultura latinoamericana, alumbró a referentes de la talla de Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui, Rómulo Betancourt, Salvador Allende, Ricardo Balbín, Alejandro Korn, Julio V. González o Arturo Frondizi.

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Manifestación estudiantil durante el conflicto conocido como «Laica o Libre».

 

El reformismo tuvo un éxito disímil en cuanto a sus resultados tanto políticos como específicamente universitarios. En Perú, por ejemplo, el reformismo dio origen a uno de los partidos políticos más importantes de ese país, el APRA, y forjó un modo particular de entender la relación entre reformismo, socialismo y antiimperialismo que tendría una gran influencia durante todo el siglo XX. En Argentina, por su parte, tenemos una de las experiencias más durables y exitosas en la implementación de un sistema universitario público y gratuito erguido sobre los valores de la reforma del 18. El reformismo argentino no pudo, a pesar de algunos tímidos intentos, traducirse en un movimiento político institucionalizado y durable, sin embargo su impronta permeó a varias organizaciones políticas, en especial al radicalismo y el socialismo.

La universidad todavía no es lo suficientemente democrática ni inclusiva, sigue siendo accesible solo a una minoría y, en muchos casos, dando la espalda a los sectores más humildes.

El reformismo universitario ha perdurado, aunque no idéntico a sí mismo. Sirvió de inspiración, y aún lo hace, de dos de las organizaciones más importantes del movimiento estudiantil desde la segunda mitad del siglo XX: la Franja Morada, de orientación radical, y el socialista Movimiento Nacional Reformista. Durante todo el siglo el reformismo fue un espacio que bregó por la democratización de la universidad, por la defensa de la educación pública y se enfrentó a todas las formas del autoritarismo político. Asimismo fue un semillero casi inagotable de dirigentes políticos, entre los que se destacan muchos de los más importantes líderes socialistas de este tiempo con Guillermo Estévez Boero a la cabeza.

A 108 años de la gesta cordobesa muchos de sus legados y desafíos permanecen vigentes. La universidad todavía no es lo suficientemente democrática ni inclusiva, sigue siendo accesible solo a una minoría y, en muchos casos, dando la espalda a los sectores más humildes. La transformación social a la que aspiró también sufrió duros reveses frente a los cruentos gobiernos autoritarios de los años setenta y el embate neoliberal de las últimas décadas, el impulso transformador se volvió, en muchos casos, en una resistencia sin resignación.

La universidad pública vive tiempos difíciles ante un gobierno que la combate y la ahoga presupuestariamente. El legado del 18 funge como un candil en tiempos de oscuridad. El reformismo sigue vigente justamente por ello: porque el conservadurismo y el pensamiento reaccionario reaparecen fortalecidos, pero también porque la universidad tiene mucho por hacer en nombre de la igualdad y la inclusión educativa. Como señala esa frase perenne del Manifiesto: “Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”.

A 70 años del fusilamiento del general Valle: la masacre que Rodolfo Walsh convirtió en memoria colectiva

A 70 años del fusilamiento del general Valle: la masacre que Rodolfo Walsh convirtió en memoria colectiva

A 70 años del fusilamiento del General Valle a manos de la Revolución Libertadora y su inmortalización en «Operación Masacre» por Rodolfo Walsh, Hernán Gerlo reconstruye las principales aristas de ese acontecimiento político decisivo y sus derivas. 

Ilustración de «Operación Masacre» de Rodolfo Walsh en la edición de Ediciones de la Flor.

En el transcurso de esta semana, y mientras muchos están ingresando en la fiebre mundialista que se apodera de gran parte de nosotros cada cuatro años, se conmemora el 70 aniversario de uno de los acontecimientos que forma parte de las páginas más oscura de la Argentina del siglo XX: el fallido levantamiento del general Valle y los fusilamientos de junio de 1956. Estos hechos marcaron a fuego nuestra historia no solo por la dimensión política de lo ocurrido, en donde civiles y militares que formaron parte de la resistencia al gobierno de facto surgido tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón arriesgaron su vida para lograr su retorno, tras casi un año de exilio, sino también porque dieron origen a una de las investigaciones periodísticas más importantes de América Latina: Operación Masacre, de Rodolfo Walsh. Dicho libro, además, es considerado por muchos como el que marcaría el inicio de un nuevo género literario: la novela de no ficción, adelantándose nueve años a la publicación de A Sangre Fría, de Truman Capote, quien, para un sector no menor del mundo literario poco interesado en poner la mirada en estas tierras, aún detenta ese título

La historia del levantamiento encabezado por el general Juan José Valle y de las ejecuciones que siguieron a su fracaso reúne algunos de los elementos más dramáticos de la vida política argentina del siglo XX: proscripciones, persecuciones, resistencia, violencia estatal y una búsqueda obstinada de la verdad. Siete décadas más tarde, aquellos hechos siguen siendo objeto de investigaciones históricas, debates políticos y homenajes, mientras el libro de Walsh continúa leyéndose como una obra fundamental para comprender la relación entre poder, justicia y memoria.

UN PAÍS BAJO LA REVOLUCIÓN LIBERTADORA

Para entender los acontecimientos de junio de 1956 es necesario retroceder casi un año atrás. El 16 de junio de 1955 la Armada Argentina, junto con sectores de la Fuerza Aérea, llevaron a cabo un intento de asesinato de Perón y los miembros de su gabinete para hacerse con el poder. A las 12:40 P.M., aviones que sobrevolaban el cielo del centro de Buenos Aires lanzaron más de cien bombas con un total de entre 9 y 14 toneladas de explosivos. El número total de víctimas fue de 308, en su gran mayoría civiles, y más de 800 heridos. Sin embargo, esa cifra es aún hoy objeto de discusión debido a la magnitud del ataque y la imposibilidad de recuperar los restos de muchas víctimas.

Los acontecimientos de junio de 1955 provocaron una escalada de violencia entre el gobierno y los sectores antiperonistas más acérrimos: la quema de iglesias llevada a cabo por simpatizantes de Perón inmediatamente después del bombardeo y el discurso realizado por el presidente el 31 de agosto, prometiendo que por cada uno de los propios que cayera, caerían cinco enemigos son solo algunos de los momentos de mayor tensión, culminando el día 16 de septiembre con el golpe militar que no había logrado consumarse tres meses atrás. El nuevo régimen, que se autodenominó Revolución Libertadora, quedó inicialmente bajo la conducción del general Eduardo Lonardi y, a pesar de prometer que en la nueva etapa que se iniciaba no habría “ni vencedores ni vencidos”, apenas cincuenta días después de hacerse cargo del nuevo gobierno sería desalojado del poder por Pedro Eugenio Aramburu, máximo exponente del ala más antiperonista de los artífices del golpe.

La dictadura impulsó una política de desmantelamiento de las estructuras políticas, sindicales y simbólicas construidas durante el peronismo. El Partido Peronista fue proscripto, numerosos dirigentes fueron detenidos o enviados al exilio y se prohibieron expresiones públicas vinculadas al movimiento, incluyendo símbolos, consignas e incluso la mención de los nombres de Perón y Eva Perón, mediante la sanción del infame Decreto-Ley 4161/56. En ese contexto comenzó a desarrollarse una resistencia integrada por sectores sindicales, civiles y militares que rechazaban la proscripción política y reclamaban el retorno a la legalidad constitucional. Entre quienes observaban con preocupación el rumbo del gobierno de facto se encontraba el general Juan José Valle, un militar de trayectoria profesional respetada que había ocupado diversos cargos durante los gobiernos peronistas.

La historia del levantamiento encabezado por el general Juan José Valle y de las ejecuciones que siguieron a su fracaso reúne algunos de los elementos más dramáticos de la vida política argentina del siglo XX: proscripciones, persecuciones, resistencia, violencia estatal y una búsqueda obstinada de la verdad.

EL LEVANTAMIENTO DEL 9 DE JUNIO Y LA DECISIÓN DE FUSILAR

La noche del 9 de junio de 1956, Valle encabezó una sublevación militar que buscaba, en primer lugar, derrocar al gobierno de Aramburu. Asimismo, se procuraba restablecer la vigencia de la Constitución de 1949 y poner fin a la proscripción política. Sin embargo, y contrariamente a lo que muchos creen, Contrariamente a lo que muchos creen, no se mencionaba nada vinculado a una posible vuelta al país del general Perón, exiliado desde hacía meses en la ciudad de Panamá. El historiador Julio César Melón Pirro, autor de la obra El peronismo después del peronismo: resistencia, sindicalismo y política luego del 55, afirma al respecto que “había una ambigüedad significativa con respecto a postular su retorno y, de hecho, el texto no lo proclama, aunque puede haber sido un elemento para aumentar la adhesión de algunos militares indecisos. Este es uno de los motivos por el cual Perón no acompaña la insurrección encabezada por Valle”. El movimiento contaba con apoyos en distintas unidades militares del país y con la participación de grupos civiles vinculados al peronismo. Sin embargo, el levantamiento encontró serias dificultades desde el comienzo, que incluirían problemas de coordinación, filtraciones de información y la rápida reacción de las fuerzas leales al gobierno impidiéndose así que la insurrección alcanzara la magnitud esperada. En pocas horas, la mayor parte de los levantamientos habían sido sofocados, quedando en pie apenas el foco comandado por el capitán Adolfo Philippeaux en Santa Rosa, La Pampa. La historia del Philippeaux merecería un capítulo aparte: tras haber huido y ser rápidamente capturado, fue condenado a muerte por su accionar. Sin embargo, el avión en el que se lo trasladaba para ejecutarlo fue saboteado por oficiales de la Fuerza Aérea que le guardaban cierto aprecio y, finalmente, su pena fue conmutada a prisión, para terminar siendo indultado por el gobierno de Frondizi.

Una vez sofocado el intento golpista, el gobierno de Aramburu dio paso a una represión inmediata y feroz: se declaró la ley marcial y se procedió a la ejecución de militares y civiles vinculados al levantamiento. En distintas dependencias militares del país se realizaron fusilamientos sumarios que dejaron decenas de muertos. Entre las víctimas se encontraban oficiales comprometidos con la sublevación, pero también civiles cuya participación en los hechos era escasa o inexistente. El objetivo de las autoridades era enviar un mensaje contundente: cualquier intento de cuestionar el nuevo orden político sería castigado con la máxima severidad.

JOSÉ LEÓN SUÁREZ: LA NOCHE DE LA MASACRE

Entre todos los episodios de aquella represión, ninguno alcanzó la trascendencia histórica de los fusilamientos ocurridos en José León Suárez, una localidad del conurbano bonaerense. La noche del levantamiento, un grupo de hombres se encontraba reunido en una vivienda escuchando una pelea de boxeo por radio. Algunos tenían simpatías peronistas; otros apenas compartían vínculos personales o circunstanciales. La policía irrumpió en el lugar y detuvo a varios de ellos. Horas más tarde fueron trasladados a un descampado cercano a los basurales de José León Suárez. Allí recibieron la orden de bajar de los vehículos y fueron fusilados. Lo que las autoridades ignoraban era que algunos de los detenidos sobrevivirían. En medio de la oscuridad, los disparos y la confusión, varios hombres lograron escapar gravemente heridos. Durante meses permanecieron ocultos o en silencio por temor a nuevas represalias. Aquellos sobrevivientes se convertirían en los testigos fundamentales de una historia que el gobierno intentó mantener oculta.

Una vez sofocado el intento golpista, el gobierno de Aramburu dio paso a una represión inmediata y feroz: se declaró la ley marcial y se procedió a la ejecución de militares y civiles vinculados al levantamiento. En distintas dependencias militares del país se realizaron fusilamientos sumarios que dejaron decenas de muertos.

 “ENTRE MI SUERTE Y LA DE USTEDES, ME QUEDO CON LA MÍA”

Mientras tanto, la persecución contra los responsables militares del levantamiento continuaba. Juan José Valle permaneció prófugo durante algunos días antes de entregarse voluntariamente. Sabía que su destino estaba sellado. Aun así, decidió asumir públicamente la responsabilidad política de la sublevación. El 12 de junio de 1956 se concretaría, entonces, uno de los episodios más infames de la historia de nuestro país. Antes de morir, Valle escribiría una extensa carta dirigida al general Aramburu que con el tiempo se transformó en uno de los documentos más significativos de la historia política argentina. En ella defendía las razones del levantamiento, cuestionaba las ejecuciones ordenadas por el gobierno y advertía sobre las consecuencias morales e institucionales de responder con la muerte a una rebelión derrotada. En uno de sus pasajes más famosos, Valle escribió:

“Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones”

Según los relatos de la época, Valle afrontó la ejecución con serenidad. Rechazó que le vendaran los ojos y murió ante el pelotón de fusilamiento pronunciando vivas a la patria. Su cuerpo fue posteriormente entregado a sus familiares.

EL NACIMIENTO DE OPERACIÓN MASACRE

Durante varios meses, la versión oficial pareció imponerse. Los fusilamientos fueron presentados como una consecuencia inevitable de la aplicación de la ley marcial frente a una insurrección militar. No obstante, a fines de 1956 ocurrió algo inesperado. Rodolfo Walsh, por entonces un periodista y escritor conocido principalmente por sus relatos policiales, escuchó una frase que despertó su curiosidad: “Hay un fusilado que vive”, por lo que Walsh decidió investigar. La búsqueda lo condujo hasta Juan Carlos Livraga, un joven de 25 años que hasta los fatídicos acontecimientos de junio del 56 se desempeñaba como colectivero de la línea 10 que unía Munro con Chacarita y que, por entonces, no tenía ningún tipo de vinculación política con ningún partido. Su suerte lo conduciría a reunirse a escuchar la pelea de boxeo en la casa de Horacio Di Chiano, para luego ser apresado y acribillado, salvándose milagrosamente. A partir de ese encuentro comenzó una tarea periodística extraordinaria que incluiría entrevistas tanto a sobrevivientes como familiares, testigos y funcionarios. Recorrió lugares, reconstruyó horarios, contrastó testimonios y examinó documentos. Lo hizo en un contexto político de máxima hostilidad y bajo el riesgo permanente de represalias. Lo que descubrió resultó demoledor: las investigaciones demostraban que varios de los detenidos habían sido arrestados antes de que la ley marcial entrara formalmente en vigencia. En consecuencia, las ejecuciones carecían incluso de la cobertura legal que intentaba invocar el gobierno.

En 1957 Walsh comenzó a publicar los resultados de su investigación en una serie de notas periodísticas que posteriormente serían reunidas en forma de libro bajo el título Operación Masacre. Melón Pirro sostiene que, incluso, “las investigaciones de Walsh tuvieron dificultades en un primer momento para hallar su lugar de publicación ya que las primeras entregas comienzan a publicarse en el periódico Revolución Nacional, dirigido en aquel entonces por Luis Cerruti Costa, quien hasta hacía poco tiempo se había desempeñado como ministro de trabajo en el gobierno de Lonardi. Tras un intento fallido de continuar la publicación de la obra en la revista Propósitos, dirigida por Leónidas Barletta, la investigación se trasladó definitivamente a la revista Mayoría, en donde pudo lograr una difusión mucho más amplia.”

Tal y como afirma Julio Melón Pirro, “si bien es cierto que Operación Masacre sirvió, entre otras cosas, para darle mayor visibilidad a las ejecuciones de José León Suárez, no logró constituirse en un documento que contribuyera a la búsqueda de justicia y el castigo a los culpables».

LEGADO DE LA OBRA

La obra revolucionó el periodismo argentino y lejos de limitarse a una denuncia política, construía un relato que combinaba investigación documental, reconstrucción testimonial y recursos narrativos propios de la literatura. El resultado permitía seguir la historia desde la vida cotidiana de las víctimas hasta el momento mismo de los fusilamientos. El lector no encontraba estadísticas ni simples registros judiciales: encontraba personas concretas, con nombres, familias, trabajos y proyectos interrumpidos por la violencia estatal. Sin embargo, tal y como afirma Melón Pirro, “si bien es cierto que Operación Masacre sirvió, entre otras cosas, para darle mayor visibilidad a las ejecuciones de José León Suárez, no logró constituirse en un documento que contribuyera a la búsqueda de justicia y el castigo a los culpables. Ni siquiera durante el gobierno de Frondizi, quien había realizado un acuerdo con Perón en el exilio, ya que durante el gobierno del radical intransigente enuncia, ni bien asume, una serie de medidas que no buscan aclarar las circunstancias de lo acontecido en los fusilamientos del 56 sino que, por el contrario, no detiene el ascenso de los principales involucrados en esta represión.”

Los acontecimientos de José León Suarez y la posterior publicación de Operación Masacre continúan más vigentes que nunca en la actualidad, demostrándonos, en primer lugar, que la Argentina ha atravesado momentos de una oscuridad para muchos inusitada y que no se puede volver a repetir. Nuestra democracia ya lleva más de cuatro décadas de vigencia ininterrumpida y, aún con sus defectos, es un sistema que debemos valorar y preservar. Asimismo, el legado de Walsh y de su obra tienen que servirnos también para comprender que el periodismo puede ser una profesión de una nobleza extraordinaria ya que no nació para agradar al poder, sino para hacer preguntas, para investigar, contrastar versiones, señalar irregularidades y contar aquello que algunos preferirían mantener oculto. Y que, aunque pueda tratarse de un oficio poblado de comunicadores que no están a la altura (profesional, intelectual ni moral) de la tarea que se les ha encomendado, debe honrarse a los que deciden denunciar los abusos de poder en todas sus formas y luchar desde el lugar que han elegido para lograr una Argentina más justa.

 

Aquel mayo revolucionario

Aquel mayo revolucionario

“El estudio de lo pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y por venir”, decía Manuel Belgrano. Sostener el interés en lo que pasó hace 216 años tiene que ser tarea y motivo de orgullo.

El día 18 de mayo pasado conmemoramos el 216vo aniversario del inicio de la llamada Semana de Mayo, que culminaría el día 25 con la Revolución. Si bien es cierto que este fue un suceso de una enorme magnitud, no puede analizarse sin tener en cuenta los procesos previos que afectaron tanto a la región rioplatense como a la metrópoli española durante la segunda mitad del siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX.  A la vez, debe ser pensada apenas como el inicio de un proceso emancipatorio que se extendería a lo largo de más de una década y de la conformación de diversos Estado-naciones que, como fue el caso de la futura Argentina, recién terminaría de configurarse hacia el año 1880.

LOS AÑOS PREVIOS

A comienzos del siglo XIX, el Virreinato del Río de la Plata formaba parte del Imperio español y era gobernado por autoridades designadas desde España. Dicho imperio había alcanzado la cúspide del poder mundial a finales del siglo XVI, durante los reinados de Carlos I y de su hijo Felipe II, siendo denominado como aquel donde “nunca se pone el sol”, ya que en cada uno de los cinco continentes existían territorios coloniales españoles. No obstante, la muerte de Felipe II también trajo consigo una sucesión de monarcas poco aptos para el cargo, proceso que finalizaría en el año 1700 con la muerte (sin herederos) de quien tal vez fue el monarca menos capacitado para ejercer su función, Carlos II. La desaparición del último monarca de la dinastía Habsburgo y la Guerra de Sucesión (1700-1713), que desangraría Europa finalizaría con el ascenso al poder de un nuevo rey, Felipe V, y de una nueva dinastía: los borbones, quienes tendrían como principal objetivo recuperar el poder y la influencia perdida en los territorios americanos. Las reformas emprendidas por la nueva familia real, provocarían grandes tensiones entre distintos sectores sociales y económicos, especialmente entre las élites criollas, que reclamaban mayor participación política y libertad comercial. Al mismo tiempo, las ideas de la Ilustración y el impacto de procesos como la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa comenzaron a circular entre ciertos grupos ilustrados del Río de la Plata.

A este proceso hay que sumarle el que sería otro antecedente fundamental para comprender los hechos de mayo: las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, las cuáles serían el resultado de los conflictos entre la Francia napoleónica y la corona inglesa, que finalizaría con el bloqueo comercial decretado por Bonaparte y la necesidad inglesa de buscar nuevos territorios con los cuales comercializar, siendo las colonias de España (aliada de Francia en aquel momento) la mejor opción. La defensa de Buenos Aires frente a los británicos fue organizada en gran medida por milicias locales, lo que fortaleció el protagonismo político y militar de los criollos. Tal y como afirma Tulio Halperín Donghi, esto llevó a un doble proceso en el Río de la Plata: por un lado, se produjo una fuerte militarización de la sociedad y, al mismo tiempo, una politización que sería clave hacia 1810.

El acontecimiento decisivo sería la crisis de la monarquía española. En 1808, Napoleón Bonaparte invadió España y obligó a abdicar al rey Fernando VII, quien quedó prisionero de los franceses. Ante la ausencia del monarca legítimo, surgieron juntas de gobierno en distintas ciudades españolas para resistir la ocupación francesa. En América, muchos sectores consideraron que, ante la vacancia del rey, la soberanía debía regresar al pueblo hasta el retorno del monarca. Este principio jurídico, conocido como “retroversión de la soberanía”, sirvió de fundamento para los movimientos revolucionarios americanos que comenzarían a surgir a lo largo y ancho de las colonias.

La formación de la Junta significó un hecho revolucionario porque, por primera vez, una autoridad política era designada localmente y no por la corona española. Aunque muchos de los revolucionarios afirmaban actuar en nombre del rey (y que la historia futura le daría el nombre de la Máscara de Fernando VII), el proceso iniciado implicaba una ruptura profunda con el orden colonial.

LOS ACONTECIMIENTOS DE LA SEMANA DE MAYO

La llamada Semana de Mayo comenzó el día 18 del año 1810, cuando llegaron a Buenos Aires noticias sobre la caída (cuatro meses atrás) de la Junta Central de Sevilla, último organismo español que ejercía autoridad en nombre de Fernando VII. Esto debilitó enormemente la legitimidad del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. Frente a esta situación, los sectores revolucionarios exigieron la convocatoria a un Cabildo Abierto para decidir quién debía ejercer el gobierno, el cual se reuniría el 22 de mayo y estaría compuesto por vecinos destacados y representantes de corporaciones. Allí se debatió intensamente la continuidad del virrey y el derecho del pueblo a asumir la soberanía. Finalmente, la mayoría votó por la destitución de Cisneros.

El 24 de mayo el Cabildo intentó formar una junta presidida por el propio Cisneros, pero la reacción popular y la presión de las milicias obligaron a revertir esa decisión. Finalmente, el día 25 se constituyó la Primera Junta de Gobierno, integrada por Cornelio Saavedra como presidente, Mariano Moreno y Juan José Paso como secretarios, y los vocales Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Miguel de Azcuénaga, Juan Larrea, Manuel Alberti y Domingo Matheu.

La formación de la Junta significó un hecho revolucionario porque, por primera vez, una autoridad política era designada localmente y no por la corona española. Aunque muchos de los revolucionarios afirmaban actuar en nombre del rey (y que la historia futura le daría el nombre de la Máscara de Fernando VII), el proceso iniciado implicaba una ruptura profunda con el orden colonial.

Sin embargo, los objetivos iniciales no eran necesariamente independentistas. Gran parte de los dirigentes buscaba una forma de autonomía política dentro de la monarquía española. La independencia absoluta recién sería declarada en 1816, en medio de un contexto político tanto local como mundial muy diferente al de mayo de 1810, con un Napoleón ya desterrado en la isla de Elba y un Fernando VII liberado y dispuesto a todo para rearmar su imperio colonial perdido.

EL IMPACTO Y LAS CONSECUENCIAS DE LA REVOLUCIÓN

La Revolución de Mayo abrió un proceso político y militar que transformó profundamente al Río de la Plata y a toda Hispanoamérica. Entre sus consecuencias más importantes se encuentra el inicio de las guerras de independencia, que enfrentaron a revolucionarios y realistas durante más de una década y que, en el caso de la Argentina, darían lugar a guerras civiles que solo se detendrían medio siglo después. Por otra parte, los acontecimientos de mayo pusieron fin progresivamente a un sistema colonial vigente desde hacía más de tres siglos y a la autoridad de la monarquía española en la región, inaugurando debates fundamentales en torno a la soberanía, la representación política y la organización del territorio. A partir de entonces surgieron fuertes discusiones entre proyectos centralistas y federales, así como tensiones entre Buenos Aires y las provincias para definir quién era el depositario del poder arrebatado a la corona.

En el aspecto social, aunque muchas estructuras coloniales continuaron existiendo, producto de los fuertes intereses implicados y de actores con poder que se resignaban a perderlo con el nuevo orden, comenzaron importantes transformaciones. El sistema de castas perdió legitimidad jurídica y se debilitó la esclavitud, gracias al accionar de la Asamblea del Año XIII, aunque no desapareció inmediatamente. Además, la revolución permitió una mayor participación política de sectores populares, milicianos y, en menor medida, mujeres, actores históricamente relegados por la historiografía tradicional. Finalmente, las consecuencias económicas también fueron profundas. El antiguo sistema comercial orientado hacia España y el Alto Perú comenzó a desarticularse, mientras Buenos Aires fortalecía su relación con el comercio atlántico, especialmente con Inglaterra. Esto provocó cambios económicos importantes y afectó particularmente a muchas provincias del interior, que dependían del circuito comercial vinculado a Potosí.

La Revolución de Mayo abrió un proceso político y militar que transformó profundamente al Río de la Plata y a toda Hispanoamérica. Los acontecimientos de mayo pusieron fin progresivamente a un sistema colonial vigente desde hacía más de tres siglos y a la autoridad de la monarquía española en la región, inaugurando debates fundamentales en torno a la soberanía, la representación política y la organización del territorio.

¿SEGUIR ESTUDIANDO LA REVOLUCIÓN?

¿Ya está todo escrito acerca de la Revolución de Mayo? Esta es una pregunta que muchos (tanto académicos como curiosos de la historia) se hacen frecuentemente y tal vez la respuesta tampoco se encuentre aquí. Mientras algunos historiadores abonan a la idea de que difícilmente pueda aparecer una nueva investigación que aporte información significativa, otros dudan de esta posición, afirmando que es necesario hacer una relectura de ciertos protagonistas de los eventos de Mayo. Tal es la postura de la profesora e investigadora Sara Mata, quien considera que la figura de Juan Larrea (que además de oficiar de vocal del primer gobierno patrio, era un acaudalado comerciante preocupado por sus propios intereses), debería ser revisada y su trascendencia histórica, resignificada. Asimismo, la autora sostiene que otros actores han sido relegados al olvido por parte de la historiografía y nuevas investigaciones podrían otorgarles el lugar que para algunos merecen, como es el caso de los hermanos Eustaquio y Juan Antonio Moldes, activos participantes del movimiento revolucionario y de los cuáles las investigaciones solo se han enfocado en la trayectoria política de este último.

Ya han pasado 216 años de los acontecimientos de mayo y, en un país que tal vez no tiene mucho para festejar en la actualidad, la celebración de la conformación del primer gobierno patrio y del inicio de un proyecto de soberanía es algo no menor.  La sociedad argentina, fragmentada y, en muchos casos, desesperanzada y desbordada por problemas de todo tipo, vuelve a 1810 todos los años para esta fecha para recordar la gesta de mayo y celebrar la colocación de la piedra fundacional de la Argentina moderna, ya que, en palabras de Belgrano “el estudio de lo pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y por venir”. La Revolución de Mayo promueve los mejores sentimientos de la población y que aún hoy siga despertando el interés de muchos es algo de lo que deberíamos sentirnos orgullosos. Hagamos, entonces, lo posible para seguir conmemorando el pasado (a veces glorioso, a veces sombrío) y no dejarlo morir en el olvido de la Historia.