Historiador polifacético y multidisciplinario, fundó un modo de hacer en la disciplina sin proponérselo. La muerte de Carlo Ginzburg deja un vacío intelectual, pero también nos lega una obra plural y diversa que invita a ser redescubierta. Mariano Schuster lo homenajea para La Vanguardia Digital.

El historiador Carlo Ginzburg, fallecido el 17 de junio de 2026. Fotografía de Danilo De Marco/ Adelphi Edizioni.
Quizás no haya que decir demasiado para pensar la obra y la vida de Carlo Ginzburg, porque fue uno de esos eruditos que parecen haberlo dicho todo y, a la vez, alguien marcado por las heridas más hondas del siglo XX. Desde Los benandanti, su primera obra, dedicada a las creencias populares y los cultos agrarios del Friuli perseguidos por la Inquisición, su voz fue central para recuperar las formas más frágiles y más esquivas de la experiencia humana. Tengo para mí que Ginzburg mostró una forma novedosa y justiciera de leer el pasado. Reveló historias a partir de huellas mínimas y palabras arrancadas bajo presión, y encontró la vida de hombres y mujeres del mundo popular en los archivos de quienes habían querido silenciarlos o destruirlos. En El queso y los gusanos mostró que una sola vida común podía contener una concepción integral del mundo, y en Los benandanti e Historia nocturna, reveló el modo en el que los archivos de la persecución podían abrir el acceso a ritos, creencias y culturas de los propios perseguidos.
Fue hijo de un siglo de grandes esperanzas y grandes catástrofes. En él se combinaron la literatura y el antifascismo de sus padres, Natalia y Leone, y una historia familiar atravesada por el judaísmo laico, la izquierda, la ciencia y los libros. El hombre que veía a su madre escribir novelas a mano heredó también de su padre (filólogo, traductor de Gógol y Tolstói) una pasión por la narrativa que nunca abandonó. Perseguido por el régimen de Mussolini, su padre, militante del Partido de la Acción de Carlo y Nello Rosselli, profesaba un socialismo humanista incompatible con un mundo en el que la violencia escuadrista se había vuelto método de gobierno. Esa incompatibilidad le costó primero la cátedra, luego el destierro y, al final, la vida. Durante toda su trayectoria, Ginzburg recordó el asterisco con el que, por las leyes raciales de 1938, el régimen fascista había reemplazado el nombre de su padre en la traducción italiana de Guerra y paz. Lo había mirado de niño sabiendo que ocupaba el lugar de Leone, que sería asesinado en 1944 en la cárcel romana de Regina Coeli a consecuencia de las torturas.
Tengo para mí que Ginzburg mostró una forma novedosa y justiciera de leer el pasado. Reveló historias a partir de huellas mínimas y palabras arrancadas bajo presión, y encontró la vida de hombres y mujeres del mundo popular en los archivos de quienes habían querido silenciarlos o destruirlos.
Que se hiciera historiador fue, casi, obra de una astucia ajena. En la Scuola Normale, su maestro Arsenio Frugoni le encargó un trabajo sobre la revista Annales, fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre, sobre la que él no sabía nada. Aceptó el desafío sin entusiasmo, y de pronto se encontró leyendo Los reyes taumaturgos, de Bloch, el libro que le mostró cómo, a partir de un solo gesto (el rey que curaba con sus manos), podía iluminarse la naturaleza del poder en la Edad Media. Ese fue el momento en que supo que su camino era la historia. “Al final, Frugoni lo había conseguido”, contaba, todavía agradecido.
Cuando tuve la fortuna de entrevistarlo en Buenos Aires, durante más de tres horas, insistió en un nombre: el de su abuelo, Giuseppe Levi. En un café porteño se emocionó al evocar su candidatura por el Frente Democrático Popular de comunistas y socialistas en 1948, y también al recordar el día en que, siendo niño, su abuelo lo llevó a mirar por un microscopio y él vio apenas una mancha amarilla. Quedó decepcionado, pero no se atrevió a decirlo. Ginzburg pensaba que el proyecto de la microhistoria había estado signado por ese momento: él solo había visto una mancha, pero en los documentos inquisitoriales encontró vidas, culturas, épocas. La microhistoria, solía aclarar siempre, no era la historia de lo pequeño, sino la del análisis microscópico, la de la mirada que se acerca tanto a un caso singular que termina revelando un mundo.
Solía contar que, hacia el final de la guerra, escondido con su madre en un pueblo de la Toscana, había vivido una de las escenas que lo habían marcado para siempre. Su abuela materna (el único miembro no judío de la familia) le hizo aprender un nombre falso, Carlo Tanzi, y lo escribió en la portada de uno de sus libros de la escuela. “Siento que en ese momento me convertí en judío”, recordaba. Esa persecución temprana se enlazó rápidamente con su oficio de historiador. Cuando empezó a estudiar los juicios por brujería, los leyó con las herramientas que tenía a mano: las de Gramsci, cuyos Cuadernos de la cárcel lo habían marcado de joven, de modo que sus primeros acusados le parecieron portadores de una cultura subalterna y sus procesos, una “forma rudimentaria de la lucha de clases”. Pero pronto aprendió a leer los expedientes a contrapelo, contra la intención de quienes los habían escrito, de la mano, entre otros, de Delio Cantimori. Cantimori, un personaje extraño, que había recorrido el camino del fascismo al comunismo, le enseñó la lectura atenta y pausada (estuvieron dos semanas para leer veinte líneas de Burckhardt) y de él recibió, cuando le anunció que quería estudiar los juicios por brujería, una respuesta contundente: “¿también usted?”. Años después, esa actitud paciente fue recompensada con el hallazgo de Menocchio, el molinero que creía que el mundo había nacido de materia putrefacta, en un archivo al que solo pudo entrar gracias a la carta de un sacerdote que certificaba que el doctor Ginzburg «era una persona confiable».
En esos años se deslumbró con la lectura de El mundo mágico, la obra del antropólogo marxista Ernesto de Martino. Aunque Ginzburg nunca creyó, como De Martino, en la realidad de los poderes mágicos que se hacían visibles en los casos de éxtasis religioso, quedó cautivado por la idea de De Martino de que la magia y el éxtasis habían permitido a los hombres superar lo que él llamaba la “pérdida de la presencia”, ese riesgo de disolverse en el mundo. La analogía le resultó evidente. Sus benandanti friulanos, que decían librar batallas nocturnas por las cosechas, eran parientes de los chamanes siberianos estudiados por De Martino. Unos y otros habían encontrado, en el trance, una manera de habitar el mundo.
De Martino y los antropólogos no fueron sus únicos maestros en el arte de mirar. A los dieciocho años, antes de entrar en la Scuola Normale, había leído a Erich Auerbach y a Leo Spitzer, y había quedado deslumbrado con una crítica literaria capaz de hacer hablar a una sola página, e incluso, a veces, a una sola línea. De Mimesis, que lo acompañaría toda la vida, aprendió que en un detalle podía caber una época. La otra mitad de su método la encontró en Londres, en el Instituto Warburg, adonde lo llevó el propio Cantimori. La idea warburgiana de las “fórmulas de la emoción” (esos gestos del pathos que migran de imagen en imagen a través de los siglos) recorrería Miedo, reverencia y terror, su libro de iconografía política, en el que analizaba desde el Marat de David al Guernica de Picasso. Bloch y Cantimori, De Martino, Auerbach y Warburg, y el microscopio del viejo Giuseppe Levi le habían enseñado que mirar de cerca, muy lejos de empequeñecer, agranda.
Esa convicción tuvo un nombre, pero no fue él quien se lo puso. Cuando publicó El queso y los gusanos, la palabra microhistoria no figuraba en sus páginas. Fue su colega Edoardo Grendi quien la usó para nombrar lo que Ginzburg había hecho con Menocchio. El proyecto, en rigor, fue una empresa colectiva que armó a fines de los años 70 junto a Grendi, a Carlo Poni y, sobre todo, a Giovanni Levi, con quien dirigió en Einaudi la colección Microstorie. Giovanni era su amigo de toda la vida: se habían conocido de niños, jugando al fútbol en las barriadas de Turín. Sus padres habían militado juntos en el grupo antifascista Giustizia e Libertà. Antes que cualquier teoría, tenían en común ese mundo: el judaísmo laico, la izquierda, la militancia antifascista que había atravesado sus historias familiares. La microhistoria nació, también, de una amistad de infancia.
Cruzó la historia con la antropología, la filología, la crítica de arte y la literatura, y desconfió hasta el final de las categorías que clausuran. Detestaba, por ejemplo, la palabra «identidad». Prefería pensar a cada persona como un cruce de muchas pertenencias, nunca como algo fijo, idéntico a sí mismo a lo largo del tiempo.
No fue un militante político, pero el clima de la izquierda de los años 60 y 70 atravesó su obra. El desafío que Menocchio, el protagonista de El queso y los gusanos, había lanzado a las autoridades religiosas y seculares resonaba con el espíritu del 68, esa fecha que él consideraba un punto de inflexión, cuando la crítica de la cultura burguesa empujó a mirar con otros ojos a las culturas que hasta entonces se habían juzgado atrasadas. Y, sin embargo, se cuidaba de aclarar que pertenecía a otra generación: no a la del 68, sino a la que habían marcado la “Segunda Guerra, el fascismo y la lucha antifascista”. La experiencia política de su padre, militante del socialismo liberal, y las distintas izquierdas que convivían bajo el mismo techo (la adhesión de su madre al Partido Comunista desde el catolicismo de izquierda de Felice Balbo, y el socialismo humanista del abuelo Giuseppe Levi, capaz de reunir las distintas tradiciones progresistas) habían moldeado, al menos en parte, su conciencia política. De ese mundo, quizás más que del 68, provenían sus ideas.
Sólo una vez escribió un libro con un fin práctico y concreto, y fue, sin dudas, el más doloroso. El juez y el historiador nació para probar la inocencia de su amigo Adriano Sofri, dirigente de la organización marxista revolucionaria Lotta Continua, condenado por un crimen sobre la base de un único testimonio: el de un arrepentido que se acusaba a sí mismo mientras señalaba a otros. Ginzburg reconoció en esa trama el mismo mecanismo de los procesos por brujería que había estudiado toda su vida, y se lanzó a desarmarlo, sopesando con cuidado la valía de las pruebas presentadas en el juicio. Su trabajo no alcanzó para cumplir su cometido. Sofri fue condenado a veintidós años y estuvo a punto de morir en la cárcel. Ginzburg consideraba ese libro como un fracaso. Quizás esa sea, también, la prueba más conmovedora de lo que la historia significaba para él, cuando lo que estaba en juego no era un molinero del siglo XVI, sino un amigo del presente.
Cruzó la historia con la antropología, la filología, la crítica de arte y la literatura, y desconfió hasta el final de las categorías que clausuran. Detestaba, por ejemplo, la palabra «identidad». Prefería pensar a cada persona como un cruce de muchas pertenencias, nunca como algo fijo, idéntico a sí mismo a lo largo del tiempo. Él, que rechazó toda su vida lo que permanece idéntico a sí mismo, deja sin embargo algo destinado a perdurar. Una obra vasta y fundamental, en la que los hombres y mujeres del pasado hablan con voz propia, como si todavía estuvieran en este mundo. Una obra que tampoco es idéntica a sí misma: vive, y cambia, en cada lector. Quizás esa sea, al final, la enseñanza de Ginzburg. La de una ética del conocimiento que lo llevó a mirar de cerca, a no aplastar el pasado con categorías demasiado seguras, a desconfiar de las evidencias fáciles. Su vida y su obra estuvieron unidas, hasta el final, por una sola certeza: que detrás de cada documento, aun del más frío, late una vida humana.






