Entre el estigma y el diagnóstico, entre la experiencia íntima y las condiciones sociales, Renata Prati explora las palabras con las que intentamos comprender nuestra pena y malestares. Una conversación sobre lenguaje, psiquiatría y las posibilidades de escuchar el dolor propio y ajeno.

Renata Prati, autora de «Esta es tu pena» (PH Matías González).
La salud mental está en boca de todos. La depresión es la enfermedad de nuestro tiempo, o eso pareciera. Ese monstruo invisible e invisibilizado, uno de los muchos que aquejan nuestra cotidianeidad en tiempos de incertidumbre y angustia, es el foco del libro de Renata Prati, Esta es tu pena (Siglo XXI, 2025). Su autora es doctora en Filosofía y especialista en Traducción Literaria, ambas por la Universidad de Buenos Aires, y trabaja en la intersección entre el giro afectivo, la filosofía de la psiquiatría, la teoría feminista y los estudios sociales de la ciencia y la tecnología.
Entre el discurso médico psiquiátrico y las infinitas metáforas de la literatura, el libro se sumerge en un laberinto de significados y significantes para intentar nombrar lo innombrable, narrar lo inenarrable, entender lo inentendible. Un mal que anida en lo más profundo de la intimidad, pero que es, al mismo tiempo, un fenómeno capilar y, aparentemente, masivo en nuestra contemporaneidad.
Con ese objeto tan escurridizo y amorfo, Prati se propone navegar por algunas de las múltiples variantes que se dieron para aprehender y comprender eso que hoy llamamos depresión. Considera y discute con el discurso psiquiátrico y el auge de los psicofármacos, poniendo en evidencia la soberbia de sus pretensiones y los límites de sus conocimientos, pero evitando (y ese es un gran mérito de la autora) incurrir en una mirada anticientífica o relativista. Viaja también por las modulaciones que en el pasado tuvo este malestar, como ser la melancolía de los poetas o el mal femenino por antonomasia, la contraparte del genio creativo o el compañero vergonzante de la histeria.
Recurriendo a la primera persona, sin por eso menguar la erudición que domina el libro, la autora señala las dificultades y la necesidad de escuchar, leer, narrar y discutir la depresión. El anglicismo uptake es el que la autora escoge para condensar la necesidad de sacar al mal depresivo de la ignominia de la privacidad y la soledad, un dolor compartido que, a pesar de eso, nos cuesta compartir. Sobre eso y otras cuestiones, conversamos con Renata Prati para La Vanguardia.
Tu libro propone un tema de increíble actualidad como la depresión, pero que también hunde sus raíces en el pasado con otras modulaciones y referencias (la melancolía, la histeria, etcétera): ¿Cuánto hay de novedoso en la depresión, su nombre y sus síntomas?
Es curioso, creo que percibimos la depresión como algo de mucha actualidad pero a la vez, de alguna manera, casi atemporal. El gesto central del libro nació un poco de ahí, diría, de la incomodidad que me generaba esa idea de la depresión como algo muy de nuestro tiempo y a la vez desvinculado del contexto, algo biológico, interno, casi eterno. Me llamaba la atención cómo se hablaba de la historia de la melancolía y la depresión como si fueran simplemente nombres distintos para una misma esencia, como si simplemente “depresión” fuera la nueva etiqueta, más moderna, más científica y por lo tanto más correcta, para lo que antes se llamaba “melancolía” o tal vez “histeria”, como decís, incluso “locura”. Pero me molestaba la ecuación, porque sentía que disimulaba una diferencia de valor, porque cuando hablamos de melancolía hay una cierta dignidad, profundidad, nobleza, pensamos en alguien creativo o reflexivo o interesante, y no pasa nada de eso cuando aparece el vocabulario de la depresión.
Pensar la actualidad de la depresión me parece que debería implicar pensarla situada, y entre otras cosas pensar qué le hace a la experiencia de depresión esta difusión de un nuevo nombre, porque en general no nos damos cuenta de dónde vienen las palabras que usamos, no tenemos presentes sus historias y todo lo que arrastran y producen. No quiero decir que la depresión sea un fenómeno enteramente novedoso, en el sentido más llano de que estemos más deprimides que nunca o que sea una experiencia completamente distinta a los malestares del pasado. Pero sí que prestarle atención a los desplazamientos en las maneras de comprender el malestar puede darnos algunas pistas que nos sirvan para transitarlos mejor. En este sentido, lo que para mí enseña claro el contraste entre las categorías de melancolía y de depresión es que la depresión es una forma devaluada de vincularnos con el malestar: la melancolía era un mal noble, profundo, y la depresión en cambio es puramente negativa, desagradable, despreciable. Ahí es donde me interesaba intervenir, pero no para decir que la depresión no es mala, lo que obviamente no solo no sería cierto sino que sería una romantización, una banalización muy dañina. La experiencia del malestar es intrínsecamente negativa, no hay vuelta que darle. Pero esa devaluación que me parece que se introduce con estas maneras de entenderla suma una negatividad agregada, injusta. Esa carga extra es muy dolorosa y creo que nos haría bien ver que es innecesaria.
«La psiquiatría y los saberes científicos en salud mental tienen un valor enorme, pero para mí es muy importante devolverles sus límites, porque si no pueden volverse una autoridad que arrasa con todas las otras voces. Y si estamos hablando de nuestros malestares, de lo que nos duele, lo que siempre va a tener algo que ver con el mundo, con la experiencia, con nuestros vínculos con lo que nos rodea y con las demás personas, no podemos quedarnos sin ninguna voz en el debate».
¿Es la depresión el mal de nuestro tiempo? ¿Cómo se relaciona con la ansiedad, la angustia u otras variantes de ese malestar?
Tu trabajo hace un gran esfuerzo por cuestionar a la psiquiatría y los límites del encuadre médico, pero sin caer en un discurso anti-científico: ¿Qué recaudos tomaste al momento de hacer esa crítica?
Me parecía muy importante actualizar las herramientas para la crítica en el terreno de la psiquiatría, porque creo que la discusión se polariza rápido y que eso no nos ayuda ni a entender ni a intervenir mejor en estos temas que son tan sensibles y tan urgentes. Los aportes de las críticas clásicas a la psiquiatría me resultaron muy valiosos, por supuesto, pero también siento que tienen varios puntos ciegos para pensar el contexto actual y que también corren el riesgo de quedar pegados a discursos anticientíficos que pueden ser muy peligrosos, como queda más claro apenas nos trasladamos a otros terrenos de discusión como el de las vacunas. Pero sí, esto de esquivar las polarizaciones es más fácil decirlo que hacerlo, porque las oposiciones del tipo blanco y negro orientan mucho. Algo que me ayudó a sostener este trabajo de crítica no polarizante fue una idea de Bruno Latour, que dice que la crítica no necesita ser siempre lo que refuta, sino que puede ser lo que reúne, lo que nos reúne en una arena de discusión, en torno a un asunto en común que nos interesa. De lo que se trata, me parece, sobre todo con problemas tan complejos y sensibles, es de sumar voces y miradas de gente interesada en mejorarlos, no de andar erigiendo muros entre disciplinas o entre posturas.
Volviendo a los riesgos de los discursos anticientíficos, pensar que la autoridad de la ciencia tiene una base incuestionable de suyo, ajena a todo, casi divina, tampoco ayuda a cuidar la ciencia, a alimentar la confianza más profunda y duradera en la producción social de conocimiento. La psiquiatría y los saberes científicos en salud mental tienen un valor enorme, pero para mí es muy importante devolverles sus límites, porque si no pueden volverse una autoridad que arrasa con todas las otras voces. Y si estamos hablando de nuestros malestares, de lo que nos duele, lo que siempre va a tener algo que ver con el mundo, con la experiencia, con nuestros vínculos con lo que nos rodea y con las demás personas, no podemos quedarnos sin ninguna voz en el debate.
- Dibujos de Malin, paciente psiquiátrica. Publicados por BBC.
Me interesó mucho un pasaje, casi una nota al pie, donde discutís la noción de “melancolía de izquierda” de Walter Benjamin y, en particular, las relecturas que hicieron de ella el historiador Enzo Traverso y la teórica política Wendy Brown. ¿Cuáles son las objeciones que hacés a ese concepto y sus usos políticos?
Cuando empecé con la investigación, una vía de entrada que parecía más habilitada para mí como filósofa eran estas discusiones en torno a la melancolía y la melancolía de izquierda. Lo primero que me molestaba era esta sensación que mencionaba antes de una especie de doble vara, la sensación de que la filosofía puede hablar de melancolía, porque hay grandes filósofos que la trataron, pero no puede hablar de depresión porque no pertenece al corpus de conceptos filosóficos. Y me molestaba porque el problema que interesa en la arena pública es la depresión, no la melancolía. Nos quejamos de que la filosofía ya no tiene tanto peso en la arena pública, pero tampoco hacemos el esfuerzo por entrar en la discusión en los términos que circulan y que interesan al resto, por así decirlo. Y después empecé a sospechar que había algo que de nuevo tenía que ver con una cuestión de valor: si hablamos de melancolía, incluso para criticarla, nos mantenemos cerca de una manera más noble de entender el malestar, lo que de alguna manera nos protege, nos valoriza.
Así que lo central de mi lectura de estos debates en torno a la melancolía de izquierda apunta a señalar esta cuestión subyacente y soslayada del valor, y lo vano de pretender trazar una línea clara y estable entre melancolías buenas y depresiones malas, dolores útiles e inútiles. Es una entrada al debate sobre la melancolía de izquierda un poco por el costado, pero creo que en el fondo la preocupación es la misma y tiene que ver con la pregunta por la relación entre el dolor frente un mundo injusto y la posibilidad de una política transformadora. Comparto con Benjamin y con Brown que muchas veces el dolor nos estanca más, pero no creo que sea ni posible ni deseable tratar de aislar esa melancolía mala que es la depresión. Al contrario, creo que justamente tenemos que concentrarnos ahí, con todas sus complejidades, para tratar de ver cómo podemos movilizarla o ablandarla.
En muchos pasajes de tu libro recurrís a la primera persona y a tu propia experiencia frente a la depresión, algo no tan usual en la producción académica: ¿A qué se debió esta decisión?
Bueno, esto tiene mucho que ver con una coherencia con lo que venía diciendo antes, de entender la producción de conocimiento como algo situado y evitar lo que Donna Haraway llamaba el “truco divino” de hacer de cuenta que hablamos desde un punto de vista totalmente neutro y objetivo, el punto de vista “desde ningún lugar”, cosa que es imposible y un sinsentido. No quiere decir que me haya resultado fácil usar esa primera persona. En parte porque cuesta salirse de lo que te exige la academia, pero sobre todo porque no quería que la primera persona y la experiencia inmediata terminaran copando lo que quería decir a través de eso. No quería que fueran el primer plano, lo importante para mí era lo que estaba queriendo aportar al debate público, lo que podría resonar con las experiencias de otra gente y lo que podía discutirse a partir de ahí. Pero sí, más allá de esas dudas y negociaciones internas, sí tenía claro que no podía intervenir en una discusión pública sobre la depresión si no era desde un lugar de honestidad sobre mi relación con la depresión, es decir, sobre por qué me interesaba, por qué me importaba. Además, en un sentido más profundo tal vez, más difícil de aprehender, creo que traté de escribir de alguna manera junto a la depresión. No desde la depresión, porque me daba cuenta de que para mí ese era un lugar de mucho silencio, donde tal vez había algunas verdades pero muy distorsionadas. No podía dejarla manejar la escritura, digamos, porque no iba a poder escribir nada, pero creo que sí traté de no alejarme demasiado de la textura de esa experiencia. Bueno, como dice el subtítulo, traté de escucharla.
«Porque los sentimientos nos hablan del mundo y nos conectan con el mundo y con les otres, y renunciar a esa trama nos debilita, nos aísla, y encima profundiza el dolor. La mayor parte de nuestros malestares se remontan a estructuras injustas contra las que no tenemos mucho margen de acción real y concreta en nuestras vida cotidiana, pero lo que sí está en nuestras manos, o al menos un poco, es la escucha, la cabida, el uptake que les damos a los sentimientos de malestar, propios o ajenos».
Otro de los ejes del texto tiene que ver con el lenguaje, sus limitaciones y potencialidades. Lo inenarrable del dolor, el uso de metáforas (animales, físicas, etcétera) o a la clausura propia del lenguaje médico: ¿Qué lugar ocupa en tu mirada la necesidad de hacer inteligible ese dolor?
La cuestión del lenguaje es algo que realmente atraviesa todo lo que hago, me fascina, el lenguaje me parece una cosa increíble y además absolutamente inagotable como motivo para el pensamiento, y un terreno de disputa fundamental hoy en día con los “grandes modelos de lenguaje” que son los chatbots de IA. Pero más en concreto, la necesidad de hacer inteligible el dolor es un punto clave para entender la tracción del lenguaje médico, sobre todo en contextos donde parece haber cada vez menos espacio para escuchar y atender el malestar. En mi manera de pensar diría que ese impulso a hacer inteligible ocupa un lugar un poco paradójico, de un deseo comprensible y potente y probablemente necesario pero a la vez imposible de cumplir, y además algo que puede ser incluso bastante peligroso. Porque el lenguaje es una herramienta que empuñamos para hacer cosas, como entender o hacerle entender algo a otra persona y ponernos de acuerdo, pero también es algo que hace cosas con nosotres. Es nuestro y no nuestro a la vez, lo cual me parece fascinante. En este sentido, me parece peligroso cuando el encanto de nombrar nos hace creer que el nombre ya lo resuelve todo, mágicamente, que ya entendimos todo lo que había por entender ahí y punto. Me parece peligroso porque el nombre nunca va a agotar la cosa, pero además porque esa sensación de llave mágica nos hace bajar la guardia a otros efectos que también pueda estar produciendo ese lenguaje. Y, así y todo, tampoco diría nunca que abandonemos esa búsqueda de hacer inteligible el malestar, al contrario. Esto lo pienso bastante en la línea de lo que dice Barbara Cassin sobre la traducción, que lo imposible de traducir es también lo que nos mueve a traducir. Es un nudo, una paradoja, pero en cierto sentido eso es bueno.
Un concepto clave que proponés y que, por las limitaciones del caso, optás por no traducir es uptake. ¿De dónde proviene esa noción y por qué es tan relevante en el desarrollo de Esta es tu pena?
Es un muy buen ejemplo justamente para la productividad de lo que cuesta traducir, porque te lo topás una vez, dos veces, y probás una traducción y otra y algo sigue insistiendo, algo sigue sin agotarse, y eso te mueve a seguir pensándolo. En el caso de este concepto de uptake (que en verdad más que dejar sin traducir, diría que traduzco de muchas maneras, multiplico las traducciones), creo que fue un concepto que noté por primera vez leyendo el ensayo de Marilyn Frye sobre cómo la ira de las mujeres sirve de instrumento cartográfico, porque nos da información sobre el mundo y las estructuras de poder según cómo sea recibida esa ira en los distintos espacios y contextos. El concepto de uptake viene de la teoría de los actos de habla de John L. Austin, y se lo suele traducir como “aprehensión”, pero al llevarlo al terreno de los sentimientos, como hace Frye, me daba la impresión de que la traducción perdía fuerza, resonancias.
Podemos percibir que una persona está enojada, o dolida, y no dejarnos mover por esos sentimientos, no darles cabida, no reconocérselos en un sentido más profundo y real, lo que además puede ser muy frustrante o doloroso para esa persona. Y creo que, como decís, es un concepto central en mi libro porque va al corazón de lo que quería decir: que escuchar la depresión no es algo agradable, escuchar el dolor duele, pero igual lo vale. Porque los sentimientos nos hablan del mundo y nos conectan con el mundo y con les otres, y renunciar a esa trama nos debilita, nos aísla, y encima profundiza el dolor. La mayor parte de nuestros malestares se remontan a estructuras injustas contra las que no tenemos mucho margen de acción real y concreta en nuestras vida cotidiana, pero lo que sí está en nuestras manos, o al menos un poco, es la escucha, la cabida, el uptake que les damos a los sentimientos de malestar, propios o ajenos. Y tal vez ahí haya al menos una rendija posible de transformación.




