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Renata Prati: «Escuchar la depresión no es algo agradable, escuchar el dolor duele, pero igual lo vale»

Renata Prati: «Escuchar la depresión no es algo agradable, escuchar el dolor duele, pero igual lo vale»

Entre el estigma y el diagnóstico, entre la experiencia íntima y las condiciones sociales, Renata Prati explora las palabras con las que intentamos comprender nuestra pena y malestares. Una conversación sobre lenguaje, psiquiatría y las posibilidades de escuchar el dolor propio y ajeno.

Renata Prati, autora de «Esta es tu pena» (PH Matías González).

La salud mental está en boca de todos. La depresión es la enfermedad de nuestro tiempo, o eso pareciera. Ese monstruo invisible e invisibilizado, uno de los muchos que aquejan nuestra cotidianeidad en tiempos de incertidumbre y angustia, es el foco del libro de Renata Prati, Esta es tu pena (Siglo XXI, 2025). Su autora es doctora en Filosofía y especialista en Traducción Literaria, ambas por la Universidad de Buenos Aires, y trabaja en la intersección entre el giro afectivo, la filosofía de la psiquiatría, la teoría feminista y los estudios sociales de la ciencia y la tecnología.

Entre el discurso médico psiquiátrico y las infinitas metáforas de la literatura, el libro se sumerge en un laberinto de significados y significantes para intentar nombrar lo innombrable, narrar lo inenarrable, entender lo inentendible. Un mal que anida en lo más profundo de la intimidad, pero que es, al mismo tiempo, un fenómeno capilar y, aparentemente, masivo en nuestra contemporaneidad.

Con ese objeto tan escurridizo y amorfo, Prati se propone navegar por algunas de las múltiples variantes que se dieron para aprehender y comprender eso que hoy llamamos depresión. Considera y discute con el discurso psiquiátrico y el auge de los psicofármacos, poniendo en evidencia la soberbia de sus pretensiones y los límites de sus conocimientos, pero evitando (y ese es un gran mérito de la autora) incurrir en una mirada anticientífica o relativista. Viaja también por las modulaciones que en el pasado tuvo este malestar, como ser la melancolía de los poetas o el mal femenino por antonomasia, la contraparte del genio creativo o el compañero vergonzante de la histeria.

Recurriendo a la primera persona, sin por eso menguar la erudición que domina el libro, la autora señala las dificultades y la necesidad de escuchar, leer, narrar y discutir la depresión. El anglicismo uptake es el que la autora escoge para condensar la necesidad de sacar al mal depresivo de la ignominia de la privacidad y la soledad, un dolor compartido que, a pesar de eso, nos cuesta compartir. Sobre eso y otras cuestiones, conversamos con Renata Prati para La Vanguardia.

Tu libro propone un tema de increíble actualidad como la depresión, pero que también hunde sus raíces en el pasado con otras modulaciones y referencias (la melancolía, la histeria, etcétera): ¿Cuánto hay de novedoso en la depresión, su nombre y sus síntomas?

Es curioso, creo que percibimos la depresión como algo de mucha actualidad pero a la vez, de alguna manera, casi atemporal. El gesto central del libro nació un poco de ahí, diría, de la incomodidad que me generaba esa idea de la depresión como algo muy de nuestro tiempo y a la vez desvinculado del contexto, algo biológico, interno, casi eterno. Me llamaba la atención cómo se hablaba de la historia de la melancolía y la depresión como si fueran simplemente nombres distintos para una misma esencia, como si simplemente “depresión” fuera la nueva etiqueta, más moderna, más científica y por lo tanto más correcta, para lo que antes se llamaba “melancolía” o tal vez “histeria”, como decís, incluso “locura”. Pero me molestaba la ecuación, porque sentía que disimulaba una diferencia de valor, porque cuando hablamos de melancolía hay una cierta dignidad, profundidad, nobleza, pensamos en alguien creativo o reflexivo o interesante, y no pasa nada de eso cuando aparece el vocabulario de la depresión.

Pensar la actualidad de la depresión me parece que debería implicar pensarla situada, y entre otras cosas pensar qué le hace a la experiencia de depresión esta difusión de un nuevo nombre, porque en general no nos damos cuenta de dónde vienen las palabras que usamos, no tenemos presentes sus historias y todo lo que arrastran y producen. No quiero decir que la depresión sea un fenómeno enteramente novedoso, en el sentido más llano de que estemos más deprimides que nunca o que sea una experiencia completamente distinta a los malestares del pasado. Pero sí que prestarle atención a los desplazamientos en las maneras de comprender el malestar puede darnos algunas pistas que nos sirvan para transitarlos mejor. En este sentido, lo que para mí enseña claro el contraste entre las categorías de melancolía y de depresión es que la depresión es una forma devaluada de vincularnos con el malestar: la melancolía era un mal noble, profundo, y la depresión en cambio es puramente negativa, desagradable, despreciable. Ahí es donde me interesaba intervenir, pero no para decir que la depresión no es mala, lo que obviamente no solo no sería cierto sino que sería una romantización, una banalización muy dañina. La experiencia del malestar es intrínsecamente negativa, no hay vuelta que darle. Pero esa devaluación que me parece que se introduce con estas maneras de entenderla suma una negatividad agregada, injusta. Esa carga extra es muy dolorosa y creo que nos haría bien ver que es innecesaria.

«La psiquiatría y los saberes científicos en salud mental tienen un valor enorme, pero para mí es muy importante devolverles sus límites, porque si no pueden volverse una autoridad que arrasa con todas las otras voces. Y si estamos hablando de nuestros malestares, de lo que nos duele, lo que siempre va a tener algo que ver con el mundo, con la experiencia, con nuestros vínculos con lo que nos rodea y con las demás personas, no podemos quedarnos sin ninguna voz en el debate».

¿Es la depresión el mal de nuestro tiempo? ¿Cómo se relaciona con la ansiedad, la angustia u otras variantes de ese malestar?

No sé si la depresión es “el” mal de nuestro tiempo, en el sentido de si le “gana” ese podio nefasto, en términos concretos, cuantitativos, a otros candidatos como la ansiedad, o la soledad, o los consumos, o los suicidios, y en fin, seguro podríamos ampliar la lista. Yo elegí enfocarme en la depresión porque había algo ahí que me resultaba productivo para pensar algunas tensiones de nuestro tiempo, pero un poco en el espíritu de una frase de Ian Hacking, que decía que una manera de hacer filosofía, una entre otras, es mirar con cuidado un rincón del mundo, pero para que sirva como ejemplo o parábola de algún asunto de interés común. En el libro hablo de la depresión, pero creo que mucho vale más en general para los lenguajes psiquiátricos, médicos, institucionales con los que abordamos lo que nos duele en nuestras vidas y en nuestras sociedades. Tal vez la categoría de depresión lo muestre más nítidamente que otras, y en ese sentido pueda servirnos pensarla como el mal de nuestro tiempo, como “palabra clave” para abordar el malestar de nuestro tiempo, pero creo que en otros terrenos aparece esa misma tensión que para mí tiene que ver con la expansión del lenguaje psiquiátrico: cómo apelamos a esas herramientas para dar sentido, realidad y relevancia a los malestares, pero a la vez son herramientas que alimentan una cierta opacidad, una desconexión de los contextos y las relaciones en que están entramados esos malestares.

Con el debate en estas semanas en torno a las tasas récord de suicidios en el país pasa un poco eso por momentos: si bien hay un gran esfuerzo por subrayar que se trata de un asunto sistémico que requiere un abordaje colectivo, el lenguaje de la salud mental tiende a empujarnos de nuevo hacia lo individual. Pensemos en ese grafiti chileno, “No era depresión, era capitalismo”: lo que hace es más bien conectar la depresión al capitalismo, instalar la idea de que el capitalismo nos deprime y a la vez restituir el contexto de esa depresión, usando ese lenguaje para denunciar un estado del mundo, una estructura injusta. Pero tiene que hacerlo por la negativa, diciendo que no era depresión, porque justamente la lógica del lenguaje psiquiátrico es abstraer todo el contexto, hacernos sentir el dolor como si fuera solo nuestro, hacernos sentir que no hay relación entre el dolor y lo que nos rodea. Este punto me parece crucial para pensar la relación entre los malestares y el presente, las estructuras y contornos particulares del mundo en que vivimos.

Tu trabajo hace un gran esfuerzo por cuestionar a la psiquiatría y los límites del encuadre médico, pero sin caer en un discurso anti-científico: ¿Qué recaudos tomaste al momento de hacer esa crítica?

Me parecía muy importante actualizar las herramientas para la crítica en el terreno de la psiquiatría, porque creo que la discusión se polariza rápido y que eso no nos ayuda ni a entender ni a intervenir mejor en estos temas que son tan sensibles y tan urgentes. Los aportes de las críticas clásicas a la psiquiatría me resultaron muy valiosos, por supuesto, pero también siento que tienen varios puntos ciegos para pensar el contexto actual y que también corren el riesgo de quedar pegados a discursos anticientíficos que pueden ser muy peligrosos, como queda más claro apenas nos trasladamos a otros terrenos de discusión como el de las vacunas. Pero sí, esto de esquivar las polarizaciones es más fácil decirlo que hacerlo, porque las oposiciones del tipo blanco y negro orientan mucho. Algo que me ayudó a sostener este trabajo de crítica no polarizante fue una idea de Bruno Latour, que dice que la crítica no necesita ser siempre lo que refuta, sino que puede ser lo que reúne, lo que nos reúne en una arena de discusión, en torno a un asunto en común que nos interesa. De lo que se trata, me parece, sobre todo con problemas tan complejos y sensibles, es de sumar voces y miradas de gente interesada en mejorarlos, no de andar erigiendo muros entre disciplinas o entre posturas

Volviendo a los riesgos de los discursos anticientíficos, pensar que la autoridad de la ciencia tiene una base incuestionable de suyo, ajena a todo, casi divina, tampoco ayuda a cuidar la ciencia, a alimentar la confianza más profunda y duradera en la producción social de conocimiento. La psiquiatría y los saberes científicos en salud mental tienen un valor enorme, pero para mí es muy importante devolverles sus límites, porque si no pueden volverse una autoridad que arrasa con todas las otras voces. Y si estamos hablando de nuestros malestares, de lo que nos duele, lo que siempre va a tener algo que ver con el mundo, con la experiencia, con nuestros vínculos con lo que nos rodea y con las demás personas, no podemos quedarnos sin ninguna voz en el debate.

 

Me interesó mucho un pasaje, casi una nota al pie, donde discutís la noción de “melancolía de izquierda” de Walter Benjamin y, en particular, las relecturas que hicieron de ella el historiador Enzo Traverso y la teórica política Wendy Brown. ¿Cuáles son las objeciones que hacés a ese concepto y sus usos políticos?

Cuando empecé con la investigación, una vía de entrada que parecía más habilitada para mí como filósofa eran estas discusiones en torno a la melancolía y la melancolía de izquierda. Lo primero que me molestaba era esta sensación que mencionaba antes de una especie de doble vara, la sensación de que la filosofía puede hablar de melancolía, porque hay grandes filósofos que la trataron, pero no puede hablar de depresión porque no pertenece al corpus de conceptos filosóficos. Y me molestaba porque el problema que interesa en la arena pública es la depresión, no la melancolía. Nos quejamos de que la filosofía ya no tiene tanto peso en la arena pública, pero tampoco hacemos el esfuerzo por entrar en la discusión en los términos que circulan y que interesan al resto, por así decirlo. Y después empecé a sospechar que había algo que de nuevo tenía que ver con una cuestión de valor: si hablamos de melancolía, incluso para criticarla, nos mantenemos cerca de una manera más noble de entender el malestar, lo que de alguna manera nos protege, nos valoriza.

Así que lo central de mi lectura de estos debates en torno a la melancolía de izquierda apunta a señalar esta cuestión subyacente y soslayada del valor, y lo vano de pretender trazar una línea clara y estable entre melancolías buenas y depresiones malas, dolores útiles e inútiles. Es una entrada al debate sobre la melancolía de izquierda un poco por el costado, pero creo que en el fondo la preocupación es la misma y tiene que ver con la pregunta por la relación entre el dolor frente un mundo injusto y la posibilidad de una política transformadora. Comparto con Benjamin y con Brown que muchas veces el dolor nos estanca más, pero no creo que sea ni posible ni deseable tratar de aislar esa melancolía mala que es la depresión. Al contrario, creo que justamente tenemos que concentrarnos ahí, con todas sus complejidades, para tratar de ver cómo podemos movilizarla o ablandarla.

En muchos pasajes de tu libro recurrís a la primera persona y a tu propia experiencia frente a la depresión, algo no tan usual en la producción académica: ¿A qué se debió esta decisión?

Bueno, esto tiene mucho que ver con una coherencia con lo que venía diciendo antes, de entender la producción de conocimiento como algo situado y evitar lo que Donna Haraway llamaba el “truco divino” de hacer de cuenta que hablamos desde un punto de vista totalmente neutro y objetivo, el punto de vista “desde ningún lugar”, cosa que es imposible y un sinsentido. No quiere decir que me haya resultado fácil usar esa primera persona. En parte porque cuesta salirse de lo que te exige la academia, pero sobre todo porque no quería que la primera persona y la experiencia inmediata terminaran copando lo que quería decir a través de eso. No quería que fueran el primer plano, lo importante para mí era lo que estaba queriendo aportar al debate público, lo que podría resonar con las experiencias de otra gente y lo que podía discutirse a partir de ahí. Pero sí, más allá de esas dudas y negociaciones internas, sí tenía claro que no podía intervenir en una discusión pública sobre la depresión si no era desde un lugar de honestidad sobre mi relación con la depresión, es decir, sobre por qué me interesaba, por qué me importaba. Además, en un sentido más profundo tal vez, más difícil de aprehender, creo que traté de escribir de alguna manera junto a la depresión. No desde la depresión, porque me daba cuenta de que para mí ese era un lugar de mucho silencio, donde tal vez había algunas verdades pero muy distorsionadas. No podía dejarla manejar la escritura, digamos, porque no iba a poder escribir nada, pero creo que sí traté de no alejarme demasiado de la textura de esa experiencia. Bueno, como dice el subtítulo, traté de escucharla.

«Porque los sentimientos nos hablan del mundo y nos conectan con el mundo y con les otres, y renunciar a esa trama nos debilita, nos aísla, y encima profundiza el dolor. La mayor parte de nuestros malestares se remontan a estructuras injustas contra las que no tenemos mucho margen de acción real y concreta en nuestras vida cotidiana, pero lo que sí está en nuestras manos, o al menos un poco, es la escucha, la cabida, el uptake que les damos a los sentimientos de malestar, propios o ajenos».

Otro de los ejes del texto tiene que ver con el lenguaje, sus limitaciones y potencialidades. Lo inenarrable del dolor, el uso de metáforas (animales, físicas, etcétera) o a la clausura propia del lenguaje médico: ¿Qué lugar ocupa en tu mirada la necesidad de hacer inteligible ese dolor?

La cuestión del lenguaje es algo que realmente atraviesa todo lo que hago, me fascina, el lenguaje me parece una cosa increíble y además absolutamente inagotable como motivo para el pensamiento, y un terreno de disputa fundamental hoy en día con los “grandes modelos de lenguaje” que son los chatbots de IA. Pero más en concreto, la necesidad de hacer inteligible el dolor es un punto clave para entender la tracción del lenguaje médico, sobre todo en contextos donde parece haber cada vez menos espacio para escuchar y atender el malestar. En mi manera de pensar diría que ese impulso a hacer inteligible ocupa un lugar un poco paradójico, de un deseo comprensible y potente y probablemente necesario pero a la vez imposible de cumplir, y además algo que puede ser incluso bastante peligroso. Porque el lenguaje es una herramienta que empuñamos para hacer cosas, como entender o hacerle entender algo a otra persona y ponernos de acuerdo, pero también es algo que hace cosas con nosotres. Es nuestro y no nuestro a la vez, lo cual me parece fascinante. En este sentido, me parece peligroso cuando el encanto de nombrar nos hace creer que el nombre ya lo resuelve todo, mágicamente, que ya entendimos todo lo que había por entender ahí y punto. Me parece peligroso porque el nombre nunca va a agotar la cosa, pero además porque esa sensación de llave mágica nos hace bajar la guardia a otros efectos que también pueda estar produciendo ese lenguaje. Y, así y todo, tampoco diría nunca que abandonemos esa búsqueda de hacer inteligible el malestar, al contrario. Esto lo pienso bastante en la línea de lo que dice Barbara Cassin sobre la traducción, que lo imposible de traducir es también lo que nos mueve a traducir. Es un nudo, una paradoja, pero en cierto sentido eso es bueno.

Un concepto clave que proponés y que, por las limitaciones del caso, optás por no traducir es uptake. ¿De dónde proviene esa noción y por qué es tan relevante en el desarrollo de Esta es tu pena?

Es un muy buen ejemplo justamente para la productividad de lo que cuesta traducir, porque te lo topás una vez, dos veces, y probás una traducción y otra y algo sigue insistiendo, algo sigue sin agotarse, y eso te mueve a seguir pensándolo. En el caso de este concepto de uptake (que en verdad más que dejar sin traducir, diría que traduzco de muchas maneras, multiplico las traducciones), creo que fue un concepto que noté por primera vez leyendo el ensayo de Marilyn Frye sobre cómo la ira de las mujeres sirve de instrumento cartográfico, porque nos da información sobre el mundo y las estructuras de poder según cómo sea recibida esa ira en los distintos espacios y contextos. El concepto de uptake viene de la teoría de los actos de habla de John L. Austin, y se lo suele traducir como “aprehensión”, pero al llevarlo al terreno de los sentimientos, como hace Frye, me daba la impresión de que la traducción perdía fuerza, resonancias.

Podemos percibir que una persona está enojada, o dolida, y no dejarnos mover por esos sentimientos, no darles cabida, no reconocérselos en un sentido más profundo y real, lo que además puede ser muy frustrante o doloroso para esa persona. Y creo que, como decís, es un concepto central en mi libro porque va al corazón de lo que quería decir: que escuchar la depresión no es algo agradable, escuchar el dolor duele, pero igual lo vale. Porque los sentimientos nos hablan del mundo y nos conectan con el mundo y con les otres, y renunciar a esa trama nos debilita, nos aísla, y encima profundiza el dolor. La mayor parte de nuestros malestares se remontan a estructuras injustas contra las que no tenemos mucho margen de acción real y concreta en nuestras vida cotidiana, pero lo que sí está en nuestras manos, o al menos un poco, es la escucha, la cabida, el uptake que les damos a los sentimientos de malestar, propios o ajenos. Y tal vez ahí haya al menos una rendija posible de transformación.

La revolución será masturbada o no será

La revolución será masturbada o no será

El 7 de mayo de 1994, la funcionaria de salud estadounidense Joycelyn Elders dijo ante Naciones Unidas que la masturbación “es algo que forma parte de la sexualidad humana y tal vez debería enseñarse en la escuela”. Desde entonces, mayo quedó asociado al autoplacer, pero: ¿por qué incomoda hablar de la paja? 

PH: Dolo Cova

Mayo fue, es y seguirá siendo el mes de la masturbación. Sí, así como leés. Un mes entero para hablar —en voz alta— de una de las prácticas más universales, íntimas y humanas que existen: hacerse (hacernos) la paja.

Porque sí, el placer también merece ser calendarizado.

Aunque todavía haya quienes se pongan nerviosos apenas escuchan palabras como “masturbación”, “paja”, “tocarse”, “clavarse una”, “autocomplacerse” o “hacer justicia por mano propia”, lo cierto es que el autoplacer forma parte de la sexualidad humana (somos sujetos sociales porque también somos sujetos sexuales). Y no solo eso: también es salud, exploración, deseo y conocimiento del propio cuerpo.

Un poco de seriedad.

El origen de esta conmemoración tiene algo de ironía histórica. En 1994, la médica pediatra y funcionaria de salud estadounidense Joycelyn Elders dijo ante Naciones Unidas una frase que todavía hoy incomoda a más de une: que la masturbación “es algo que forma parte de la sexualidad humana y tal vez debería enseñarse en la escuela”.

Frente a esos dichos, y en ese contexto, la reacción fue inmediata. El entonces presidente Bill Clinton tomó distancia pública de sus declaraciones y Elders terminó siendo desplazada de su cargo. Pero un año después, la empresa Good Vibrations impulsó el 7 de mayo como el Día de la Masturbación, en apoyo a Elders y como una forma de reivindicar el derecho al placer y a la educación sexual.

Aunque todavía haya quienes se pongan nerviosos apenas escuchan palabras como “masturbación”, “paja”, “tocarse”, “clavarse una”, “autocomplacerse” o “hacer justicia por mano propia”, lo cierto es que el autoplacer forma parte de la sexualidad humana.

Desde entonces, mayo quedó asociado al autoplacer en distintos países del mundo, incluso en el nuestro. Y aunque el tabú persiste —especialmente cuando se trata de la masturbación femenina o de identidades disidentes, casi tanto como la menopausia y la andropausia (¿hacemos notita sobre eso? ¿Quieren?)— cada vez son más las voces que reivindican el derecho a habitar el propio deseo sin vergüenza.

Porque masturbarse es conocernos y descubrirnos. Saber qué nos gusta, qué no, qué nos da placer, qué nos enciende y qué nos calma. Es construir intimidad propia, es habitarse. Desearse. Darse tiempo en un mundo que muchas veces nos enseña más a performatear una manera de gustar y ser deseados que a desearnos.

Y aun hoy, mayo de 2026, hablar del sexo con uno mismo sigue generando vergüenza o prejuicio. Incluso yo misma, mientras escribía esto, pensaba en la publicación: ¿Qué dirán del texto? ¿Qué dirán de mí? ¿Qué dirán de la masturbación? ¿Qué otras cosas —que ni siquiera sé— aparecerán asociadas a todo esto?

Porque hablar de masturbación no incomoda solo por el acto en sí. Incomoda porque habla de intimidad, de fantasías, de autonomía, de deseo propio, de sexo con uno mismo. Hablar de masturbación incomoda porque masturbarse es un acto soberano, y todavía resulta revolucionario admitirlo.

Joycelyn Elders, figura clave en la conmemoración del mes de la masturbación, recibe el premio Morani Renaissance Woman.

¿Qué necesitamos, además de la intimidad necesaria, para masturbarnos y tener un orgasmo? ¿Pornografía? ¿Imágenes? ¿Ruidos? ¿Imaginación? ¿Todo eso junto? ¿O quizás otras cosas? ¿Nos lo permitimos realmente? ¿Qué tiempo le dedicamos? ¿Le dedicamos tiempo? ¿Lo pensamos alguna vez o simplemente sucede sin reflexión? ¿Lo hablamos con alguien? ¿Nos animamos?

¿Siempre es igual? ¿Cambiamos de método, de pose, de ritmo, de mano, de juguete o de “chiche” que acompañe? ¿Nos da vergüenza? ¿Culpa? ¿O solo satisfacción y por eso volvemos una y otra vez?

Y aunque suele imaginarse como una práctica en soledad, sabemos que no necesariamente ocurre así. También puede aparecer compartida, en pareja, en la intimidad de un vínculo sexual o afectivo. Pero incluso ahí muchas veces sigue siendo “eso” de lo que cuesta hablar. ¿Conversamos realmente con quienes compartimos la cama sobre cómo nos masturbamos, qué nos gusta, qué imaginamos, qué necesitamos, pedimos que nos toquen?

Quizás la masturbación sea, al final, la relación sexual y afectiva más estable que tengamos en nuestra vida.

Y sí: también hay beneficios concretos que, según diferentes especialistas, se relacionan con mejorar el sueño, aliviar el estrés, reducir la ansiedad, fortalecer la autoestima sexual y generar mayor conciencia corporal. Incluso puede aliviar dolores menstruales, migrañas y tensiones físicas.

Porque hablar de masturbación no incomoda solo por el acto en sí. Incomoda porque habla de intimidad, de fantasías, de autonomía, de deseo propio, de sexo con uno mismo. Hablar de masturbación incomoda porque masturbarse es un acto soberano, y todavía resulta revolucionario admitirlo.

Pero quizás uno de sus mayores aportes sea otro: recordarnos que el placer propio no debería ocupar un lugar clandestino en nuestras vidas.

Porque aunque todavía se trate como un tabú, en realidad es casi un tótem: una práctica cotidiana, profundamente humana y atravesada por la autonomía, el bienestar y el derecho al disfrute y al goce.

Así que sí: mayo es el mes de la masturbación y del autoerotismo. Y ojalá también sea el mes para dejar de hacernos los distraídos con el placer, sobre todo en este contexto de displacer permanente. (Tema para otra nota, ¿no?).

Porque, en realidad, elegir esta fecha para publicar esta nota es apenas una excusa. Una excusa para sacar —o seguir sacando— la masturbación fuera del armario. Para hablar del tema sin prejuicios y sin culpa. Para decir, simplemente, que el placer propio existe. Que importa. Y que merece conversación.

Y sí, esta nota quedó a mitad de camino entre la información y la opinión. Entre el dato histórico y la invitación a pensar(se). Entre el “sabías que…” y el “¿por qué todavía nos cuesta tanto hablar de esto?”.

Querido lector, querida lectora —y quienes habitan los grises de la vida—: contanos, ¿Qué más te gustaría leer, discutir o escuchar sobre este tema? ¿Qué preguntas siguen siendo incómodas?

Te leemos. Con una mano en el corazón. La otra… queda a criterio de cada quien.

Formar médicos en crisis: la residencia como campo de batalla

Formar médicos en crisis: la residencia como campo de batalla

Argentina enfrenta un debate urgente sobre la formación médica. Mientras el sistema de salud público se desmorona, los médicos residentes, jóvenes profesionales sobreexigidos y mal pagos, sostienen los hospitales, trabajando en condiciones que rozan lo inhumano.

En un contexto de crisis sanitaria que se agrava día a día, el debate sobre la formación médica en Argentina ya no puede ser postergado. Millones de ciudadanos ven restringido su acceso a una atención sanitaria digna, mientras el sistema hospitalario se mantiene a flote gracias a la labor incansable de los médicos residentes, jóvenes profesionales en formación que sostienen la estructura hospitalaria, a pesar de las condiciones precarias en las que trabajan y se forman.

¿QUÉ SON LAS RESIDENCIAS MÉDICAS Y POR QUÉ ESTÁN EN CRISIS?

La residencia médica es el sistema de posgrado más reconocido a nivel mundial para formar especialistas, donde se integra la docencia y el servicio, con el desarrollo de tareas cada vez más complejas y bajo supervisión. En Argentina, dura entre tres y cinco años, y teóricamente es un sistema rentado y de dedicación exclusiva con jornadas de 40 horas semanales, más 24 horas de guardia. A pesar de ser un pilar fundamental del sistema de salud, las residencias sufren las mismas tensiones que el sistema en general: precariedad, inequidad, falta de planificación y abandono estatal.

UN MODELO DE FORMACIÓN SIN DERECHOS

Durante décadas, los mejores médicos elegían las residencias en hospitales públicos por el prestigio y el conocimiento que ofrecían. Hoy, esa lógica se invirtió. Las nuevas generaciones enfrentan un sistema que no solo precariza sus salarios, sino que también afecta su salud física y mental. Muchos optan por formarse en el sector privado, que ofrece salarios hasta 50% más altos, y quienes eligen el sistema público, a menudo migran al sector privado al terminar su formación, exacerbando la fuga de talentos.

La residencia dejó de ser una instancia de formación de excelencia para convertirse en un campo de explotación legalizada, sostenido por vocación, militancia o necesidad.

GUARDIAS INTERMINABLES Y ESTRÉS PERMANENTE

Los residentes no solo reciben sueldos bajos, sino que tampoco tienen vacaciones reales. Un descanso de 15 días implica duplicar las tareas del compañero/a y luego recuperar el «tiempo perdido». Esto se suma a jornadas extenuantes, guardias extendidas y una lógica verticalista que impide cuestionar las condiciones de trabajo. En este contexto de desinversión estatal, con servicios sin insumos ni equipamiento, los residentes deben cumplir funciones de altísima responsabilidad, muchas veces sin una supervisión efectiva.

UNA EMERGENCIA MUNDIAL, UNA DEUDA NACIONAL

La crisis de la formación médica no es exclusiva de Argentina. Según la ONU, en cinco años faltarán 18 millones de trabajadores sanitarios en todo el mundo. Resolver esta crisis de humanidad no solo requiere políticas activas y priorización de la salud pública / colectiva, sino también una transformación profunda en la forma de formar y retener talento.

No se puede hablar de garantizar el derecho a la salud si quienes la sostienen no acceden ellos mismos a sus derechos básicos.

PROBLEMAS ESTRUCTURALES QUE AFECTAN EL SISTEMA

La formación actual no prepara a los profesionales para abordar las urgencias en salud mental, dejando a muchos sin las herramientas para actuar ante pacientes en crisis. Además, existe un desbalance preocupante en la elección de especialidades: áreas clave como la pediatría son cada vez más evitadas, lo que pone en riesgo la cobertura futura. Otro problema ignorado es que la mayoría de los residentes no realizan aportes jubilatorios, lo que los deja en una situación de desprotección a largo plazo.

URGEN CAMBIOS ESTRUCTURALES Y POLÍTICAS CONCRETAS

Se necesitan cambios de fondo y políticas concretas para solucionar esta crisis. Algunas de las propuestas que circulan en ámbitos sanitarios y académicos incluyen:

  • Jerarquizar especialidades críticas: Asignar más recursos, salarios atractivos y tecnología para atraer nuevos médicos.
  • Crear un fondo federal de salud: Compensar las desigualdades provinciales en equipamiento, formación y acceso.
  • Revisar la formación universitaria: Permitir más prácticas reales desde etapas tempranas de la carrera.
  • Incentivar la distribución equitativa del recurso humano: Recuperar iniciativas como el ‘Cupo Jerarquizado’.

Además, es crucial conformar una mesa de trabajo nacional con la participación de universidades, ministerios, hospitales, colegios médicos, residentes y sociedades científicas para discutir temas como las desigualdades formativas, la falta de incentivos en especialidades estratégicas, la inequidad en la financiación y un modelo de residencias multiprofesionales e integradas.

SIN RESIDENTES, NO HAY SISTEMA

La salud pública argentina no puede seguir funcionando a costa del sacrificio individual de los residentes. La defensa de las residencias es una defensa de la salud de toda la sociedad. La política no puede seguir ignorando esta realidad, porque sin médicos formados, cuidados y valorados, no hay sistema de salud que aguante.

Pensar en “una salud” donde se cruzan lo ecológico y lo ambiental

Pensar en “una salud” donde se cruzan lo ecológico y lo ambiental

El estudio del ambiente, los animales y la gestión de la salud humana están conectadas. Una buena gestión interdisciplinaria podría prevenir crisis sanitarias como la de COVID 19.

El enfoque una salud (One Health) es una perspectiva dirigida a minimizar los daños y a maximizar los beneficios mediante la cogestión de la salud humana, animal y medioambiental. 

Se centra en desarrollar estrategias eficientes y eficaces, para solucionar los problemas de salud que surgen de la interrelación entre los seres humanos, los animales y el medio ambiente. 

En la década de 1990 se propuso el concepto de “una salud”. Remite a estrategias interdisciplinares e integradoras de promoción de salud, en las que la salud humana y la salud animal (animales domésticos y de vida silvestre) son interdependientes y se hallan vinculadas a la salud de los ecosistemas

Reflexionar sobre la salud de todos los sistemas vivos requiere superar los límites disciplinarios y sectoriales tradicionales y eliminar las jerarquías dentro y entre los países, articulando valores como la equidad entre sectores y disciplinas de la sociopolítica y la inclusión, así como establecer un equilibrio socio ecológico con responsabilidad humana con respeto a los diferentes sistemas del conocimiento.

Desde ”una salud” surgieron preocupaciones como la emergencia de enfermedades transmitidas por vectores y toda otra enfermedad infecciosa, la seguridad alimentaria y la resistencia antimicrobiana. Pero estos problemas están centrados en las enfermedades y sus prácticas en los riesgos como factores causales.

 

IMPACTO EN LA SALUD DE SOCIEDADES NO SUSTENTABLES

 

La epidemiología es un campo de lucha de ideas, donde especialmente se analiza cómo enunciar la salud y cómo actuar basados en diferentes paradigmas en los que se disputan intereses sociales. Por eso  es considerada una interdisciplina sustancial  que comparte, como toda ciencia, ser una expresión transformadora y algunas veces irreconciliable de las relaciones de poder de una sociedad.

A partir de las visiones epidemiológicas es posible promover la duda, tanto de los ciudadanos como de la justicia acerca del impacto humano y ambiental que puede producir sociedades no sustentables o inequitativas.

El enfoque una salud (One Health) es una perspectiva dirigida a minimizar los daños y a maximizar los beneficios mediante la cogestión de la salud humana, animal y medioambiental. 

Es inevitable pensar que nos encontramos atravesados por tensiones, impulsos y obstáculos epistemológicos asumiendo que la determinación social de la salud es una categoría que propone constituirse en una herramienta para trabajar la relación entre la reproducción social, los modos de vivir, de enfermar y de morir. 

Esta categoría permite superar el causalismo y la concepción dialéctica de la relación social-natural-biológica, como superación del ecologismo empírico donde se incorporan nociones de proceso y de lo colectivo.

Se plantea como una interpretación del materialismo crítico, la economía política y la ecología política en un diálogo, como una crítica de las ciencias de la salud, el ambiente y la sociedad. Se propone descifrar el movimiento de la vida en su historia y en la naturaleza, de los modos de vivir (económicos, políticos, culturales) y el movimiento de los genotipos – fenotipos humanos entrelazados.

 

MEDICINA SOCIAL

 

La salud no obedece a un orden exclusivamente individual, sino que es un proceso complejo y socialmente determinado, es una salud colectiva.    

La salud colectiva se sustenta en la concepción de la medicina social, con la perspectiva de construir un paradigma renovado de la salud pública, de la salud comunitaria y de la medicina preventiva y social que permita una nueva articulación entre las diferentes disciplinas e instituciones.

Está compuesta por diferentes visiones, donde incorpora la perspectiva de género, las relaciones de poder e interculturalidad, entre otras como una necesidad para comprender la salud en su complejidad en el marco de la lucha por el “derecho a la salud” de la ciudadanía. 

Mostrar la relación que existe entre los procesos estructurales es reemplazar la lógica de la conexión lineal de variables por un sistema donde se entrelazan los tres grandes dominios de la determinación: el dominio general que corresponde a la lógica estructurante de acumulación de capital, con sus condiciones político culturales; el dominio particular de los modos de vivir con sus patrones estructurados grupales de exposición y vulnerabilidad; y el dominio singular, de los estilos de vida y el libre albedrío personal que viven las persona.

Desde esta mirada, la salud se asume como una unidad y diversidad social, ambiental y sanitaria en medio de la reproducción social y la condición de conservar tanto en la interpretación como en la acción de la epidemiología la unidad de los procesos teniendo en cuenta los cuatro rubros de la vida: sustentabilidad, soberanía, solidaridad y salud/bioseguridad integral.

Desde lo contextual la salud colectiva tiende a deconstruir las políticas neoliberales imperantes y proponer valores que contribuyan a generar un “progresismo” con equidad, transparencia y participación social en la medida que las prácticas se encuentren asociadas a intervenciones basadas en el enfoque de derechos permitiendo las transformaciones sociales necesarias y además mejorar la coordinación, la comunicación y la colaboración intersectorial, para el fortalecimiento de las capacidades.

 

PERSPECTIVA HISTÓRICA

 

Desde tiempos de Hipócrates (460-370 AC), existe una concepción integradora de salud, ya que propuso la existencia de una interdependencia entre condiciones no habituales del ambiente, el clima, la salud y la prevalencia de enfermedades infecciosas. Poco después, Aristóteles empleó el concepto de medicina comparativa en la que estableció relaciones y características comunes entre los seres humanos y otros mamíferos. 

Claude Bourgelat (1712–1779) fundador de los primeros centros de enseñanza superior de veterinaria, consolidó la educación formal de la salud animal y prestó particular atención a las interacciones existentes con la salud humana. Un siglo más tarde Rudolf Virchow, médico patólogo prusiano, realizó aportes fundamentales sobre la construcción conceptual de Una Salud. Pionero en la consolidación de la teoría de la patología celular y autor del término zoonosis. Sostuvo que no existían divisiones entre la medicina humana y animal. Esta mirada implicaba que, el sistema de salud no podía limitarse al tratamiento de las enfermedades pato-fisiológicas de pacientes individuales, sino que debía considerar las condiciones sociales generadoras de enfermedad. Es decir, la medicina debía ser considerada una ciencia social y la política no era más que medicina con una mirada más amplia.  

«(Se necesita un) enfoque sistémico que incluyera tanto el bienestar de los animales, como de los seres humanos y de los ecosistemas.»

Hacia 1970, Calvin Schwabe (considerado uno de los pioneros de la epidemiologÍa veterinaria) introdujo el concepto de una medicina con el objetivo de integrar los campos de la medicina humana y veterinaria, apoyado en la necesidad de integrar la salud animal, humana y ambiental en la gestión de asuntos veterinarios y de salud pública, sosteniendo que las necesidades del hombre pueden centrarse en la lucha contra las enfermedades, garantizar alimentos suficientes con una calidad ambiental adecuada y una sociedad en la que prevalezcan los valores humanos.

 

INTEGRIDAD DE LOS ECOSISTEMAS PARA LA SALUD

 

Recién La American Medical Association (AMA) resolvió sumarse a trabajar en esta iniciativa, y aportó a la evolución del concepto integrador de “Una Salud”. En esta instancia resultó crucial la incorporación de las dimensiones ecológica y ambiental, con el fin de abordar los problemas contemporáneos sanitarios a través de un enfoque sistémico que incluyera tanto el bienestar de los animales, como de los seres humanos y de los ecosistemas.

En Nueva York (2004) se llevó a cabo un simposio organizado por la Sociedad de Conservación de la Fauna de los EE.UU. y por la Universidad Rockefeller,de la que participaron expertos en salud y representantes de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) con el objeto de valorar la integridad de los ecosistemas en beneficio de los seres humanos, los animales domésticos y la biodiversidad del mundo entero. Esta convención se resumió en el concepto: “Un Mundo, Una Salud”, donde quedó plasmado el pensamiento sanitario de esta época.

A su vez, la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), trataron temas sobre los riesgos de las enfermedades compartidas entre seres humanos y animales con una perspectiva internacional e interdisciplinaria. 

Para identificar las causas profundas de los problemas intersectoriales, se requirieron de los aportes y la participación de equipos multidisciplinarios, asumiendo la complejidad del tema, con el fin de diseñar intervenciones eficaces.  

Tanto gobiernos, científicos y organismos internacionales han reconocido la necesidad de colaboración interdisciplinaria para prevenir y controlar las zoonosis, por lo que se requiere de la intervención además, de especialistas en vida silvestre, ecologistas, economistas, sociólogos y otros profesionales de las ciencias sociales.

(Documento original producido para el CEMUPRO. Versión editada y resumida por Juan Pablo Guevara para La Vanguardia).

Los desafíos de la salud postpandemia

Los desafíos de la salud postpandemia

Balance de la diputada Mónica Fein, presidenta de la Comisión de Salud y presidenta del Partido Socialista. Propone atender a las necesidades reales que la sociedad requiere, para fortalecer y humanizar el sistema de salud.
Diputada nacional y presidenta del Partido Socialista, Mónica Fein.

Si hay algo que la pandemia dejó en claro es la imperiosa necesidad de dejar de lado el rédito político particular en pos de trabajar mancomunadamente, apostando al diálogo y a la búsqueda de consensos. Porque si priorizamos los acuerdos sobre las diferencias, podemos construir la Argentina del futuro.

Así me propuse trabajar cuando acepté presidir la Comisión de Acción Social y Salud Pública de la Cámara de Diputadas y Diputados de la Nación, sabiendo que lo que sucede en el Congreso Nacional es el fiel reflejo de la política nacional, donde las diferencias irreconciliables suelen ponerse por delante de los objetivos comunes. 

Desde el socialismo siempre creímos que el funcionamiento pleno de las instituciones, la búsqueda de acuerdos y la promoción de la participación ciudadana, son centrales para mejorar nuestra democracia. 

Cuando asumí la presidencia, lo hice con la convicción de trabajar para fortalecer el sistema de salud y ampliar los derechos de la ciudadanía. Las leyes y proyectos que aprobamos fueron producto de debates entre integrantes de la comisión y distintas organizaciones de la sociedad civil, porque cuando el espíritu que nos guía es superador, es posible avanzar.

Hemos dictaminado leyes que promueven mayor humanización del sistema de salud. Logramos la media sanción de la Ley de Procedimientos Médico-asistenciales para la atención de mujeres y personas gestantes frente a la muerte perinatal y Cardiopatías Congénitas y colaboramos con otras comisiones dando pronto despacho a aquellos proyectos que lo requerían.

Podemos destacar algunas de gran impacto como Cuidados Paliativos, Resistencia Antimicrobiana (para promover un uso responsable de antibióticos) la ley de Formación en Enfermería y se puso en discusión un proyecto que promueve mejoras en las condiciones de trabajo de las y los enfermeros, a través de la aprobación del Convenio 149 Organización Internacional del Trabajo.

En nuestra primera reunión del año pusimos a consideración la Ley de VIH, una de las mayores deudas que teníamos en el Parlamento. Recuerdo que el día de la asunción me reuní con las organizaciones autoras del proyecto, para comprometer su tratamiento y dictamen. Tras 30 años, hoy podemos decir que la Respuesta integral al VIH, Hepatitis Virales, otras ITS y Tuberculosis, es una ley nacional.

Hemos dictaminado leyes que promueven mayor humanización del sistema de salud. Logramos la media sanción de la Ley de Procedimientos Médico-asistenciales para la atención de mujeres y personas gestantes frente a la muerte perinatal y Cardiopatías Congénitas y colaboramos con otras comisiones dando pronto despacho a aquellos proyectos que lo requerían.

Nos queda por delante un año más de trabajo, en medio de un sistema de salud en crisis que afecta la garantía de la atención equitativa de las personas y que no reconoce con condiciones y salarios adecuados a quienes trabajan todos los días. Debemos seguir ocupándonos.

Es fundamental atender a las necesidades reales que la sociedad requiere. Es mi objetivo en la comisión, y como Diputada Nacional, continuar promoviendo un diálogo fecundo que resulte en proyectos que mejoren las condiciones de vida de toda la población.

Necesitamos una reforma de salud que mejore la equidad

Necesitamos una reforma de salud que mejore la equidad

La Argentina tiene uno de los mayores sistemas de cobertura de salud en América Latina. Pero también es inequitativo y donde el Estado invierte menos recursos. Hace falta una reforma del sistema de salud, propone Rubén Torres, que reduzca las desigualdades. ¿Cómo pensarlo?

La pandemia nos trajo a la realidad algunas cosas del sistema de salud. Albert Camus, que algo sabía de las pestes, decía que las pestes son terribles porque exponen los cuerpos y las almas humanas a la vista descarnada de todo el mundo. Y un poco con el sistema de salud argentino ha pasado esto. La pandemia expuso descarnadamente, a la vista de todos nosotros, cosas que quienes trabajamos desde hace mucho tiempo en la salud percibimos, sabíamos y demás, pero que no estaban a la vista del común de la gente. Cosas que son buenas y cosas que son malas. Es decir, no todas son malas. Algunas fueron buenas también, pero las expuso descarnadamente y además las expuso descarnadamente diciendo, con esto hay que hacer algo, tenemos que solucionarlo, porque tal vez no existe ningún indicador más elocuente de una sociedad que cuál es la condición de su sistema de salud en términos de equidad y eficiencia del acceso a ese sistema.

Cuando uno piensa una reforma, qué es lo que se empieza a hablar ahora de esto, habitualmente hay una fuerte tendencia a pensarla desde el punto de vista económico, a decir bueno, el dinero no alcanza o tendríamos que modificar determinadas condiciones económicas. Y esto sin duda es cierto. Pero yo quisiera poner el acento sobre otros dos aspectos que hacen a una reforma de un sistema de salud. Una de ellas es el tema de cómo se gestiona ese sistema de salud y cómo se lo piensa desde el modelo de atención de ese sistema de salud. Hermes Binner en Santa Fe tuvo mucho que ver con este pensamiento. La idea de la atención primaria como eje del sistema.

Las mujeres que se atienden en el hospital o en el sector público llegan a la  primera consulta (por cáncer de mama) en el doble de cantidad de veces, en un estadio más avanzado, que las mujeres que se atienden en el sector de la seguridad social o de la atención privada. El primer grupo tiene posibilidades de un 25% de sobrevivir a los cinco años. Y el segundo grupo tiene 98% de sobrevivir a los cinco años.

Pero el otro aspecto del cual, se discute bastante poco en las reformas y creo que en la reforma argentina es imprescindible que lo hagamos. Es lo que yo llamo el corazón político de la reforma, que son los valores donde una sociedad coloca a su sistema de salud. Es decir, qué valoración nuestra sociedad hace de su sistema de salud. ¿Por qué digo esto? Si uno mira las encuestas mucho tiempo atrás, no de los últimos tiempos, y pregunta las principales preocupaciones de los ciudadanos argentinos, se va a encontrar con la sorpresa de que la salud generalmente no está entre las primeras preocupaciones de los ciudadanos. Incluso hasta es llamativo cuando las últimas encuestas que hicieron durante la pandemia tampoco ponían a la salud en el primer lugar. La habían elevado un poco, estaba en el 6.º, en el 8.º lugar, pero no era la principal preocupación de los argentinos. Entonces cuando los políticos, que son la herramienta elemental para transformar el sistema y para generar la reforma, tiene que pensar esa reforma, tienen que establecer prioridades  porque esa es la tarea de la política, establecer prioridades. Y entonces si ven que la sociedad coloca ese valor tan abajo, tal vez esa sea una de las explicaciones por las cuales en las últimas plataformas políticas la salud ha desaparecido. Ha desaparecido absolutamente de la gente. Es decir, no está en el pensamiento de nuestra clase política.

SÓLO LA MITAD DE LA SOCIEDAD COLOCA LA SOLIDARIDAD COMO UN BIEN COMÚN

¿Por qué en esta degradación del pensamiento político actual y lo político?, como pensando que lo político baja de un globo terráqueo. Los políticos son nada más que la expresión de la sociedad en la cual vivimos. Lo primero que habría que pensar es nuestra sociedad: ¿sigue siendo una sociedad solidaria?  ¿Sigue siendo una sociedad que prioriza el bien común como un eje de pensamiento y de valor?  Miren las encuestas y van a ver que sólo la mitad de la sociedad coloca a la solidaridad como un bien común. Y cuidado, porque para armar un sistema de salud el principal valor es la solidaridad, es decir, el hecho de que el que más tiene, más brinda y quien más necesita más retira del sistema es el eje conductor de cualquier sistema de salud.

Sin embargo, esto no pareciera ser la lógica de nuestra sociedad actual, donde se observa lo que algunos sociólogos llaman la fuga silenciosa, es decir, la idea esa de qué bueno, yo tengo la posibilidad de pagar un sistema privado y bueno, y si puedo hacerlo, poco me importa lo que pasa con el resto de la sociedad. Eso los sociólogos lo llaman la fuga silenciosa. Y eso cuando uno observa globalmente a la sociedad argentina pareciera estar pasando algo de esto. Ahora, lo grave de esto, es que no es lo que piensa la sociedad, sino lo que piensa el Estado responsable de garantizar el derecho a la salud respecto de esto. Y cuando uno lo mira un poco hacia atrás, se da cuenta de que el Estado muchas veces se ha retirado de la confrontación de ese derecho.

El 100% de los argentinos tiene cobertura, algunos a través de un seguro privado, otros a través de un seguro social, las obras sociales y un porcentaje a través del sistema público al cual puede acceder. El problema no es ese de Argentina. El problema de Argentina es la equidad. Es decir, todos accedemos al sistema. Pero cuidado, los resultados que obtenemos del sistema son muy diferentes.

Los que hemos tenido la posibilidad de conocer y comparar sistemas de salud en toda América Latina, decimos: vivimos en el sistema de salud con el mayor acceso y la mayor cobertura de América Latina. Hay muy pocos países de la región, yo diría no más que cuatro, que tienen la posibilidad de acceder gratuitamente a un hospital público. El 100% de los argentinos tiene cobertura, algunos a través de un seguro privado, otros a través de un seguro social, las obras sociales y un porcentaje a través del sistema público al cual puede acceder. El problema no es ese de Argentina. El problema de Argentina es la equidad. Es decir, todos accedemos al sistema. Pero cuidado, los resultados que obtenemos del sistema son muy diferentes.

No hay indicador más contundente de la preocupación de una sociedad que la equidad de su sistema de salud. Porque cuidado, que cuando digo resultados diferentes estoy diciendo cosas como por ejemplo de una sociedad preocupada como la Argentina, por la paridad de género una sociedad preocupada como la Argentina, por la ampliación de derechos; en esa misma sociedad,  la principal causa de muerte de las mujeres es el cáncer de mama. Muestra que las mujeres que se atienden en el hospital o en el sector público llegan a la  primera consulta,  en el doble de cantidad de veces, en un estadio más avanzado, que las mujeres que se atienden en el sector de la seguridad social o de la atención privada. El primer grupo tiene posibilidades de un 25% de sobrevivir a los cinco años. Y el segundo grupo tiene 98% de sobrevivir a los cinco años. Y saben lo más grave de esto, hablaba de  la preocupación y a veces la hipocresía, que tiene esto de la paridad de género.

Hicimos un estudio hace poco tiempo y demostramos que el 25% de las mujeres dicen que llegan tarde a la consulta por dos razones: primero porque no tienen con quién dejar a sus hijos al cuidado de alguien para ir a la consulta; en segundo lugar, porque en su trabajo no le dan la licencia necesaria para poder asistir a esa consulta.

TENEMOS QUE MEJORAR LA EQUIDAD

Estamos hablando de la principal causa de muerte en las mujeres en la Argentina. Eso es intolerable para una sociedad democrática. Absolutamente intolerable. Y no debemos ser hipócritas en esa lógica. A esto me refería recién a los valores que una sociedad detenta respecto de una reforma de un sistema de salud si uno quiere pensarla desde esta perspectiva. Esas herramientas,  digo que la política está en manos de todos nosotros.  Una reforma tiene que ser cuidadosa de no lesionar este sistema, que como les decía, es el que permite mayor acceso y mayor cobertura de toda América Latina. Tenemos que mejorar la equidad. Eso no se hace con reformas transitorias pequeñas, ni pensando, además, que una reforma va a transformar esto de hoy para mañana. Una reforma es un largo camino que tiene una meta que está más allá de dos, tres o cuatro mandatos presidenciales. Y esto exige entonces una gran mesa de discusión donde estén sentados todos los actores para pensar cuáles van a ser los pasos que nos van a conducir en ese camino hacia el sistema de salud final.

El segundo aspecto es que tenemos que pensar más en la causa de los problemas que en el resultado de esos problemas. Decimos que nuestro sistema está fragmentado. Estamos hartos de escuchar a los sanitaristas hablar de este tema. Sí, nuestro sistema está fragmentado. Ahora pensemos en las causas de la fragmentación.

La principal causa de fragmentación es el propio Estado. Es decir, en nuestras provincias tenemos obras sociales provinciales y tenemos un sistema público provincial y generalmente no actúan juntos. Uno va por un lado y otro va por el otro, no compran juntos las mismas cosas. No tienen las mismas pautas, indicadores, guías y protocolos para el tratamiento de los pacientes. ¿Por qué no empezamos a disminuir la fragmentación desde ahí? 

A nivel federal tenemos 300 obras sociales y cada uno hace lo que se le antoja. Tenemos un sistema como el PAMI, que a veces no responde a la conducción del Ministerio de Salud Nacional.

Eso no es fragmentación? ¿Por qué no empezamos a discutir? Corriendo la hipocresía de algunas de estas cosas. Porque ello posiblemente nos conduzca a dar los primeros pasos hacia un sistema de salud mejor.

La Argentina es uno de los cinco países que más gasta en salud en América Latina, pero es también uno de los cinco países en que el Estado pone menos dinero en salud. Y el responsable de la salud es el Estado, que le ha trasladado responsabilidades a otros sectores de la sociedad y le dio lugar a la llamada fuga silenciosa: el que puede pagarlo huye al sistema privado.

Y por último, hablemos del financiamiento, que generalmente es la primera discusión. Argentina gasta muchísimo dinero en salud. Es uno de los cinco países de América que gasta más dinero en salud. Cuando uno desgrana quién pone la plata para eso, esa gran cantidad de dinero que se pone en salud se encuentra con una cosa que llama la atención. Repito: la Argentina es uno de los cinco países que más gasta en salud en América Latina, pero es también uno de los cinco países en que el Estado pone menos dinero en salud. Somos uno de los países en que el Estado pone menos dinero en salud. Y el responsable de la salud es el Estado. Entonces tenemos que empezar a discutir esto, un Estado que le ha trasladado responsabilidades a otros sectores de la sociedad y que dio lugar a lo que yo antes llamaba la fuga silenciosa. El que puede pagarlo huye al sistema privado. El que no, se queda en su obra social. Y le trasladamos a esas obras sociales muchas de las responsabilidades que son propias del Estado.

Entonces, tenemos que pensar que si queremos pensar una futura reforma de un sistema de salud, hay que revisar cuál es el papel del Estado. Y esto vuelve a ser otra vez un tema político. La política existe porque debe establecer prioridades, porque los recursos son finitos y las necesidades son inmensas. Y el objeto de la política es establecer qué va primero y qué va después. ¿Cuáles son las prioridades? Y ese es un llamamiento no solo a nuestros políticos, es un llamado  al conjunto de la sociedad cuando hace sus elecciones.

Porque no hay nada más inconcebible para una sociedad democrática que el lugar donde uno nace o vive determine de qué se va a enfermar y de qué se va a morir. Yo escribí alguna vez un artículo diciendo que en las sociedades desarrolladas la  gente se muere por su código genético. En nuestra sociedad se muere por el código postal. Es inaceptable.

Terminando, nuestro sistema tiene tres grandes crisis. Una, es una crisis de legitimidad. Cuando digo una crisis de legitimidad digo que es un sistema que no responde a las necesidades y a las expectativas de los ciudadanos. Tiene una crisis de racionalidad, es decir, no encuentra un mecanismo de producción de salud eficiente. Y tercero, tiene una crisis de ética. Porque no hay nada más inconcebible para una sociedad democrática que el lugar donde uno nace o vive determine de qué se va a enfermar y de qué se va a morir. Yo escribí alguna vez un artículo diciendo que en las sociedades desarrolladas la  gente se muere por su código genético. En nuestra sociedad se muere por el código postal. Y esto es inaceptable.

Por eso pienso que tenemos un debate pendiente, que es este debate de la reforma y creo que una figura como la de  Hermes Binner ayudaría muchísimo para esto, porque esto representa una utopía.

Un investigador uruguayo, Clemente, creador del sistema de investigación de su país, solía decir que para poder transformar un sistema de salud “hay que hacer que las utopías sean tan fuertes que parezcan razones y que las razones sean tan fuertes que parezcan utopías”. Y Hermes Binner sabía eso.

Este texto es una transcripción de la ponencia del Dr. Rubén Torres en el homenaje a Hermes Binner, el 28 de junio de 2022, en el Salón Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados de la Nación. Se publica por gentileza del Centro de Estudios Municipales y Provinciales (CEMUPRO).