Teatro en reseñas: de «Las gratitudes» (adaptación de Juan Tupac Soler y Federico Martínez) y de «Putamadre» (de Caro Fernández y Tere Donato).
EL ARTE DE AGRADECER

Beatriz Spelzini y Antonia Bengoechea en «Las gratitudes». La pregunta que titula este artículo está al comienzo de la novela Las gratitudes de Delphine de Vigan. Fui a ver el estreno de la versión teatral. Una obra bellísima, que te deja pensando en todo lo que hacemos por los demás sin saber cuánto puede significar para el otro.
Michka es una mujer mayor que vive en una institución de salud y empieza a perder las palabras. Marie y Jerónimo la acompañan en un viaje hacia su pasado, hacia una infancia atravesada por la guerra, y hacia personas queridas a las que les debe mucho.
Beatriz Spelzini hace un trabajo brillante. Su Michka es una mujer cansada, que se va apagando de a poco. Conmueve la minuciosidad con la que construye ese cuerpo. La voz, la mirada, los gestos, el peso de cada movimiento. Beatriz actúa la vejez. Los interpretaciones de Javier Lorenzo y Antonia Bengoechea también están muy bien, pero ver a Beatriz componiendo esa mujer que empieza a perder algo tan humano como el lenguaje es maravilloso.
“Las gratitudes” habla de la memoria y su fragilidad, pero también de los vínculos que nos sostienen y de esa estructura de cuidados que empieza mucho antes de que la reconozcamos.
La escenografía construye un espacio frío y cálido al mismo tiempo. Una paradoja inquietante, propia de los centros de salud, donde el cuidado convive con lo impersonal.
El gran acierto de la obra está en la historia que cuenta y en cómo pone la luz sobre la manera en que construimos nuestros vínculos. Porque el amor y el cuidado a veces se desplazan de la familia y de la amistad hacia personas que, en principio, eran desconocidas y que terminan ocupando un lugar importante en nuestra vida.
“Las gratitudes” habla de la memoria y su fragilidad, pero también de los vínculos que nos sostienen y de esa estructura de cuidados que empieza mucho antes de que la reconozcamos. Las actuaciones, la puesta y el relato arman una obra íntima y conmovedor.
Con dirección de Juan Tupac Soler y Federico Martínez, puede verse los jueves a las 20 y los viernes a las 22 en el Teatro Picadero.
UNA CARTA DE AMOR

Escenografía de «Putamadre».
En la obra, Caro se interpreta a sí misma y dialoga con una pantalla desde donde su hijo Santiago, que está preso, participa a través de material audiovisual documental. Mientras él habla desde el encierro, ella reconstruye su infancia, su adolescencia y la historia de un vínculo atravesado por el amor y las heridas.
Es muy movilizante. La historia se construye entre el cuerpo presente de Caro, lo que va relatando, y las imágenes de Santiago. Más que un recurso, la pantalla es la posibilidad de que él esté ahí, con ella, sobre el escenario.
“Putamadre” es la historia de una relación atravesada por la cárcel y por las consecuencias de las decisiones. Habla de la maternidad cuando las cosas no salen como se esperaba. Sin idealizar nada, ni adaptar su historia para que sea más fácil de aceptar. Se expone. Y mientras reconstruye su vida con su hijo, lo íntimo se convierte en una experiencia artística.
“Putamadre” es la historia de una relación atravesada por la cárcel y por las consecuencias de las decisiones. Habla de la maternidad cuando las cosas no salen como se esperaba.
Un dato me impactó: la escenografía fue realizada en los talleres de la Unidad Penitenciaria 48 de José León Suárez, con la participación de compañeros de Santiago. Con esos elementos sobre el espacio teatral, la cárcel se escapa de la pantalla y aparece en un aspecto material de la obra.
Me interesa mucho el cruce entre realidad y teatro. La historia, mientras es contada, se hace presente, construye un espacio compartido donde hay una distancia concreta. Pero lejos de tapar el dolor, lo pone en escena. Nos pone a mirar una relación intensa, contradictoria, tierna y oscura a la vez.
“Putamadre” es sobre el amor que existe en medio del desastre. Un amor imperfecto y potente.
Con dramaturgia de Tere Donato y Caro Fernández y dirección de Felicitas Kamien, la obra lleva a Dumont 4040 una historia que empezó en la novela de autoficción de Fernández. Las funciones son los viernes a las 21.30.
Una mujer que empieza a perder las palabras y una madre que encuentra en el teatro una forma de hablar con su hijo. Dos obras que hablan de los vínculos y de cómo los sostenemos.
Otra vez la pregunta del comienzo: ¿cuántas veces al día damos las gracias?
Puede que no sea con palabras. Mirar a quienes queremos, reconocer lo que recibimos, también es una forma de gratitud. Incluso cuando los vínculos son difíciles.

