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«Argentina, 1985»: una película pedagógica

por | Nov 3, 2022 | Cultura

Reseña crítica de la película: la considera generalista, con pretención totalizadora y de dar testimonio.
Una escena calcala de la historia: los fiscales piden a Madres de Plaza de Mayo que se retiren los pañuelos, por solicitud de los abogados defensores.

Primero. “Argentina, 1985”, el título de la película de Santiago Mitre que está en boca de todos tiene ambición generalista, vocación por abarcar y atrapar una época íntegramente y brindar testimonio. 

Segundo. Estamos ante una obra pedagógica. Un manual audiovisual que simplifica y sintetiza hechos complejísimos para llevar un mensaje universal. 

Tercero. “Argentina, 1985” es una obra que disimula al máximo su carácter político. Sus creadores se trenzaron en algunas polémicas que se abrieron muy felizmente a raíz del recorte de los hechos históricos (recordemos siempre que contar es editar), recorte que esta producción realizó en post de la única verdad que tiene el cine masivo y popular: entretener. 

Esta pretensión generalista que la película postula ya desde su título pone a cualquier argentino que conozca más o menos la historia del Juicio a las Juntas Militares en aprietos. Hay que escoger entre la emoción y la épica que el relato persigue o el careo de la narración cinematográfica con los acontecimientos, con los saberes que tenemos en nuestras memorias, con las verdades colectivas que hemos construido como sociedad (que son muchas veces verdades contradictorias y algunas veces complementarias). 

MIEDOS ARTÍSTICOS

Luego de estas tres consideraciones iniciales, abro juicio sobre “Argentina, 1985” y digo que es una película calculadamente emocional y llena de miedos artísticos. Es una película que, paradójicamente, no corre riesgos creativos para contar los enormes obstáculos y riesgos que corrió el fiscal Julio Strassera, su equipo de ayudantes, su familia y el gobierno de Raúl Alfonsín, que decidió sacar del ámbito militar los juicios a los genocidas y llevarlos a la justicia civil. Riesgos que también corrió la democracia argentina cuando tenía pocos meses de vida. Recordemos: los militares eran aún poderosos, tenían músculo y fuerza para continuar con sus golpes de Estado, no eran simples retratos colgados de las paredes del Colegio Militar. 

Santiago Mitre no es un director que me interese particularmente, pero sin dudas que es un autor, sus películas tienen una coherencia estilística y temática. En esta gran apuesta, que tiene importantes jugadores de la industria buscando ganar audiencias globales y hasta el Oscar a la Mejor Película Internacional, a Mitre se lo nota incómodo. “Argentina, 1985” es una película con poco trabajo del lenguaje cinematográfico, parca, muchas veces solemne, parece incluso filmada justamente en los años ‘80s, contemporáneamente a “La historia oficial” de Luis Puenzo. Es cine vintage. 

Lo artísticamente reprochable es que gran parte de los hechos más trascendentes en términos políticos, desde los que facilitaron el desarrollo del juicio a los que intentaron obstaculizarlos, están directamente enunciados por los personajes centrales.

Es una película necesaria, porque sin dudas que el Juicio de la Juntas debía estar en el panteón de nuestra cinematografía nacional, por ello es bienvenida, pero a la vez es una película que nace vieja. No lo digo por la verosímil recreación de los años 80s, ni por las caracterizaciones de los personajes. Lo artísticamente reprochable es que gran parte de los hechos más trascendentes en términos políticos, desde los que facilitaron el desarrollo del juicio a los que intentaron obstaculizarlos, están directamente enunciados por los personajes centrales. Eso hacía el cine de la democracia temprana: subrayar en los diálogos lo que la cámara y sus infinitas posibilidades no sabe o no quiere representar. “Estamos solos”, “hay que convencer a la clase media que apoya a los golpes”, remarca el fiscal adjunto Luis Moreno Ocampo. “Está claro: división de poderes”, dice la esposa de Strassera para interpretar lo que Alfonsín le ha dicho a su esposo en una reunión reservada. 

Hay algunos aciertos en la puesta de escena y en la edición, no son muchos, pero ahí están. La decisión de usar el material de archivo, aquellas imágenes de los testigos que asistieron a declarar ante el tribunal tomados desde atrás de la sala de audiencias por una cámara distante de la televisión pública. Ese material de archivo dialoga muy bien con las escenas recreadas por Mitre, con actores que interpretan a algunos de los testigos más importantes de aquellas jornadas históricas. Sin embargo, muchas veces estas buenas ideas terminan siendo desaprovechadas y entonces vemos cómo el fiscal Moreno Ocampo habla por teléfono con su madre, una procesista acérrima, que le dice que finalmente se convenció de que Videla debe ir en cana, tras enterarse escuchando la radio del caso de Adriana Calvo de Laborde, aquella mujer que debió parir en un auto policial a su pequeña hija mientras estaba detenida ilegalmente. 

EVITAR LO COMPLEJO

La tendencia a evitar lo complejo es evidente en “Argentina, 1985”. Mitre huye despavorido del subgénero de cine de juicios o del thriller político. El marco elegido para la narración son aquellas películas de Hollywood en la que un hombre gris y un equipo de asistentes con nada por perder, se transforman en héroes. Esta propuesta es la que le permite a Mitre introducir a la familia de Strassera, en especial a su esposa y a su hijo pequeño, como personajes centrales. Y permite también introducir la comedia a la narración, un elemento que atenta contra una historia que es forzosamente densa. 

Un ejemplo: la hazaña de recolectar casi 800 testimonios de víctimas de la represión ilegal en sólo cinco meses es mostrada con algunas escenas de turismo for export de la Puna, Córdoba o Rosario, con personajes gesticulando y haciendo caras, con una música edulcorada de fondo. Lenguaje perimido, poco imaginativo. Mitre cae en el vicio de ilustrar escolarmente con trazo grueso. 

La historia exigía mayor riesgo, mostrar más, escamotear menos, correrse de la simple enunciación.

Hay algo más desconcertante en “Argentina, 1985”. Si el espectador entiende que el Juicio a las Juntas Militares es un hecho histórico es porque está dicho y recontradicho en los diálogos, en los carteles que anteceden a la película y con los que terminan. Pero no hay, ni por asomo, un choque frontal con la verdad histórica. No hay un solo fotograma que permita que esa verdad atroz se cuele por sí sola. La banalidad del Mal está enunciada -es decir orada- por una testigo que narra que los represores de menor jerarquía se ensañaban con los detenidos ilegalmente sólo por gusto, naturalizaban los métodos inhumanos y el plan sistémico de aniquilación. Pero no, no basta con este testimonio. Por estricta justicia con el Horror, la historia exigía mayor riesgo, mostrar más, escamotear menos, correrse de la simple enunciación. Alejarse del teleteatro. 

Entonces llega el final que emociona a las audiencias. Porque es allí cuando la película consigue lo que estuvo buscando durante dos horas: aunar a las multitudes, sintetizar y ecualizar sentimientos. El alegato de Strassera es presentado como una pieza de fina retórica, escrita por él y sus amigos dramaturgos. Pero a no confundirse, si el “señores jueces: Nunca Más” pronunciado por Ricardo Darín tiene la fuerza de un eslogan, de una canción que cantamos todos en un karaoke, es porque para este momento del metraje “Argentina, 1985” ya hubo renunciado a toda complejidad.

Mario Fiore

Mario Fiore

Periodista, cinéfilo y escritor. Autor del blog de reseñas de arte y cultura www.puraficcion.com