Juan L. Ortiz fue un escritor y poeta seminal, quizá tardíamente valorado. La poeta, editora y docente Marylin Contardi conversó con Fabián Herrero sobre este autor y su relevante obra.

El escritor Juan L. Ortiz junto a Marylin Contardi.
Hace algunas semanas, participé de la multitudinaria movilización de la comunidad de universitarios y de distintas organizaciones que colmaron la Plaza de Mayo para exigir que se cumpla la Ley de Financiamiento del sector. La situación es de una enorme gravedad. Ella, sin embargo, no impide que las casas de altos estudios sigan produciendo conocimiento, se dicten clases en los distintos grados y se sigan publicando materiales en las distintas disciplinas. En el interior de este cuadro de luces y de sombras, hoy sigo con mi trabajo de investigación. Este día otoñal en Almagro, me encuentra corrigiendo mi libro Gauchos sublevados que editará próximamente UADER, sede Paraná. Al mismo tiempo, me ocupo de pulir los últimos detalles de una entrevista que realicé a la enorme poeta santafesina Marilyn Contardi para La Vanguardia Digital. Su eje central centra su atención en la nueva edición de La mano infinita, de Juan L. Ortiz, editada por el propio de autor en 1951. Esta publicación es parte de un proyecto que reúne a la Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Nacional de Entre Ríos. Se trata de la colección Biblioteca Juan L. Ortiz, dirigida por el escritor santafesino Sergio Delgado. Su objetivo es publicar cada uno de los libros del poeta entrerriano.
Antes de comenzar, resulta del todo pertinente anotar algunos datos biográficos de Contardi. Nació en Zenón Pereyra (provincia de Santa Fe). Estudió en el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral. Egresó con el título de Realizadora de Documentales. Vivió en Paris y Rennes (Francia), donde fue profesora del Departamento de Español de la Universidad de Rennes 2 Alta Bretaña. Regresa al país en 1985. Es docente en el taller de Cine de la Universidad Nacional del Litoral. Ha publicado varios libros de poemas: Los espacios del tiempo (en Venezuela, 1979), El estrecho límite (1992), Los Patios (2000), Cerca del paraíso (2011). Como cineasta realizó, entre otras obras, los films «Zenón Pereyra, un pueblo de la colonización» (1991) y «Homenaje a Juan L. Ortiz» (1992). Es también traductora. En el año 1994 se conocieron traducciones suyas del gran poeta Osip Mandelstam.
Las primeras noticias sobre las ediciones de los libros de Juan L., las tuve a partir de lo que contaba Hugo Gola en su taller de la década de 1980 en la ciudad de la Santa Fe. Elegían al imprentero, intercambian ideas sobre el tipo de letra, la disposición de los versos. Hugo, en sus descripciones, también nos introducía en el “método” casero que implementaba para venderlos a sus amigos de forma anticipada. De esta experiencia surgen varios interrogantes que me gustaría conocer tu opinión. ¿Juan L. con sus ediciones personales, y no solo él, no rompe con la idea de aquellos que piensan que está mal que el escritor publique sus propios libros? ¿Tuviste la oportunidad de conocer cómo hacía Juan L. para editarlos?
Fabián, mi conocimiento de la existencia de un poeta como Juan L. Ortiz, es algo muy parecido a lo que te ocurrió a vos, aunque se haya producido casi dos décadas antes; se dio a través de Hugo Gola. Hugo daba clases en el Instituto de Cine de la UNL donde yo estudiaba, su cátedra se llamaba “Integración Cultural” y era él, junto a Juan José Saer, que daba clases también en el Instituto, quien nos hacía participar de sus intereses por todo lo que tuviera que ver con el arte contemporáneo; en el panorama que iba desplegando en esas clases uno de los nombres esenciales era el de Juan L. Ortiz. Personalmente conocí a Juan L. a mediados de los 60, cuando filmamos un corto que acompañaba la presentación de: En el aura del sauce, los tres tomos de su, hasta entonces, Obra Completa, editados por la Editorial de la Biblioteca Vigil.
Toda esta larga introducción para decir que solo conozco anecdóticamente el modo en que Juan L. editaba sus libros. Agregaría que fue gracias a su amigo, el poeta Carlos Mastronardi, que fue editado su primer libro de poemas, fue él quien lo animó en ese sentido, instándolo a editar un conjunto de sus poemas.
Respecto a la idea de que estaría mal que un autor publicara sus propios libros, en primer lugar la desconocía, y conociéndola no encuentro explicación; ¿Menosprecio de las ediciones de autor? ¿Sobrestima por lo ya “consagrado”? ¿Sacralización de los autores? ¡Vaya uno a saber!
«La obra de Juan L., siendo el resultado de una profunda y vasta experiencia, cubre un inmenso campo de las más variadas configuraciones. Como toda obra artística genuina nos alcanza o transmite en sus formas diversas».
En las notas del libro, Sergio Delgado hace notar que no hay demasiados trabajos sobre libros individuales de Juan L. Al mismo tiempo, llama la atención que, en particular, de La mano infinita, solo hay un estudio, el prólogo que vos escribiste para la edición de la UNL. ¿Por qué pensás que no hubo intentos anteriores de publicar los libros de Juan L en su versión original?
Bueno, eso sigue un poco la dirección de lo anterior; las ediciones de autor tienen un público limitado, pero también entre los que conocían y valoraban su obra había escritores como, Mastronardi, Córdoba Iturburu, Raúl Gustavo Aguirre.
Hugo Gola menciona dos cartas de Macedonio Fernández, de la década del 40, “extensas y detalladas” en las que se hacían “comentarios elogiosos de un libro que Juan le había enviado”.
La versión del nuevo libro se abre con un hermoso trabajo tuyo. En una parte, destacas distintos ingredientes de la poesía de Juan L., entre ellas, la búsqueda de la emoción, pero también pones el foco en el empleo del espacio. Así, mencionas, el trabajo de la página, la escalera o la cortina. En las notas de esta edición también se hace referencia a la figura de la mano. Me gustaría que expliques estas cuestiones sustantivas de la poesía de Juan L para aquellos que no han leído el libro.
Sí, señalé algunos detalles, como los antedichos, excepto lo que mencionás como “la búsqueda de la emoción”. En todo caso lo apuntado ahí es el resultado de una impresión, la mía, “primero la impresión, solo después la idea” –esto es de Matisse– lo que me conmueve puede no producir la misma impresión en otro. La lectura nunca es “fija”, las palabras no varían, pero el lector sí, y las impresiones que lo asaltan también.
Solo podía repetirte lo que escribí, no explicarlo de otro modo. Y de ninguna manera eso sustituye la lectura.
¿Cómo se puede pensar La mano infinita con relación a la obra anterior a Juan L.? ¿Cómo funciona la poesía de Juan L. en la poesía de la década de los años de 1940 y 1950?
Creo que en la poesía de Juan L. Ortiz, desde sus comienzos hay un hilo conductor, una corriente, que atraviesa toda su obra. Una corriente que lentamente se va haciendo cada vez más caudalosa, y que al llegar al final inundará, literalmente, la página, como si buscara rebasar, como si quisiera salirse del lecho que la contiene.
“El poeta inicial y el poeta del último tiempo, aunque distintos, no difieren sin embargo totalmente” escribe Hugo Gola en Las vueltas del río en la parte dedicada a Ortiz. “Ambos fueron sensibles al paisaje, al cambio de las estaciones, a las variaciones de luz (…) al padecimiento de los animales y de los hombres…” y señala que, en su última etapa, ”un poema no es ya un objeto verbal que encierra una experiencia única, sino que es una especie de representación, igualmente verbal, de un universo abierto e inagotable…”
Es en estas décadas, 40, 50, cuando empiezan a surgir jóvenes poetas con ideas renovadoras sobre la poesía: Edgard Bayley, Raúl Gustavo Aguirre, Miguel Brascó, Francisco Madariaga entre otros, ideas que tendrán espacio en una revista como Poesía Buenos Aires –el primer número aparece en 1950– que además ampliará el espacio de circulación de poetas como Juan L. Ortiz , escasamente conocido fuera de su provincia, publicando no solo poemas suyos sino también notas donde se destaca la importancia de sus trabajos.
«La lectura nunca es “fija”, las palabras no varían, pero el lector sí, y las impresiones que lo asaltan también».
En tu prólogo aludís a las fotos de Juan L., a las imágenes que el lector puede tener de él. ¿En tu rol de cineasta, cómo pensás la poesía de Juan L.? ¿Y en tu rol de poeta, qué vínculos pensás tiene el “mundo Juan L.” en tu propia obra?
No sé muy bien cómo sería pensar la poesía de Juan L. –o la de cualquier otro poeta– como cineasta. Leo con y desde mi sensibilidad, en todo caso no siento que, al leer sus poemas, esa característica: hacer cine, prevalezca sobre otras.
En cuanto a los vínculos: “Una vez acabada su obra, el artista no sabe mucho de su génesis. Nunca o casi nunca logra explicar cómo, en la exaltación de sus sentidos, las palabras han terminado por agruparse en una estrofa, un verso; lo único que puede darnos una ligera idea de este inasible proceso son los borradores, los esbozos todavía inciertos, llenos de correcciones antes de que la labor cristalice” el comentario es de Stefan Zweig, y no estoy escurriendo el bulto.
Se corrige y se trabaja la escritura, sí, y en todo ese trabajo no hay mucho lugar para ponerse a pensar de dónde viene tal o cual elemento que se va incorporando o rechazando. Lo que no significa que algo que nos conmovió en la obra de un autor que admiramos, como es el caso de Ortiz, no haya disparado su impulso en lo que estamos haciendo.
La obra de Juan L., siendo el resultado de una profunda y vasta experiencia, cubre un inmenso campo de las más variadas configuraciones. Como toda obra artística genuina nos alcanza o transmite en sus formas diversas, lo que el autor ha logrado a través de una labor intensa, constante, para dar forma a su propia representación de esa aspiración a la unión con la totalidad, eso es lo que nos llega a través de su poesía.
El estío abre los ojos
Sobre una gracia tendida
Que no tendrá más heridas…
Quisiera estar allá.
Oh el hálito dorado, infinito,
Sobre el dulce y doloroso amor abierto.
Quisiera estar allá.
Para finalizar me gustaría que por favor nos cuentes qué recordás de la vida de Juan L. Ortiz.
Mis idas a Paraná, a la casa de Juan L., los hice en compañía de Hugo y de Raúl, que formaba parte del equipo de filmación del corto que hicimos para acompañar la presentación de En el aura del sauce, la edición en tres tomos de su obra, de la Biblioteca Vigil, y más que participar de las conversaciones -quien más hablaba con él era Hugo- yo estaba ahí acompañando, en espectadora; en un drama como los de la antigüedad clásica, hubiera sido un personaje del coro que representara al público.
Era un hombre muy solícito, muy cordial con todos; la llegada de cualquier persona a su casa, o simplemente cualquiera que de paso por la vereda se detuviera a intercambiar algunas palabras con él recibía el mismo amable tratamiento. Siempre “tenía tiempo”, siempre disponía de tiempo para el otro, nunca hacía notar la interrupción, si la hubiera habido, jamás se hubiese permitido ese gesto indelicado.
Su voz, que se puede escuchar en grabaciones de lecturas de algunos de sus poemas, era más bien “cantarina”, estaba más cercana de los tonos agudos que de los graves; su manera de hablar parecía corresponderse con su gestualidad, con la forma de moverse de su cuerpo, opuesta a lo tieso, a toda rigidez. Hablaba con un leve ceceo.
Puedo añadir que los dos mejores “retratos” de Juan L. fueron escritos por Juan José Saer y Hugo Gola. El de Juan José Saer está en el prólogo para la Antología de poemas de Juan L. Ortiz, a cargo de Hugo Gola, editado por la UNL, el otro en el texto que Hugo Gola escribió sobre Juan L., en Las vueltas del río, editado por José Luis Bobadilla. Son, verdaderamente, muy hermosos los dos, de antología, como suele decirse.



