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¿Se puede reconstruir el progresismo?

por | Sep 2, 2026 | Ensayo, Nacionales

La irrupción de Milei alteró los equilibrios políticos y territoriales surgidos tras 2001 y dejó a la oposición ante una crisis de representación. El desafío pasa por recuperar una tradición humanista, modernizadora y federal capaz de volver a interpelar a una sociedad que cambió.

«Comizio di quartere» (1975) de Renato Gutusso. Galeria dello Scudo (Verona, Italia).

UN REBALANCEO, NO UNA ANOMALÍA

La verdadera novedad de Javier Milei que, probablemente, tenga mayor proyección histórica, es la de haber recreado desde cero y en un tiempo asombrosamente breve, un espacio político capaz de volver a representar y reagrupar de manera autónoma al conservadurismo argentino. Incluso estableciendo allí un núcleo ideológico de carácter neo reaccionario directamente ligado a las asociaciones internacionales tecno-fascistas, combinando mitología tecno racial evolutiva, paganismo y violencia.

Con las enormes distancias que separan del caso, desde el hundimiento del plan de convertibilidad y la super crisis histórica de 2001, ese universo existió como sensibilidad social y cultural, pero no como oferta política propia: vivió subsumido, incómodo, dentro de coaliciones que nunca terminaban de representarlo del todo. Milei, rompió aquel balance que dominó durante las primeras dos décadas del nuevo siglo.

Esa novedad no es un detalle biográfico, ni un asunto psicológico, ni la anomalía de un outsider: es un rebalanceo del sistema político argentino. La reorganización del sistema político luego de la crisis de 2001 tendió a imponer como clivaje dominante al peronismo-no peronismo, con la forma del Kirchnerismo en el primer caso, y finalmente con la forma de Cambiemos en el segundo. Entre 2015 y 2023, se alcanzó el cenit de este sistema de representación. Sin embargo, kircherismo y su contraparte «cambiemita», conservaron a su interior una matriz cultural progresista que dejó en un segundo plano y sin representación explícita las sensibilidades conservadoras que forman un degradé de ideas y valores que persisten en una fracción relevante de la población del país. Sin embargo, desde 2023 aquel consenso se rompió definitivamente, y el espacio conservador se rearticuló con gran velocidad dejando, como ocurrió en 2001 con la bancarrota conservadora, al espacio progresista en un estado de debilidad extrema.

De ahí la sensación, tan repetida en estos meses, de que no hay nada enfrente de Milei. No es una sensación caprichosa. El antagonista natural del nuevo frente conservador es la familia progresista, sin embargo, hoy no tiene mensaje, organización, ni liderazgo visible.

EL CLIVAJE TERRITORIAL Y LA GEOGRAFÍA DE LA FRACTURA

Pero al clivaje político cultural se agrega una transformación territorial de igual magnitud y relevancia. La geografía electoral de los últimos años permite observarla con bastante nitidez. Ella podría describirse como una doble defección, ocurrida en simultáneo, pero por motivos distintos, en distintas fracciones del interior profundo del territorio nacional.

Por un lado, la defección del interior extra pampeano, es decir, de las provincias del norte y del sur, que conforman las dos franjas azules de la bandera de Boca de la elección de 2015. Este espacio defeccionó y produjo una ruptura profunda con su herramienta de representación principal el PJ-PBA, orientando una parte significativa de su voto hacia Milei en 2023. El gobierno tiene en su interior sendos representantes de este espacio, empezando por el clan Menem, dirigiendo los destinos de la Cámara de Diputados de la Nación. Esta región, en donde los rasgos del peronismo conservador tienen particular pregnancia, empezó a resistir a la dialéctica PJ-PBA/PJ-CABA, que adquirió un claro y marcado perfil progresista. El primero otorgando demografía y organización, el segundo, ideología, poder y liderazgo. Ambos conformaron un sistema que buscó monopolizar la representación de todo el peronismo argentino a través de instrumentos electorales que expresaron sus mutuos y conflictivos intereses: el Frente para la Victoria, después el Frente de Todos, después Unión por la Patria, hoy Fuerza Patria.

Por otro lado, la defección del interior de la región centro (que va desde Mendoza, Córdoba, Santa Fe hasta Entre Ríos) frente a un intento de representación que terminó pareciéndose demasiado a el partido la Ciudad Autónoma: Cambiemos, y después Juntos por el Cambio, capturado crecientemente por el estilo, la agenda y los cuadros de un liberalismo progresista urbano de alto nivel educativo, con rasgos evidentemente municipalistas que se encarnaron en la figura arquetípica del intendente por excelencia y presidente en teoría: Horacio Rodríguez Larreta.

Este clivaje territorial se superpuso con la falta de representación de la familia conservadora, haciendo que el régimen que se conoció hasta 2023 colapsara. Este desbalance terminó rompiéndose por el eslabón más débil, proyectando un ascenso conservador autónomo, que no necesitó pasar ni por el peronismo ni por el PRO para constituirse. El costo colateral fue doble: fragmentó y debilitó aún más a una identidad progresista ya fragilizada por una década de estancamiento, y expuso al peronismo, en tanto partido nacional, en su fractura territorial, consolidándose su repliegue sobre la dialéctica del AMBA.

De ahí la sensación, tan repetida en estos meses, de que no hay nada enfrente de Milei. No es una sensación caprichosa. El antagonista natural del nuevo frente conservador es la familia progresista, sin embargo, hoy no tiene mensaje, organización, ni liderazgo visible. La organización efectiva que ejerce esa oposición es el PJ-PBA, cuyo aparato, territorio y núcleo electoral, se circunscriben a la principal área metropolitana del país y muestra evidentes dificultades para poder trascender estos límites territoriales, imponiendo un techo electoral prácticamente infranqueable a sus principales candidatos.

LA PARADOJA DEL PROGRESISMO

«La vucciria» (1974) de Renato Gutusso. Galeria dello Scudo (Verona, Italia).

Llegamos así al núcleo del problema. El progresismo es, en términos estrictamente ideológicos, el antagonista natural del proyecto conservador y reaccionario que representa Milei. Y, sin embargo, es también la familia política menos preparada para la disputa: sus ideas han perdido consistencia, no tiene organización territorial, no tiene liderazgo reconocible más allá de nombres dispersos en universidades, ONG y algún bloque legislativo minoritario. Está, para decirlo sin eufemismos, en bancarrota. Conviene entonces preguntarse qué es el progresismo, por qué llegó a este estado, y qué caminos podrían abrirse en su eventual reconstrucción.

Empecemos por una hipótesis de su definición, necesariamente esquemática y simplificada, pero que constituye un punto de partida. El progresismo podría ser pensado, en su núcleo, como una combinación de humanismo y modernización: una manera de ordenar el desarrollo político, cultural y económico de una sociedad alrededor de la dignidad de la persona y de la confianza en el progreso material y moral bajo un proceso de secularización de las relaciones de autoridad. Suele asumirse, casi por reflejo, que se trata de un movimiento laico y hasta ateo. Sin embargo, ello no es así, al menos en América Latina. El progresismo americano (nuestro progresismo) tiene una raigambre católica mucho más profunda de lo que su propia narrativa contemporánea reconoce. Alimentada, naturalmente, por el largo proceso de secularización que tuvo su base cultural en la hibridación, el mestizaje, y el sincretismo que la catolicidad produjo luego de la conquista y que encontró en las misiones jesuíticas (que se desarrollaron en la confluencia de los ríos Paraguay y Paraná) su mejor expresión. Cierta rima histórica de esta confluencia se puede ver también en los movimientos americanistas del siglo XIX, en la especificidad y originalidad del constitucionalismo hispano americano que allí se produjo. Incluso el diálogo progresista cristiano y no cristiano se desarrolló durante todo el siglo XX, lo cual se deja ver en el impacto que tuvieron en la región el humanismo integral de Jacques Maritain o el personalismo de Emmanuel Mounier, presentes en el espíritu de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968), Puebla (1979), y su continuidad histórica hasta Aparecida (2007) en donde destacó la figura de entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio, luego Papa Francisco, el primer papa americano de la historia, y presidente de la comisión redactora en aquella conferencia.

Este aspecto resulta relevante, pues permite ver el desarrollo de un progresismo propiamente americano, que en Argentina tomó sus formas específicas, realizando a su manera el binomio humanismo y modernización. Esto permite a su vez comprender cierta distancia estructural tanto del ateísmo militante del comunismo internacional o soviético clásico como del secularismo más árido, de raíz reformada, que caracteriza a buena parte del progresismo de la Europa noroccidental.

¿De dónde viene entonces la crisis? Hay al menos dos factores que ayudan a explicarla. El primero es, precisamente, el haber abandonado, con el comienzo del nuevo siglo, una parte importante de aquella originalidad y particularidad americana. Se produjo, en efecto, una subordinación de esta identidad a los programas y a los lenguajes elaborados en los espacios progresistas de Europa, y en menor medida en los de Estados Unidos. Al calor de la globalización financiera de comienzos de los años noventa, el progresismo europeo fue encontrando su lugar aceptando, más que resistiendo, las condiciones de aquel modelo: desindustrialización por relocalización asiática, financiarización de la economía, expansión del sector servicios, precarización y fragmentación de la clase obrera, todo ello compensado por un Estado de bienestar de tipo asistencial, contenedor de los efectos más duros del propio modelo que ese progresismo había convalidado. En el plano cultural, apostó a un proceso de secularización centrado en derechos civiles, minorías y medio ambiente, pero con el individuo como unidad de referencia, desplazando a la comunidad y a la familia. El Estado, en este contexto, se transformó en el aparato burocrático despersonalizado que tenía por función corregir los excesos del sistema.

En segundo lugar, en la periferia, y en la Argentina en particular, adoptar esta lectura fue doblemente costoso. Por un lado, porque acá nunca se vivieron las mieles de la globalización que sí disfrutó Europa entre fines de los años ochenta y la crisis de 2008: no hubo dividendo de integración comunitaria ni prosperidad relativamente compartida durante esas dos décadas. Por el contrario, para la Argentina significó un proceso de acelerada desindustrialización y formación de una masa marginal inédita de en torno al 30%, que todavía no hemos sido capaces de procesar. Por otro lado, porque cuando ese modelo entró en crisis en el propio Occidente desarrollado (cuando las clases medias, las clases obreras y una juventud que no pudo igualar la prosperidad de sus padres, quebraron aquel discurso global después de 2008) el progresismo argentino quedó huérfano de ideas y desconectado con su tradición americana.

El efecto neto fue debilitar el humanismo modernizador local, que perdió conexión con su propia historia e idiosincrasia, es decir, con el aporte original que el americanismo progresista argentino supo hacer en repetidos momentos. Desde la fundación misma de las repúblicas americanas a comienzos del siglo diecinueve, o las distintas utopías de una nueva ilustración post europea, que tuvieron su lugar e influencia en el pensamiento federalista, autonomista nacional, socialista, radical, peronista y desarrollista, con hitos tan significativos como la Reforma Universitaria de 1918. El desafío siempre fue, encontrar la forma argentina y americana, de realizar algo que Europa parecía no poder hacer: materializar un humanismo moderno concreto, sin caer en el autoritarismo, la segregación, o la despersonalización de la vida. No es casual que hoy, en la Argentina y en buena parte de la región, se discuta con tanta insistencia sobre el fin de ciclo del progresismo: el diagnóstico, aunque incómodo, está lejos de ser una ocurrencia aislada.

El desafío siempre fue, encontrar la forma argentina y americana, de realizar algo que Europa parecía no poder hacer: materializar un humanismo moderno concreto, sin caer en el autoritarismo, la segregación, o la despersonalización de la vida. No es casual que hoy, en la Argentina y en buena parte de la región, se discuta con tanta insistencia sobre el fin de ciclo del progresismo: el diagnóstico, aunque incómodo, está lejos de ser una ocurrencia aislada.

EL PROGRESISMO EN RECONSTRUCCIÓN

¿Es posible, entonces, reconstruir el progresismo argentino? Antes de responder conviene hacerse una pregunta previa: ¿Qué tan progresista es, en el fondo, la sociedad argentina? Porque acá conviene recordar algo que se olvida con demasiada facilidad: en la base cultural americana (en nuestra américa) existe un sentido común bastante más cercano al progresismo que al conservadurismo o al reaccionarismo, algo que no necesariamente se repite en el espacio europeo, donde el clivaje cultural corre por otros carriles.

El argentino de a pie, más allá de cómo vote, tiene por horizonte cultural un conjunto de valores humanistas y modernos profundamente arraigados. Están representados en la igualación simbólica del guardapolvo blanco, emblema de una escuela pública capaz de borrar, al menos en la superficie, las diferencias de origen. Están en la figura del médico formado en la universidad pública que atiende en el hospital público, motivo de orgullo nacional incluso entre quienes jamás votarían a una expresión progresista. Están en la intuición extendida de que el sistema impositivo debería equilibrar la balanza entre quienes más tienen y quienes menos. Están en la aceptación amplia de la libertad para decidir la propia orientación sexual, terreno en el que la Argentina se adelantó institucionalmente a buena parte de la región. Están en la posibilidad de mestizar pueblos y culturas sin traumas existenciales, bajo el principio del ius soli, que convirtió a generaciones de inmigrantes en argentinos sin pedirles que renunciaran a nada esencial. Están en la conservación de lazos comunitarios y familiares construidos sobre una amistad cívica que se proyecta, casi sin darse cuenta, de manera universal. Y están en la aspiración a un desarrollo económico fundado en el trabajo y en el ingenio aplicado al agregado de valor, articulando recursos naturales con capacidad manufacturera, en lugar de resignarse a una vocación puramente extractiva. Innumerables estudios de opinión pública realizados en profundidad muestran evidencia en este sentido y de un modo particularmente contundente.

Estos son, todos ellos, principios progresistas del sentido común, extendidos incluso entre poblaciones que, en el terreno estricto de las familias políticas, se ubicarían sin dudar en el espectro conservador. Ahí, en esa distancia entre el sentido común profundo y la oferta política disponible, es donde el progresismo tiene todavía un enorme margen de reconstrucción.

Pero reconectar con ese sentido común no alcanza por sí solo. Hace falta algo más: elaborar un discurso propio (político, económico, institucional) capaz de explicar cómo realizar esos principios generales en un contexto particular, y cómo esa realización se articula con las raíces históricas y territoriales de la Argentina y con su proyección futura, en lugar de seguir importando diagnósticos y soluciones pensados para otras sociedades con otros problemas.

En ese sentido, es posible que el vector territorial ocupe un papel novedoso, desplazando parcialmente a los clivajes peronismo/no peronismo y conservador/progresista. La construcción de un proyecto progresista federalista argentino aparece como una alternativa fértil, capaz de hilvanar buena parte de lo dicho hasta acá. Hay una ironía histórica que vale la pena señalar: durante buena parte del siglo diecinueve, el federalismo argentino estuvo asociado al caudillismo, al localismo y a cierto conservadurismo hostil al proyecto liberal porteño. Sin embargo, eso no fue así, como tampoco lo es hoy. El proyecto federalista argentino siempre tuvo una vocación universal, modernista, humanista, pero también americana. Basta recordar la tajante declaración del Estatuto provisional de Santa Fe 1819, de inspiración artiguista y bajo el auspicio y el liderazgo de López: “Todo americano, es ciudadano” (santafesino).

En línea con este principio americano, el progresismo federalista puede describirse en una clave geográfica: la orientación continental de sus esfuerzos. Quizá quien lo resumió mejor fue Vasconcelos en La raza cósmica. El educador mejicano concluyó en 1925 recordando vivencias personales en nuestro país que “La Argentina actual es obra del río de la Plata; la Argentina será uno de los primeros países del mundo así que se incorpore el río Paraná”. Hay aquí una hoja de ruta, un camino hacia el corazón del continente, donde anidan los rasgos primeros de aquel nuevo proceso civilizacional.

Un progresismo así entendido podría romper, por fin, las inercias económicas y políticas de los últimos cincuenta años: la dependencia excesiva del área metropolitana como usina de sentido, la desconfianza hacia el interior, la importación acrítica de agendas ajenas. Un progresismo federalista podría, efectivamente, reconstruir un vínculo tanto con el progresismo como con el conservadurismo peronista, y recuperar una parte del votante del interior que reaccionó por default en 2023.

Evidentemente ésta no es la única posibilidad, pero es un vector perenne de la historia nacional. Es un campo gravitatorio con enormes dificultades para materializarse, pero que ha demostrado tener una fuerza y profundidad con pocas alternativas comparables. En cualquier caso, lo peor es huir al debate y hacer como si nada pasara. Mientras el progresismo argentino no logre salir de su actual estado de disolución, seguirá rigiendo la paradoja inicial: el verdadero antagonista de Milei existe, pero en un estado cuántico de incertidumbre y eso es, precisamente, la base de su principal fortaleza.

Ignacio Trucco

Ignacio Trucco

Licenciado (UNL) y Doctor en Economía (UNR). Docente de la Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Nacional de Entre Ríos. Investigador asistente del CONICET. Miembro del Grupo de Economistas Progresistas.