¿Milei es ruptura o continuidad con la tradición liberal argentina?
Javier Milei es un capítulo más en la historia del liberalismo argentino, pero uno muy idiosincrático. Recurriendo a la perspectiva histórica, Roy Hora intenta develar cuánto de novedad y cuánto hay de continuidad entre el presidente y la tradición liberal argentina de Roca, Pellegrini y Alberdi.

El presidente Javier Milei de visita en el Jockey Club Argentino.
*Artículo reproducido del substack Causas y Azares.
En esta nota me pregunto qué clase de liberalismo hizo posible que una figura como Javier Milei sea aceptado por tantos liberales argentinos como un miembro pleno de su propia tribu. El presidente suele invocar autores exóticos, muchos de ellos de la “escuela austríaca”, o ignotos pensadores libertarios, que hasta hace muy poco estaban completamente ausentes del canon intelectual local. Voy a dejar de lado toda consideración estricta sobre este plano, el de las ideas y la retórica, que creo desvía la atención hacia cuestiones de segundo orden, para dirigir la atención hacia el terreno de las prácticas y el contexto, siempre más relevante para entender de qué modo una tradición intelectual lee y procesa las contribuciones de los autores que constituyen sus referencias intelectuales. Es aquí, más que en la cita textual de los dichos de Alberdi o de los pensadores liberales del siglo XX o de nuestro tiempo, donde alcanzamos una comprensión más profunda sobre el significado de ese cuerpo de ideas (y, para el caso, para cualquier tipo de pensamiento que se propone actuar e incidir sobre el mundo). Y sobre las razones que hacen de Milei un heredero legítimo de la tradición liberal.
Visto desde este ángulo, el punto que me interesa destacar es que, en nuestro país, el liberalismo argentino tomó la forma de un liberalismo de gobierno, más preocupado por la construcción del orden que por otras dimensiones de la propuesta liberal, como la protección o la expansión de los derechos individuales. Esa fue su matriz originaria, la que le dio forma a la tradición político-intelectual y moldeó el sentido común liberal. Allí encontramos una de las claves que nos ayudan a entender las continuidades que, por debajo de la superficie, unen el pasado y el presente. En lo que sigue, entonces, tomaré este hilo para referirme a los rasgos principales de esa tradición, distinguiendo los dos grandes momentos —de ascenso y de retroceso— que marcaron su evolución, para terminar con unas breves referencias a su Milei y el renacimiento actual de la idea liberal.
Vamos entonces a la historia. El programa liberal cobró forma tras el derrocamiento de Juan Manuel de Rosas y dominó la vida pública durante casi tres cuartos de siglo. A lo largo de ese período, los hombres referenciados en este credo impulsaron una transformación profunda y, en conjunto, muy positiva de la sociedad argentina. La era liberal estuvo marcada por el crecimiento económico y el aumento del bienestar. Basta mirar los datos sobre la evolución del salario, la tasa de alfabetización o la esperanza de vida para comprobarlo. Pero, además de la mejora material, la afirmación de principios e instituciones afines al ideal del gobierno limitado enriqueció la vida pública y amplió la protección de los derechos ciudadanos. Como toda experiencia histórica, el país liberal tuvo luces y sombras, y no faltaron impugnaciones a sus desigualdades y jerarquías. Pero que la Argentina del Novecientos contara con la izquierda más poderosa de América Latina no obedeció únicamente a la vitalidad de sus organizaciones obreras, o una sociedad civil movilizada y activa. También fue consecuencia de un entorno institucional y cultural más amable hacia los disidentes que el entonces vigente en España o Italia, para no hablar de Brasil, Chile o México que, pese a lo que digan los críticos del credo y la política liberal, llevan la marca de esta tradición. Ese fue, al menos en parte, un mérito de la propuesta liberal.
Surgido como proyecto de poder tras décadas de fragmentación política y guerra civil, la némesis del liberalismo fue el conflicto y la división, no el poder arbitrario del soberano. […] Con Sarmiento, Roca o Pellegrini, liberalismo, estabilidad política y concentración del poder marcharon de la mano.
Dos factores contribuyeron decisivamente a moldear la tradición liberal que sirvió de cauce para el desarrollo del Estado, la esfera pública y la cultura política nacional. El primero es bien conocido. A diferencia de lo sucedido en buena parte de América Latina, en la Argentina no llegó a consolidarse una división nítida entre liberales y conservadores. Como observó Tulio Halperin Donghi en una formulación ya clásica, la Argentina “nació liberal”. Y nació liberal porque desde muy temprano su configuración social, sin jerarquías arraigadas, fue compatible con una sociedad abierta y con el despliegue de la economía de mercado. Ello hizo posible que el liberalismo argentino fuese más ecuménico y a la vez menos progresista que el de aquellos países que, como Chile o Colombia, contaban con fuerzas conservadoras más poderosas y, por tanto, con una división más nítida del campo político-ideológico entre liberales y conservadores.
El segundo rasgo resulta todavía más importante. En Europa, el liberalismo nació para criticar a la autoridad. En Francia, Inglaterra o Alemania, la voz liberal alimentó la impugnación del poder arbitrario de la monarquía en nombre de los derechos del individuo. Con mayor o menor radicalidad, de manera más pacífica o desafiante, alimentó las corrientes de ideas que cuestionaron los aspectos autoritarios del orden político, poniendo sobre la mesa la necesidad de limitar el poder y proteger los derechos del individuo. El camino argentino fue distinto. La idea liberal se recortó contra el legado autoritario del régimen rosista. Pero el liberalismo fue, ante todo, el cemento ideológico no de los críticos sino de los constructores del Estado. El largo hiato entre Mayo y Caseros, ese medio siglo de luchas armadas y guerras civiles, fue decisivo para definir su proyecto histórico, la construcción del Estado. Ese programa terminó de perfilarse en la turbulenta etapa abierta en 1853, esos “treinta años de discordia” (para apelar a otra feliz expresión de Halperin Donghi) durante los cuales el liberalismo batalló para imponerse, hasta su triunfo final hacia 1880, momento a partir del cual el lema “Paz y Administración” se convirtió en su norte y su bandera.

Carlos Pellegrini (primero a la izquierda) y Julio Argentino Roca (tercero).
En síntesis: surgido como proyecto de poder tras décadas de fragmentación política y guerra civil, la némesis del liberalismo fue el conflicto y la división, no el poder arbitrario del soberano. En este punto, la experiencia argentina también se distingue de la vivida en Estados Unidos, donde una transición menos conflictiva entre colonia y república abrió tempranamente un espacio más amplio para un liberalismo atento a la protección de los derechos individuales y contribuyó a moldear una cultura política –y una cultura a secas– más marcadamente individualista.
Con Sarmiento, Roca o Pellegrini, liberalismo, estabilidad política y concentración del poder marcharon de la mano. Hay que notar que una tradición preocupada sobre todo por asegurar el orden difícilmente podía ofrecer un terreno fértil para el desarrollo de una concepción pluralista de la comunidad política o una alta valoración de la autonomía de la sociedad civil. El hecho de que el Partido Autonomista Nacional gobernara el país de manera ininterrumpida durante más de tres décadas (1880-1916) dice mucho acerca de los valores, la sensibilidad y las prioridades de aquella dirigencia.
Por cierto, la importancia asignada a la construcción del orden político, una construcción que siempre se pensó como moldeada desde el poder estatal, así como su reverso, la escasa valoración del pluralismo y de cierta sospecha ante las iniciativas provenientes de la sociedad civil, no desaparecieron con la llegada de la democracia electoral en 1916. Estos rasgos quedaron incorporados a la cultura política argentina y continuaron moldeando las maneras de concebir la relación entre Estado y sociedad dentro de los cuales se desplegó la vida cívica argentina. Es por ello que el momento liberal y el momento peronista comparten bastante más de lo que a sus seguidores les gusta reconocer. Ambas culturas políticas otorgaron a la construcción del orden político y a la capacidad transformadora del Estado un lugar más central que al pluralismo y a los derechos del individuo como principios organizadores de la vida pública. Esa afinidad, por supuesto, no agota las diferencias entre ambas tradiciones, pero ayuda a comprender por qué, a pesar de sus notorias diferencias, y al margen de la retórica agonal que las opone, comparten una misma gramática del poder.
El momento liberal y el momento peronista comparten bastante más de lo que a sus seguidores les gusta reconocer. Ambas culturas políticas otorgaron a la construcción del orden político y a la capacidad transformadora del Estado un lugar más central que al pluralismo y a los derechos del individuo como principios organizadores de la vida pública.
La centralidad que el liberalismo argentino otorgó a la cuestión del orden ayuda a entender por qué, cada vez que entraron en tensión los derechos individuales y la razón de Estado tal como esta era concebida por los gobernantes liberales o las figuras asociadas a este credo, la balanza tendió a inclinarse en favor de esta última. Así, por ejemplo, la Constitución de 1853 imaginó una nación abierta “a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Otro tanto hizo la ley de inmigración de 1876. Sin embargo, cuando esa aspiración generosa comenzó a verse cuestionada por los conflictos sociales y políticos del cambio de siglo, la respuesta del sector predominante de la clase dirigente liberal fue la Ley de Residencia de 1902, que autorizó al Poder Ejecutivo a expulsar extranjeros sin intervención judicial. Por cierto, algunas voces liberales alzaron la voz contra la idea de que el Estado podía atribuirse la facultad de castigar mediante un simple acto administrativo, aceptando como prueba suficiente el juicio de la policía. Pero fueron actitudes minoritarias que, como la de Francisco Barroetaveña tuvieron poco eco. No deja de ser revelador que, por más de medio siglo, ningún gobierno quisiera derogar la muy cuestionable ley 4.144 que, además de iliberal, era de muy dudosa constitucionalidad.
En la Argentina que nació con el golpe de 1930 y la crisis económica desatada por el crack del ’29, el liberalismo naufragó junto con el orden político y social que había contribuido a erigir más de medio siglo antes. Los historiadores todavía estamos tratando de entender las razones de una declinación cuya profundidad encuentra pocos paralelos en otras experiencias nacionales latinoamericanas. Entre las causas de fondo de lo que sólo puede describirse como un ocaso abrupto hay una especialmente importante. En la etapa que se abrió en la década de 1930, en la estela de la Gran Depresión, la frustración del destino de grandeza que el país había soñado en la era exportadora dañó irremediablemente el prestigio de una constelación político-ideológica que, precisamente por su condición de liberalismo de gobierno, se había identificado de manera muy estrecha con el proyecto de poder que dominó la vida pública entre Caseros y el segundo gobierno de Yrigoyen. Desde los tiempos de Mitre y Sarmiento, y por más de medio siglo, el liberalismo fue la ideología oficial de ese país que disfrutó de uno de los ciclos de crecimiento económico más veloces del planeta. Unido por un cordón umbilical a esa Argentina del progreso material, cuando ese proceso se detuvo, el liberalismo también fue arrastrado en la caída.

La Casa Rosada en octubre de 1898, durante el segundo gobierno de Roca.
En la gris etapa que se abrió en 1930, el ideal liberal dejó de concitar el favor popular. Para la década de 1950, ninguna fuerza política que aspirara a ganar la anuencia del electorado quería llevar la palabra liberal escrita en sus banderas, o evocar sus viejos logros y virtudes. Siguió habiendo partidos liberales en Chile, Colombia o Brasil. No así en Argentina. Olían a viejo, a podrido. Sin una visión poderosa de derechos individuales que pudiera proyectarse hacia el futuro, sólo quedó la cáscara del orden y la construcción institucional, que era una agenda irrelevante que miraba hacia el pasado. La izquierda socialista e incluso la comunista, que hasta bien entrada la década de 1930, gracias al magisterio de figuras como Juan B. Justo y Aníbal Ponce, se habían ubicado como el ala progresista de esta tradición, terminaron repudiándola para abrazar sus propias versiones del credo que vino a reemplazarla, asociado a la idea nacional-popular.
En ese escenario hostil, el mundo liberal no logró renovar su manera de pensar el país. Reducido a unas pocas patrullas perdidas incapaces de adaptar su prédica a las nuevas exigencias de la democracia social, no produjo ningún pensador capaz de dialogar creativamente con los problemas de su tiempo. Alberdi tuvo epígonos, pero no herederos que diera la talla. Mientras tanto, las visiones nacional-populares de la nación, a derecha o izquierda, acaparaban toda la atención. Clase, pueblo, participación popular, democracia, justicia social, desarrollo, constituyeron los conceptos que designaron una nueva agenda de problemas y nuevos modos de interpelar a la ciudadanía. Frente a los problemas que designaba este nuevo léxico, el liberalismo se quedó sin palabras.
Toda tradición intelectual aloja corrientes diversas en su seno, y el caso argentino no fue una excepción. Sin embargo, frente a la nueva realidad, predominó una respuesta liberal intelectualmente magra y defensiva (y, por tanto, perdedora). Ello se reflejó en la extendida identificación con la idea de libertad negativa, esto es, la libertad ante interferencias externas, por sobre cualquier idea asociada a la libertad positiva, esto es, la referida a la idea de que una sociedad liberal es aquella que ofrece un contexto propicio para la plena realización de las capacidades que anidan en cada individuo. Lo que Max Weber llamó afinidades electivas también contribuyó a angostar los horizontes del pensamiento liberal: recluido en el ecosistema de los sectores de más altos ingresos, se mimetizó con los intereses y los puntos de vista de estos grupos, y reforzó su perfil socialmente conservador, lo que a su turno acotó el radio de sus preocupaciones intelectuales.
Es revelador que los dos grandes temas que, vistos en perspectiva, constituyen las mayores conquistas liberales del último medio siglo, ambos asociados a visiones más generosas de los derechos de que toda persona debe gozar en una sociedad abierta y tolerante, cualesquiera sean sus creencias o marcas identitarias, estuvieran protagonizadas por actores y movimientos ajenos al universo político o cultural liberal.
Buscando consuelo e inspiración en un pasado idealizado, la corriente predominante del liberalismo argentino no consiguió elaborar una concepción más rica de los derechos individuales. Se vio más tentado por Mont Pelerin que por John Rawls. El hecho de que tuviera frente a sí una economía sobre-regulada y cada vez menos dinámica contribuyó a darle vigor a la defensa de la propiedad privada y de la libertad económica, que se convirtieran en el núcleo de su identidad. La Argentina del capitalismo sin mercados competitivos sin duda merecía una crítica liberal. Pero la machacona insistencia en este plano tuvo un costo, toda vez que otras dimensiones igualmente relevantes del credo liberal —el Estado de derecho, la libertad de expresión y, más ampliamente, la protección de los derechos individuales frente al poder— recibieron una atención distraída y vacilante. En ocasiones fueron objeto de una defensa parcial; en otras, simplemente quedaron relegados.
Es revelador que los dos grandes temas que, vistos en perspectiva, constituyen las mayores conquistas liberales del último medio siglo, ambos asociados a visiones más generosas de los derechos de que toda persona debe gozar en una sociedad abierta y tolerante, cualesquiera sean sus creencias o marcas identitarias, estuvieran protagonizadas por actores y movimientos ajenos al universo político o cultural liberal. Tanto la impugnación al programa de violaciones masivas a los derechos individuales desplegado por las fuerzas armadas y los organismos de seguridad durante la década de 1970 como el reclamo de igualdad de derechos y reconocimiento entre personas de distinto género que el movimiento de mujeres colocó en el centro de la esfera pública a comienzos del siglo XXI tuvieron sus principales animadores en motivos ideológicos y actores ubicados en otros cuadrantes del espectro político-ideológico. Ambas iniciativas se referenciaron en visiones de la comunidad más afines a las ideas de democracia, república e igualdad, que a la de libertad.

Javier Milei en la Sociedad Rural Argentina (SRA).
Esta trayectoria pone de relieve la sensibilidad y los contornos de un liberalismo que ha sido muchas veces calificado como desbalanceado, o incluso como hemipléjico. Un liberismo sin liberalismo, por utilizar la conocida fórmula de Benedetto Croce. Cualquiera sea nuestra valoración de sus méritos o sus logros en la etapa previa a 1930, o incluso a 1945, es difícil no volcar un juicio negativo sobre su contribución a la creación de una vida pública más rica en la etapa que se abrió a partir de esa fecha. Pero es importante destacar que esta minusvalía, antes que una anomalía o un desvío respecto al momento anterior, debe ser concebida como un resultado de una historia que arranca con Alberdi y Roca y, luego de recorrer un largo camino, sin traicionarse y sin perder su identidad originaria, llega hasta nuestros días. Este destino sin lustre no estaba escrito, como nada está escrito en piedra en la historia. Pero ello no quita que esta deriva no sólo era posible sino también muy probable para un liberalismo que nació más preocupado por el orden que por la libertad, que siempre fue tierra yerma para la emergencia de corrientes que propusieron otras formas de imaginar la buena sociedad.
Podría objetarse que todo esto pertenece a un pasado demasiado remoto y que el renacimiento liberal (o, si les gusta, libertario) de nuestros días poco le debe a esa historia. Creo, sin embargo, que esta conclusión es apresurada. Sería desconocer que, por debajo de las indudables novedades del momento actual, también operan las fuerzas más profundas que dan forma a la sociedad argentina, que informan sus tradiciones intelectuales y sus maneras de hace política, y que a su modo han contribuido a moldear el escenario en el cual se despliega el resurgimiento contemporáneo de la idea liberal.
Este renacimiento tiene una historia larga y otra más corta, que conecta con el momento Milei. Desde la década de 1970, conforme el orden económico nacido a mediados de siglo XX fue perdiendo vigor y dejando a más y más personas a la vera del camino, la crítica liberal al Estado fue cobrando, en oleadas sucesivas, con avances y retrocesos, mayor volumen y legitimidad. En el curso de estas décadas de alta inflación, crisis macroeconómicas y bajo crecimiento, esa crítica fue debilitando viejas certezas de impronta estatista y nacional-popular y conquistando nuevos públicos entre aquella porción de la población que ya no parece añorar la sociedad salarial. Así como el mundo nacido tras la Gran Depresión hundió al proyecto liberal decimonónico, los fracasos más recientes de nuestro sobre-regulado y disfuncional capitalismo abrieron la puerta para que, en este siglo XXI, los argumentos liberales, popularizados y llevados al extremo por un intérprete que cita autores nuevos pero que —y esto es muy importante— forjó su visión del país en el marco de esa cultura política liberal que describimos, ofrecieran el ariete más eficaz para impugnar el orden estado-céntrico construido por el peronismo kirchnerista en el último cuarto de siglo.
Al fin y al cabo, Milei le ofrece a la ciudadanía un producto que, visto con cierta perspectiva, tiene aires familiares: un liberalismo de gobierno que celebra el poder del estado para empujar el cambio institucional y abrir cauce, de manera selectiva, a las fuerzas del mercado, que se identifica con una visión agonal y polarizada de la disputa política, que abraza valores socialmente conservadores cuando no reaccionarios y que sigue huérfano de una idea potente de derechos individuales o de sociedad liberal.
Llegados a este punto, conviene distinguir entre las novedades y las continuidades. Las novedades son evidentes. Milei trae a la conversación pública ideas y autores ajenos a nuestras tradiciones intelectuales, que hasta ahora nadie conocía o había tomado en serio en la Argentina, y con esos elementos construye una identidad libertaria muy distinta del tradicional liberalismo intelectual o partidario. A la vez, despliega un estilo de liderazgo que combina elementos del populismo contemporáneo con repertorios propios de la cultura digital. Pero lo que me interesa destacar es que estas novedades estridentes resultan compatibles con el sentido común propio de esa porción de la sociedad argentina sobre la que el viejo ideario liberal ha dejado su marca. Al fin y al cabo, le ofrece a la ciudadanía un producto que, visto con cierta perspectiva, tiene aires familiares: un liberalismo de gobierno que celebra el poder del estado para empujar el cambio institucional y abrir cauce, de manera selectiva, a las fuerzas del mercado, que se identifica con una visión agonal y polarizada de la disputa política, que abraza valores socialmente conservadores cuando no reaccionarios y que sigue huérfano de una idea potente de derechos individuales o de sociedad liberal.
Por eso, la pregunta acerca de si Milei supone una ruptura o una continuidad con la tradición liberal nacional invita a una respuesta compleja. Representa una novedad en lo referido a sus referencias intelectuales y a su estilo de liderazgo. Y también en el modo de comunicación. Es un raro producto del siglo XXI, que sin embargo concita la atención (¿quizás efímera?) de un país cansado de fracasos. Pero también expresa una continuidad más profunda en otros planos, tal como se advierte al comprobar que su proclama en favor del “respeto irrestricto por el proyecto de vida del otro”, que en otro contexto sería calificada como risible toda vez que la hace suya un gobierno que, en la práctica, ha impugnado sistemáticamente este principio, no parece irritar a muchos de sus seguidores liberales. Y esto nos sugiere que, a su manera, Milei actualiza y radicaliza algunos de los rasgos más persistentes de esa tradición política. Al fin y al cabo, tal vez estemos viviendo un capítulo más de la vieja saga del liberalismo de gobierno, de un liberalismo que concibe al poder del Estado como un instrumento de reforma de la economía y de la sociedad mucho más que de expansión del horizonte de autonomía personal que ha sido y continua siendo tan importante para otras tradiciones liberales nacionales.


