El último Latinobarómetro muestra una paradoja: en Argentina el apoyo a la democracia es el más alto de la región, mientras la confianza en los partidos y las instituciones que la sostienen están por el suelo. En ese vacío, la erosión democrática no viene con tanques, sino con presupuesto recortado, derechos tratados como gastos y una nostalgia que no funciona como proyecto de futuro.

Mural en el centro cultural Casa Arijón, Rosario. Obra de las artistas Cintia Pomponio y Priscila Viola.
“IF YOU DON’T USE IT, YOU LOSE IT”: LA DEMOCRACIA QUE SE PIERDE SI NO SE PRACTICA
Esta frase en inglés significa, ni más ni menos: si no lo usás, lo perdés. La aliteración se pierde en la traducción; el reflejo cultural también. La idea es que algo es solamente tuyo si lo podés usar y lo hacés.La escuché en películas, especialmente relacionadas con la fertilidad y las mujeres. Siempre parece haber un apuro con nuestras posibilidades reproductivas. Pero no taaanto apuro. Una ventanita variable entre los 20 y los 35, digamos, con una pendiente de creciente urgencia a partir de los 30.
Estos días, con la caída de la natalidad en discusión, con la idea de las mujeres que “no quieren tener hijos”, como si el contexto no existiera, como si para nosotras se tratara de mover una palanca y ya. Y ya volví a acordarme de este cliché.
Pero la frase volvió en otro contexto, de la mano del último relevamiento de Latinobarómetro sobre opiniones en América Latina. El relevamiento, como toda encuesta de opinión, tiene muchísimos problemas, pero también ofrece un montón de información útil.
APOYO A LA DEMOCRACIA, DESCONFIANZA EN SUS LADRILLOS
Una de esas observaciones útiles es la que señala que más del 70% de argentinos y argentinas considera que la democracia es el mejor sistema posible de gobierno. Es el porcentaje más alto de la región. Sin embargo, la confianza en los partidos políticos, según el mismo informe, es bajísima: el 71% de los argentinos no se siente representado por los partidos políticos, que son los ladrillos constitutivos del sistema democrático. Ese apoyo al sistema, sin consideración sobre los fundamentos del sistema, parece dialogar con un libro de Daniel Ziblatt y Steven Levitsky (2018): Cómo mueren las democracias.
Dichos autores retoman una observación sobre los golpes de Estado: en lugar del despliegue de fuerzas en las calles y la toma del gobierno, hay un debilitamiento intencional de las instituciones y controles, un deslizamiento más o menos rápido. Las autocracias avanzan en manos de líderes democráticamente electos que actúan erosionando el sistema paulatinamente. Primero se coopta u ocupa el Poder Judicial; luego, los medios de comunicación; se debilitan e inhabilitan los partidos políticos y, casi sin notarlo, el gobierno actúa de forma cada vez más autocrática.
El proceso que se observa se alimenta de sus propias debilidades: la desconfianza en los partidos, la desconfianza en el Poder Judicial (que existe cada vez más dependiente de los líderes autocráticos de turno), los medios que actúan en connivencia con el poder producen y reproducen discursos que socavan la participación, la institucionalidad y los controles democráticos que la hacen posible.
La autocracia resulta de una pendiente casi imperceptible donde se van cediendo derechos y dejando pasar abusos. La saturación de crisis sobre crisis y denuncias cruzadas es tal que el resultado es una destrucción por hartazgo. Impera una sensación de repugnancia tanto política como estética y ética frente a la que es muy difícil separar y priorizar, como decía Quino a través de Mafalda: “a veces lo urgente no deja tiempo para lo importante”. El problema es que esta saturación ni siquiera nos permite distinguir lo importante, ni ordenarlo para poder actuar.
El autoritarismo contemporáneo más que irrumpir, administra. No es necesario cerrar el Congreso cuando éste se vuelve irrelevante o aquiescente. La Justicia puede ser adquirida o sometida; los medios también, o ser precarios, dependientes e irrelevantes al punto de ser incapaces de cumplir su función.
FRENTE AL CAOS, ¿QUIÉN TOMA LA BANDERA?
Frente al ataque a los sentidos que es la administración del presidente Javier Milei, parece haber bastante poco. No se encuentra quien responda claramente, como en las novelas de caballeros: ¿quién va a tomar esta bandera y llevarla a la victoria? No hay Aragorn cabalgando frente al Rohrrim. Frente al caos, la respuesta parece ser una mística de la nostalgia que ni siquiera refiere a un periodo concreto.
Como señala Rodrigo Zarazaga en Poverty Shaping Politics (Cambridge University Press, 2025), ante la consulta sobre si en algún momento del pasado ciudadanos de villas miserias del conurbano bonaerense habían “vivido mejor”, la respuesta fue un definitivo “no”. ¿Qué tipo de mística se puede ofrecer a esos ciudadanos, sabiendo que todo tiempo pasado tampoco fue mejor?
PRESUPUESTO, EDUCACIÓN Y EL VACIAMIENTO DEL ESTADO
Puede que esto sea un poco exagerado, aunque cierto. El 0,79% que el proyecto de presupuesto de 2027 asignaría a educación (el 2026 estaría terminando con el 0,77%) es la proporción más baja de al menos los últimos 20 años. Es difícil esperar mejoras en el rendimiento educativo —después de la decepción de los resultados de las pruebas PISA, que encuentran al rendimiento de los estudiantes por debajo del logrado en pandemia— cuando se reduce todo esfuerzo por financiarlo.
Lo mismo sucede con la salud. La industria es una criatura en vías de extinción. Nuestro país, reducido a la extracción y exportación primaria (soja, petróleo, cobre, litio), y ahora la venta de ciudadanías… No se trata, afortunadamente, de esperar un golpe de Estado con uniformes, tanques y cadena nacional. Aunque, de vuelta, con el informe de Latinobarómetro, que la institución de mayor confianza de Argentina sean las Fuerzas Armadas es preocupante.
El autoritarismo contemporáneo más que irrumpir, administra. No es necesario cerrar el Congreso cuando éste se vuelve irrelevante o aquiescente. La Justicia puede ser adquirida o sometida; los medios también, o ser precarios, dependientes e irrelevantes al punto de ser incapaces de cumplir su función.
MÁS ALLÁ DE LAS ELECCIONES, LA DEMOCRACIA COMO PRÁCTICA COTIDIANA

Mural «Democracy» (Hamburgo, Alemania, 2017).
La democracia es mucho más que votar cada dos años. Es poder organizarse, protestar, acceder a información confiable, acceder a la Justicia, estudiar, trabajar. Es más: en nuestro país, la democracia tiene una deuda incumplida desde el retorno de la democracia: con ella se debería poder comer, curar y educar. Esa promesa incumplida debe saldarse.
La desconfianza hacia los partidos, evidentemente fundada, no es una cuestión menor. Que la mayoría valore la democracia y, al mismo tiempo, no encuentre representación plantea un vacío grave. Cuando los partidos políticos no representan: ¿quién lo hace? El flogisto es una teoría refutada para la física, pero para la política funciona: cuando los partidos no representan, ese vacío es llenado por discursos de salvación individual, promesas de orden por vía de violencia y soluciones rápidas para problemas estructurales.
El flogisto del momento es un conjunto de miedos, cansancio, desesperación. Una sociedad agotada por la inflación, el endeudamiento, la precariedad laboral y el deterioro intencional de los servicios públicos (¿qué se puede esperar sino destrucción de un presidente que afirma ser “el topo que va a destruir el Estado desde adentro”?). La sistematización de la supervivencia en riesgo extingue el tiempo y el espacio para la deliberación política. Cada anuncio tapa el anterior, cada insulto y escándalo compite con otro, cada recorte llega acompañado de una nueva justificación de inevitabilidad.
LOS DERECHOS COMO ABSTRACCIÓN
La discusión presupuestaria, lejos de tratarse de si una partida sube o baja, es testimonio de lo que sucede cuando durante años se reducen los recursos que sostienen escuelas, universidades, investigación, becas, infraestructura, salarios docentes y políticas de inclusión. La Universidad, nuestro orgullo, está vaciada de sustento y asfixiada.
La caída en las pruebas PISA, además de la pérdida irrecuperable de personas y saberes que deben abandonar sus cargos porque los salarios no alcanzan el mínimo indispensable para sostenerse, es evidencia del desdén que se ejerce hacia la educación. El abandono, o más aún, la decisión de destruir, va también para la salud (incluyendo los muertos por fentanilo contaminado que el ministro Lugones encubrió, el abandono de las personas discapacitadas, la falta de importación de medicamentos para Parkinson), la ciencia, la industria (62.000 empresas han cerrado en los mil y pocos días del gobierno de LLA) y el trabajo.
La democracia se licúa cuando se restringe la libertad de prensa y las instituciones; se destruye cuando se insulta sistemáticamente a cualquiera que no sea obsecuente y se convoca a quemar periodistas en la hoguera, se erosiona cuando grandes sectores de la población pierden los recursos, el tiempo y la estabilidad necesarias para una vida digna y para la participación en la vida pública. Es difícil hablar de ciudadanía cuando la falta de trabajo te expulsa, cuando el acceso a la vivienda se vuelve imposible, cuando no se puede acceder al sustento diario.
Separar a los derechos sociales, económicos, ambientales y políticos de la discusión pública permite tratarlos como gastos, como costos. A la industria e incluso a la educación como “ineficiencia”, a la participación como un incordio.
La democracia se licúa cuando se restringe la libertad de prensa y las instituciones; se destruye cuando se insulta sistemáticamente a cualquiera que no sea obsecuente y se convoca a quemar periodistas en la hoguera, se erosiona cuando grandes sectores de la población pierden los recursos, el tiempo y la estabilidad necesarias para una vida digna y para la participación en la vida pública.
NOSTALGIA, ¿DE QUÉ?
Hay un segmento que sigue intentando mostrarse como un pasado que fue mejor, y probablemente lo fue, pero no para todos. En esa época, cuentan, gracias al liderazgo benévolo e inspirado, se vivía mejor, había trabajo, el futuro parecía alcanzable. Muchos datos, tanto de Naciones Unidas para el Desarrollo como de INDEC y el Banco Mundial, destacan que esto es verdadero. Pero esa promesa tiene un límite marcado para muchos.
En Poverty Shaping Politics, Rodrigo Zarazaga trabaja sobre los vínculos entre pobreza y organización territorial en zonas marginadas de Argentina. El libro se apoya en entrevistas y trabajo de campo en áreas urbanas populares, y pone en cuestión las lecturas simplistas sobre las relaciones entre sectores populares, partidos y redes locales. Para una parte de la población puede haber habido un tiempo pasado mejor, pero esa no es una experiencia reconocible para sectores marginales. La mística de la nostalgia no alcanza como proyecto político.
No sirve la memoria de una prosperidad que no conocieron. No es suficiente responder a la catástrofe presente con una defensa abstracta de lo que puede haber existido. Una alternativa democrática debe ser capaz de pensar el presente y ofrecer un proyecto de futuro: trabajo con derechos, educación y salud públicas de calidad, barrios habitables, representación política y capacidad colectiva para reconstruir y hacer posible la vida en común.
Pensar el presente, dar respuesta y proponer futuro es quizás la dificultad más grande. El problema de una democracia debilitada no se resuelve sustituyendo el liderazgo de la motosierra con otro, sino recuperando la institucionalidad, la capacidad de organización, los espacios donde la sociedad pueda discutir, controlar y construir poder.
USARLA, PARA NO PERDERLA
En las series de TV vi usar “if you don’t use it, you lose it” en referencia a las posibilidades reproductivas de las mujeres. Creo que sirve más, y es mucho menos invasiva e insultante, para pensar la democracia. Es un dato alentador saber que la mayoría de los habitantes de Argentina sigue prefiriendo la democracia a cualquier otra forma de gobierno. Hay que ponerla en práctica.
Hacerlo supone participar, reclamar, informarse, organizarse, discutir presupuestos, exigir rendición de cuentas, acompañar y defender a quienes investigan, enseñan, curan, producen. Quienes trabajan. Usar la democracia, mantenerla viva, supone no normalizar el maltrato, rechazar a quienes quieren imponer la crueldad como política de gobierno: quienes imponen que el deterioro de nuestra vida y nuestros derechos sea presentado como inevitable.
La democracia, esa que en el discurso de Raúl Alfonsin prometía que con ella se come, se cura y se educa, sigue pendiente. Incluso la versión más limitada, la institucional, puede perderse de a poco, cuando se normaliza que las instituciones no funcionen, cuando la representación se vacía de sentido, cuando la desigualdad se promueve en vez de combatirse, cuando el hartazgo reemplaza la participación.
Posiblemente el desafío que enfrentamos no se manifieste con una épica de la transformación, ni una nostalgia imposible, sino mediante la imaginación que nos permita construir un futuro. No porque vaya a volver un pasado ideal, sino porque una sociedad decide volver a usar sus derechos antes de llegar a un punto en el que ni siquiera pueda darse cuenta de que los perdió.

