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Eduardo Míguez: «José Carlos Chiaramonte se convirtió en una institución en sí mismo»

por | Nov 3, 2026 | Entrevistas, Ideas e historia | 0 Comentarios

En conversación con Fabián Herrero, el historiador Eduardo Míguez evoca la figura y la obra de José Carlos Chiaramonte. Un recorrido profundo por las ideas que revolucionaron el estudio del siglo XIX argentino y el legado de uno de los historiadores fundamentales de la Argentina.

El historiador José Carlos Chiaramonte y algunas de sus obras más destacadas.

José Carlos Chiaramonte fue, sin dudas, uno de los historiadores fundamentales de la Argentina y de América. A comienzos de los años noventa, asistí en directo a un giro decisivo: vi cómo sus investigaciones modificaban de raíz las perspectivas consagradas sobre el período de la Independencia. Me refiero, claro, a su impugnación de lo que llamó el «mito de las naciones preexistentes». Contra las imágenes fijadas por el imaginario escolar, Chiaramonte—junto a un grupo de colegas que dirigía—postuló una idea revulsiva: las identidades nacionales no precedieron a la Revolución de Mayo; el Estado nacional fue, más bien, una construcción posterior, un orden surgido de la soberanía de las ciudades y las provincias. Su lucidez institucional lo llevó a dirigir el Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” (UBA/CONICET) entre 1986 y 2013, además de ser reconocido como Investigador Superior Emérito del CONICET, Profesor Honorario de la UBA y distinguido con los premios Bernardo Houssay (2005) y Konex de Platino (2014).

Con Chiaramonte, a quien reconozco como mi maestro, mantuvimos largas conversaciones telefónicas durante sus últimos años. En esos diálogos, la historia, la política y el fútbol se cruzaban con la materia inevitable de la vida personal. Nombres como los de José Nun o Eduardo Míguez aparecían con frecuencia, como parte de un mapa compartido. Al imaginar este modesto testimonio a su memoria, la necesidad del diálogo se impuso. Por eso convocamos para Vanguardia Digital al propio Eduardo Míguez, uno de los historiadores más agudos de nuestro presente. Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1976 y doctorado en Oxford en 1982, Míguez es profesor emérito de la UNCPBA, fue titular en la Universidad Nacional de Mar del Plata y es miembro de número de la Academia Nacional de la Historia. Su obra—en la que destacan Historia económica de la Argentina (2008), Mitre Montonero (2011), Bartolomé Mitre. Entre la nación y la historia (2018) y Los trece ranchos (Prohistoria Ediciones)—continúa esa línea de lectura crítica donde el pasado se discute como un problema vivo.

Para comenzar, quisiera que por favor describas cómo entraste en contacto con José Carlos Chiaramonte y qué recuerdo podes contarnos de esos momentos.

Desde luego, había leído sus trabajos mucho antes de que nos conociéramos, y conocía su trayectoria como un historiador importante. Pero personalmente lo conocí en La Pampa, en un concurso, en el que los dos éramos jurados; el tercero, si mal no recuerdo, era Juan Carlos Grosso, un conocido de ambos que facilitó la interacción. Creo que los dos nos caímos bien, y charlamos bastante. Después, como viviendo en Tandil no tenía muchas oportunidades de verlo, y sabía que mi amigo Fernando Devoto tenía buena relación con él, le pedí que organizara una salida, y allí estrechamos el vínculo. Más tarde, ya director del Instituto Ravignani, nos encontrábamos allí cuando yo pasaba por Buenos Aires. Y como pronto nos dimos cuenta que teníamos muchas cosas en común, fuimos tejiendo una amistad estrecha, que abarcaba cuestiones historiográficas y de la simple vida cotidiana. Algo que yo creo que nos unía era nuestro paso por el marxismo, y el habernos alejado de él sin renegar de las cosas que creíamos útiles para el análisis social, pero sometiendo todo a una revisión crítica. Recuerdo que una vez me hizo el comentario de que en la transición al comunismo, Marx había sido inconsecuente con su propio modelo, ya que los modos de producción cambiaban, según Marx, por el “desarrollo de las fuerzas productivas” (la tecnología), pero en la transición al comunismo preveía el cambio a través de una revolución de los sectores oprimidos (los obreros), lo que no explicaba ni el cambio del esclavismo al feudalismo ni del feudalismo al capitalismo; una observación que yo también había hecho hacía tiempo, y que quizás sea relevante para nuestro presente. Otro punto de coincidencia era un rechazo al nacionalismo historiográfico; estudiar los orígenes de la nación es una forma de mostrar su transitoriedad.

«A partir de su obra todos los historiadores somos muy cuidadosos en usar el término “Argentina” para ese período, y salvo que el argumento lo justifique, usamos “el Río de la Plata” u otros equivalentes, para apartarnos de la historiografía tanto liberal como revisionista».

¿Cuál es, en tu opinión, el aporte o los aportes que deja José Carlos Chiaramonte a la historiografía?

Pensando en esta pregunta se me ocurrió pedirle a la IA un listado de los trabajos de José Carlos, para no olvidarme ninguno. Y me causó gracia cuando los agrupo tal cual yo pensaba hacerlo; el estudio de la Ilustración en Hispanoamérica, lo que la IA llamaba sus trabajos socio-económicos, y los más recientes sobre las provincias y la nación. Como clasificación temática no estaba mal, pero hay mucho más que eso en su obra, como trataré de explicar.

Él se formó como filósofo, no historiador, aunque sin duda adoptó el método histórico en su obra. Quizás esto también sea consecuencia de su marxismo; las ideas solo pueden entenderse en su contexto. Con el tiempo renunció a algo que aparece en sus primeras obras; la forma de vincular las ideas y la política a posiciones de clase; no es que esto no influya, pero no hay una determinación automática, como la que hizo Marx en La lucha de clases en Francia, y fue seguida por muchos historiadores marxistas. Un texto interesante de Chiaramonte sobre este punto es “Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica” (1983), y otros de esa época, en el que critica el uso que se hacía del concepto de “modo de producción”, y el vínculo mecánico entre clase social y expresión política, que era también en cierta forma una autocrítica a lo que había hecho hasta cierto punto en “Nacionalismo y Liberalismo económicos”.

José Carlos me pidió un prólogo para una reedición de “Mercaderes del Litoral”, y allí escribí que en cierta forma él siempre había sido un historiador de las ideas. Cuando conversamos me dijo que cuando leyó la frase no le pareció bien, porque él había hecho otras formas de historia; pero luego yo argumentaba que tanto en Nacionalismo… como en Mercaderes… él había explorado la economía, la sociedad y la política buscando la clave para las ideas proteccionistas de los años 1870 y de Pedro Ferre, y Corrientes en general, desde el Pacto Federal de 1831; explicado así, le pareció adecuado. Una vez me contó que su obra no había recibido atención en los años 60 por la historiografía profesional, entonces obsesionada con la economía y las series. Cuando dio a conocer los trabajos que terminaron dando forma a “Nacionalismo…”, con series de precios y análisis económico, recién recibió el reconocimiento de sus colegas. También me contó una vez que María Inés Schroeder, la secretaria del instituto que él dirigía, y una buena amiga suya, le dijo que esa era su mejor obra; me lo contó riéndose, y dijo que le contestó ¿entonces para que he seguido trabajando todos estos años? Yo creo que a lo que apuntaba María Inés es que ese libro (yo agregaría “Mercaderes…”), eran trabajos integrales, pensados como una unidad, mientras que sus libros medulares posteriores son más bien colecciones de artículos, que articulan bien en torno a un argumento, pero en los que cada uno tiene una lógica independiente, si bien al final el lector ve armar el rompecabezas; en aquellos dos anteriores, la unidad del argumento se iba dibujando desde el comienzo.

No voy a hablar de sus excelentes trabajos sobre la ilustración, porque no es mi especialidad, y porque sus aportes son tantos, que extendería demasiado la entrevista. Pero quiero rescatar como con el tiempo aquella obra juvenil se fue integrando con sus trabajos posteriores, lo que se ve en varios de ellos, pero sobre todo en “Fundamentos intelectuales y políticos de las independencias”. Otro punto central, que aúna su trabajo sobre la ilustración con su obra sobre el período posterior a la independencia, fue la importancia del derecho natural y de gentes en el pensamiento de esa época, y la recuperación de autoras como Hugo Grocio, Samuel Pufendorf y Emer de Vattel, y su influencia en América Hispana. La comparación en este y otros puntos con la independencia de las 13 colonias de Inglaterra en América del Norte es otro aporte crucial, potenciado por una larga estadía en la biblioteca Brown, de Providence, Rhode Island.

La obra por la que Chiaramonte es más reconocido en la actualidad, y quizás su aporte central a la historiografía argentina, es su análisis crucial sobre la relación entre las provincias y el proceso formativo de la nación. Su argumento de que, al desaparecer el monarca, la soberanía no podía caer sobre “el pueblo de la nación”, porque ésta no existía, y que, de acuerdo a la filosofía política de la época, debía caer sobre el único pueblo (o mejor, los únicos pueblos) que realmente tenían una existencia jurídica reconocida, que eran las corporaciones urbanas, los cabildos, núcleo de las provincias que pronto emergerían. Aquí también mencionaba las diferencias con el caso norteamericano. Apuntar que por largos años la “retroversión de la soberanía” solo podía caer sobre las provincias cambió la forma de pensar esa primera mitad del siglo XIX. Un dato que lo confirma es que a partir de su trabajo todos los historiadores somos muy cuidadosos en usar el término “Argentina” para ese período, y salvo que el argumento lo justifique, usamos “el Río de la Plata” u otros equivalentes, para apartarnos de la historiografía tanto liberal como revisionista que pensaba a la nación como algo que existía realmente desde Mayo, la independencia, o mucho antes. Algunos autores han anotado que la idea de “pueblo de la nación” ya existía, tomada de otros procesos de formación nacional, y se revela, por ejemplo, en torno a la discusión sobre la representación del pueblo, o los pueblos, en la asamblea del año XIII, lo que se vincula al rechazo al mandato imperativo, etc.. Pero aquello no pasaba de ser un proyecto, y todavía en el Acuerdo de San Nicolás en 1852 el tema de a quien representan los constituyentes en la futura asamblea es muy ambiguo.

Resultado natural de estos enfoques fue analizar qué era lo que existía en el Rio de la Plata en la primera mitad del siglo XIX, y después de la caída del centralismo porteño en 1820, se planteaba lógicamente la cuestión federal, ya esgrimida por Artigas y otros jefes provinciales desde muy temprano. Lo que Chiaramonte observó, con mucha razón, es que, si bien los “federales” se inspiraban en los Estados Unidos y mencionaban su constitución, lo que en realidad tenían en mente era algo más parecido a lo que existió allí antes de la constitución de Filadelfia de 1787, más parecido a los Artículos de la Confederación de 1777. Esto es confirmado por los pactos entre “Estados” provinciales (Chiaramonte subrayó su carácter de Estados autónomos, cuyos representantes respondían a la lógica de la diplomacia internacional), y en especial el Pacto Federal de 1831, que estableció una Confederación y así se la llamó (agregaría yo que mantuvo su nombre hasta 1860, durante los siete años en que, ya siendo una Estado Federal por la Constitución de 1853, se siguió llamando “Confederación Argentina”).

Hay otros temas importantes en los que hizo aportes, por ejemplo: en las finanzas y las instituciones provinciales, en los peligros de la periodización histórica, o en “Los usos políticos de la historia”. No me extenderé sobre ellos, porque como dije, su aporte a la historiografía latinoamericana es tan grande que la respuesta sería demasiado extensa.

Dos obras resultan un poco marginales a ese proceso de desarrollo de un pensamiento; como adivinarás, son “Nacionalismo…” y “Mercaderes…”. El método seguido allí es un poco diferente, y a eso me referiré en relación a mi propia obra. La segunda, naturalmente, ya anticipa varios de los temas que después serían centrales a su trabajo, y la primera es un clásico indiscutible, que adelantó muchas áreas de investigación, pero que es la menos articulada con el resto de sus trabajos, creo yo, fundamentalmente porque se refiere a un período posterior.

Lo que quisiera destacar del conjunto es la integralidad de la historia que él fue desarrollando, como se fue articulando en una explicación de las ideas políticas de, digamos, desde el Virreinato a Caseros, que ha cambiado profundamente la forma en que vemos ese proceso.

¿Cómo influyó, o bien dialogó, su obra con tus propios trabajos?

La primera influencia que tuvo sobre mi formación fue, naturalmente, “Nacionalismo…”, sobre todo porque se refiere al período que yo más he investigado. Además de mucha información y enseñanza sobre cómo hacer historia, el libro me advirtió sobre algo que poco a poco fui elaborando, y es romper con esa idea unitaria y monolítica de lo que se ha llamado “la república oligárquica”. Allí aparecían muchos matices y problemas para repensar el período, que me ayudaron a mí, y otros colegas de mi generación, a pensar nuestros trabajos. Eso, claro, fue mucho antes de conocerlo.

La influencia mayor fue posterior, por un lado, esa influencia generalizada: repensar la primera mitad del siglo XIX. Como docente, recuerdo que en mi primera clase de una asignatura que se llamaba “Historia argentina I” y que comprendía entre 1776 y 1860, yo decía que iba a enseñar una materia que no existía. Eso fue en 1984, antes de que Chiaramonte desarrollara sus argumentos sobre el tema. Pero cuando comencé a ver sus trabajos mis ideas sobre el proceso formativo de la nación, y con ellas mis clases, fueron cambiando; los fundamentos de aquella primera afirmación se fueron ampliando, y cobrando un sentido más preciso, y comencé a cuidarme del uso de “Argentina” para ese período, y de trasmitirlo a mis alumnos.

Los temas que estudio se superponen con los de él en la formación del Estado argentino, pero yo lo veo sobre todo a partir de 1852. La obra de José Carlos Chiaramonte influyó mucho en la forma en que encaré el tema, porque lo que ocurrió después de Caseros se entiende mucho mejor a raíz de sus trabajos y los de algunos de sus discípulos. Cuando escribí mi último libro, Los trece Ranchos (Prohistoria, 2021), extendí hacia atrás mi estudio hasta la década de 1840, precisamente porque me permitía repensar lo que pasó después en otro marco, aunque aquí me separaba un poco de su mirada por razones que ya explicaré. En lo que coincidíamos mucho era en la cuestión del federalismo, el problema de la relación de una provincia enormemente rica en comparación con las demás, único puerto y antigua cabecera virreinal. Y sobre la utilidad de tomar como referencia el caso de Estados Unidos, algo que yo incorporé bastante de sus trabajos

Era una relación historiográfica (aparte de la personal) muy linda, de la que disfruté mucho. Pero a veces no coincidíamos, y discutíamos ciertos puntos. Una vez, recuerdo, en una cena en un excelente restaurante peruano (a ambos nos gustaba el picante) junto a Susana y Estela (con frecuencia salíamos a cenar los cuatro cuando nosotros estábamos en Buenos Aires), me dejé llevar tanto por la discusión que alcé un poco la voz, y él tomó un camino lateral para no seguir con el tema; me dio mucho fastidio haberme dejado llevar así.

Lo que discutíamos era un punto muy importante para la obra de ambos, y que tiene que ver con las diferencias que marcaba más arriba: el caudillismo. Lo que ocurre es que desde fines de los años ochenta y comienzo de los noventa, Chiaramonte se aproximó cada vez más a la historia conceptual; cada vez más subordinaba la política a las ideas de quienes la practicaban. Aquí hizo aportes que considero fundamentales, incluso en este y otros temas en que discrepábamos, pero hay algo que me distancia de este último enfoque. Por mi experiencia como historiador y como gestor, he visto que muchas veces los argumentos son ocasionales; quien interviene en una lucha política apela a lo que le viene mejor en ese caso, y al día siguiente, o incluso en el mismo discurso, puede invocar ideas opuestas si lo cree conveniente. Claro que él sabía esto, pero al concentrarse en los fundamentos conceptuales, no prestaba tanta atención a los aspectos meramente políticos y socio-políticos (como había hecho en “Nacionalismo…” y Mercaderes…”), que eran en el campo en que yo me sentía más cómodo. Recuerdo que alguna vez, conversando, me dijo “Ah, pero eso es la sociabilidad política”, o algo así, como si fuera otra cosa; no recuerdo si le contesté, pero eso es lo que más me interesa a mí. El intercambio sobre caudillismo tenía que ver con esto, que no es solo un problema con José Carlos, si no con el reciente predominio de la historia conceptual sobre la política concreta.

Cuando él, sus discípulos, y otros historiadores conceptuales, miran el funcionamiento político en las provincias entre 1820 y 1852, ven estructuras institucionales, y, justificaciones inspiradas en las repúblicas antiguas para las facultades extraordinarias de los caudillos (algo ya señalado por Jorge Myers hace mucho), y dicen, aquí hay instituciones; eso del caudillismo (la barbarie, la anarquía) es un invento de sus enemigos. Pero mirándolo desde la sociología política, lo que uno observa es la típica construcción de un carisma, tal como la describe Weber. A veces parece de manera anacrónica que lo hubieran leído para seguir sus indicaciones sobre cómo construir carisma. El aporte sobre la institucionalización del caudillismo (en Santa Fe el término figura en la constitución de 1819) es muy valioso, y desde luego, desmiente en parte las diatribas de los opositores a esos jefes populares que llamaban caudillos. Pero creo que, si no miramos la política práctica, las formas de legitimación del poder en la sociedad, las relaciones sociales que de allí emergen, no terminamos de comprender el verdadero sentido de aquel proceso.

En cambio, debo señalar que en otro punto finalmente vi el sustento de sus tesis. Él hablaba de “la antigua constitución” (esto lo vinculaba al caudillismo, allí sigue el desacuerdo) y yo no veía claramente a que se refería. Pero leyendo a Mitre, encontré que citaba fuentes de la época revolucionaria que hacían explicita referencia a la antigua constitución. Estaba en el lenguaje, y en el imaginario de esa época, e incorporé la idea a mi forma de ver las cosas.

«Con Chiaramonte a la cabeza, el Instituto Ravignani se transformó en la principal referencia de la renovación historiográfica en la Argentina».

José Carlos Chiaramonte, además de su enorme tarea como historiador, realizó una larga labor institucional especialmente en el Instituto Ravignani (UBA). ¿Qué cuestiones podés destacar al respecto?

Creo que su mayor aporte desde el Ravignani fue la formación de una cantidad de excelentes historiadores. Hizo mucho institucionalmente, pero su posición como director facilitó que muchos se acercaran a él buscando su orientación, y esa tarea me parece fundamental. No solo con la dirección de tesis, que conocés bien, ya que según creo fuiste uno de sus dirigidos, si no en el vínculo con historiadores que no se formaron con él, como es mi caso.

Pero yendo a lo institucional, que es lo que preguntabas, creo que su labor fue magnífica. Por muchos motivos. Cuando se hizo cargo del instituto, este venía de una larga trayectoria de direcciones poco académicas, o un tanto anacrónicas respecto de los cambios historiográficos en curso. Con Chiaramonte a la cabeza, el Instituto Ravignani se transformó en la principal referencia de la renovación historiográfica en la Argentina. Logró esto por varias razones. Su figura inspiraba respeto a todos, a los integrantes del instituto, y a las autoridades de la facultad y la universidad. Eso lo ponía en una situación en que muy pocas personas podrían estar. Y pese a que su carácter no era, digamos, complaciente (sobre eso hablaremos después), supo manejar las relaciones entre historiadores que eran, o se fueron convirtiendo, en referentes historiográficos, con los egos que ello suele acarrear. El instituto se abrió a la buena historia, y no creo que nadie se haya sentido discriminado, o considerado en menos, según su relación con el director. Por el contrario, alentó a que cada uno pudiera hacer su propia tarea, y las actividades que deseara, sacando lo mejor de un excelente grupo de investigadores.

También auspició proyectos de lo que podríamos llamar “infraestructura” historiográfica, digitalización y ordenamiento de archivos, comunicación entre historiadores, cuidado y actualización de la biblioteca, reuniones académicas, sede de asociaciones profesionales. El Ravignani jugó y juega, con su dirección y la de sus sucesores, un papel central en el funcionamiento de nuestro ámbito profesional, y José Carlos supo imprimirle esa dirección, que fue continuada por sus sucesores, porque ya había una impronta que continuar. Otro punto a destacar es el muy buen ambiente que supo crear entre la gente que trabajaba más cerca suyo. Cuando visito el instituto siento la cordialidad de la relación entre los “empleados”, siempre dispuestos a colaborar en lo que sea. Este también fue un gran mérito.

Y en momentos de crisis, y en la relación con las autoridades superiores a él, tuvo la firmeza necesaria, facilitada por el respeto que inspiraba. Recuerdo que cuando hubo una inundación en la biblioteca, por alguna filtración de agua, salió una foto, si mal no recuerdo, en la tapa de La Nación, condicionando a los responsables para que resolvieran la situación. Algo notable era su disciplina. Iba al instituto con gran regularidad, y uno siempre podía encontrarlo en su oficina, salvo, claro, en el rato en que salía a tomar café, a bares muy cuidadosamente seleccionados, junto con colegas del propio instituto o visitas. Con el tiempo, Chiaramonte se transformó en una institución en sí mismo.

Para finalizar, quisiera preguntarte sobre tu vínculo humano. Qué cosas podes destacar con relación a este aspecto.

Ya adelanté varias cosas sobre mi vínculo con él, y sobre su personalidad. Me resulta difícil traducir en unas pocas líneas la calidez del vínculo que me unió a él. Recuerdo que el día antes de que se fuera, lo llamé porque lo estaban por intervenir, y estaba preocupado; yo sabía que era una situación complicada, pero para alentarlo le dije “sos indestructible, José Carlos”, y él me contestó “ojalá”. Pero después de 92 años de una vida tan fructífera, y conservando toda su lucidez, su energía y sus placeres hasta el final (poco tiempo antes habíamos salido a cenar, como lo hacíamos desde años atrás) su partida, que en algún momento debía ocurrir, más que tristeza deja un espacio vacío, que como ahora, lleno con las memorias de nuestra relación, y con la relectura de sus trabajos, que sigue siendo muy valiosa para lo que hago.

Me preguntás por lo humano, y en ese nivel éramos muy cercanos. En lo que “disentíamos” era en la cuestión futbolística. Como rosarino, él era hincha de Newell’s, y con mis abuelos viviendo a dos o tres cuadras del Gigante de Arroyito (el estadio de Rosario Central), yo soy canalla. Siempre hacíamos bromas sobre eso.

Como dije, y se ve por otras referencias, José Carlos Chiaramonte no era un tipo complaciente. Era muy obsesivo, y lo dejaba notar. Yo también lo soy bastante, pero cuando mi esposa se queja le digo: ¡imagínate lo que debe haber sufrido Susana! Aunque ella sabía llevarlo muy bien. En su cumpleaños de noventa, sus nietos hicieron una parodia en la que él interpelaba a los mozos en una cena, y todos los presentes nos largamos a reír, porque habíamos visto esa escena más de una vez. Pero yo me llevaba muy bien con él, porque había naturalizado su carácter, y sus obsesiones me causaban gracia más que fastidiarme. Y, por otro lado, compartíamos tantas cosas, desde la buena historia al buen vino, que resultaba siempre un placer encontrarlo. Por otro lado, era muy buen tipo. Alguien en quien uno podía confiar, y que siempre estaba dispuesto a ayudar.

Como ya dije en otra oportunidad, al ver esto escrito lo primero que pensé es que debería mandárselo a él para que me dé su opinión, en este caso, sobre todo por las disidencias

Fabián Herrero

Fabián Herrero

Doctor en Historia e investigador del CONICET (UBA-Ravignani). Docente en UADER. Publicó más de diez libros de poesía e historia. Entre los últimos podemos destacar, "Quién no le tiró una piedrita al mundo" (Alción, 2020), "La luna tiembla en mi cuerpo de agua" (Barnacle, 2021), "Días como perros perdidos" (Barnacle, 2022), "La nube es una flor que arrancó sus raíces" (UNL, 2023) y "El Fraile Castañeda, ¿el “trompeta de la discordia”?" (Prometeo, 2020).