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«Argentina, 1985»: cuentas saldadas

por | Nov 3, 2022 | Cultura

La película es un hecho artístico, un relato basado en la historia, pero también es un fenómeno cultural que despierta emociones. Sumamos a los análisis, un testimonio culposo pero optimista a partir del film.
Los investigadores de Strassera, caracterizados en la película de Marcelo Mitre.
Los investigadores de Strassera que rescató la película «Argentina, 1985»: Adriana Gómez, Javier Scipioni, Sergio Delgado, Marcela Pérez Pardo, Carlos Somigliana, Lucas Palacios y Nicolás Corradini (Fuente: Infobae).

La película «Argentina, 1985» superó el millón de espectadores desde el 29 de septiembre, cuando se estrenó en los cines. En general, saldó de manera bastante airosa las críticas. No todas. La Vanguardia publica una reseña de Mario Fiore: donde la considera generalista, con intenciones totalizadoras y testimoniales.

El film claramente iba a revolver la memoria asentada sobre ese proceso histórico, eligiendo el punto de vista de los fiscales, esos que en el nombre del Estado construyeron la acusación contra los criminales de la dictadura. Uno de los dos fotógrafos que cubrieron ese juicio histórico, abrió su archivo a La Vanguardia e hizo un recuento breve sobre cómo recuerda los hechos: Daniel Muzio.

Pero el cine hablando sobre un hecho histórico despertó debate sobre lenguajes y la interpretación de la historia en el relato de sus autores. La Vanguardia publica también un profundo análisis de Javier Franzé sobre ese juego de tensiones entre la ficción y lo documental.

Pero un millón de espectadores en las salas de cine en tiempos donde los modos de consumo se han individualizado y replegado a los espacios privados, es un indicio que la película es también un fenómeno cultural, que está dejando una marca política (ha dicho Pablo Gerchunoff que marca el inicio del año de Alfonsín, junto con su libro «El planisferio invertido»).

La película es motivo de conversación en muchos espacios. De amigos, familias. Pero también en el fulbito de los miércoles e incluso en el diván. «Hay gente que se sienta ahí donde me estás hablando de tu recuerdo con Alfonsín y me cuenta angustiada que se enteró por la película lo que pasó en la dictadura», me contó un psicólogo (obviamente, no se puede citar el nombre).

La película es motivo de conversación en múltiples espacios. De amigos, familiar. Pero también en el fulbito de los miércoles e incluso en el diván.

Una horas antes, un gestor cultural, Diego Gareca, me decía que la película ha oxigenado la reflexión sobre las políticas de derechos humanos. Mientras, legisladoras mendocinas lograron media sanción para se exhiba en todas las escuelas como aporte a la currícula.

Soy parte de esa gente a la que les tocó (no he dejado de leer sobre la peli en el último mes). Intentaré acompañar con una mirada personal, una de cientos de miles, lo que me pasó con «Argentina, 1985». El ánimo no es didáctico ni totalizador, tampoco analítico exhaustivo. Ni siquiera un registro etnográfico. Es el testimonio de un espectador argentino, uno más, que podría ayudar a completar este rompecabezas de un fenómeno que seguirá dando que hablar.

LO QUE ME PASÓ

Lo que sigue, fue escrito hace un mes, la misma noche en que volvimos con mi familia del cine. Está teñido por esa primera impresión:

Una película no es la historia. La historia no transcurre como en las películas. Una película es un montaje de símbolos que combinados generan un nuevo símbolo: un mensaje en un nivel superior de significación.

Entonces llegamos nosotros, revolvemos ese mensaje con nuestras experiencias, ideas y recuerdos, para construir otro nuevo. Muchos espectadores, muchos mensajes. Siempre diferentes. Siempre personales.

“Argentina, 1985”, es una película. Buena. Se basa en la historia, pero elige, prioriza, omite, traduce hechos para convertirlos en una historia. La historia que va a contar. Un significante que vamos a procesar desde nuestro tiempo, nuestro lugar y nuestras subjetividades.

Me conecté desde mi experiencia personal, en relación con esa historia que narra y con algunos de los personajes.

Un gobierno democrático, con todas las debilidades y la voluntad de sus políticos, juzgó a una banda de delincuentes atroces y corruptos, que tomaron con las armas el Estado para transformarlo en una máquina de producir dolor y muerte.

Analizar la película como si fuese un manual de historia es comparar peras con manzanas. El análisis cinematográfico queda en manos de los críticos, que revisan los recursos narrativos de la película. El análisis historiográfico queda en manos de los historiadores, que revisan la correspondencia entre lo contado y su interpretación de lo sucedido. Dos disciplinas diferentes, con sus propias técnicas, para analizar dos cosas bien distintas: hechos y narración.

Me partió la cabeza porque me interpeló como testigo muy modesto de uno de los momentos altos de la Argentina como Estado. También de relevancia universal: un gobierno democrático, con todas las debilidades y la voluntad de sus políticos, juzgó a una banda de delincuentes atroces y corruptos, que tomaron con las armas el Estado para transformarlo en una máquina de producir dolor y muerte.

Entonces, moqueo en la proyección.

DE VUELTA A LA HISTORIA

“Argentina, 1985” me hizo ver que a los 14 años, mientras transcurría el Juicio a las Juntas, no entendí que estaba viviendo un momento glorioso para la Argentina y su democracia. Épico. Quizá el último.

Me incomodó cierto ninguneo a Alfonsín, que hoy lo entendemos como el hombre que hacía falta para que los juicios se hicieran. Fue el que mantuvo la convicción de que los asesinos debían ser juzgados, pulseando con la presión de esos militares que tenían en vilo la democracia, del peronismo que había pactado impunidad.

Su prioridad era evitar un golpe de Estado y consolidar la democracia. Se lo dijo al país.

(Alfonsín) se tomó dos horas para tratar de convencerme: en aquel momento, la prioridad era la democracia, repitió y repitió.

También me lo dijo en privado, en ese departamento de la calle Santa Fe donde, en la película, recibió a Strassera. Yo tenía 26 y lo entrevisté para el diario Los Andes. Al final de la charla, le dije que me había decepcionado con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Se tomó dos horas para tratar de convencerme: en aquel momento, la prioridad era la democracia, repitió y repitió.

Siento que fui injusto ese día. No tenía una comprensión profunda de lo que había pasado y que la película me obliga a revisar. Le hablé de decepción al tipo que le echó en cara a Reagan, de visitante en el Capitolio, que la Argentina era un país soberano. El que encaró a los golpistas. El que jugó a debilitar a los dictadores de la región. Que tuvo que dejar el gobierno por errores económicos propios y maniobras de los mismos que llamaron “reconciliación” a la libertad para los asesinos más crueles, borrando con indultos las condenas a los dictadores y más tarde retomando los juicios pero sin mencionarlo.

ESA VEZ QUE ARGENTINA LO HIZO TAN BIEN

En la película el juicio es pura emoción. Como en los films de Hollywood, los intocables a fuerza de coraje y esfuerzo (con el apoyo de un país que iba abriendo los ojos), pronuncian la frase que tenemos tatuada como testigos de aquella época de primavera democrática: «Nunca más».

Entonces, el estómago se te contrae, los ojos se achinan húmedos y querés abrazar a quién esté al lado viendo la película. Un abrazo de gol en la final del mundial. Decirle: mirá lo que pudimos hacer como argentinos. Fuimos grandes, podemos volver a ser grandes. En ese momento no hay grietas, hay desahogo tras años de decadencia que te quiebran la ilusión de mejorar.

Pero te quedás quieto, seguís paralizado. El optimismo se ha vuelto sospechoso. Festejar la democracia suena ridículo ante el reflujo del fascismo.

Es cierto que siendo un adolescente no entendí la magnitud de lo que estábamos logrando como país. Siendo joven, no supe valorar a aquellas mujeres y hombres que enfrentaron con las leyes el horror.

“Argentina, 1985” me sacudió porque, cuando reprimí ese abrazo de esperanza, vi a mis hijos a un lado. En silencio pero atentos. Uno insistió para que fuéramos juntos a ver la película como una ceremonia familiar. La otra, se emocionó hasta las lágrimas con los testimonios de tortura y muerte de las víctimas de la dictadura.

Es cierto que siendo un adolescente no entendí la magnitud de lo que estábamos logrando como país. Siendo joven, no supe valorar a aquellas mujeres y hombres que enfrentaron con las leyes el horror, incluyendo al propio Alfonsín.

Me siento culposo, en estos tiempos en que los herederos de las ideas de libertad, igualdad y democracia estamos bastante golpeados, mientras el negacionismo se hincha aprovechando el desconocimiento sobre lo que vivimos.

Pero ahí estábamos con mis hijos. Después, tomamos vino y hablamos de la película. De la que yo vi. De la que ellos vieron. Ellos entienden bien la democracia. Así, mis cuentas están saldadas.

Martín Appiolaza

Martín Appiolaza

Magíster en Política y Planificación Social. Docente de postgrados. Director de Relaciones Institucionales de Godoy Cruz. Fundación Viridiana. Periodista resocializado. Director de La Vanguardia.