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Aquello que llamamos amor, ¿sólo es trabajo no pago?

Aquello que llamamos amor, ¿sólo es trabajo no pago?

El Congreso está discutiendo proyectos de ley de cuidados que es urgente. Los más notables, entre los que está el presentado por el bloque socialista, intentan modificar los regímenes de licencia por nacimiento y de cuidados.

Desde hace ya algunos años entró en la agenda del movimiento feminista el cuidado como tema central para entender las desigualdades de género persistentes. Las evidencias respecto al aporte económico que significa el cuidado y el trabajo de las mujeres ya no admite discusión. Las encuestas de uso del tiempo y las cuentas satélites asociadas a ellas presentan evidencia contundente del tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados en los hogares según género, nivel educativo, nivel socio-económico y por cantidad de personas dependientes bajo su cuidado (sean niños/as/es, sean personas adultas con algún tipo de dependencia o personas con discapacidad o limitación permanente).

Estos análisis han permitido estimar el valor económico, es decir, la contribución que este trabajo que no es pago y que se realiza en el ámbito de los hogares, otorga a la sociedad. También han mostrado con contundencia lo que intuitivamente pensábamos sobre los cuidados: la mayoría de las personas que llevan a delante estas tareas son las mujeres, y mientras menos ingresos tienen los hogares más tiempo le dedican ellas. Lo que sin dudas constituye un núcleo de desigualdades de oportunidades, de ocio, de recreación y de calidad de vida, sobre todo, para las mujeres más pobres. 

La pandemia, entre todos sus males aparejados, puso en evidencia la importancia y también las distintas dimensiones -hogareña/familiar/institucionalizada, remunerada y no remunerada- y los diferentes actores sociales que se articulan para llevar a cabo estas actividades (las familias, las organizaciones comunitarias, las escuelas, los jardines, los centros recreativos, estatales o privados) que son, en palabras de Joan Tronto esenciales para la sostenibilidad de la vida de las personas. Durante el 2020 y parte del 2021 cuidarnos implicaba permanecer en el hogar, cuidarnos era sinónimo de mantener higiene casi quirúrgica en nuestras casas,  de planificar estratégicamente cuándo realizar las compras y qué comprar; cuidarnos era estar pendientes de nuestra vecina anciana que vive sola, era llamar por teléfono a esa amiga que estaba maternando en soledad, era buscar actividades lúdicas para que a los más pequeños se les pasaran más rápido las horas de encierro, entre otras múltiples necesidades. 

Tal es así, que a medida que nuestra cotidianidad se vio afectada por las medidas asociadas a enfrentar la pandemia, empezamos a valorar a las personas, a los espacios, a los vínculos afectivos –y por qué no, también a las instituciones- que día a día contribuían a la organización familiar de los cuidados. Redujimos nuestras interacciones con el afuera, con nuestros compañeros de trabajo, con las amigas del club, con la familia extendida, con la comunidad de la escuela, por mencionar algunos. Intensificamos nuestras relaciones con los de adentro, con la familia, con el hogar. En este repliegue encontramos, al menos en su inicio, un tiempo de pausa, de reconexión y de ocio, que por supuesto duró poco y terminó en la mayoría de los casos no sólo con sobrepaso de tareas domésticas, de tele-trabajo entre los más privilegiados, de escolaridad virtual y de problemas de salud mental (como insomnio, depresión, irritabilidad).

HABLAR DE CUIDADOS MÁS ALLÁ DEL TRABAJO DOMÉSTICO Y REPRODUCTIVO

En definitiva, por un tiempo intenso pero corto, fuimos más conscientes de lo que nos da y nos quita la vorágine, de la importancia de parar a mirar nuestros vínculos, y de sus efectos sobre el bienestar propio y de nuestras familias. En otras palabras quitamos el velo a lo dado como natural y mecánico, para empezar a comprender la importancia cardinal que tiene el acto de cuidar de otros, de  cuidarse y de recibir cuidados.  

Entendimos que al slogan “aquello que llamamos amor es trabajo no pago”, se quedaba corto para comprender la compleja trama de vínculos, relaciones, emociones y de labores que implica cuidar. Es en este punto donde me quiero detener: hablar de cuidados involucra mirar más allá del trabajo doméstico y reproductivo. Dar y recibir cuidados impacta sobre nuestros vínculos, sobre nuestras emociones, sobre nuestra salud. Por eso, despojar a este concepto tan amplio de la emotividad, de la ternura, del amor, del sufrimiento y del agotamiento, para sólo enfocarnos en su dimensión de labor- trabajo y de los efectos e impactos para la economía, puede llevarnos a anteponer el carro delante del caballo. 

Por las exigencias laborales en un mercado altamente excluyente y segmentado, que no sólo las desiguales cargas de cuidados recaen sobre las mujeres, sino que también a raíz de ello, no todas las personas tenemos la oportunidad de recibir ni de otorgar cuidados de igual calidad.

Después de este shock producto de la pandemia, ¿por qué seguimos midiendo todo en términos productivos? ¿Por qué seguimos pensando que quien cuida preferiría estar trabajando en el mercado laboral? ¿Por qué continuamos analizando dicotómicamente el uso del tiempo entre trabajo remunerado y no remunerado?; y ¿por qué no centrarnos el análisis del tiempo dedicado al ocio, la recreación, e inclusive, en sociedades tan desiguales y empobrecidas como la nuestra, al tiempo dedicado a las necesidades fisiológicas básicas, como comer, ir al baño y dormir bien? Sobre todo, ¿por qué seguimos anteponiendo las exigencias del mercado?

Después de todo, es en la búsqueda por productividad donde quedamos exhaustos y afectamos nuestra salud y la calidad de nuestros vínculos. Cuando comenzamos a medir todos los aspectos de la vida en relación a su productividad, favorecemos al ámbito que menos está haciendo por cuidarnos: las instituciones del mercado. Salvo cuando desde el mercado se ofrecen servicios de cuidado (como jardines infantiles, residencias de cuidado de larga duración o el empleo de casas particulares), el mercado laboral es el ámbito donde se invisibiliza la centralidad del trabajo reproductivo y de las responsabilidades de cuidado de los trabajadores y las trabajadoras, negándoles a los primeros la posibilidad de ser partícipes de los cuidados, y penalizando a las segundas por ser quienes históricamente cargan con la –casi- exclusiva responsabilidad de cuidar, de criar, de acompañar.

SISTEMA NACIONAL INTEGRAL Y FEDERAL DE CUIDADOS

Es por las exigencias laborales en un mercado altamente excluyente y segmentado, que no sólo las desiguales cargas de cuidados recaen sobre las mujeres, sino que también a raíz de ello, no todas las personas tenemos la oportunidad de recibir ni de otorgar cuidados de igual calidad. Es ahí cuando la comunidad, la familia extendida, los vecinos del barrio, las mujeres del merendero, los grupos de jóvenes de la parroquia y de las agrupaciones políticas, despliegan creativamente artilugios basados en la cooperación y la solidaridad para acompañarse en estas tareas de subsistencia, de sostenibilidad de la vida, de cuidados. 

Estamos ante un momento histórico en materia de políticas de cuidado en el país. El Poder Ejecutivo envió el proyecto de ley “Cuidar en Igualdad” de creación de un sistema federal de cuidados con perspectiva de género al Congreso; la diputada socialista Mónica Fein junto al diputado Enrique Estévez también presentaron un proyecto de ley de creación de un sistema nacional integral y federal de cuidados (por mencionar los más recientes). Estos proyectos no sólo ponen sobre la mesa una discusión urgente, sino que también intentan canalizar las demandas ciudadanas, cristalizan las formas de organización del cuidado comunitario y condensan la actuación legislativa existente que busca modificar los regímenes de licencia por nacimiento y de cuidados, desde hace al menos quince años a esta parte. 

Todo esto resulta alentador para pensar que desde el Estado existe, al menos discursivamente, el compromiso de contribuir a una sociedad más justa, inclusiva y corresponsable. Pero tenemos que tener clara cuál debe ser la función del Estado en la materia, y cuál no es ni debe ser su función. El Estado tiene una función central en garantizar el derecho de todas las personas a dar y recibir cuidados de manera digna, con pisos mínimos de bienestar garantizados en función de los derechos humanos universales conseguidos y amparados en los pactos y convenciones internacionales a los que adhiere. 

Pero debemos ser escépticos/as a que desde el Estado se nos indique cómo delimitar la noción de cuidados, y que con ello se vean limitados nuestros márgenes de acción en función de formas aceptables y no aceptables de cuidar, según los criterios de productividad vigentes. 

Si seguimos poniendo todo el peso de la balanza sobre la conciliación entre las labores de cuidado y el trabajo productivo en el mercado, en base a sus temporalidades, corremos el riesgo de caer en la trampa de creer que todas las relaciones humanas son transables.

Celebremos la politización de los cuidados y reconozcamos que ello se ha logrado en parte, gracias al impulso que las economistas feministas le han dado a la medición continua del uso del tiempo y al cálculo de su equivalente valor económico. Pero no permitamos que se opaquen y se desgarren los planos afectivos y corpóreos del quehacer cotidiano, de la construcción colectiva del hacer cuidados, en pos de eslóganes con discursos unidimensionales donde toda labor sólo tiene valor en tanto se monetariza o se le imputa un precio de mercado. 

Para dar cuenta de la complejidad de la labor de cuidados, tenemos que tener en claro qué le exigimos al Estado como respuesta. La clave es entender que no todos los aspectos de los problemas sociales podrán ser resueltos a través de políticas estatales, y por ello debemos ser estratégicos/as en qué demandamos: si seguimos poniendo todo el peso de la balanza sobre la conciliación entre las labores de cuidado y el trabajo productivo en el mercado, en base a sus temporalidades, corremos el riesgo de caer en la trampa de creer que todas las relaciones humanas son transables, y con ello que efectivamente aquello que llamamos amor, sea simplemente trabajo no pago.

Tensiones cruzadas de la realidad económica argentina

Tensiones cruzadas de la realidad económica argentina

La economía argentina se apoya sobre un conjunto de tensiones socioeconómicas que se caracterizan por tener fundamentos u orígenes parcialmente separables. Se manifiestan y desarrollan sobre un mismo momento institucional que vela estas diferencias en la administración de la divisa de uso internacional en donde, bajo la rúbrica del tipo de cambio, todos los gatos se vuelven pardos.

Analizar cómo tensiones socioeconómicas más o menos separables se cruzan y confunden entre sí, tiene por meta-objetivo tratar de pensar las bases indispensables que rigen los sistemas de coordinación económica a fin de que eviten dificultades propias de las regulaciones cruzadas o indirectas. A saber, que suelen ser ineficientes y muchas veces ineficaces, en segundo lugar, suelen alentar comportamientos especulativos que generan inestabilidad estructural o riesgos sistémicos adicionales ya que acelera e intensifica la conflictividad retroalimentando tensiones.

Veamos entonces con más detalle esta situación tomando cinco tensiones primarias de la economía argentina, cuyos fundamentos serían más o menos separables, más allá de las íntimas y estrechas relaciones que pueden mantener a posteriori. Precisamente es a posteriori donde todas estas tensiones se encuentran y velan sus diferencias haciendo de la regulación y la coordinación un esfuerzo infructuoso, muchas veces contraproducente y finalmente sumamente desmoralizante para toda la comunidad.

En primer lugar, podemos traer a colación la tan mentada inflación distributiva. Esta se define por la capacidad de los principales empleadores y asalariados de sostener una puja por el excedente que se traduce en aumentos permanentes de precios y salarios. Inmediatamente se pone en marcha la actividad económica en la Argentina se desarrolla esta dinámica de precios que pone como base una inflación anual de, aproximadamente, del 20 a 25 por ciento. En el caso argentino, se observa una particular condición (que como veremos se va a repetir en otros casos), ya que los grupos socioeconómicos conservan capacidad para pujar por el producto pero de una forma no coordinada, no orientada, elevado a lema general de “paritarias libres sector por sector”. Esto favorece la dinámica inflacionaria ya que las pautas orientadoras se tornan débiles ante una puja descentralizada. Se trata de un poder inorgánico, sin orientación que contrasta con la estabilidad de precios en países vecinos sobre la base de una asimetría total entre los propietarios de los medios de producción y la fuerza de trabajo. Pero también contrasta con aquellos casos en donde el poder de negociación persiste aunque bajo una unidad de propósito y orientación con la capacidad suficiente de poner límite a esta dinámica nominal.

En segundo lugar, puede agregarse lo que suele denominarse el problema de la restricción externa. Este momento se define por el hecho de que nuestras importaciones se aceleran cuando la Argentina crece, al menos en mayor medida que lo que se aceleran nuestras exportaciones cuando es el resto del mundo el que crece. Esto obliga a la Argentina a mantener en el largo plazo una tasa de crecimiento menor que el resto del mundo a lo que se agrega el hecho de que este crecimiento, limitado por las exportaciones, suele ser insuficiente para emplear en el sector de altos ingresos a la totalidad de la población. En términos generales un tercio de la población queda excluida de los beneficios del progreso técnico general. El origen de esta realidad se halla en la especialización productiva de nuestro país, caracterizado por la incapacidad para producir en la frontera tecnológica bienes de capital o insumos industriales. Esto introduce una fuente de conflictividad interna significativa entre los agentes económicos importadores y exportadores. El crecimiento de los primeros entra en contradicción con la acumulación de los segundos cuando la dinámica de las importaciones se acelera y ello suele implicar una puja muy agresiva sobre el flujo anual de la divisa internacional.

El espacio nacional argentino está atravesado por las mismas tensiones que estructuran a toda sociedad moderna, mientras que el logro de cierta unidad de propósito y reconocimiento mutuo, superando las distinciones socioeconómicas que nos separan, aplica como clave de interpretación general de todo proceso de desarrollo. Incluso esto puede ser pensado de un modo más corpóreo o material.

En tercer lugar, puede mencionarse una situación muy particular de la economía argentina, que suele estar caracterizada por la idea de la fuga de capitales. En rigor, esta tensión se define por el hecho de que los agentes económicos internos acumulan activos externos de muy bajo rendimiento (billetes y monedas) y pasivos externos de altos rendimientos (inversión extranjera directa y deuda pública sobre todo). Esto implica no sólo que la economía en su conjunto no puede movilizar sus excedentes de forma productiva (real o financiera o interna o externamente), sino que además se trata de un proceso de destrucción de riqueza realmente inédito y poco frecuente. Esta tan particular situación encuentra su fundamento en una paradójica situación de elevada conflictividad e inestabilidad interna combinada con una persistente capacidad de la economía nacional de generar y acumular excedentes, apoyada en la disponibilidad de recursos naturales, cierto desarrollo científico-tecnológico, formación y destreza de la fuerza de trabajo, y habilidad empresarial. Suele ser leído también como un problema de bimonetarismo de la economía nacional, lo cual, al igual que la etiqueta de fuga de capitales, puede ser algo engañoso o no reflejar el verdadero problema. Pues no se trata de que “los argentino ahorren en divisa extranjera”, todos los países mantienen excedentes en divisas externas, sino que, por el contrario, se trata de la incapacidad de orientar productivamente dichos excedentes. La economía argentina tiende a destruir su riqueza, literalmente, en vez de establecer mecanismos sustentados en confianzas mutuas entre los agentes económicos, para darle un destino productivo.

En cuarto lugar, la economía argentina (y esto también es un problema de todos los países del mundo integrados al comercio internacional), se encuentran ante la siempre difícil disyuntiva de desacoplar los precios internos de los internacionales, particularmente en aquellos bienes que definen el costo en divisa de la canasta básica y los insumos críticos de las empresas. Me refiero concretamente a alimentos y energía. En el caso de los países exportadores de alimentos o energía, ello parece tener una tonalidad más dramática, y ser interpretado como un problema, o una “enfermedad”. Algo que, en rigor, no puede ser comparado con una situación decisivamente más delicada de debilidad estructural, como es la de países importadores de alimentos y otros recursos esenciales. En estos casos la debilidad es máxima, en particular en momentos críticos o de escasez relativa y requieren esquemas políticos más estrictos, condiciones internacionales favorables que sobre limitan el margen de maniobra y un esfuerzo interno más que proporcional, por ejemplo los países del este asiático. 

De cualquier manera, hay aquí un patrón que se repite, la Argentina se halla en una posición estructural muy sólida en recursos pero no puede aprovechar esa ventaja para lograr una mejora en su posición internacional. La variabilidad internacional de los precios internacionales no logra ser contenida internamente o, si se lo hace, es al costo de una conflictividad creciente. Para ver mejor este problema tómese el caso actual de los precios al alza de energía y alimentos. En primer caso, en el energético, el Estado promueve el consumo de energía bajado su precio relativo subsidiando a los consumidores en el tramo fundamentalmente de la generación (aunque el AMBA agrega subsidios en tramo de la distribución), de modo que las empresas reciben el precio pleno en divisa y no se imponen restricciones (incluso se alienta) al consumo de energía (muchas veces de lujo) pagándose plena la cuenta internacional. Como resultado de ello se crea un poder de compra adicional que presiona en el mercado de la divisa internacional agregando en este punto inestabilidad. En el caso de los precios de los alimentos, el desacople no se realiza mediante un subsidio, sino fundamentalmente mediante detracción directa a los exportadores, mediante impuesto y administración del precio de la divisa. En el caso del impuesto (retenciones) el Estado baja el precio de las exportaciones quitando poder de compra sobre la divisa internacional a los exportadores. En el caso de la administración de la divisa, el Estado quita poder de compra abaratando el precio que recibe el exportador pero lo crea por otro lado abaratando el precio que paga el importador por la divisa. Esta situación permite la acumulación de bienes de capital en los sectores importadores y el abaratamiento de la canasta básica medida en divisa.

En general, la ventajas comparativas de los complejos exportadores, permiten sostener estas detracciones, particularmente cuando se trata de grandes explotaciones sumamente capitalizadas que trazan planes de negocio a escala mundial, y operan en otro nivel, haciendo de las detracciones internas un componente relativamente menor. Sin embargo, existe un extenso espacio de productores internos que alimentan la vida de ciudades intermedias en particular en las provincias pampeanas, y los centros de las grandes ciudades, que encuentran aquí una fuente de descontento y de conflictividad muy intensa ya que sus márgenes sufren ante sustracciones que son directas y visibles.

Finalmente debe mencionarse un último momento problemático de la realidad socioeconómica de la Argentina, que podría resumirse en la fragilidad financiera del Estado argentino a partir de la fuente de desestabilización provocada por la deuda contraída en moneda extranjera. En este caso, se trata de una situación también particular producida por las demagógicas e irresponsables aventuras de endeudamiento externo y entrada masiva de capitales para el aprovechamiento de rentas extraordinarias garantizadas por el Estado. Esto constituye otro golpe directo a la estabilidad del sistema económico y suele ser protagonizado por gobiernos que llegan de la mano de agentes financieros de “la city”. En general todo concluye con un endeudamiento masivo del Estado en moneda extranjera, que supone una presión gigantesca y directa sobre el la divisa internacional que acaba concluyendo con una mega devaluación o hiperinflación, garantizando la posición de los acreedores externos sobre el flujo y los activos argentinos sobre los que ganan posiciones patrimoniales. Se agrega la capacidad permanente de condicionar política y geopolíticamente a los gobiernos altamente endeudados. Martínez de Hoz, Cavallo, Sturzenegger fueron los casos emblemáticos de este tipo de estrategias que suelen terminar con situaciones catastróficas de aguda conflictividad, disolución de la solidaridad mínima, descomposición de las instituciones estatales, como el propio dinero nacional, disgregación territorial y ruptura de unidades familiares, etc. De todas las fuentes de conflictividad esta es, probablemente la más difícil y lacerante de la vida común.

Como puede observarse las cinco tensiones que atraviesan la realidad económica nacional tienen fundamentos diferentes, es decir, orígenes o realidades de fondo al menos parcialmente separables. A posteriori, estas tensiones suelen confluir sobre el activo primario, que al decir de Aristóteles es el término medio, medida de todas las cosas y nomos de aceptación general en la que todas las cosas igualan. En español… las tintas se cargan en la puja por el dólar. En consecuencia, es posible preguntarse cómo administrar estas tensiones que, por otra parte, son generalizables a todas las economías del mundo, con las particularidades del caso que ya fueron señaladas. Para ello es preciso tener en cuenta dos principios con los cuales cerraré estas notas.

Los distintos grupos, estamentos, clases y territorios, que convergen en la unidad del espacio nacional, valoren mutuamente las  actividades productivas que proveen los demás. Requiere que todos estos componente de la comunidad, se comprometan mutuamente con el incremento de la calidad de las actividades que realizan, en una suerte de sofisticación generalizada de nuestra acción material productora del mundo en el que vivimos.

En primer lugar, como puede observarse, en todos los casos se pone en juego una tensión distributiva no cooperativa sobre la base de una unidad nacional que persiste. Es clave observar este sostenimiento que se materializa como una posición positiva en su capacidad de organización y producción de riquezas. Persiste una fuerza social organizada, destrezas productivas, recursos estratégicos, incluso la capacidad para tomar activos externos en condiciones difíciles. Las pujas internas cruzadas ponen en movimiento una dinámica de infinita variabilidad en el tipo de cambio y la existencia de múltiples regulaciones cruzadas que limitan su acceso. Sin embargo esto vela las tensiones distributivas de fondo y, por lo tanto, se percibe de forma generalizada la debilidad estructural de estas regulaciones que suelen quebrarse en el mediano plazo reiniciando el caos monetario-cambiario. En definitiva, es probable que la explicitación de estos traumas distributivos sea algo necesario para trazar un entendimiento mutuo mínimo que proyecte una marco de cooperación general y proyección estratégica que limite la conflictividad y permita activar plenamente las capacidades diferenciales del espacio nacional argentino.

“No se trata de ir sobre un planificación estricta incompatible con la democracia, sino apoyarse en la democracia parlamentaria y el diálogo social para construir marcos que den orientación y objetivos comunes para el de mediano y largo plazo.”

En segundo lugar, lo anterior puede traducirse en la necesidad de diseñar sistemas de coordinación económica que vayan directamente sobre la tensión de base, y no sobre su traducción a posteriori como un problema genérico en el manejo de la divisa que vela las tensiones de fondo. Naturalmente, en última instancia de trata de componer acuerdos distributivos marco que orienten tensiones cruzadas: entre empleadores y asalariados, entre exportadores e importadores, en tres consumidores y productores de alimentos y energía, entre los que prestan y los que piden prestado, entre agentes interno y agentes externos. Establecer pautas de largo plazo para la dinámica de los salarios reales, definir el costo real de la canasta básica (alimentos y energía), la pauta de crecimiento de las importaciones de bienes de capital e insumos, los límites y la funcionalidad del endeudamiento externo, las condiciones financieras que permitan la movilización de los activos financieros de los argentinos, son metas que están en la base de toda sociedad política jurídicamente organizada y constituyen el punto de partida de su proyección en la arena internacional. No se trata de ir sobre un planificación estricta incompatible con la democracia, sino apoyarse en la democracia parlamentaria y el diálogo social para construir marcos que den orientación y objetivos comunes para el de mediano y largo plazo.

La idea de que existen dos “proyectos de país” en un “empate hegemónico inestable”, según los argumentos aquí planteados, resulta una ficción sumamente improductiva. No hay dos facciones, tampoco tres o cuatro. En todo caso, el espacio nacional argentino está atravesado por las mismas tensiones que estructuran a toda sociedad moderna, mientras que el logro de cierta unidad de propósito y reconocimiento mutuo, superando las distinciones socioeconómicas que nos separan, aplica como clave de interpretación general de todo proceso de desarrollo. Incluso esto puede ser pensado de un modo más corpóreo o material. En definitiva lo que aquí se proyecta exige que los distintos grupos, estamentos, clases y territorios, que convergen en la unidad del espacio nacional, valoren mutuamente las  actividades productivas que proveen los demás. Esto, a su vez, requiere que todos estos componente de la comunidad, se comprometan mutuamente con el incremento de la calidad de las actividades que realizan, en una suerte de sofisticación generalizada de nuestra acción material productora del mundo en el que vivimos, y en el que la República Argentina, y toda la América de los Latinos, se realiza.