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Es difícil medir la importancia de los cambios que una sociedad transita, y decidir con algún grado de objetividad si son cambios importantes en términos de la vida de un individuo, de una sociedad, de una cultura o de una civilización. Pero, en cualquier caso, parece cierto que estamos asistiendo a un cambio de una magnitud trascendental, que nos encontramos en una época de transición, aunque no sepamos hacia dónde nos lleva esa transición.

Estamos, creo, ante un momento de cambio que modificará el horizonte civilizatorio del que todos nosotros provenimos. Un cambio que, entre otras cosas, afectará la construcción subjetiva de los individuos, la construcción subjetiva de las comunidades, la distribución del poder en los territorios, la organización de la sociedad. Estamos en las vísperas, si es que no hemos ya entrado, a un modelo social que es difícil todavía describir con precisión porque está en proceso de construirse, y como siempre en la historia la contingencia es fundamental, de modo que la vida de los pueblos y de las personas siempre es algo abierto, no determinado, de modo que nada está condenado a ser algo, una sola y única cosa. Aun así, aun en la confusión de una época de cambios, aun sabiendo que la contingencia y la acción humana siempre pueden torcer el rumbo de la historia, es posible indagar en las señales que vemos para tratar de tener alguna claridad respecto del rumbo al que van las cosas.

Si tuviéramos que identificar a nuestra civilización con algunos rasgos particulares, yo diría que el principal ha sido la convicción acerca de la idea de progreso. Una idea de progreso que se ha transformado en natural: pensamos que eso que llamamos “progreso” es parte de la naturaleza, de la historia del mundo y de las sociedades, aunque en verdad se trate de una construcción cultural según la cual los individuos y las sociedades mejoran y avanzan. En las sociedades de tipo occidental esa idea de progreso estuvo ligada a dos dispositivos: el capitalismo y la democracia. Durante 250 años, el Occidente moderno condujo sus acciones, organizó la acción colectiva, las decisiones individuales, las creencias, los impulsos, los esfuerzos, las energías y los recursos, ordenándolos a favor del cumplimiento de esa idea.  Una idea que, como diversos teóricos han apuntado, es quizás una versión secular de una idea de matriz religiosa (particularmente cristiana): la de que vamos a un final mejor. La secularización de ese “finalismo” constituyó la base de los últimos siglos de la historia occidental.

Los dos dispositivos concomitantes a esa idea eran, como mencioné anteriormente, el capitalismo y la democracia. Sin embargo, éstos mantuvieron una relación de tensión durante buena parte de la modernidad. Aunque algunos los han visto como una unidad inseparable -sobre todo desde la derecha-, el capitalismo y la democracia fueron fuerzas en conflicto, en pugna, fuerzas que no se llevaron bien durante buena parte de la historia. Con toda seguridad, fue durante la segunda postguerra cuando ambos dispositivos parecieron tener su mejor momento de conciliación. Aquel momento que un economista francés llamó “los treinta años gloriosos”, comprendidos entre 1945 y 1975, demostraron que capitalismo y democracia, aun siendo fuerzas en tensión, podían ser conciliables (teniendo en cuenta un marco político y, por supuesto, un contexto histórico). Fueron años, sobre todo en Europa Occidental, de pleno empleo, de crecimiento, de distribución de los bienes públicos, de propensión de las sociedades hacia una homogeneidad cultural, social y económica creciente. Se produjo entonces la convicción de que las nuestras iban a ser sociedades de clases medias, igualitarias, y que el principal vehículo de la movilidad social era la educación.  Esa política, que ciertamente puede ser calificada como “socialdemócrata”, tuvo también su éxito debido a la existencia, del otro lado, de la Unión Soviética. El capitalismo debía demostrar que no solo podía ofrecer más libertades, sino que también podía tener propensión a la igualdad. Las ideas del socialismo democrático operaban bien en ese contexto.

Esas ideas y ese mundo comenzaron a descomponerse en la década de 1970. Si bien en ese entonces no lo veíamos con claridad, resultó a la larga evidente que se estaba produciendo un agotamiento del consenso socialdemócrata. Ese matrimonio forzado de la democracia y el capitalismo dio muestras de un cansancio profundo que se evidencia, con mayor intensidad, en estos días. Tras treinta años de progresivo abandono de ese matrimonio forzado, encontramos un mundo en crisis. Pese a que ha habido muchos intentos de conciliación, de mediadores, de terapias de pareja, el capitalismo y la democracia no se están llevando bien.

La pregunta que se impone, entonces, es la razón por la que este matrimonio de conveniencia no puede llegar a un nuevo acuerdo. Y la razón parece ser bastante nítida: porque no están en condiciones de seguir alimentando la idea de progreso, que fue la que permitió que coexistieran sin armonía durante mucho tiempo y armónicamente durante poco tiempo. El problema es que el divorcio nos está trayendo problemas.

El divorcio progresivo pero acelerado lleva a un detenimiento de la movilidad social ascendente y a una crisis de la creencia de que el ascenso social dependía del mérito y del esfuerzo (idea que era, por supuesto, reforzada por unos parámetros de acceso muy distintos a los de hoy). El divorcio está trayendo un problema para los ciudadanos: casi ninguno concibe que su destino vaya a ser mejor que su punto de partida. Cada vez más personas están condenadas a morir en condiciones mucho más semejantes a las que tenían en el momento de nacer que a las que pueden producir individual o socialmente a través de la movilidad social y el progreso. Una vez más, el lugar de nacimiento, podríamos decir que el código postal, es el predictor más importante de las posibilidades que cada uno de nosotros tendrá a lo largo de su vida.

Pese a que hay muchas razones que explican estos procesos, quisiera detenerme en una en particular: la que hace referencia a la capacidad recuperada de las élites de dejar de compartir el destino de las sociedades en las que actúan. La modernidad occidental introdujo una transformación radical que fue la de comprometer a las élites con el destino de sus sociedades. A diferencia de las sociedades tradicionales (la feudal sin ir más lejos), en la que el destino de las élites era independiente del destino del pueblo, en la sociedad occidental burguesa de la modernidad para que un empresario prosperase la sociedad debía prosperar (lo deseara o no el empresario); para que los negocios se desarrollaran la paz social debía ser garantizada; para que los intereses del capital pudieran avanzar la sociedad en su conjunto debía avanzar, porque era necesario tener una fuerza de trabajo educada, tener consumidores con capacidad de adquirir los bienes que el capitalismo ponía en el mercado, tener una burocracia formada que fuera capaz de administrar las condiciones necesarias para que el capitalismo se desarrollara. En el capitalismo financiero primero, y en el capitalismo digital actualmente, las élites han desacoplado su destino del destino de las sociedades nacionales. Esto se manifiesta en aspectos sociológicos, pero sobre todo en aspectos económicos. La fuga de la fiscalidad es el principal de ellos. El modo en que los capitales financieros y los capitales digitales han abandonado todo compromiso con la fiscalidad local y han desarrollado los mecanismos necesarios para garantizar que sus negocios no estén alcanzados por la mano de un Estado (que había sido alimentado por ellos mismos en alguna época) es uno de los rasgos fundamentales de la época. En los viejos tiempos del capitalismo social, las cosas funcionaban de otro modo. Esquemáticamente (y simplificando mucho) diríamos que el Señor Ford necesitaba que sus obreros compraran sus coches Ford, pero también necesitaba que el Estado creara escuelas para que los trabajadores adquirieran las capacidades necesarias para la producción y las formas de sociabilidad que les permitieran insertarse en la dinámica del capitalismo industrial, y carreteras para que los coches pudieran desplazarse y fueran más interesantes y más demandados, y unas condiciones de salud que evitaran la perdida de horas de empleo, y unas condiciones sociales que evitaran el conflicto social, ya que éste atentaba contra el desarrollo del capital y ponía en riesgo los activos del capital. Ese es el mundo que, aunque estoy presentándolo sin sus complejidades, se ha acabado.

El escenario en el que vivimos se caracteriza por situaciones muy distintas de aquellas. Frente a los viejos Estados empoderados, tenemos Estados Nacionales que han perdido soberanía. Tenemos, además, corporaciones transnacionales que se han desacoplado del destino de las sociedades nacionales. Y contamos con la capacidad de predecir la conducta individual y colectiva a partir de la extensión de la inteligencia artificial (que además habilita la propia orientación de la demanda). El mundo en el que vivimos contiene formas del capital que no solo no le temen al conflicto, sino que se benefician de él. Durante el período de la “primavera árabe”, Facebook no temía que sus activos fueran amenazados por la insurgencia, sino que capitalizaba los usos de sus servicios, que a la vez permitía vender información a gobiernos, a medios, a agencias de inteligencia. En la crisis social chilena, Whatsapp no estaba atemorizada por las revueltas, sino beneficiándose de ellas. El capitalismo digital no se siente acorralado en el conflicto: se fortalece en él.

¿Pero qué ocurre con los niveles nacionales en este contexto? Primero, se ponen de manifiesto los problemas de representación política. El cambio de configuración del capitalismo, ha modificado la estructura tradicional de partidos. Durante muchos años asistimos a dos tipos de partidos fundamentales: el partido de los progresistas, de los socialdemócratas, de la izquierda (que representaban al mundo obrero) y el partido de los conservadores (que tenían una mejor relación con el mundo de las élites). Esto, por supuesto, tuvo sus modulaciones particulares en regiones como América Latina, una región en la que intervenían las fuerzas políticas y el llamado “partido militar”. Pero la estructura general puede pensarse con esas modulaciones también en la región. Diríamos que había partidos vinculados a los intereses del capital y otros vinculados con los intereses del trabajo.

En nuestro país, pero también en otros de la región (México, Brasil, Bolivia), hemos tenido el problema de que ha habido fuerzas políticas que han representado “todo” y “nada” a la vez, por lo que el esquema clásico debe ser repensado para nuestras latitudes. Aun así, en algunos países como Uruguay o Chile, encontramos esa representación clásica: un Partido Socialista (junto a Partidos Comunistas) representante de la identidad del mundo del trabajo, y partidos conservadores (y en muchos casos reaccionarios) representantes de las posiciones de las élites-. Todos sabemos que esta idea de la representación política ha desaparecido. Tenemos sociedades fragmentadas en las que el trabajo ha perdido la primacía, en las que el capital busca formas de representación completamente distintas, y en las que han emergido un cúmulo de identidades múltiples que no caben en las viejas representaciones tradicionales. Tenemos sociedades más complejas que las del pasado:  trabajadores fabriles pero que también son militantes activos de la comunidad LGBTIQ, empresarios que son ambientalistas, hay una infinidad de combinaciones que hacen imposible que la representación política funcione como funcionó durante buena parte del siglo XX.

La respuesta que la política dio a esto ha sido abandonar la opción programática para hacerse cargo de la opción emocional. Es decir, pasar de la interpelación intelectual a la interpretación emocional como base para capturar la representación. En nuestro país esto se expresa en una opción binaria que es la de quienes dicen representar a la democracia republicana y la de quienes dicen representar a los intereses de los sectores populares. La inexistencia de definiciones programáticas claras es evidente. Por el contrario, se produce una gestión cotidiana apuntalada por discursos de tipo emocional durante los períodos electorales.

La política, entonces, se ha convertido en el arte de convocar emocionalmente, en lugar de un modo de persuadir ideológicamente, programáticamente, intelectualmente. Este es un primer problema. Pero hay un segundo inconveniente vinculado a él: el de la carencia -o la plasticidad- de las definiciones ideológicas. Si bien es un problema extendido alrededor del mundo, en Argentina se exacerba por nuestras propias características y por nuestra propia historia. Tenemos una derecha que no asume que es de derecha, un peronismo que puede serlo todo, y una inmensa multitud de actores que se reivindican de izquierda, compitiendo con quienes yo creo que son la izquierda: las fuerzas de la izquierda democrática socialista que no desconocen las tradiciones liberales de formas de gobierno, a la vez que apelan al socialismo como forma de gestión de lo común.

A todo esto, debemos añadir un problema adicional. Y es la variable del tiempo. Nosotros podemos entender la política en un sentido tradicional -como la capacidad de imaginar un futuro colectivo-, ya que ningún individuo puede imaginar un futuro colectivo y mucho menos conducir un futuro colectivo. La política es aquello que permite organizar la acción colectiva para que el tránsito del presente al futuro no sea aleatorio, no esté subordinado a las fuerzas dominantes, a las inercias de lo preexistente, sino a las decisiones que una comunidad adopta a partir de la discusión informada de las alternativas posibles. Así, en lugar de ser cautivos de las fuerzas del pasado que harían que el futuro sea “más de lo mismo”, gracias a la política las comunidades construyen su autonomía, y deciden sobre su destino. En las décadas comprendidas entre 1930 y 1960 podía haber guerras, pero si no había guerras difícilmente el futuro iba a ser algo muy distinto que el presente en términos civilizatorios. Lo voy a decir con dos ejemplos. El primero es clásico: una persona entraba a los 20 años en un trabajo y se jubilaba en ese mismo trabajo a los 65 años, fuese este en una fábrica, en una oficina o en una profesión liberal. Un estudio del presidente de la Asociación de Universidades de Estados Unidos presentado en el año 1998, decía que un estudiante universitario que egresara de la universidad en el año 2000, para mantenerse activo en la vida profesional, iba a tener que estudiar el equivalente de cinco carreras universitarias, cuatro de las cuáles todavía no existen. Un profesional médico egresado de la universidad argentina en 1950 sabía el 90% de los conocimientos con los que iba a tener que contar a lo largo de toda su vida profesional. Un profesional médico que sale de la universidad argentina hoy, sabe el 10% de lo que va a tener que saber para mantenerse activo en el futuro. Este es solo un ejemplo. Nuestro futuro tiene un nivel de imprevisibilidad y de incertidumbre mucho más alto que los futuros de tiempos pasados, y eso hace mucho más difícil la producción de una política programática, porque no solo nos exige pensar cómo reorganizamos lo que existe en el presente en aquel futuro, sino también suponer qué va a ocurrir en el tránsito hacia ese futuro. Esto añade desafíos permanentes y distintos y se constituye como algo que racionalmente no podemos aceptar: no podemos suponer que sabemos lo que va a pasar dentro de 20 años, para que nuestras políticas públicas pensadas hoy tengan sentido en escenarios que nos resulta muy difícil imaginar.

Reconozco que he pintado un panorama difícil y algunos dirán apocalíptico. Pero considero que esto no debe hacernos perder de vista algo central. Este panorama es transformable. Lo que tenemos es producto de la mala política, de la desigualdad, de un capitalismo extractivo, de una clase política extractiva, de un sindicalismo corporativo y corrupto, de un conjunto de tomadores de rentas en todo el espectro de la sociedad que bloquean permanentemente cualquier intento transformador para perpetuar o agravar esa situación.

Creo que, en este marco, la izquierda democrática en el mundo enfrenta grandes desafíos. La construcción de una agenda política debe partir de reconocer estos problemas, no de disimularlos, tampoco de pretender resolverlos aquí y ahora, pero sí de reconocerlos. Debemos partir de la idea de que hoy tenemos una dificultad estructural para dar el tipo de respuestas omnicomprensivas, programáticas y de largo plazo que nos gustaría poder dar. Y tenemos que iniciar un proceso de renovación permanente de los programas. No se trata de la refundación de un programa para los próximos cincuenta años, sino de la idea de que hay problemas estructurales: la desigualdad, la autonomía, la justicia. Son problemas estructurales que van a ir teniendo rostros diferentes, porque las causas, los actores, las formas de resolverlos, van a ser crecientemente distintas. Ahí es donde el socialismo democrático debe estar.

AMIA: la memoria que no puede descansar

AMIA: la memoria que no puede descansar

Se cumplen 25 años del atentado a la mutual judía AMIA, la herida sigue abierta y el grito unívoco por justicia resuena entre familiares y sobrevivientes de uno de las tragedias más terribles que sufrió la Argentina. Los recuerdos están intactos y la sensación de que la Justicia no dio respuesta está presente en familiares y sobrevivientes.

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MEMORIA DEL PRESENTE

“Después de largos años lo que se siente es desazón. Hoy la impunidad le está ganando a la justicia y a la razón y creemos que, desde hace muchos años, no se está poniendo toda la voluntad política para que la Justicia tenga pruebas y quiénes son los responsables del atentado. Por otro lado, nunca se estudió la conexión local, lo cual nos desilusiona porque no se está investigando. A nivel personal, el hecho de ser sobreviviente del atentado (que nadie debería pasar) me genera una responsabilidad extra que es la de luchar por justicia. Pensemos que ya hay generaciones que ya han nacido después del 18 de julio y unas de las misiones que tenemos muchos familiares y víctimas es ejercitar la memoria. Contar lo que pasó y no olvidar que hubo dos atentados -el de la Embajada de Israel y el de AMIA- para que hechos de esta envergadura no vuelvan a ocurrir nunca más”, sostiene Hugo Fryszberg, sobreviviente.

“Para nosotros el 18 de julio son todos los días del año. Cada vez que se da un nuevo aniversario en la comunidad general se potencia el recuerdo y el reclamo, pero para nosotros los familiares de personas que fallecieron en el atentado son todos los días de nuestras vidas” afirma Luis Chichewsky, familiar de una de las víctimas del atentado.

LOS AVANCES DE LA CAUSA EN LOS ÚLTIMOS AÑOS

Frente a la consulta sobre los avances de la causa durante el último gobierno kirchnerista y las gestiones del actual, Chichewsky lamentó: “ La causa no tiene avances significativos, no pasa con quien ejerce el gobierno. Lo que ocurrió en todo momento fue la politización de la causa, que fue, por ende, lo que hizo que la causa esté en este momento en cero de nuevo”. Chichewsky centra sus críticas fundamentalmente sobre el Poder Judicial, aunque resalta que en 23 años los avances fueron pequeños, tal como «la aparición del fallecido número 85, los nuevos ADNs”.

[blockquote author=»» pull=»normal»]“Para nosotros el 18 de julio son todos los días del año. Cada vez que se da un nuevo aniversario en la comunidad general se potencia el recuerdo y el reclamo, pero para nosotros los familiares de personas que fallecieron en el atentado son todos los días de nuestras vidas” afirma Luis Chichewsky.[/blockquote]

“Tanto en los años del kirchnerismo como con el gobierno de Macri no están haciendo mucho por que la causa avance. La Justicia es la que tiene que hacer y no debería tener injerencia el poder político, pero en los últimos tiempos el poder político lo único que hizo fue encubrir a sus ‘amigos’. Como por ejemplo el por entonces Jefe de Gobierno Mauricio Macri designó como Jefe de la Policía Metropolitana al “Fino Palacios”, a pesar de nuestras advertencias solo recibimos maltratos y difamaciones y nos tildaron de opositores políticos. Al final teníamos razón. La política entorpeció la causa, lo mejor que pueden hacer es dar los recursos para que las fiscalías tengan acceso a los archivos secretos y poder catalogarlos y ver las diversas conexiones locales” afirma Hugo Fryszberg, en su calidad de sobreviviente y, desde entonces, incansable luchador contra la impunidad.

EL RECUERDO DE ESE DÍA

(FILE) A man walks over the rubble left after a bomb exploded at the Argentinian Israeli Mutual Association (AMIA in Spanish) in Buenos Aires, 18 July 1994. Argentinian prosecutors formally charged Iran and the Shiite militia Hezbollah 25 October 2006 in the 1994 bombing of the Argentine Jewish Mutual Associationa in Argentina, which killed 85 people and injured 300. Prosecutors called for the arrest of top Iranian authorities at the time, including then-president Akbar Hashemi Rafsanjani. Next July 18 marks the 20th anniversary of the attack. AFP PHOTO/ALI BURAFI

Chichewsky recuerda ese día como si fuera ayer y no puede evitar emocionarse, todos los días revive detalle a detalle del momento en que su vida cambió para siempre, como un designio caprichoso y trágico del destino.

De esa manera detalla: “Los que estaban en el edificio de AMIA eran mi señora y mi hija Paola de 23 años. Era el primer día de vacaciones de ella. Paola era estudiante de Derecho en la Universidad dada la cantidad de trabajo que teníamos ese día en AMIA, le pedimos que vaya a dar una mano”. El tono de voz de Luis cambia cuando empieza a describir a su hija: “Era nuestra hija del medio, era chiquita y tenía una fuerza y energía tremenda, era como una locomotora, lo que se proponía lo conseguía. A veces la gente naturaliza el número 85 al hablar de los muertos del atentado, pero se olvida que detrás de eso había personas con proyecciones, con sueños que ese día se esfumaron”.

Hugo Fryszberg relata el día del atentado con minuciosos detalles, los olores, las sensaciones y el terror.

[blockquote author=»» pull=»normal»]“Un sobreviviente de AMIA es una persona que estaba en el momento justo en el lugar de la tragedia. Después de lo que vivió, lleva cicatrices imperceptibles y que nunca van a cerrarse” expresa Hugo Fryszberg.[/blockquote]

“Yo era subjefe de personal de AMIA, ese día era lunes, entré a las 8 de la mañana a mi trabajo, tenia mi despacho en el segundo piso. A las 9:53 de la mañana escuché un estruendo y pensé que había ocurrido una explosión en el aire acondicionado. A los dos segundos se escuchó un estruendo mucho más fuerte. Hubo ruidos de mamposterías, vidrios, el techo se agrietó todo” rememora sin titubear Fryszberg.

El oficinista, por instinto, se agarró de la cabeza, se tiró abajo del escritorio, tras los estruendos solo vino una paz, un silencio y un denso humo negro. Fryszberg recuerda los olores: en ese momento el humo se llenó de una pestilencia ácida, los peritos posteriormente indicarían que era el amoníaco de los componentes de la bomba que estalló lo que lo provocaron.

“Había muchos gritos, desesperación. Vi un boquete gigante, faltaban 50 o 60 metros. El edificio ya no estaba, bajé por una escalera y salí por un patio en el contrafrente del edificio por una medianera. El panorama era dantesco. Los edificios no tenían frente, estaban pelados. Ahí me di cuenta de lo que había pasado, estaba vivo. Salí por Uriburu, deambulé por Pasteur, había muertos tirados en el piso. Era un caos total. Por cuestiones laborales. regresé al lugar, a buscar documentos. Cuando bajaba por una escalera entré a mi oficina y antes de agarrar lo que me pedían vi el portarretrato de mis dos hijos de 6 y 3 años, fue mi retorno a la vida, lo abracé, lo besé y logré mi cometido”.fryszberg-hugo

Fryszberg recuerda que en ese momento sentía un frío sepulcral y después de hacer reconocimientos por orden de sus jefes en el Hospital de Clínicas, se retiró y tomándose el subte, se retiró a su domicilio. “Al otro día tuve que volver a trabajar al lugar porque todos los empleados del sector estaban muertos” sentencia con crudeza.

“Un sobreviviente de AMIA, o de cualquier atentado, es una persona que estaba en el momento justo en el lugar de la tragedia. Después de lo que vivió, lleva cicatrices imperceptibles y que nunca van a cerrarse”. Las cicatrices de Hugo son las mismas que las de Luis. Las mismas que las de cientos de familiares y víctimas. Cicatrices que aún duelen. Y duelen más por los 25 años que dura la impunidad. Frente a ello, la memoria no puede descansar.

Los mundos posibles

Los mundos posibles

La universidad reformista siempre tuvo como uno de sus objetivos estar en contacto con la sociedad, la extensión universitaria el vehículo escogido para hacerlo. A pesar de las dificultades y desafíos, existen iniciativas que, como los centros de extensión universitarios, intentan tender puentes y derribar muros. 

“Todos nosotros sabemos algo. Todos nosotros ignoramos algo. Por eso, aprendemos siempre.”

Paulo Freire

 

Existen tantos modos de entender la realidad como realidades existen a nuestro alrededor. Esa simple premisa, en ciertas situaciones, se convierte en un mantra. Abordar un territorio implica deshacerse de preconceptos, estructuras y anclajes que uno trae consigo. Implica animarse a bucear en un mar de desafíos, muchos de ellos de difícil resolución, pero también de otros que generan una enorme satisfacción.

¿Cuántas veces escuchamos que “la Universidad la pagamos todos con nuestros impuestos pero llegan pocos”, o que “es necesario que la Universidad esté cerca de la gente”? Esas verdades indiscutidas demostraron durante décadas la combinación del abandono y la búsqueda de manutención del statu quo de parte de las grandes corporaciones políticas e institucionales del mundo educativo, sumados a un notable desinterés en discutir desde la praxis un modelo de extensión de cercanía y reciprocidad. Por decisión de la gestión del ex Rector Francisco Morea (a quien recordamos con cariño todos los días), aparecieron elementos disruptivos en el horizonte educativo de Mar del Plata y la zona, dispuestos a desarrollar otro enfoque: los Centros de Extensión Universitaria, ubicados en (hoy ya) nueve puntos estratégicos de la ciudad y sus alrededores.

[blockquote author=»» pull=»normal»]Abordar un territorio implica deshacerse de preconceptos, estructuras y anclajes que uno trae consigo. [/blockquote]

Los Centros de Extensión Universitaria tienen como objetivo generar un nuevo ámbito de articulación entre la Universidad y la comunidad. Construidos colectivamente, parten de la premisa de que la educación puede ser una generadora de oportunidades y equidad. Funcionan en sedes universitarias ubicadas en diferentes barrios de la ciudad, donde se trabajan temas relacionados con la promoción de las carreras universitarias, orientación vocacional, el ingreso y permanencia, sistema de becas, entre otros. Además, con el objetivo de mejorar la calidad de vida de vecinas y vecinos de cada barrio, las distintas sedes cuentan con convocatorias específicas de Proyectos de Extensión, a través de los cuales se desarrollan propuestas concretas a problemáticas detectadas allí.

Tengo ganas de contarles una historia que sucedió en el norte de Mar del Plata, y que resume en ella tanto más que lo que se podría seguir explicando o describiendo.

Marcos tiene veintidós años. Dejó la secundaria a los quince porque tenía que trabajar, su papá falleció trabajando en una obra en construcción. La terminó a los diecinueve, en el marco del plan FINES que funciona en la Sociedad de Fomento de su barrio. El año pasado, durante la muestra educativa de la Universidad que se hace en el Centro de Extensión, vino a preguntar los requisitos para estudiar Ingeniería, entusiasmado porque había conseguido un trabajo que le permitiría un tiempo para empezar a cursar. Se sorprendió al saber que el trámite de inscripción era gratuito y sencillo. Una hora después volvió, pero con Susana, su mamá. Tiene cincuenta y nueve años, trabaja desde hace cuarenta cuidando ancianos, y me contó que su sueño era estudiar Trabajo Social. Ambos sostienen el hogar familiar, que comparten con los otros tres hermanos de Marcos. Susana anotó en un cuadernito gris todos los requisitos, se llevó el plan de estudios de la carrera y se fue sonriendo con su hijo. Sentí que esa mañana el futuro de ambos había dado un (hermoso) vuelco. También supe que, sin un acompañamiento real y duradero, el sueño podía quedar trunco. Hay que romper con la barrera invisible del “no está hecho para mí”, y eso implica una nueva forma de concebir la conexión entre la institución educativa y el territorio, despojada de la tesis asistencial que ha nutrido voluntaria o involuntariamente a la Universidad durante décadas, y, muy por el contrario, debe estar dispuesta a interpelarse “hacia adentro”, por fuera de la capacidad de cada institución de hacer frente a su demanda local. La incomodidad implica hacerse cargo y empezar a accionar de una manera distinta, mucho más allá de las recetas tradicionales que, en un contexto de profunda crisis económica como la que vive nuestro país, han dejado cada vez más atrás esa idea fuerza de la educación superior como eje de ascenso y movilidad social.

[blockquote author=»» pull=»normal»]Hay que romper con la barrera invisible del “no está hecho para mí”, y eso implica una nueva forma de concebir la conexión entre la institución educativa y el territorio, despojada de la tesis asistencial que ha nutrido voluntaria o involuntariamente a la Universidad durante décadas.[/blockquote]

En la cotidianeidad, también es necesario decirlo, presenciamos escenarios de violencia en diversas formas, vimos en su faceta más descarnada a la ausencia del Estado, nos topamos con la miseria del egoísmo, aprendimos que el esfuerzo individual para satisfacer una demanda colectiva en muchos casos no alcanza, volvimos llorando alguna vez a nuestras casas. Comprendimos que el esfuerzo que se realiza en cada institución o red barrial, por fuera de cualquier día u horario, responde la mayoría de las veces a un acto de solidaridad y de amor encomiable.

La realidad es que todo cuesta muchísimo más sin un Estado presente en el territorio que acompañe este tipo de iniciativas, pero en medio de tanto dolor y tanta desidia, algo mutó. Hemos fortalecido la certeza de que ya no son iguales que antes los mundos posibles, que hay muchas historias como las de Marcos y Susana que están por llegar, que ya nacieron nuevos futuros, que queremos transformarlo todo, aunque si logramos transformar una sola historia, en algo hemos cambiado al mundo también.

Un buen tipo

DE LO QUE PASÓ

Luis, querido Luis. Luis querido. Mi idea era escribirte esto antes de la votación pero no podía o, mejor dicho, no quería canalizar en estas letras lo que siento y pienso. No me siento bien, menos cómodo. Te cuento que ya pasaron dos Congresos del Partido Socialista, también una reunión de mis compañeras contigo. Pasaron todas las ponencias en las respectivas comisiones de la Cámara de Diputados, ponencias que tuvimos la oportunidad de seguir los que estamos interesados en el tema: en la igualdad. También pasaron tus 23 puntos explicando por qué votás en contra. Pasó tu entrevista en donde afirmabas que “…cuando me fueron a buscar ya sabían lo que yo pensaba” y “hablo siempre de las encíclicas papales”. También pasó ya tu discurso, con voz temblorosa, que defendía tu posición en el Congreso y, obviamente, la carta de intelectuales de la izquierda democrática que le enviaron a Miguel y a Antonio -viste que nosotros, los socialistas, nos llamamos por el nombre-. Y paso a contarte:

QUÉ ES UN MILITANTE

Es un varón, es una mujer. Desde que se levanta hasta que se duerme busca que este mundo del que somos parte sea un poquito menos injusto. Y oíme lo que digo, porque hablo del militante. No estoy hablando de gobiernos ni de gestiones que también demuestran con el más puro empirismo el porqué debe legislarse en pos de la interrupción del embarazo no deseado. El resto del mundo y Santa Fe es un faro que ilumina el camino en este tema. Y tampoco voy a usar en esto la palabra “neoliberalismo”. Te voy a hablar desde el amor porque me parece que la racionalidad en este caso da sobrados motivos para, si te gusta el término, justificar la interrupción voluntaria.

QUÉ ES UN MILITANTE SOCIALISTA

No lo hace un militante socialista su formación política, si es más despierto o no que otro para analizar la realidad o si se dedica más tiempo a lo partidario o el cargo que ocupa. No. Tampoco vamos por el mundo tratado de convencer a la gente que su religión, sus ideas o su creencias son las equivocadas. Como socialista no quiero que dejes tu religión de lado ni que abjures de tu Cristo. La mayoría de los militantes no te conocíamos, nunca habíamos tenido la oportunidad de hablar contigo, como con otros muchos. Pero nosotros, ellas y ellos, depositamos nuestra confianza en las personas que pusimos para armar las candidaturas y las campañas. No todo nos gusta, no todo nos convence. Pero: ¿somos tontos? No, simplemente amamos lo que hacemos. Y estamos aprendiendo. Somos convencidos por nosotros mismos. Salimos a la calle porque queremos. Aprendimos a aprender y así aprendimos que no cualquiera puede llevar nuestra voz al Congreso de la Nación. Un militante socialista es un sujeto dispuesto a aprender.

DE LAS CONVICCIONES Y LA MUJER SOCIALISTA

Porque mirá, esa silla que ocupás, fue la primera banca que ocupó el socialismo en América. Un partido político que se inició enseñándole a leer un grupo de inmigrantes europeos. Desde una banca solitaria se dio el ejemplo de cómo puede luchar una minoría con dignidad. Aprender. Aprendió que los jóvenes necesitaban una universidad al servicio del pueblo y caminó con ellos. Alfredo Palacios no solo nos representó con sus convicciones -él también muy cristiano como vos y otros más socialistas- sino que le arrebató desde un asiento de madera y cuero derechos para los trabajadores, cuya situación era paupérrima. Le arrebató de las fauces de la muerte, del maltrato, el anonimato y la degradación humana una ley que hará que la humanidad lo recuerde hasta el fin de la historia. Él promovió desde su banca solitaria allá en un rincón del mundo una ley que prohibía la Trata de Blancas. Es más llamativo que en inglés se la denomine “Esclavitud Blanca”. Aprendimos de él a construir desde las minorías, desde la soledad, desde una simple banca de madera y cuero y sin micrófono. Pensalo, sin redes sociales ni internet. Sin teléfonos. Sigo sin mencionar aún al liberalismo, al capitalismo, al neoliberalismo, y muchos etcéteras.

Pero más que de varones te quería hablar de ella. No veía la hora de hablar de ella. La mujer y más aún, la mujer socialista. Vino ella, una señorita inglesa, junto con otras varias, incipientes. Orgullosas. Quién no vibró al escucharla contar ya de muy jovencita sobre la experiencia de la Comuna de París pero no porque lo había leído de Karl Marx. Sino de boca de su propio padre, un militante revolucionario que predicaba que la burguesía en la Revolución Francesa había reemplazado a la nobleza pero que no habían llegado para mejorar la vida de las mayorías del pueblo francés. De ella aprendimos, ya hace 116 años, que la mujer no es un adorno del varón y tampoco está atada a la familia. Ella fue médica y un cuadro político que no volvió a tener nuestro partido. Mi partido. No hay varón que le llegue a sus tobillos. Su pensamiento, elocuencia, inteligencia deslumbraba a los varones de su época y a los de hoy. Su profesor del secundario -que años después llegó a la presidencia de la nación-, años mayor que ella, encontró en la jovencita a una igual. La realidad le pegó la cara. Los varones del partido quedaban helados ¿imaginás la cara de José Ingenieros y el rosarino Enrique del Valle Ibarlucea al conocerla? No me alcanza la imaginación.

Médica ginecóloga cuando no existía tal especialidad. Escribió en las mismas publicaciones internacionales junto con Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin. Madre. Tres veces madre. Sufrió los ataques del peronismo que prendía fuego las casas socialistas. Fundadora de la APDH y luchadora incansable por los derechos humanos y las luchas de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. Y caminó con ellas. Una mujer de paz. Una mujer. Así como muchas otras que veo en el día que son como una aplanadora que te pasa por encima. Si Jesús se la pasaba con las prostitutas y ladrones y ella también lo hacía ¿cuál es la diferencia entre él y ella? Ella, Alicia Moreau -aún no le puedo decir “de Justo”.

SOBRE LAS CREENCIAS

No me quedan dudas de que el error es nuestro, de los socialistas. Tampoco voy a utilizar experiencias personales porque cada uno tiene la suya. Pero lo que sí sé es que nunca hay que creérsela. Creíste que todo esto se trataba de vos y de tu fuero íntimo. Te la creíste. No es sobre vos y los tuyos. Esto era sobre nuestras mujeres, esas que se chuparon el frío en las peatonales, en las calles. Que armaban la mesa de campaña bajo la lluvia, el sol, el viento. Que llevaban orgullosas cajas con la estampa de tu cara, tu nombre y apellido en el frente. Tu apellido en los banners, en las pancartas y la cartelería. Que escribían mensajes y daban debates y el porqué era conveniente votarte. Muchas cosas de vos no sabían, no sabíamos. Ellas que no titubearon en decirle al vecino, vecina, amigos y amigas que eras un buen tipo, que es uno nuestro y que nos representa. Nos equivocamos y aprendimos. Podrías haberte abstenido, haber faltado, haber planteado tu posición y votar afirmativo. Eso no te hace menos cristiano porque tu fe es una promesa para un plano inmaterial. Acá, en este mundo, ellas, pueden caminar erguidas y verte a la cara ¿vos podrás?

Nunca fuiste claro y guardaste silencio. Y tuviste muchas oportunidades de hacerlo explícito pero hoy por hoy nos mandás a suponerlo por mencionar al Papa. ¿Un socialista no puede mencionar a un Papa o una encíclica? ¿No hay acaso socialistas cristianos?

Dicen que cuando una mujer avanza, no hay varón que retroceda. Depende, les digo desde mi machismo reloaded, mezcla de Pedro Infante y José Alfredo Jiménez. Depende, por ejemplo, si el hombre está frente a la mujer que avanza. Espero que lo aprend

La vuelta de la cacerola

La vuelta de la cacerola

Desde el jueves pasado se vivió un clima enrarecido frente a una controvertida reforma previsional motorizada por el gobierno. Mientras el Congreso debatía y sancionaba esta reforma, la calle mostraba escenas de protesta social -y de represión- que hacía tiempo no se veían.

El lunes 18 por la noche, mientras en el recinto la discusión estaba en un momento álgido, donde legisladores se acusaban unos a otros y los discursos eran vacuos y casi predecibles, el ruido en las calles se volvió a sentir, las cacerolas volvieron a ser de nuevo las protagonistas. Esta vez no se reclamaba porque el cepo cambiario restringía la posibilidad de veranear en el exterior, sino por un fin más ulterior, el recorte a uno de los sectores más vulnerables: los jubilados.

De a poco y sin césar, los vecinos, en las esquinas de los diferentes barrios porteños, se agrupaban, realizaban cánticos, algunos aplaudían, otros acompañaban filmando con el celular, todos intentando mostrar el descontento frente a una jornada negra. La más difícil de los últimos tiempos de democracia, con un Congreso que siguió legislando, a pesar de los actos de violencia que se vivían afuera, con una represión que no distinguió entre jubilados, manifestantes o periodistas.

[blockquote author=»» pull=»normal»]Un Congreso que siguió legislando, a pesar de los actos de violencia que se vivían afuera, con una represión que no distinguió entre jubilados, manifestantes o periodistas.[/blockquote]

El pueblo habló y lo hizo de manera contundente, pacífica y espontánea. Buscando expresarse, movilizándose, tratando de repudiar  además los excesos de la violencia institucional que reinó durante todo el día. Fue in crescendo hasta que en un momento la energía acumulada derivó en una caminata desde diferentes puntos de la Ciudad de Buenos Aires hasta el Congreso de la Nación, una masiva movilización inédita, un reclamo unívoco: «con los jubilados no».

Soy de la generación del 2001, donde las cacerolas nos marcaron, donde vimos a nuestros viejos llorar por perder el trabajo, los que tuvimos que trabajar para ayudar a la familia, los que no llegamos a alcanzar los lujos de las mieles menemistas, y, todo lo contrario, nos vimos adolescentes en un diciembre álgido con las incertidumbres de un sistema que, un poco, nos abandonó. Crecimos inestables, conociendo las reglas del juego y así nos forjamos.

Durante todos estos años marchamos, creo que nunca paramos, lo hicimos cada vez que sentimos una injusticia. Lo seguiremos haciendo.

Las marchas del jueves 14 de diciembre y la del lunes 18 fueron un quiebre. Para muchos, implicó, por primera vez, sentir miedo en una manifestación, ante un Congreso militarizado, una enardecida Gendarmería que no distinguió y aplicó la mano dura, avalada por el gobierno nacional.

El lunes no hicimos más que confirmar esto. Miles de personas conocieron en carne propia la incertidumbre o la angustia de la violencia institucional. En las redes sociales, amigos, colegas, comentaban como habían sido víctimas de balas de goma, habían sido testigos de atropellos, vieron como se actuó con impunidad, asfixiados por gases lacrimógenos, sin que a nadie le importe mucho. Adentro, y a pesar de algunos intentos de querer interrumpir la sesión, nada fue suficiente y el oficialismo, acompañado por algunos otros partidos políticos, lograron su cometido: la reforma se convirtió en ley en la mañana de hoy.

[blockquote author=»» pull=»normal»]Durante todos estos años marchamos, creo que nunca paramos, lo hicimos cada vez que sentimos una injusticia. Lo seguiremos haciendo.[/blockquote]

No estamos acostumbrados a este tipo de fuerza de choque, no nos resignamos a que un pibe desaparezca o muera durante un operativo -como fueron los casos de Santiago Maldonado o Rafael Nahuel-, nos conmueve y nos duele, todavía no podemos creerlo.

Por primera vez, muchos acataron las minuciosas recomendaciones que diferentes organizaciones distribuyeron preventivamente frente a la posible situación de una detención arbitraria. “No vayas solo/a”, “lleva documentación”, “avisá donde estás”, entre otras.

Los lazos de solidaridad salieron fortalecidos a pesar de todo, esa fue una premisa que nunca se debilitó. A pesar de una clase dirigente sorda, los ciudadanos y ciudadanas salieron a la calle a protestar, conscientes de que los derechos adquiridos no se deben tocar. La ley fue aprobada en el recinto, pero en las inmediaciones resonó un repudio difícil de silenciar.

Foto de Federico Brocchieri (Facebook)