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Aquel mayo revolucionario

Aquel mayo revolucionario

“El estudio de lo pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y por venir”, decía Manuel Belgrano. Sostener el interés en lo que pasó hace 216 años tiene que ser tarea y motivo de orgullo.

El día 18 de mayo pasado conmemoramos el 216vo aniversario del inicio de la llamada Semana de Mayo, que culminaría el día 25 con la Revolución. Si bien es cierto que este fue un suceso de una enorme magnitud, no puede analizarse sin tener en cuenta los procesos previos que afectaron tanto a la región rioplatense como a la metrópoli española durante la segunda mitad del siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX.  A la vez, debe ser pensada apenas como el inicio de un proceso emancipatorio que se extendería a lo largo de más de una década y de la conformación de diversos Estado-naciones que, como fue el caso de la futura Argentina, recién terminaría de configurarse hacia el año 1880.

LOS AÑOS PREVIOS

A comienzos del siglo XIX, el Virreinato del Río de la Plata formaba parte del Imperio español y era gobernado por autoridades designadas desde España. Dicho imperio había alcanzado la cúspide del poder mundial a finales del siglo XVI, durante los reinados de Carlos I y de su hijo Felipe II, siendo denominado como aquel donde “nunca se pone el sol”, ya que en cada uno de los cinco continentes existían territorios coloniales españoles. No obstante, la muerte de Felipe II también trajo consigo una sucesión de monarcas poco aptos para el cargo, proceso que finalizaría en el año 1700 con la muerte (sin herederos) de quien tal vez fue el monarca menos capacitado para ejercer su función, Carlos II. La desaparición del último monarca de la dinastía Habsburgo y la Guerra de Sucesión (1700-1713), que desangraría Europa finalizaría con el ascenso al poder de un nuevo rey, Felipe V, y de una nueva dinastía: los borbones, quienes tendrían como principal objetivo recuperar el poder y la influencia perdida en los territorios americanos. Las reformas emprendidas por la nueva familia real, provocarían grandes tensiones entre distintos sectores sociales y económicos, especialmente entre las élites criollas, que reclamaban mayor participación política y libertad comercial. Al mismo tiempo, las ideas de la Ilustración y el impacto de procesos como la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa comenzaron a circular entre ciertos grupos ilustrados del Río de la Plata.

A este proceso hay que sumarle el que sería otro antecedente fundamental para comprender los hechos de mayo: las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, las cuáles serían el resultado de los conflictos entre la Francia napoleónica y la corona inglesa, que finalizaría con el bloqueo comercial decretado por Bonaparte y la necesidad inglesa de buscar nuevos territorios con los cuales comercializar, siendo las colonias de España (aliada de Francia en aquel momento) la mejor opción. La defensa de Buenos Aires frente a los británicos fue organizada en gran medida por milicias locales, lo que fortaleció el protagonismo político y militar de los criollos. Tal y como afirma Tulio Halperín Donghi, esto llevó a un doble proceso en el Río de la Plata: por un lado, se produjo una fuerte militarización de la sociedad y, al mismo tiempo, una politización que sería clave hacia 1810.

El acontecimiento decisivo sería la crisis de la monarquía española. En 1808, Napoleón Bonaparte invadió España y obligó a abdicar al rey Fernando VII, quien quedó prisionero de los franceses. Ante la ausencia del monarca legítimo, surgieron juntas de gobierno en distintas ciudades españolas para resistir la ocupación francesa. En América, muchos sectores consideraron que, ante la vacancia del rey, la soberanía debía regresar al pueblo hasta el retorno del monarca. Este principio jurídico, conocido como “retroversión de la soberanía”, sirvió de fundamento para los movimientos revolucionarios americanos que comenzarían a surgir a lo largo y ancho de las colonias.

La formación de la Junta significó un hecho revolucionario porque, por primera vez, una autoridad política era designada localmente y no por la corona española. Aunque muchos de los revolucionarios afirmaban actuar en nombre del rey (y que la historia futura le daría el nombre de la Máscara de Fernando VII), el proceso iniciado implicaba una ruptura profunda con el orden colonial.

LOS ACONTECIMIENTOS DE LA SEMANA DE MAYO

La llamada Semana de Mayo comenzó el día 18 del año 1810, cuando llegaron a Buenos Aires noticias sobre la caída (cuatro meses atrás) de la Junta Central de Sevilla, último organismo español que ejercía autoridad en nombre de Fernando VII. Esto debilitó enormemente la legitimidad del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. Frente a esta situación, los sectores revolucionarios exigieron la convocatoria a un Cabildo Abierto para decidir quién debía ejercer el gobierno, el cual se reuniría el 22 de mayo y estaría compuesto por vecinos destacados y representantes de corporaciones. Allí se debatió intensamente la continuidad del virrey y el derecho del pueblo a asumir la soberanía. Finalmente, la mayoría votó por la destitución de Cisneros.

El 24 de mayo el Cabildo intentó formar una junta presidida por el propio Cisneros, pero la reacción popular y la presión de las milicias obligaron a revertir esa decisión. Finalmente, el día 25 se constituyó la Primera Junta de Gobierno, integrada por Cornelio Saavedra como presidente, Mariano Moreno y Juan José Paso como secretarios, y los vocales Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Miguel de Azcuénaga, Juan Larrea, Manuel Alberti y Domingo Matheu.

La formación de la Junta significó un hecho revolucionario porque, por primera vez, una autoridad política era designada localmente y no por la corona española. Aunque muchos de los revolucionarios afirmaban actuar en nombre del rey (y que la historia futura le daría el nombre de la Máscara de Fernando VII), el proceso iniciado implicaba una ruptura profunda con el orden colonial.

Sin embargo, los objetivos iniciales no eran necesariamente independentistas. Gran parte de los dirigentes buscaba una forma de autonomía política dentro de la monarquía española. La independencia absoluta recién sería declarada en 1816, en medio de un contexto político tanto local como mundial muy diferente al de mayo de 1810, con un Napoleón ya desterrado en la isla de Elba y un Fernando VII liberado y dispuesto a todo para rearmar su imperio colonial perdido.

EL IMPACTO Y LAS CONSECUENCIAS DE LA REVOLUCIÓN

La Revolución de Mayo abrió un proceso político y militar que transformó profundamente al Río de la Plata y a toda Hispanoamérica. Entre sus consecuencias más importantes se encuentra el inicio de las guerras de independencia, que enfrentaron a revolucionarios y realistas durante más de una década y que, en el caso de la Argentina, darían lugar a guerras civiles que solo se detendrían medio siglo después. Por otra parte, los acontecimientos de mayo pusieron fin progresivamente a un sistema colonial vigente desde hacía más de tres siglos y a la autoridad de la monarquía española en la región, inaugurando debates fundamentales en torno a la soberanía, la representación política y la organización del territorio. A partir de entonces surgieron fuertes discusiones entre proyectos centralistas y federales, así como tensiones entre Buenos Aires y las provincias para definir quién era el depositario del poder arrebatado a la corona.

En el aspecto social, aunque muchas estructuras coloniales continuaron existiendo, producto de los fuertes intereses implicados y de actores con poder que se resignaban a perderlo con el nuevo orden, comenzaron importantes transformaciones. El sistema de castas perdió legitimidad jurídica y se debilitó la esclavitud, gracias al accionar de la Asamblea del Año XIII, aunque no desapareció inmediatamente. Además, la revolución permitió una mayor participación política de sectores populares, milicianos y, en menor medida, mujeres, actores históricamente relegados por la historiografía tradicional. Finalmente, las consecuencias económicas también fueron profundas. El antiguo sistema comercial orientado hacia España y el Alto Perú comenzó a desarticularse, mientras Buenos Aires fortalecía su relación con el comercio atlántico, especialmente con Inglaterra. Esto provocó cambios económicos importantes y afectó particularmente a muchas provincias del interior, que dependían del circuito comercial vinculado a Potosí.

La Revolución de Mayo abrió un proceso político y militar que transformó profundamente al Río de la Plata y a toda Hispanoamérica. Los acontecimientos de mayo pusieron fin progresivamente a un sistema colonial vigente desde hacía más de tres siglos y a la autoridad de la monarquía española en la región, inaugurando debates fundamentales en torno a la soberanía, la representación política y la organización del territorio.

¿SEGUIR ESTUDIANDO LA REVOLUCIÓN?

¿Ya está todo escrito acerca de la Revolución de Mayo? Esta es una pregunta que muchos (tanto académicos como curiosos de la historia) se hacen frecuentemente y tal vez la respuesta tampoco se encuentre aquí. Mientras algunos historiadores abonan a la idea de que difícilmente pueda aparecer una nueva investigación que aporte información significativa, otros dudan de esta posición, afirmando que es necesario hacer una relectura de ciertos protagonistas de los eventos de Mayo. Tal es la postura de la profesora e investigadora Sara Mata, quien considera que la figura de Juan Larrea (que además de oficiar de vocal del primer gobierno patrio, era un acaudalado comerciante preocupado por sus propios intereses), debería ser revisada y su trascendencia histórica, resignificada. Asimismo, la autora sostiene que otros actores han sido relegados al olvido por parte de la historiografía y nuevas investigaciones podrían otorgarles el lugar que para algunos merecen, como es el caso de los hermanos Eustaquio y Juan Antonio Moldes, activos participantes del movimiento revolucionario y de los cuáles las investigaciones solo se han enfocado en la trayectoria política de este último.

Ya han pasado 216 años de los acontecimientos de mayo y, en un país que tal vez no tiene mucho para festejar en la actualidad, la celebración de la conformación del primer gobierno patrio y del inicio de un proyecto de soberanía es algo no menor.  La sociedad argentina, fragmentada y, en muchos casos, desesperanzada y desbordada por problemas de todo tipo, vuelve a 1810 todos los años para esta fecha para recordar la gesta de mayo y celebrar la colocación de la piedra fundacional de la Argentina moderna, ya que, en palabras de Belgrano “el estudio de lo pasado enseña cómo debe manejarse el hombre en lo presente y por venir”. La Revolución de Mayo promueve los mejores sentimientos de la población y que aún hoy siga despertando el interés de muchos es algo de lo que deberíamos sentirnos orgullosos. Hagamos, entonces, lo posible para seguir conmemorando el pasado (a veces glorioso, a veces sombrío) y no dejarlo morir en el olvido de la Historia.

 

El 25 de mayo frente al espejo de la historia

El 25 de mayo frente al espejo de la historia

Entre lo inevitable de las conmemoraciones y la necesidad de leer críticamente nuestro pasado, nos encontramos ante un nuevo 25 de mayo. En diálogo con las historiadoras Sara Mata, Gabriela Tío Vallejo y Valentina Ayrolo y el historiador Gabriel Di Meglio, intentamos recorrer los puntos más relevantes de ese hito central en nuestra historia. 

PH: Mariana Poggio. Cortesía de Nora Iniesta de su muestra «Celeste Bandera» en el Museo Histórico Nacional del Cabildo de Buenos Aires y de la Revolución de Mayo.

Las fechas conmemorativas están atravesadas por tensiones propias de su lugar simbólico en la historiografía nacional oficial y, por otro lado, la visión crítica de los historiadores académicos profesionales. La narrativa teleológica y encomiástica choca, en ocasiones, con miradas que intentan complejizar el pasado y analizar las múltiples aristas que lo configuraron. No obstante lo cual, hay espacio para que ambas lógicas confluyan, sin restar importancia a los acontecimientos que se celebran, pero dando cuenta de matices y contrapuntos propios de los procesos históricos.

Con ese objetivo, desde La Vanguardia, le propusimos a distintas historiadoras e historiadores conversar sobre la relevancia de aquella semana de mayo de 1810, enmarcarla en un proceso histórico más amplio y discutir sobre los nombres propios que protagonizaron esos días, desde los miembros de la célebre Primera Junta hasta otros menos recordados. Para ello, recurrimos a historiadoras e historiadores con una sólida trayectoria profesional, especialistas en el período y, como agregado, afincadas y afincados en distintas latitudes de nuestro país.

«Si bien el 25 de mayo puede leerse en el marco del camino hacia la independencia hacerlo limita la comprensión del evento y del contexto. Pero sobre todo recorta la posibilidad de pensar los problemas que se plantearon en ese momento y que van a atravesar, por lo menos, la primera parte del siglo XIX». (Valentina Ayrolo, profesora titular de la UNMdP e investigadora del Conicet)

25 DE MAYO, ¿ANTESALA DEL 9 DE JULIO?

Argentina tiene dos efemérides de idéntica estatura simbólica con un sexenio de distancia entre una y otra: el 25 de mayo de 1810 y el 9 de julio de 1816. La segunda de estas fechas, como desenlace de ese proceso, fungió de marca que significaba ese mayo de 1810 como un paso necesario en la conquista de la añorada independencia del Imperio español. No obstante, la historiografía ha contribuido a desanudar ese hilo rojo que unía de forma acrítica ambos hitos.

En tal sentido, Sara Mata, autora de Los gauchos de Güemes. Guerra de Independencia y conflicto social (Sudamericana, 2008), explica: “El 25 de mayo se conmemora la formación de la Primera Junta de Gobierno en 1810 en Buenos Aires, capital del virreinato del Rio de la Plata, la cual desconoce la Regencia instaurada en Cádiz y destituye al Virrey Cisneros. Este acontecimiento político ha sido y es interpretado como el grito de libertad política y el nacimiento de la patria y de la nación argentina. Este relato reconoce sus orígenes en los primeros ensayos historiográficos del siglo XIX. Obviamente, en las últimas décadas la creación de la Junta de Gobierno el 25 de mayo de 1810 ha sido revisitada desde nuevas perspectivas ofrecidas por la historia política”.

En la misma clave, la historiadora Gabriela Tío Vallejo, Profesora Titular de la Universidad Nacional de Tucumán e investigadora del Conicet, señala que: “De independencia no se habla hasta el congreso de Tucumán, en todo caso de autogobierno o de un nuevo contrato con el rey. 1816 es un momento muy distinto: se ha restablecido en el trono a Fernando VII como rey legítimo de España y sus territorios americanos, la guerra fracasó en Paraguay y el Alto Perú y el proceso mismo de la guerra queda en una situación de ilegitimidad con la vuelta del rey. La opción es declarar la independencia o ser juzgados como traidores en caso de perder la guerra”.

«De independencia no se habla hasta el congreso de Tucumán, en todo caso de autogobierno o de un nuevo contrato con el rey. 1816 es un momento muy distinto: se ha restablecido en el trono a Fernando VII como rey legítimo de España y sus territorios americanos, la guerra fracasó en Paraguay y el Alto Perú y el proceso mismo de la guerra queda en una situación de ilegitimidad con la vuelta del rey». (Gabriela Tío Vallejo, profesora titular de la UNT e investigadora del Conicet)

No obstante esto, el historiador Gabriel Di Meglio, ex Director del Museo de Historia Nacional e investigador del Conicet, observa: “El 25 de mayo es un quiebre muy importante que da inicio a la revolución, que años después da lugar a una independencia y también al fin del orden colonial. No hay que pensar ya más desde prisma de la independencia, ya que las distintas investigaciones mostraron que el proyecto de los revolucionarios de mayo, solo en un caso muy minoritario era la independencia total respecto de España, para la mayoría de los revolucionarios era un proyecto de autonomía dentro del Imperio Español. Es decir, dejar de ser colonia, dejar de depender de España, de la metrópoli, para elegir las propias autoridades y manejar la propia economía, pero eso les parecía compatible con que el rey, que en ese momento estaba prisionero de los franceses, volviera a su trono y reconociera una igualdad entre españoles y americanos. Es decir, que fueran un territorio de la monarquía que se gobierna a sí mismo. O sea, como, si querés, independiente dentro de una monarquía general”.

En contraste, la investigadora Valentina Ayrolo, Profesora Titular de la Universidad Nacional de Mar del Plata e investigadora del Conicet, agrega: “La Revolución de Mayo de 1810 es recordada como el inicio del proceso que llevará a la Independencia de las Provincias Unidas en Sud América, el 9 de julio de 1816. Si bien esto es cierto “con el diario del lunes”, como solemos decir, también lo es que la independencia no fue el propósito de la Revolución, ni estaba en el horizonte de quienes constituyen el gobierno en 1810. En ese sentido, si bien el 25 de mayo puede leerse en el marco del camino hacia la independencia hacerlo limita la comprensión del evento y del contexto. Pero sobre todo recorta la posibilidad de pensar los problemas que se plantearon en ese momento y que van a atravesar, por lo menos, la primera parte del siglo XIX”.

ENTRE LOS ACONTECIMIENTOS Y LOS PROCESOS

PH: Mariana Poggio. Cortesía de Nora Iniesta de su muestra «Celeste Bandera» en el Museo Histórico Nacional del Cabildo de Buenos Aires y de la Revolución de Mayo.

La historia anuda temporalidades múltiples, procesos heterogéneos y causalidades diversas. Las fechas, hitos simbólicos para la conmemoración, condensan mucho más que un simple acontecimiento: son punto de partida y de llegada de muchas transformaciones políticas, económicas y sociales. En tal sentido, el 25 de mayo no fue la excepción. Recurriremos a nuestros especialistas nuevamente para ver qué es lo que se puso en juego en esas jornadas.

Valentina Ayrolo, especialista en la política riojana decimonónica, señala: “Sin dudas el proceso revolucionario abrió, muy tempranamente, una discusión sobre la administración del territorio, sobre la legitimidad del gobierno y sobre la representación del poder que no tuvo vuelta atrás”. La historiadora tucumana Gabriela Tío Vallejo, por su parte, procura encasillar el proceso como eminentemente político: “Respecto de las posibles causas económicas o sociales de larga duración, el hecho  de que las revoluciones se dieran al mismo tiempo en toda América al llegar las noticias de la prisión del rey, y que el planteo principal haya sido jurídico, deja poco espacio para una explicación de este tipo. Podía haber entre las elites críticas al monopolio y deseos de tener más participación en el gobierno pero no se hablaba de independencia. Se trata de un proceso político y la prueba está en que después de la independencia las estructuras sociales y económicas no cambiaron demasiado”. Y agrega, a modo de provocación: “Haciendo historia contrafactual si la metrópoli hubiera ofrecido acabar con el monopolio o atemperarlo y  favorecer un trato más igualitario a las elites se hubieran acomodado probablemente a una situación colonial más ventajosa”.

«1810 es sólo el inicio de una revolución, no es la revolución. No es solamente una cuestión que va a terminar en la independencia, sino que también va a discutir la sociedad como era hasta entonces. Respecto de las consecuencias, bueno, hubo un montón de cambios muy importantes». (Gabriel Di Meglio, profesor de la UBA e investigador del Conicet)

En discordancia con esta mirada, el profesor de la Universidad de Buenos Aires Gabriel Di Meglio rescata las transformaciones sociales del proceso abierto en 1810 como parte de un ciclo revolucionario más amplio: “1810 es sólo el inicio de una revolución, no es la revolución. La revolución dura por lo menos una década, si no más. Hay distintas posiciones, pero si uno se para en 1810 y compara con 1820, 1821, puede ver una serie de cambios muy importante. Obviamente la independencia de países nuevos, pero también el fin de la monarquía en América para ser reemplazada por un sistema republicano, con lo cual cambia la forma de organización política. El fin del sistema de castas, aunque sigue existiendo el racismo, no va a ser en forma jurídica, sino en forma implícita”. Y enfatiza: “No es solamente una cuestión que va a terminar en la independencia, sino que también va a discutir la sociedad como era hasta entonces. Respecto de las consecuencias, bueno, hubo un montón de cambios muy importantes. Hay cosas que no cambiaron, pero la verdad es que la Revolución transformó brutalmente al territorio y también creció la gente dedicada a lo militar, el peso de lo militar. Así que en realidad es un periodo de cambios muy significativos”.

A modo de síntesis, Sara Mata, Profesora Titular de la Universidad de Salta e investigadora del Conicet, propone: “Los procesos sociales y políticos cruciales son múltiples y desde luego han dado lugar a diferentes planteos historiográficos entre los cuales, simplificándolos, podríamos referir aquellos que han colocado el acento en los cambios políticos que se implementaron en los territorios hispanoamericanos en el transcurso del siglo XVIII y que impactaron indudablemente en la conflictividad de la sociedad colonial. Desde luego, también se ha insistido en la trascendencia que tuvieron la circulación de ideas de las nuevas experiencias políticas, particularmente la revolución francesa y la independencia norteamericana. Pero sin dudas, la invasión napoleónica a España, la abdicación de Carlos IV y la prisión de Fernando VII, ofreció la oportunidad de formar una Junta de Gobierno que ante la vacancia real asumiera el gobierno en las colonias españolas”.

“Considero que sería interesante una relectura de la trayectoria política de Juan Larrea fuertemente vinculada con sus intereses económicos.  Entre los revolucionarios que han sido subestimados podría mencionar a los hermanos Eustaquio y José Antonio Moldes, ambos activos participantes del movimiento». (Sara Mata, profesora titular de la UNSa e investigadora del Conicet)

SOBRE HÉROES Y PROTAGONISTAS

No hay conmemoración sin nombres propios, con sus estatuas y monumentos acorde a su centralidad. Los próceres son la contraparte necesaria de las fechas, inmortalizados en bronce y colocados en un pedestal. La historiografía académica, como sabemos, ha hecho mucho por quitar ese brillo inmaculado a esas figuras y aportar otra carnadura histórica a su trayectoria y labor, así como proponer miradas más amplias y no acotadas al desempeño de los “grandes hombres”. Más allá de eso, y a modo de desafío, le propusimos a nuestras historiadoras e historiadores que nos hablaran de las figuras de ese mayo, entre aquellos reivindicados y, en especial, aquellos soslayados.

Gabriel Di Meglio, autor de ¡Viva el bajo pueblo! (Prometeo, 2007), señala con respecto a los próceres de mayo: “Me parece que los protagonistas de mayo han sido bastante estudiados. Sí, en los últimos años se han agregado cosas, como fue la participación popular, como fue la participación de las mujeres. Es decir, un montón de elementos que antes se consideraban mucho menos, junto con los grandes protagonistas de la clase alta que dirigieron el proceso”. En la misma línea se expresa Tío Vallejo: “La historiografía de los últimos años ha rescatado como actores sociales a los sectores populares y hoy los procesos revolucionarios se estudian desde diversos actores. También sabemos que muchas de las rebeliones a lo largo de América fueron protagonizadas a veces por esclavos o indígenas y, otras veces, fuero policlasistas. Por otro lado, al desafío de calibrar el lugar del individuo en el proceso histórico, se suma el de despojar al héroe patriótico de las capas de sentido que las sucesivas generaciones han ido incorporando a su figura”.

Aceptando el envite propuesto por La Vanguardia, Valentina Ayrolo observa: “Si nos referimos a los miembros de la Junta constituida en 1810 los historiadores se han encargado de hacer más populares a unos que a otros. Mariano Moreno sin dudas es mucho más popular que Cornelio Saavedra. Sin embargo, a mi juicio, Saavedra amerita ser reconsiderado. Su figura fue opacada por la de Moreno e incluso muchos historiadores le atribuyeron acciones y reacciones cuyo alcance precisa revisarse.” Asimismo, Sara Mata observa cierta necesidad de seguir estudiando a los protagonistas de mayo: “Considero que sería interesante una relectura de la trayectoria política de Juan Larrea fuertemente vinculada con sus intereses económicos. Entre los revolucionarios que han sido subestimados podría mencionar a los hermanos Eustaquio y José Antonio Moldes, ambos activos participantes del movimiento revolucionario y sobre los cuales, más allá de biografías tradicionales, se sabe todavía poco”.

Una ucronía para Miguel Lifschitz

Una ucronía para Miguel Lifschitz

¿Qué haría Miguel Lifschitz en este momento? Esa pregunta es la que intenta responder Miguel Roig en esta ucronía que, sobre todo, nos recuerda la virtud en la mesura, el pragmatismo y una vocación genuina por las transformación. 

Antonio Bonfatti, Miguel Lifschitz y Hermes Binner.

 

Miguel Lifschitz nos dejó cuando el mundo giró en una curva tan abierta e incierta que aún no ha terminado de encontrar la recta por la que la realidad debería continuar su curso.

Al igual que apuntaba de su época Stefan Zweig en El mundo de ayer, nuestro tiempo nos ha dado una nueva organización de la simultaneidad pero aún carecemos de pericia para interpelarlo. Lifschitz dejó al irse un mundo que ya no existe pero, si pudiera ahora intervenir en el actual, intentaría interpretarlo y modificarlo con las mismas herramientas que utilizó siempre. El pragmatismo que le dio su formación de ingeniero y la creatividad que desarrolló en el campo político.

Cuando Lifschitz era estudiante de la carrera técnica abrazó el socialismo conmovido por el proceso de Salvador Allende en Chile pero, ante la interrupción sangrienta de aquel gobierno por el golpe militar, no dudó en comenzar su militancia activa.

Es bueno leer aquel momento en contraste con el actual para entender su modo de pensar la política y su actitud a la hora de ejecutarla.

Lifschitz dejó al irse un mundo que ya no existe pero, si pudiera ahora intervenir en el actual, intentaría interpretarlo y modificarlo con las mismas herramientas que utilizó siempre. El pragmatismo que le dio su formación de ingeniero y la creatividad que desarrolló en el campo político.

La década de los años setenta fue un contrapunto psicótico de luces y sombras en el mundo; también en Latinoamérica y en el país. El ciclo keynesiano comenzaba a resquebrajarse; la primavera de Praga y el mayo francés marcaban la evidencia feroz de la fatiga de los materiales a uno y otro lado de las vallas ideológicas. El fordismo cerraba su ciclo y ya se atisbaban en Estados Unidos las primeras deslocalizaciones. Era difícil preverlo pero el mundo estaba cambiando y se despertaría con la caída del bloque soviético y el amanecer neoliberal.

En la incubación de aquel escenario la violencia brotó en el país primero como utopía y después con la oscuridad distópica de la dictadura. La urgencia, entonces, reclamaba a la izquierda seguir la estela de la revolución cubana. La mesura, sin embargo, era la opción democrática de Allende que se adelantó en eso al programa de Enrico Berlinguer al crear el eurocomunismo –la vía parlamentaria– y romper un dogma.

Miguel Lifschitz y Hermes Binner.

Es eso lo que ve Lifschitz en los tempranos años setenta, un intangible difícil de vislumbrar para muchos. El socialismo parlamentario.

Muchos años después, en el ejercicio del poder, tanto municipal como provincial, desde el pragmatismo creativo supo plasmar esta idea incluso en los proyectos de máxima ampliación del campo democrático, siempre con márgenes limitados para conquistar cada espacio. La reforma constitucional santafesina es una herramienta que él impulsó y que fue un logro póstumo. Quienes hoy la implementaron son virtuosos ejecutores de su obra y los que la han apoyado ahora, a pesar de no avalarla en su día, rindieron un honesto y justo tributo a su ideólogo político. Esta unidad tardía también forma parte del programa vital de Lifschitz.

La ucronía invita a imaginar cómo gestionaría hoy este momento de disrupción, en medio de una revolución tecnológica que propone un escenario mucho más incierto que el giro vivido en el siglo pasado. No hay riesgo en pensar que repetiría las mismas pautas que escogió en su juventud: la vía lenta pero firme de una construcción política serena aunque siempre audaz.

La ucronía invita a imaginar cómo gestionaría hoy este momento de disrupción, en medio de una revolución tecnológica que propone un escenario mucho más incierto que el giro vivido en el siglo pasado.

No hay riesgo en pensar que repetiría las mismas pautas que escogió en su juventud: la vía lenta pero firme de una construcción política serena aunque siempre audaz. Consciente de no poder impedir las irrupciones iliberales no por ello las naturalizaría.

No hay duda de que habría, como tuvo en su día, muchas voluntades sumadas a ese propósito. La tarea, entonces, no solo es recordarlo sino intentar construir, aún en el tránsito de esta extenuante curva, un programa similar. Hay referentes: la resistencia de Pedro Sánchez en España, la voluntad perenne de Lula en Brasil o la discreta virtud de Yamandú Orsi en la orilla oriental.

Habrá quien piense que es muy difícil hacerlo en un tiempo tan veloz y divergente pero, ¿alguna vez ha estado detenida la Historia?

Miguel, la política como forma de cuidar

Miguel, la política como forma de cuidar

Miguel Lifschitz fue intendente, gobernador y, ante todo, socialista. Hizo del compromiso con lo público, la austeridad y la innovación, sus banderas. A 5 años de su fallecimiento, lo recordamos a través de su legado.

A cinco años de la muerte de Miguel Lifschitz, me cuesta hablar de él solo en pasado. Hay ausencias que no se expresan solo en la tristeza que dejan, sino también en la presencia persistente de su ejemplo. Cuando murió, dije que era «mi consejero, mi promotor, mi apoyo, mi contención».

Miguel murió el 9 de mayo de 2021, en Rosario, por las complicaciones de un cuadro de Covid-19. Hasta poco antes seguía en actividad pública, pensando la provincia, acompañando equipos, imaginando futuros posibles. Su muerte fue una de las tantas que la pandemia volvió más crueles y solitarias. Se fue cuando no podíamos abrazarnos como hubiéramos querido. Y se fue con la frente en alto: no aceptó nada antes que los demás. Tampoco una vacuna. Esperó su turno. Esa decisión condensaba su modo de entender la política: el poder no era un privilegio, sino una responsabilidad.

Había nacido en Rosario en 1955. Se formó en el Instituto Politécnico y en la Universidad Nacional de Rosario, donde se recibió de ingeniero civil. En Miguel, la ingeniería no era frialdad tecnocrática, sino una disciplina al servicio de una convicción política: transformar la realidad exige ideas, organización, equipos, obras concretas y perseverancia. La obra pública, para él, no era una foto: era agua que llegaba a un barrio, una escuela que abría sus puertas, un hospital que dejaba de ser promesa, una calle que conectaba. Fue intendente de Rosario durante dos mandatos, senador provincial, gobernador de Santa Fe y presidente de la Cámara de Diputadas y Diputados de la provincia. Pero Miguel no acumulaba cargos: asumía responsabilidades. En cada lugar dejaba método, equipos, instituciones, una forma de hacer. Escuchaba mucho, hablaba lo justo y decidía con prudencia y coraje. La ética era su seña de identidad.

Miguel, en la senda de Guillermo Estévez Boero y Hermes Binner, encarnaba un socialismo tranquilo: firme, austero, apasionado, sin soberbia ni fanatismo.

Esa ética también se expresaba en su vínculo con las mujeres. Miguel las trataba como pares, confiaba en ellas, las escuchaba y les daba responsabilidades reales. Se rodeó de mujeres en sus equipos no para cumplir con una fórmula, sino porque reconocía su capacidad, su inteligencia y su compromiso. Aunque muchas de nosotras lo éramos y lo somos, Miguel no necesitaba proclamarse feminista para practicar, en los hechos, una forma concreta de igualdad.

Lo conocí en el socialismo, en esa tradición que nos enseñó que la política solo tiene sentido si mejora la vida de las personas. Miguel, en la senda de Guillermo Estévez Boero y Hermes Binner, encarnaba un socialismo tranquilo: firme, austero, apasionado, sin soberbia ni fanatismo. Un socialismo que se sustanciaba en la salud pública, la educación, la planificación urbana, la descentralización, el presupuesto participativo y un Estado cerca de quienes más lo necesitan.

Rosario fue durante años un laboratorio democrático de esa idea: una ciudad que acercó el municipio a los barrios, abrió canales de participación y construyó servicios públicos con mirada igualitaria. Miguel fue parte fundamental de ese proceso. Lo continuó, lo amplió y le imprimió su estilo: sobrio, trabajador, metódico, cercano. Su modo de comprometerse era estar, escuchar, volver, insistir, cumplir.

Mónica Fein y Miguel Lifschitz.

 

Como gobernador, llevó esa lógica a toda Santa Fe. Su gestión estuvo marcada por una inversión pública ambiciosa: hospitales, escuelas, rutas, obras hídricas, infraestructura urbana, espacios públicos y políticas territoriales. En un país donde muchas obras se anuncian más de lo que se concluyen, Miguel tenía una obsesión sana: terminar. Cumplir. Mostrar que el Estado podía planificar y concretar. Sabía que detrás de cada obra había derechos y desigualdades que podían empezar a repararse.

Esa gestión nunca estuvo separada de su perfil ético. Miguel era austero en serio. No hacía de la honestidad una bandera para acusar a otros, sino una conducta cotidiana. Entendía que los bienes públicos no pertenecen a los gobiernos, sino a la ciudadanía. Cuidaba los recursos, los equipos y las instituciones. Esa austeridad se vio también, de manera dolorosa, cuando no aceptó ningún trato especial mientras las vacunas todavía no llegaban para todos.

Quienes lo quisimos, quienes aprendimos de él y quienes seguimos creyendo en un socialismo democrático, austero, popular y profundamente humano, tenemos la responsabilidad de seguir caminando por su senda.

Miguel era, sobre todo, un constructor. En una Argentina crispada, donde tantas veces se premia al que rompe puentes, él creía en el diálogo. Defendía sus ideas con claridad, pero nunca convertía a un adversario en enemigo. Para él, lo central era escuchar, articular, persuadir, sostener acuerdos. Tenía convicciones profundas, pero no era sectario: su identidad socialista lo abría a la sociedad.

Lo extraño como amiga y como militante. Extraño sus llamados, sus consejos, su humor seco, su manera de ordenar una discusión compleja con dos o tres frases precisas. Miguel no prometía soluciones mágicas. Ofrecía trabajo, seriedad, equipos, rumbo. En tiempos de discursos violentos y salidas simplistas, su legado recuerda que la política democrática requiere paciencia, honestidad, cercanía y capacidad de hacer.

A cinco años de su partida, Miguel sigue siendo una presencia: en las obras que dejó, en las instituciones que fortaleció, en los equipos que formó, en los barrios donde alguien recuerda que un día llegó, escuchó y volvió. Miguel creía que gobernar era cuidar: lo común, la gente, la palabra empeñada, la esperanza. Por eso recordarlo no es mirar hacia atrás con nostalgia. Es preguntarnos si estamos a la altura de esa forma ética, cercana y transformadora de hacer política. Quienes lo quisimos, quienes aprendimos de él y quienes seguimos creyendo en un socialismo democrático, austero, popular y profundamente humano, tenemos la responsabilidad de seguir caminando por su senda.

 

Fabio Wasserman: «Javier Trímboli se distinguía por cualidades difíciles de reunir en una persona»

Fabio Wasserman: «Javier Trímboli se distinguía por cualidades difíciles de reunir en una persona»

Ante su temprano fallecimiento, Fabián Herrero nos invita a esta conversación con el historiador Fabio Wasserman sobre su común amigo Javier Tríboli. Conversando sobre su último libro, recuerdan también su impronta intelectual y personal. 

Javier Trímboli, historiador y ensayista. Falleció el 28 de enero de este año.

La muerte de Javier Trímboli me sorprendió. Fueron muchos días de sentirme perdido. Perdido y angustiado. Días en lo que me quedé metido adentro de un pozo. No obstante, lentamente comencé a sentir algo diferente. Algo que, hace mucho tiempo, había experimentado en torno a él. Hablar de Javier siempre generaba simpatía, atracción, y no solo en aquellos que lo conocían, sino también entre los que apenas tenían referencias de su trayectoria, o quienes solo tenían noticias suyas por su propio trabajo. Toda una corriente de afecto hacia Javier era muy palpable. Algo parecido me sucedió con la muerte de Rosario Bléfari. Javier, no tengo dudas, fue alguien querido. Eso me gusta. Creo que cumplió con los deseos de Raymond Carver.

ÚLTIMO FRAGMENTO 

¿Y conseguiste lo que

querías de esta vida?

Lo conseguí.

¿Y qué querías?

Considerarme amado, sentirme

amado en la tierra.

Raymond Carver

(traducción Martín Sánchez Ocampo)

A propósito del último libro de Javier, El virus de lo absoluto. Murena y Urondo. Diario de una investigación, conversé, para La Vanguardia Digital, con el historiador Fabio Wasserman. Una oportunidad para rememorar su vida, su impronta intelectual y su estimulante obra a modo de homenaje.

Fabio, me gustaría comenzar, preguntándote cuándo lo conociste a Javier Trímboli y cómo fue tu vínculo con él a lo largo de los años.

A Javier lo conocía ya antes de haberlo conocido personalmente. Eso fue alrededor de 1984/5, cuando él era un dirigente de la Fede (FJC, Federación Juvenil Comunista) de secundarios de capital. Quienes en ese entonces militábamos en política en secundarios conocíamos su nombre sobre todo después de haber sido uno de los cuadros de la Fede que en 1985 participó en la Brigada del Café en Nicaragua. Yo no era de la Fede (militaba en el FSI y después en la JUI, las agrupaciones de secundarios y universitarios del Partido Intransigente que en ese entonces tenía una fuerte disputa con la Fede y el PC) pero muchos de mis amigas y amigos sí lo eran. Una de ellas, que conocí mientras hacía el CBC en 1986, era la novia de Javier, a quien finalmente conocí a mediados de 1987 cuando estábamos esperando que nos tocara rendir el final de Historia Social General y fuimos a hacer tiempo a un Pumper Nic mientras repasábamos. Desde ese momento cursamos varias materias y preparamos varios finales juntos y, diría, empezamos una amistad y una conversación que, con intermitencias, mantuvimos durante cuatro décadas. Al igual que muchos jóvenes, entre 1987 y 1989 dejamos la militancia partidaria pero, de un modo u otro, no pudimos dejar a la política o nunca dejó de interesarnos la política y, en particular, la relación entre historia y política. En los 90’s, además del estudio, la amistad, las fiestas y las conversaciones sobre cine y música, también compartimos algunos proyectos político-intelectuales más o menos fallidos en los que Javier dejó su impronta tanto por sus ideas y ganas como por su capacidad de conectar personas y grupos. Y también empezamos a laburar en actividades vinculadas con la docencia y la investigación. Gracias a Javier ingresé como adscripto y luego como docente en la materia Pensamiento Argentino y Latinoamericano de la carrera de Filosofía de la UBA, y también gracias a él conseguí algunos trabajos como docente en escuela secundaria y luego haciendo capacitación docente. En ese sentido, es mucho lo que le debo tanto en términos intelectuales y personales como laborales.

«La forma “diario de una investigación” también le permitió incorporar como materia del libro a la experiencia del laburo de un historiador, desde la búsqueda de fuentes a la escritura».

Participaste de la presentación del libro. ¿Qué podés contarnos al respecto?

La presentación fue muy emotiva. Por un lado, porque había mucha gente, familia, amigos, conocidos, colegas, alumnos, lo que le dio un marco muy especial. Por el otro, porque fue una oportunidad para seguir conversando y discutiendo con Javier (de hecho, creo que el libro es básicamente eso, la oportunidad de poder seguir conversando con él). En ese sentido, la actividad tuvo dos momentos. En el primero, algunos amigos y colegas hicimos una lectura de distintos pasajes del libro seguida por unos breves comentarios personales. En la segunda, María Pía López y Sergio Raimondi compartieron sus impresiones sobre el libro de un modo más sistemático. Fue muy lindo y, también, muy duro. Nos reímos, lloramos, le agradecimos haber escrito el libro, pero también nos enojamos y lo discutimos. Imagino que es lo que él hubiera querido.

¿Por qué te parece eligió la forma de un “diario de una investigación”?

No lo tengo del todo claro, pero creo que tiene que ver con que no lo había pensado como un texto que tuviera un cierre capaz de dar un orden a todo el contenido, a lo que se puede sumar el hecho de que esta forma narrativa le permitía incluir también muchas digresiones o fugas en la escritura. E, intuyo, porque quizás pensaba que no iba a poder terminarlo. Por otro lado, la forma “diario de una investigación” también le permitió incorporar como materia del libro a la experiencia del laburo de un historiador, desde la búsqueda de fuentes a la escritura. Me detengo en esto porque creo que Javier, además de un gran intelectual, un gran docente, y un gran organizador de equipos de trabajo, es también un gran historiador. Quiero decir, no sólo alguien que conoce sobre la historia, sino que produce conocimiento histórico.

Fabio Wasserman y Javier Trímboli.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En varios pasajes se advierte que le resulta todo un esfuerzo leerlo a Murena, tanto en prosa como en poesía y en el caso de Urondo señala “era malo para una cosa y bueno para la otra” (p. 241), en referencia a su simpatía por sus libros de poemas y no por la novela. ¿Por qué Javier se propuso analizar dos trayectorias biográficas? ¿Por qué Murena y por qué Urondo?

No tengo una respuesta clara. Es probable que en parte se debiera a la propia búsqueda de Javier con relación a esas figuras, a los 60´s y 70´s y, a su vez, a la posibilidad de dar forma a través de ellos a una mirada de largo plazo sobre la cultura y la política argentina. Y esto, para recurrir a un autor al que Javier gustaba citar como Walter Benjamin, pasándole el cepillo a contrapelo a esa historia. Agregaría algo que, creo, Javier empezó a masticar en los últimos años y que, debo confesar, me sorprendió: el problema del destino.  Pero su interés por ambos es lejano: recuerdo que hace más de veinte años me hizo conocer un dossier sobre Urondo publicado por la revista El diario de Poesía. Creo que para Javier ambos autores portaban un enigma que es tanto personal como político, histórico y cultural, y tratar de develarlo era para él una tarea también política e histórica.

«Javier tenía todas las condiciones para hacer una carrera como académico, funcionario o político, pero ese nunca fue su propósito y supo esquivar ese destino. Y, agregaría, como historiador, nos hizo ver que no hay una única forma de  producir conocimiento histórico».

En el libro hay varias referencias negativas a CONICET.  En algunos casos puntualiza a personas, pero no señala sus nombres. ¿Por qué te parece tiene esa percepción y por qué hace estas referencias?

Javier siempre tuvo una mirada muy crítica del ámbito académico porque lo veía como un espacio que despolitizaba y empobrecía a la cultura alejándola en cierto sentido de la vida. Entiendo la crítica, pero creo que a veces era un poco injusto, sobre todo porque se basaba en su experiencia durante los 90’s, sin considerar las transformaciones que se produjeron posteriormente. En cuanto a las referencias que hace en el libro, en algunos casos podría pensarse que se trata de alguien en particular, sobre todo el personaje que se describe como “el amigo del CONICET”. Pero prefiero pensar que es más un sujeto de enunciación construido a partir de distintas personas o de cosas que imaginaba Javier. De hecho, éste es uno de los dilemas del libro e incluye al propio personaje principal que no es Javier, pero a la vez es imposible leerlo sin pensar que en cierto sentido lo es.

Para finalizar, te propongo una última reflexión: ¿qué te parece a vos que nos deja Javier como amigo y como colega?

En todos los casos, como amigo y como colega, creo que Javier se distinguía por cualidades difíciles de reunir en una persona: su pasión, su energía para ir siempre a más, su vocación para el armado de proyectos colectivos en los más diversos ámbitos, su capacidad de escucha, su vasto conocimiento, su palabra inteligente y el hecho de que esa inteligencia no aplastara o hiciera que sus interlocutores se sintieran disminuidos. Más bien lo contrario. Pero también su ética: siempre hizo lo que consideró que debía hacer, aunque eso implicara un costo personal, tener que dar un paso al costado o perderse una oportunidad o una propuesta que otros quizás aceptarían sin dudarlo. De hecho, tenía todas las condiciones para hacer una carrera como académico, funcionario o político, pero ese nunca fue su propósito y supo esquivar ese destino. Y, agregaría, como historiador, nos hizo ver que no hay una única forma de producir conocimiento histórico.

QUIÉN ES

Fabio Wasserman es Doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como Investigador Principal del CONICET en el Instituto Ravignani y como docente de grado y de posgrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Su área de especialidad es la historia política e intelectual argentina e iberoamericana.

Riesgos y Asimetrías en el Marco del Acuerdo Comercial entre Argentina y EE. UU.

Riesgos y Asimetrías en el Marco del Acuerdo Comercial entre Argentina y EE. UU.

El recientemente anunciado Marco para un Acuerdo de Comercio e Inversión Recíproca entre Argentina y Estados Unidos ha sido objeto de un análisis preliminar que arroja serias preocupaciones sobre su impacto en la estructura económica argentina.

Analisis-preliminar-del-Marco-para-un-Acuerdo-de-Comercio-e-Inversion-entre-Argentina-y-Estados-Unidos

El estudio, realizado por CEMUPRO, advierte que, si bien se presenta como una declaración «conjunta», el texto difundido por la Casa Blanca exhibe una «marcada asimetría en los compromisos asumidos». En esencia, la orientación del acuerdo parece consolidar un perfil de inserción internacional primarizado, enfocándose en la exportación de minerales críticos y producción cárnica, en detrimento de la base industrial y tecnológica del país.

Amenaza a la Región Industrial del Centro

Uno de los puntos más críticos señalados es el impacto territorial diferenciado, especialmente en la Región Centro (Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos). Esta zona concentra un tejido productivo complejo y de alto valor agregado, donde más del 70% de los empleos industriales intensivos en tecnología se localiza entre Santa Fe y Córdoba.

La apertura regulatoria y la competencia asimétrica son los mayores riesgos. Por un lado, el acuerdo implica aceptar estándares de EE. UU. sin procesos locales de evaluación (en vehículos, tecnología médica, y equipos industriales), un esquema que, según la teoría del desarrollo, «suele debilitar la capacidad de los Estados para aplicar políticas industriales activas y defender sectores sensibles».

Por otro lado, el acceso otorgado a productos agroindustriales estadounidenses, como carne aviar, bovina, lácteos y porcinos, se considera un «caso de manual de competencia desigual». Esto se debe a que EE. UU. utiliza un fuerte subsidio directo e indirecto a su sector agropecuario, limitando el margen de maniobra para los productores argentinos. Por ejemplo, la cuenca lechera central produce el 72% de la leche del país y el 55% del stock porcino se concentra en la región centro.

«El texto difundido golpea directamente la estructura industrial principal a cambio de compromisos minero-pastoriles, configurando patrones típicos de dependencia exportadora de commodities».

RIESGO DE «ENCLAVE» MINERO Y ALINEAMIENTO GEOPOLÍTICO

El estudio también pone la lupa sobre el sector de minerales críticos. Si bien el acuerdo potencia la exportación de estos recursos, como el litio, se advierte que «la evidencia internacional muestra… que los booms extractivos pueden producir estructuras de enclave cuando no existe una política nacional de encadenamientos productivos». El marco de entendimiento no prevé condiciones para la industrialización del litio ni para el desarrollo de proveedores locales.

En la dimensión geopolítica, el documento señala que ciertas cláusulas, como las relativas a empresas estatales de terceros países o estándares de trabajo forzoso, se alinean con la estrategia de contención estadounidense hacia China. Esto podría generar restricciones al financiamiento de infraestructura y una pérdida de diversificación geoeconómica para Argentina.

«Desde una perspectiva latinoamericanista, estas disposiciones debilitan la capacidad de autonomía estratégica regional».

Recomendaciones para el Gobierno

Ante estos desequilibrios, CEMUPRO concluye que la implementación del acuerdo en los términos actuales «amenaza con reforzar un patrón de inserción internacional primarizado y con impactos regresivos sobre la estructura productiva más dinámica del país».

Para avanzar, se recomienda:

  • Establecer reglas claras de valor agregado local en litio y minería.

  • Incluir cláusulas de salvaguardia para industrias sensibles (automotriz, maquinaria, farmacéutica).

  • Garantizar mecanismos de defensa comercial contra dumping y subsidios.

«Argentina se encuentra ante una decisión de alto impacto histórico».

Finalmente, se insta a una convocatoria amplia que incluya a provincias, universidades y sectores organizados, junto con la publicación integral del texto final y su revisión parlamentaria con criterios de transparencia.