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130 años de socialismo: legados y desafíos

130 años de socialismo: legados y desafíos

El Partido Socialista cumple 130 años de historia y, en ese marco, su presidenta Mónica Fein nos invita a repasar el legado histórico y a discutir los desafíos del futuro.

Mónica Fein, presidenta del Partido Socialista. 

Cumplir 130 años no es solamente recordar una fecha. Es volver a mirar una historia, reconocer una tradición y asumir una responsabilidad frente al presente y frente al futuro. El Partido Socialista nació en la Argentina para poner en el centro aquello que muchas veces el poder prefería no ver: la cuestión social, la vida de las trabajadoras y los trabajadores, la desigualdad, la explotación, la falta de derechos, la necesidad de una democracia que no fuera solo una forma política, sino también una promesa de justicia. Nacimos por la democracia social y seguimos luchando por ella.

Desde aquel congreso fundador de 1896, nuestro partido sostuvo la profunda convicción de que la democracia solo se realiza plenamente cuando llega a la vida cotidiana de las personas. Cuando hay trabajo digno, cuando hay salud pública, cuando hay educación, cuando hay vivienda, transporte, cultura, cuidados, igualdad de oportunidades. Cuando las instituciones funcionan con honestidad y cuando la política no se convierte en un privilegio, sino en una herramienta para mejorar la vida común. Esa es nuestra historia. Y esa debe seguir siendo nuestra tarea.

EL LEGADO DEL PARTIDO SOCIALISTA 

La filósofa feminista Diana Maffía y Mónica Fein en el marco de los 130 años del Partido Socialista.

El socialismo argentino nació junto a las organizaciones obreras, junto a las cooperativas, junto a los periódicos populares, junto a las bibliotecas, junto a las sociedades de resistencia, junto a quienes entendieron que la emancipación no podía esperar la buena voluntad de los poderosos. Nuestro compromiso histórico con las trabajadoras y los trabajadores no fue una consigna ocasional. Fue el corazón mismo de nuestra identidad. Peleamos por la jornada laboral, por el descanso dominical, por la protección social, por la organización sindical, por los derechos de las mujeres trabajadoras, por la infancia, por la salud, por la educación pública, por la dignidad de quienes viven de su esfuerzo. Las grandes figuras fundacionales de nuestra tradición (Juan B. Justo, Alicia Moreau, Julieta Lanteri, Alfredo Palacios, Enrique del Valle Iberlucea, Nicolás Repetto, Mario Bravo, Gabriela Laperrière de Coni, Carolina Muzzilli y tantas otras compañeras y compañeros) comprendieron que el socialismo no era solo una doctrina, sino una práctica cotidiana de organización popular, pedagogía democrática y lucha por derechos concretos.

Hoy la cuestión social tiene nuevas formas, pero conserva la misma urgencia. Hay trabajadores registrados que no llegan a fin de mes. Hay jóvenes que encadenan empleos precarios. Hay mujeres que sostienen tareas de cuidado sin reconocimiento. Hay jubiladas y jubilados que ven deteriorarse sus ingresos. Hay familias endeudadas para pagar alimentos, alquileres o medicamentos. Hay economías populares que producen y trabajan, pero siguen esperando derechos. Hay una Argentina que se esfuerza todos los días y, sin embargo, siente que el futuro se aleja.

Frente a eso, el socialismo no puede hablar desde la nostalgia ni desde la comodidad. Tenemos que hablar desde nuestra historia, pero también desde una propuesta clara para este tiempo. Una propuesta de izquierda democrática, responsable y seria que no confunda sensibilidad con improvisación, ni firmeza con violencia, ni transformación con gritos. Tenemos que ser capaces de articular una propuesta capaz de unir justicia social, libertad, igualdad, transparencia, desarrollo, ambiente, ciencia, producción y trabajo. Porque esa es nuestra convicción más profunda: que no hay justicia social sin democracia y que no hay democracia plena sin justicia social.

A lo largo de estos 130 años, el socialismo también mostró que la ética pública no es un adorno, sino el fundamento de la vida pública y la condición de la vida democrática. Desde Juan B. Justo y Alicia Moreau hasta Alfredo Palacios, desde nuestros primeros legisladores hasta nuestras experiencias municipales y provinciales, defendimos una idea sencilla y exigente: los recursos públicos son sagrados porque pertenecen a la ciudadanía. La honestidad no puede ser una promesa de campaña. Tiene que ser una forma cotidiana de gobernar, de administrar, de decidir y de rendir cuentas.

El socialismo no puede hablar desde la nostalgia ni desde la comodidad. Tenemos que hablar desde nuestra historia, pero también desde una propuesta clara para este tiempo.

En tiempos en los que la política muchas veces aparece asociada al privilegio, al espectáculo o al interés personal, nosotros tenemos que volver a decirlo con claridad: la transparencia, la austeridad y la honestidad son fundamentos de la vida pública. No alcanzan por sí solas, porque la política también debe transformar realidades injustas. Pero sin ellas no hay confianza, no hay contrato social, no hay comunidad democrática posible.

Nuestro país necesita reconstruir un contrato social basado en la justicia y en la fraternidad. Justicia para que nadie quede librado a su suerte. Fraternidad para entender que una sociedad no se salva de a uno, ni se ordena contra los más débiles, ni se construye sobre la indiferencia. Necesitamos recuperar una idea de comunidad. Una idea de Estado presente, eficiente y honesto. Un Estado que no sea botín ni burocracia inmóvil, sino una herramienta democrática al servicio de derechos concretos.

El socialismo argentino tiene una historia de gestión pública de la que podemos sentirnos orgullosos. La tuvieron nuestros pioneros municipales, como Agustín de Arrieta en Bahía Blanca, que gobernó con austeridad, compromiso con el trabajo y una ética pública que todavía interpela. La tuvo Teodoro Bronzini en Mar del Plata, símbolo de una tradición municipal honesta, cercana y transformadora. La tuvieron un sinfín de experiencias locales en las que el socialismo demostró que se podía administrar con seriedad y, al mismo tiempo, ampliar derechos.

Esa historia tuvo una expresión sustancial en los procesos de construcción socialista de Rosario y Santa Fe. Hermes Binner nos enseñó que la salud pública, la descentralización, la participación ciudadana y la planificación podían ser parte de un mismo proyecto democrático. Miguel Lifschitz nos mostró que la gestión también es una forma de sensibilidad: imaginar, planificar, ejecutar, terminar obras, cuidar la palabra empeñada, construir equipos, estar cerca de la gente. En Rosario, en Santa Fe y en tantos territorios donde gobernamos, el socialismo demostró que una izquierda democrática puede ser transformadora, moderna, transparente y eficaz. No somos comentaristas de la realidad. Somos una fuerza política que sabe gobernar.

LOS DESAFÍOS DEL SOCIALISMO 

Mónica Fein y Eloísa Álvarez, responsable nacional del Movimiento Nacional Reformista.

Cumplimos 130 años, pero nuestra historia no nos exime de pensar el futuro. Al contrario: nos obliga a desarrollar esa tarea. Nos obliga a mirar de frente los cambios del mundo del trabajo, la crisis ambiental, las desigualdades territoriales, la violencia, la concentración económica, la revolución tecnológica, la soledad, el individualismo, la ruptura de los lazos comunitarios. Nos obliga a construir respuestas para una sociedad más compleja, más fragmentada y muchas veces más dolorida.

En tiempos en los que las extremas derechas promueven el fin de toda idea de solidaridad, en los que se pretende convertir al Estado en un enemigo y a cada persona en una competidora solitaria frente a las demás, el socialismo tiene que volver a levantar una voz clara: no hay libertad verdadera en una sociedad abandonada a la desigualdad, no hay mérito posible sin oportunidades, no hay futuro común cuando se desprecia a quienes sufren.

La Argentina de Milei nos muestra, con crudeza, hasta dónde puede llegar una política que hace de la crueldad una identidad, que confunde orden con ajuste sobre los más débiles y que trata a la educación, a la salud, a la ciencia, a la cultura, a las jubilaciones y a la obra pública como gastos prescindibles, y no como pilares de una comunidad democrática. Frente a esa idea de país, que celebra la motosierra y naturaliza la exclusión, nosotros reafirmamos otra tradición: la de una izquierda democrática, responsable y seria, capaz de cuidar las cuentas públicas sin destruir derechos, de defender la estabilidad sin abandonar la justicia social, de hablar de eficiencia sin renunciar a la igualdad y de construir futuro sin romper los lazos de fraternidad que hacen posible la vida en común.

Celebrar 130 años del Partido Socialista no puede ser un acto de autosatisfacción. Tiene que ser un acto de compromiso. Estamos orgullosos de nuestra historia, pero no vivimos de ella. La honramos cuando somos capaces de ponerla al servicio de los problemas de nuestro tiempo.

En esa tarea, nuestro compromiso con las mujeres y las diversidades es irrenunciable. El socialismo argentino tuvo desde muy temprano mujeres que abrieron caminos cuando todo era más difícil: Alicia Moreau, las militantes feministas, las trabajadoras organizadas, las concejalas, legisladoras, intendentas, compañeras de cada territorio. Esa tradición nos exige seguir adelante. Defender la igualdad, combatir las violencias, ampliar derechos, reconocer las tareas de cuidado, garantizar autonomía económica, respetar la diversidad, construir instituciones libres de discriminación. No hay socialismo sin feminismo democrático. No hay justicia social si la mitad de la sociedad sigue cargando desigualdades históricas. No hay libertad verdadera si alguien debe esconder quién es para vivir sin miedo.

Celebrar 130 años del Partido Socialista no puede ser un acto de autosatisfacción. Tiene que ser un acto de compromiso. Estamos orgullosos de nuestra historia, pero no vivimos de ella. La honramos cuando somos capaces de ponerla al servicio de los problemas de nuestro tiempo.

La Argentina necesita una alternativa progresista, democrática, honesta y profundamente humana. Una alternativa que cuide la estabilidad institucional, pero que no se conforme con la desigualdad. Que defienda la producción y el trabajo. Que proteja a quienes más sufren. Que no le tenga miedo a la palabra igualdad. Que entienda que el orden democrático no se construye con crueldad, sino con derechos, con reglas, con responsabilidad y con justicia.

Nuestro socialismo tiene que volver a hablarle a quienes trabajan, a quienes estudian, a quienes cuidan, a quienes producen, a quienes emprenden, a quienes investigan, a quienes enseñan, a quienes sostienen comedores, clubes, cooperadoras, sindicatos, centros culturales, organizaciones sociales y espacios comunitarios. Tiene que volver a hablarle a las juventudes que no quieren resignarse, a las mujeres que sostienen la vida cotidiana, a las diversidades que reclaman respeto, a los adultos mayores que merecen dignidad, a las familias que necesitan horizonte.

Tenemos una historia limpia. Tenemos una tradición democrática. Tenemos experiencia de gestión. Tenemos sensibilidad social. Tenemos ideas. Tenemos compañeras y compañeros en todo el país. Y tenemos, sobre todo, una responsabilidad: demostrar que la política puede volver a ser una herramienta de esperanza seria, concreta, creíble.

A 130 años de nuestra fundación, reafirmemos nuestro compromiso con quienes trabajan, con quienes luchan por una vida digna, con quienes creen en la igualdad, con quienes defienden la democracia, con quienes no aceptan que la crueldad sea un programa de gobierno ni que la resignación sea el destino de la ciudadanía.

Sigamos construyendo un socialismo democrático, feminista, federal, transparente y fraterno. Un socialismo capaz de cuidar, de gobernar y de transformar. Un socialismo que mire hacia adelante sin olvidar de dónde viene. Un socialismo para una Argentina más justa, más libre y más solidaria. Un socialismo para la Argentina que viene. La que vamos a hacer juntas y juntos.

 

 

El futuro es colectivo: 130 años de socialismo y la urgencia del encuentro

El futuro es colectivo: 130 años de socialismo y la urgencia del encuentro

En el 130 aniversario del Partido Socialista, el ex gobernador Antonio Bonfatti nos invita a reflexionar sobre ese pasado para encarar los desafíos del presente. 

El ex gobernador de la provincia de Santa Fe y ex presidente de Partido Socialista, Antonio Bonfatti, recibiendo un homenaje en los 130 años del Partido Socialista.

El 28 de junio, el Partido Socialista cumple 130 años de vida en la Argentina. Se trata de una historia profundamente rica en esfuerzo, coherencia y compromiso, forjada inicialmente por el trabajo de miles de obreros inmigrantes que llegaron a estas tierras con la esperanza de construir una nueva patria de iguales. Desde aquellos orígenes, de hombres y mujeres organizados y guiados por la vocación de unidad de Juan B. Justo, hasta las experiencias de gestión que nos tocó liderar junto a referentes ineludibles como Hermes Binner o Miguel Lifschitz, el socialismo ha sostenido una premisa tan sencilla como revolucionaria: nadie se realiza en una comunidad que no se realiza.

A lo largo de más de un siglo, el socialismo no ha sido un sistema rígido, sino un conjunto de valores éticos aplicados a cada circunstancia histórica. Fuimos el partido que impulsó las ocho horas de trabajo, la educación laica y obligatoria, y la salud como un derecho fundamental. No lo hicimos desde el dogma, sino desde la profunda convicción de que la política debe estar al servicio de las personas y de que el desarrollo material resulta estéril si viene acompañado del beneficio para unos pocos o del sálvese quien pueda.

Hoy somos testigos de un cambio de época global profundamente complejo. El avance tecnológico de la robótica y la Inteligencia Artificial reconfigura el mundo del trabajo, mientras que el desarrollo material convive con un marcado vacío espiritual e individualista que priva a las sociedades de certezas. Es en esta encrucijada donde sectores políticos pretenden arrastrarnos a una supuesta «batalla cultural». No compartimos esa mirada de trinchera. Porque en toda batalla siempre hay vencedores y vencidos.

Las naciones no progresan a partir del enfrentamiento permanente, la descalificación del que piensa distinto o el fomento de una grieta que paraliza el destino común. El futuro de la Argentina no se construye enfrentando a compatriotas contra compatriotas. Lo que el país necesita con urgencia es exactamente lo contrario a una batalla: necesita diálogo, construir acuerdos básicos de largo alcance y definir colectivamente hacia dónde queremos ir. Debemos tener la capacidad de pasar de la cultura de la confrontación a la de la coincidencia. Pasar del individualismo a la solidaridad. Del consumismo a los lazos comunitarios donde el “ser sea más importante que el “tener”.

Frente a la fragmentación social y el repliegue de lo público, el socialismo sigue ofreciendo una alternativa profundamente humanista: volver a reunir la política con la ética, escuchar, convocar y sumar. No caminamos solos.

Nuestra práctica política y de gestión en la provincia de Santa Fe es un testimonio de que esta alternativa es posible. Demostramos que los grandes cambios se construyen colectivamente. Así concretamos uno de los sistemas de salud pública más reconocidos de la región, articulando con los equipos, con los trabajadores y la comunidad; y así propiciamos que miles de familias accedieran a su vivienda a través del esfuerzo comunitario. El Estado debe orientar y garantizar la transparencia frente a la corrupción que profundiza las desigualdades y debilita las instituciones y la democracia. Pero las transformaciones profundas ocurren cuando la sociedad civil se involucra, participa y se apropia del proyecto. Descreemos de la lógica neoliberal que subordina el bienestar a un supuesto derrame económico; la historia nos enseña que sin desarrollo social, integral, el bienestar económico para todos es simplemente una quimera.

Frente a la fragmentación social y el repliegue de lo público, el socialismo sigue ofreciendo una alternativa profundamente humanista: volver a reunir la política con la ética, escuchar, convocar y sumar. No caminamos solos. Caminamos con los trabajadores, los jubilados, las mujeres que luchan por una igualdad concreta, los estudiantes, los que producen, los más vulnerables.

Como solía decir Guillermo Estévez Boero, “se marcha, no se llega”. El socialismo es una marcha apasionada e inacabada hacia una sociedad más justa. A 130 años de nuestra fundación, reafirmamos la vigencia de nuestra utopía y de nuestros ideales. El presente y el futuro nos demandan ser el puente que salte los antagonismos estériles. Porque el futuro de la Argentina se construye y se conquista encontrándonos, con todos adentro y trabajando juntos.

Carlos Altamirano: «Nunca me consideré un escritor sino una persona que estudia históricamente cierta clase de hechos»

Carlos Altamirano: «Nunca me consideré un escritor sino una persona que estudia históricamente cierta clase de hechos»

Carlos Altamirano es un experto en historia intelectual y de los intelectuales y es, al mismo tiempo, él mismo un intelectual. «Leer y escribir» (UNL. 2025) compila algunos de sus ensayos y textos recientes sobre los temas que más lo han compelido: la historia, las ideas y los intelectuales. 

Carlos Altamirano y su último libro Leer y escribir (UNL, 2025).

Carlos Altamirano es un destacado docente e investigador. Se desempeño en ambas tareas en las aulas de la Universidad de Buenos Aires y en la de la Universidad Nacional de Quilmes. Paralelamente, fue miembro del Conicet. Es autor, junto con Beatriz Sarlo, de dos libros de primera relevancia académica. Me refiero a Literatura/Sociedad y a Ensayos argentinos: de Sarmiento a la vanguardia.  En el registro de la historia política y la historia intelectual, publicó varios volúmenes que resultan del todo pertinente hacer notar: Frondizi: el hombre de ideas como político (1998) Peronismo y cultura de izquierda (2001) Bajo el signo de las masas, 1943-1973 (2001) Para un programa de historia intelectual (2005). Para La Vanguardia Digital, conversé con él sobre su ultimo libro publicado por la Universidad Nacional del Litoral, como así también, sobre algunas cuestiones sustantivas de su trabajo como investigador.

Carlos, me gustaría comenzar, preguntándote sobre tu último libro: Leer y escribir. ¿Cómo surgió la idea de reunir textos aparentemente tan diversos, ponencias, artículos para revistas, un prólogo de un libro y hasta una carta dirigida a Héctor Schmucler?

La directora de la editorial de la Universidad del Litoral, Ivana Tosti, me propuso que reuniera artículos míos para editarlos en un libro que publicaría la editorial universitaria. Así lo hice y le di ese título que copia uno de Ezequiel Martínez Estrada.

Lo primero que señalas es que justamente leer y escribir “resume lo que ha sido durante décadas mi oficio, mi ocupación profesional”. Cuando lo leía, en algún momento, me puse a pensar en aquello que, podría decirse, no está en la superficie del libro. Para decirlo directamente, a lo largo de tus años como lector-investigador ¿qué ingredientes de tus lecturas de autores tan distintos como Tulio Halperin, José Arico o Edward Said tuvieron un impacto en tu propio trabajo?

Mi deuda intelectual con Tulio Halperin Donghi es muy grande. Fue uno de los autores en cuyos textos aprendí a examinar históricamente las significaciones que encierra una obra, a veces sólo un enunciado. No fue el caso de Aricó, de quien fui muy amigo, ni de Said, por cuyos escritos tengo gran admiración.

Siguiendo con mi interés por tu labor como especialista en el dominio primero de la “sociología de la literatura” y posteriormente en “la cultura intelectual”, me gustaría preguntarte sobre situaciones de trabajo concretas. ¿Cómo surge en vos un tema de investigación?

No tengo una respuesta única para esta pregunta. A veces el tema sobre el que escribí me fue solicitado. Por ejemplo, el ensayo sobre Arturo Frondizi, que lo hice a pedido de la filial argentina del Fondo de Cultura Económica. Lo mismo puedo decir del estudio preliminar y la selección de textos que contiene Bajo el signo de las masas (1943-1973), que respondieron a un encargo de Tulio Halperin Donghi. Peronismo y cultura de izquierda, en cambio, nació de un proyecto de investigación con el que obtuve mi primera beca. Me fue otorgada por el Social Science Research Council a mediados de los años ’80 del siglo pasado, es decir cuando ya no era un jovencito. La invención de nuestra América, en cambio fue el desarrollo de una idea que expuse por primera vez en un encuentro de interescuelas de historia que se llevó a cabo en Mendoza en el año 2013. Como ves, mis trabajos fueron fruto de impulsos muy variados.

«Con Beatriz Sarlo trabajamos durante unos años con la idea de formular las bases de lo que podría llamar una socio-critica en el abordaje y el análisis de los textos literarios. Pierre Bourdieu y Raymond Williams obraban como nuestros faros en ese proyecto».

Tus trabajos, es lo que siempre pensé, se distinguen por que su escritura no sólo se destaca por las formas imaginativas en la elaboración de tus argumentos sino también porque resulta una lectura muy fluida, digamos que se “deja leer” pero además se entiende perfectamente lo que decís. En el plano de la escritura, vos lo sabes muy bien, porque te lo dije muchas veces, sos uno de mis autores preferidos, sumaría a mi lista imaginaria a Juan Carlos Torre. Ahora bien, como es tu trabajo de escritura, cuáles son los tiempos de esa tarea, en qué autores pensás cuando lo estás haciendo.

Nunca me consideré un escritor sino una persona que estudia históricamente cierta clase de hechos –hechos de discurso, digamos– y las personas que en una sociedad y en un momento dado se hallan investidos (o se invisten ellas mismas) de autoridad para articular ese discurso. O sea para hablar y escribir sobre aspectos y problemas de la vida en común. Los conocemos como intelectuales, letrados, intelligentsia, “clase cultural”, etc. Al escribir sobre esos hechos trato de ser claro y no ser demasiado aburrido. Aún en un librito como Estaciones, en que cuento mi trayecto de lector, he tratado de mantener la distancia de quien es un investigador que escribe, no un escritor.

Con relación a las fuentes en que basas tus investigaciones, pienso en Ensayos argentinos: de Sarmiento a la vanguardia, escrito en la mayor parte con Beatriz Sarlo o en Bajo el signo de las masas, 1943-1973. ¿Cómo es esa etapa de trabajo?

Con Beatriz Sarlo trabajamos durante unos años con la idea de formular las bases de lo que podría llamar una socio-critica en el abordaje y el análisis de los textos literarios. Pierre Bourdieu y Raymond Williams obraban como nuestros faros en ese proyecto. El artículo “La Argentina del Centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos”, puede ser un ejemplo de esa perspectiva crítica. Lo último que publicamos animados por el proyecto de una socio-crítica fue Literatura/sociedad, que apareció en 1983. Después cada uno siguió su propio camino. La beca del Social Research Council y mi ingreso en Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES), consolidaron mi interés por los discursos políticos y el debate ideológico, tanto en lo relativo a sus contenido como a sus formas. Eso se convirtió finalmente en mi profesión.

Para cerrar quisiera que nos cuentes que libros estas leyendo o cuales has leído en este último tiempo.

Leo sobre todo novelas, la mayoría de ellas están en la biblioteca de mi casa, esperando que les llegara la hora.

Manuel Belgrano, la vida sinuosa de un héroe civil

Manuel Belgrano, la vida sinuosa de un héroe civil

Manuel Belgrano es el nombre propio asociado a nuestra bandera nacional, el «Día de la Bandera» conmemora su fallecimiento. Héroe civil y trágico, con más derrotas que victorias, es una figura central de nuestro panteón. Gabriela Tío Vallejo nos invita a conocer su vida y trayectoria.

«Creación de la bandera por Manuel Belgrano en las barrancas de Rosario en 1812» de Pedro Blanqué. Museo Histórico Provincial de Rosario «Dr. Julio Marc».

El papel de los individuos en los procesos históricos es un asunto complejo y debatido por la historia como disciplina. La crisis de los grandes paradigmas explicativos abrió el camino para el resurgimiento del sujeto en la historia y con ello para la recuperación de los itinerarios individuales dentro de la disciplina histórica. Si el materialismo histórico subordinaba la acción de los individuos al curso de la historia como proceso social, esta crisis abría la puerta a la pregunta de si las biografías, uno de los géneros más antiguos ligados a la historia, son un instrumento de la investigación social o un escape de la investigación social.

El problema adquiere una particular relevancia cuando hablamos de los protagonistas de procesos considerados por la memoria colectiva como fundadores de las naciones hispanoamericanas, como es el caso de la revolución que derivó en la independencia del Río de la Plata. Al desafío de calibrar el lugar del individuo en el proceso histórico, se suma el de despojar al héroe patriótico de las capas de sentido que las sucesivas generaciones han ido incorporando a su figura.

Cuando les historiadores abordamos las efemérides nos enfrentamos a la tarea de desmitificar procesos y actores históricos porque, como dice Oscar Terán, “la ventaja de la historia frente al mito es que no se cierra nunca”. El mito galvaniza a los héroes en una circunstancia y una valoración, mientras que la historia vuelve sobre los protagonistas de los procesos permanentemente preguntándose sobre su acción, su pensamiento y sopesando su desempeño en un determinado proceso histórico que, a su vez, se relee y re significa constantemente.

Las representaciones que los “héroes” ocupan en los diversos relatos históricos de un país reflejan el modelo de “nación deseada” implícito en cada relato; así pueden destacarse héroes civiles o militares, defensores de la soberanía nacional, o del progreso y la modernización. En el caso de la historia argentina, dos personajes han sido reivindicados y apropiados por los distintos relatos como fundadores de la nación porque se ligan al proceso de independencia que a su vez es considerado por la memoria colectiva como el origen de la nación: San Martín y Belgrano.

Sus continuas derrotas militares y el amargo final con la imagen de un general derrotado en el Alto Perú, trasladado con grilletes desde Tucumán a Buenos Aires como consecuencia de una revuelta de jefes militares, con el telón de fondo de la disolución de las provincias ya desunidas, agregan un sesgo de héroe trágico a este personaje generoso y desprendido que muere pobre y en soledad.

La figura de San Martín ha estado ligada al guerrero y al emancipador, en parte por su formación militar, por la envergadura de sus campañas, pero sobre todo por la “eficacia” de su acción en el sentido de que su plan continental aseguró la independencia del Río de la Plata, Chile y Perú.

Belgrano, a pesar de sus acciones militares se perfila como un héroe civil. A diferencia de San Martín que ya tenía una carrera militar en Europa, la actuación militar de Belgrano estuvo relacionada con su participación política en los eventos de la revolución de mayo. El propio Belgrano en su autobiografía reconoce que no sabía ni como llevarse el fusil al hombro. Los proyectos del joven Belgrano estaban más cerca de la actividad comercial que desempeñaba su familia, tenía la esperanza de un cargo diplomático en algún país europeo o del desempeño de algún cargo como corolario de sus funciones como secretario del Consulado de comercio de Buenos Aires.

Pero no son sólo los datos concretos de sus biografías lo que diferencian las representaciones que tenemos de Belgrano y San Martín. Por eso hablamos de las capas de sentido que se van agregando en la construcción de la figura del héroe.

Quizá el hecho de haber escrito una autobiografía, de que podamos acceder a su cotidianeidad a través del Diario Militar del Ejército Auxiliar del Perú, de los rasgos particulares que aparecen en diversas memorias como las de José María Paz y las de Gregorio Aráoz de Lamadrid, le otorguen a la figura de Belgrano un lado más humano.

La conocida carta entre Pío Tristán y Belgrano en el que el general rioplatense le responde a su adversario con cierto humor y modestia firmando como general del Ejército Chico frente a la firma del jefe realista como general del Ejército Grande, lo coloca en un lugar cercano y “de a pie” frente a la rampante iconografía del San Martín ecuestre.

Sus continuas derrotas militares y el amargo final con la imagen de un general derrotado en el Alto Perú, trasladado con grilletes desde Tucumán a Buenos Aires como consecuencia de una revuelta de jefes militares, con el telón de fondo de la disolución de las provincias ya desunidas, agregan un sesgo de héroe trágico a este personaje generoso y desprendido que muere pobre y en soledad. El día mismo de su muerte, el 20 de junio, conocido en la historia de la provincia de Buenos Aires como el día de los tres gobernadores, que une el destino del héroe con el de la desunión de las provincias añade un regusto de derrota a la memoria de Belgrano.

Sin embargo, más allá de estas improntas que pudieron haber grabado algunos de sus rasgos en la memoria colectiva, me interesa quitar algunas de esas capas de sentido, como cuando se restaura una pieza antigua levantando las capas con que a lo largo de los años sus guardianes la han ido cubriendo.

La primera capa es la del lugar de los procesos que culminaron con la independencia en la construcción de la nación. Aunque hace décadas que la historiografía insiste en ello, es aún necesario decir que no existía una nación argentina, ni una patria o un estado argentinos coincidentes con nuestro actual marco territorial en el momento de la revolución de 1810, ni en 1816 con la declaración de la independencia. Los movimientos que comenzaron con la crisis del poder imperial en 1808 deben leerse más en el marco de la crisis de la monarquía española y la disolución del imperio que en el de la construcción de las naciones hispanoamericanas, proceso que llevará otro siglo.

Retrato de Manuel Belgrano para la Enciclopedia Militar, por Francisco Fortuny.

Resituar los procesos de independencias hispanoamericanos en un momento de una crisis imperial inesperada y no como corolario del deseo largamente contenido de unas elites americanas ayuda a entender los posibles objetivos e incertidumbres de los líderes de la guerra así como los imaginarios políticos disponibles. Aquí aparecen las capas de la modernidad, el republicanismo con sesgo contemporáneo, supuestos que tienen que ver con lecturas que se hacen desde el final del proceso, que en historia llamamos “teleológicas”, y que no dejan entender al sujeto en su contexto.

Cuando se produce en 1808 la crisis de la monarquía, producto de la invasión napoleónica en España y la abdicación del rey, las elites criollas, a lo largo y ancho de la América española, no pretendían la ruptura con la monarquía. La fidelidad al rey cautivo fue una figura que salvaguardaba la autoridad monárquica y la lealtad de las regiones americanas. Esta fidelidad tiene que ver también con un universo de pautas culturales distintas a las actuales, en las que la fidelidad al Rey tiene una connotación religiosa. Fue el desarrollo de la crisis el que fue reformulando las respuestas americanas en un proceso de más de diez años.

La actitud fidelista fue común a las juntas de gobierno que se proclamaron en América y que recibieron muy pronto el cachetazo del gobierno de la península que, erigiéndose en depositario de la soberanía, desconocía esta misma base de legitimidad a las juntas americanas, señalando flagrantemente que no había igualdad posible a ambos lados del atlántico y dando por tierra las ilusiones de los americanos de ganarse un lugar en la reformulación de un imperio menos asimétrico.

En este contexto se debe situar la propuesta monárquica de Belgrano en el Congreso y sus anteriores afiliaciones carlotistas. Desde su cargo de Secretario del Consulado, lideró la alternativa de coronar como regente de América a Carlota Joaquina de Borbón, hermana mayor del rey Fernando VII y esposa del príncipe regente de Portugal. La corte francesa se había refugiado en Rio de Janeiro huyendo de la invasión napoléonica. Ocho años después, tras la frustrada misión diplomática de hacer reconocer en Europa al nuevo país, Belgrano planteaba en el Congreso de Tucumán las ventajas de una monarquía incaica.

La coyuntura de 1814-1816 condensa una serie de acontecimientos que marcan un viraje en el proceso revolucionario. La restauración de los monarcas considerados legítimos después de la derrota de Napoleón provoca un ambiente internacional adverso a los movimientos hispanoamericanos. Fernando VII, el Deseado, cuya imagen había sido utilizada como escudo a las acusaciones de deslealtad a la corona, vuelve como tirano. En el Río de la Plata se barajan diversos proyectos que intentan fundamentar la legitimidad y alentar el reconocimiento de los nuevos estados: protectorados y monarquías, allí entraba la propuesta de Carlota Joaquina. Por otra parte la declaración de independencia era indispensable para conjurar las acusaciones de traición en un momento en que la guerra estaba lejos de estar definida, pero había que buscar también una forma de gobierno que atrajera el apoyo de las naciones europeas mientras soplaban vientos de restauración monárquica. Este marco atlántico explica las propuestas monárquicas de Belgrano.

Belgrano, a pesar de sus acciones militares se perfila como un héroe civil. A diferencia de San Martín que ya tenía una carrera militar en Europa, la actuación militar de Belgrano estuvo relacionada con su participación política en los eventos de la revolución de mayo. El propio Belgrano en su autobiografía reconoce que no sabía ni como llevarse el fusil al hombro.

La preferencia por la monarquía tenía que ver también con la amenazada situación de las provincias rioplatenses con el avance portugués en la Banda Oriental, la disidencia de Artigas y los escasos recursos de la revolución para enfrentar tantos frentes abiertos. Por otra parte, la monarquía era la formas de gobierno imperante en el espacio atlántico. La propuesta de Belgrano era acorde con los tiempos y favorable al reconocimiento de la independencia en tiempos de restauración. La “solución” incaica fue quizás también una forma de atraer a la tutela del Rio de la Plata a los pueblos del Alto Perú, una región que le fue particularmente esquiva a la campaña liderada por las provincias del sur.

Belgrano se celebra en las escuelas del país como creador de la bandera, el papel que Mitre quiso darle frente a la construcción de San Martín como héroe exitoso en lo militar, en tiempos en que el ejército de Buenos Aires se constituía en el hacedor de la posible nación.

Esa bandera que, con los disensos propios de los símbolos apropiados, se dice, recoge en sus colores los de la dinastía borbónica, la Orden de San Carlos, el manto de la Virgen, muestra el carácter religioso de Belgrano, completamente acorde a su época. En este marco se entiende la importancia de las Vírgenes Generales que acompañaban los ejércitos tanto realistas como insurgentes.

Los tiempos de la revolución estaban inscriptos en una cultura compartida por el mundo iberoamericano en la que el fundamento trascendente del poder y el orden social y el poder normativo de la religión dan forma a los imaginarios tanto de las elites como de los diversos sectores sociales.

Finalmente, y para dejar una nota acorde con nuestros tiempos, me gustaría señalar algunos aspectos que la tradición ha adjudicado a la figura de Belgrano. Su voz afeminada, su afición a los buenos trajes y las maneras europeas, la ascética disciplina que les impuso a sus soldados y oficiales… ¿Qué tanto hay de la construcción de un héroe que no guarda relación con las masculinidades esperables en un guerrero? ¿Se constituyó por ello en un héroe civil?

* Este artículo fue publicado previamente en la web de CONICET – NOA Sur.

Carlo Ginzburg, una ética del conocimiento

Carlo Ginzburg, una ética del conocimiento

Historiador polifacético y multidisciplinario, fundó un modo de hacer en la disciplina sin proponérselo. La muerte de Carlo Ginzburg deja un vacío intelectual, pero también nos lega una obra plural y diversa que invita a ser redescubierta. Mariano Schuster lo homenajea para La Vanguardia Digital. 

El historiador Carlo Ginzburg, fallecido el 17 de junio de 2026. Fotografía de Danilo De Marco/ Adelphi Edizioni.

Quizás no haya que decir demasiado para pensar la obra y la vida de Carlo Ginzburg, porque fue uno de esos eruditos que parecen haberlo dicho todo y, a la vez, alguien marcado por las heridas más hondas del siglo XX. Desde Los benandanti, su primera obra, dedicada a las creencias populares y los cultos agrarios del Friuli perseguidos por la Inquisición, su voz fue central para recuperar las formas más frágiles y más esquivas de la experiencia humana. Tengo para mí que Ginzburg mostró una forma novedosa y justiciera de leer el pasado. Reveló historias a partir de huellas mínimas y palabras arrancadas bajo presión, y encontró la vida de hombres y mujeres del mundo popular en los archivos de quienes habían querido silenciarlos o destruirlos. En El queso y los gusanos mostró que una sola vida común podía contener una concepción integral del mundo, y en Los benandanti e Historia nocturna, reveló el modo en el que los archivos de la persecución podían abrir el acceso a ritos, creencias y culturas de los propios perseguidos.

Fue hijo de un siglo de grandes esperanzas y grandes catástrofes. En él se combinaron la literatura y el antifascismo de sus padres, Natalia y Leone, y una historia familiar atravesada por el judaísmo laico, la izquierda, la ciencia y los libros. El hombre que veía a su madre escribir novelas a mano heredó también de su padre (filólogo, traductor de Gógol y Tolstói) una pasión por la narrativa que nunca abandonó. Perseguido por el régimen de Mussolini, su padre, militante del Partido de la Acción de Carlo y Nello Rosselli, profesaba un socialismo humanista incompatible con un mundo en el que la violencia escuadrista se había vuelto método de gobierno. Esa incompatibilidad le costó primero la cátedra, luego el destierro y, al final, la vida. Durante toda su trayectoria, Ginzburg recordó el asterisco con el que, por las leyes raciales de 1938, el régimen fascista había reemplazado el nombre de su padre en la traducción italiana de Guerra y paz. Lo había mirado de niño sabiendo que ocupaba el lugar de Leone, que sería asesinado en 1944 en la cárcel romana de Regina Coeli a consecuencia de las torturas.

Tengo para mí que Ginzburg mostró una forma novedosa y justiciera de leer el pasado. Reveló historias a partir de huellas mínimas y palabras arrancadas bajo presión, y encontró la vida de hombres y mujeres del mundo popular en los archivos de quienes habían querido silenciarlos o destruirlos.

Que se hiciera historiador fue, casi, obra de una astucia ajena. En la Scuola Normale, su maestro Arsenio Frugoni le encargó un trabajo sobre la revista Annales, fundada por Marc Bloch y Lucien Febvre, sobre la que él no sabía nada. Aceptó el desafío sin entusiasmo, y de pronto se encontró leyendo Los reyes taumaturgos, de Bloch, el libro que le mostró cómo, a partir de un solo gesto (el rey que curaba con sus manos), podía iluminarse la naturaleza del poder en la Edad Media. Ese fue el momento en que supo que su camino era la historia. “Al final, Frugoni lo había conseguido”, contaba, todavía agradecido.

Cuando tuve la fortuna de entrevistarlo en Buenos Aires, durante más de tres horas, insistió en un nombre: el de su abuelo, Giuseppe Levi. En un café porteño se emocionó al evocar su candidatura por el Frente Democrático Popular de comunistas y socialistas en 1948, y también al recordar el día en que, siendo niño, su abuelo lo llevó a mirar por un microscopio y él vio apenas una mancha amarilla. Quedó decepcionado, pero no se atrevió a decirlo. Ginzburg pensaba que el proyecto de la microhistoria había estado signado por ese momento: él solo había visto una mancha, pero en los documentos inquisitoriales encontró vidas, culturas, épocas. La microhistoria, solía aclarar siempre, no era la historia de lo pequeño, sino la del análisis microscópico, la de la mirada que se acerca tanto a un caso singular que termina revelando un mundo.

Solía contar que, hacia el final de la guerra, escondido con su madre en un pueblo de la Toscana, había vivido una de las escenas que lo habían marcado para siempre. Su abuela materna (el único miembro no judío de la familia) le hizo aprender un nombre falso, Carlo Tanzi, y lo escribió en la portada de uno de sus libros de la escuela. “Siento que en ese momento me convertí en judío”, recordaba. Esa persecución temprana se enlazó rápidamente con su oficio de historiador. Cuando empezó a estudiar los juicios por brujería, los leyó con las herramientas que tenía a mano: las de Gramsci, cuyos Cuadernos de la cárcel lo habían marcado de joven, de modo que sus primeros acusados le parecieron portadores de una cultura subalterna y sus procesos, una “forma rudimentaria de la lucha de clases”. Pero pronto aprendió a leer los expedientes a contrapelo, contra la intención de quienes los habían escrito, de la mano, entre otros, de Delio Cantimori. Cantimori, un personaje extraño, que había recorrido el camino del fascismo al comunismo, le enseñó la lectura atenta y pausada (estuvieron dos semanas para leer veinte líneas de Burckhardt) y de él recibió, cuando le anunció que quería estudiar los juicios por brujería, una respuesta contundente: “¿también usted?”. Años después, esa actitud paciente fue recompensada con el hallazgo de Menocchio, el molinero que creía que el mundo había nacido de materia putrefacta, en un archivo al que solo pudo entrar gracias a la carta de un sacerdote que certificaba que el doctor Ginzburg «era una persona confiable».

En esos años se deslumbró con la lectura de El mundo mágico, la obra del antropólogo marxista Ernesto de Martino. Aunque Ginzburg nunca creyó, como De Martino, en la realidad de los poderes mágicos que se hacían visibles en los casos de éxtasis religioso, quedó cautivado por la idea de De Martino de que la magia y el éxtasis habían permitido a los hombres superar lo que él llamaba la “pérdida de la presencia”, ese riesgo de disolverse en el mundo. La analogía le resultó evidente. Sus benandanti friulanos, que decían librar batallas nocturnas por las cosechas, eran parientes de los chamanes siberianos estudiados por De Martino. Unos y otros habían encontrado, en el trance, una manera de habitar el mundo.

De Martino y los antropólogos no fueron sus únicos maestros en el arte de mirar. A los dieciocho años, antes de entrar en la Scuola Normale, había leído a Erich Auerbach y a Leo Spitzer, y había quedado deslumbrado con una crítica literaria capaz de hacer hablar a una sola página, e incluso, a veces, a una sola línea. De Mimesis, que lo acompañaría toda la vida, aprendió que en un detalle podía caber una época. La otra mitad de su método la encontró en Londres, en el Instituto Warburg, adonde lo llevó el propio Cantimori. La idea warburgiana de las “fórmulas de la emoción” (esos gestos del pathos que migran de imagen en imagen a través de los siglos) recorrería Miedo, reverencia y terror, su libro de iconografía política, en el que analizaba desde el Marat de David al Guernica de Picasso. Bloch y Cantimori, De Martino, Auerbach y Warburg, y el microscopio del viejo Giuseppe Levi le habían enseñado que mirar de cerca, muy lejos de empequeñecer, agranda.

Esa convicción tuvo un nombre, pero no fue él quien se lo puso. Cuando publicó El queso y los gusanos, la palabra microhistoria no figuraba en sus páginas. Fue su colega Edoardo Grendi quien la usó para nombrar lo que Ginzburg había hecho con Menocchio. El proyecto, en rigor, fue una empresa colectiva que armó a fines de los años 70 junto a Grendi, a Carlo Poni y, sobre todo, a Giovanni Levi, con quien dirigió en Einaudi la colección Microstorie. Giovanni era su amigo de toda la vida: se habían conocido de niños, jugando al fútbol en las barriadas de Turín. Sus padres habían militado juntos en el grupo antifascista Giustizia e Libertà. Antes que cualquier teoría, tenían en común ese mundo: el judaísmo laico, la izquierda, la militancia antifascista que había atravesado sus historias familiares. La microhistoria nació, también, de una amistad de infancia.

Cruzó la historia con la antropología, la filología, la crítica de arte y la literatura, y desconfió hasta el final de las categorías que clausuran. Detestaba, por ejemplo, la palabra «identidad». Prefería pensar a cada persona como un cruce de muchas pertenencias, nunca como algo fijo, idéntico a sí mismo a lo largo del tiempo.

No fue un militante político, pero el clima de la izquierda de los años 60 y 70 atravesó su obra. El desafío que Menocchio, el protagonista de El queso y los gusanos, había lanzado a las autoridades religiosas y seculares resonaba con el espíritu del 68, esa fecha que él consideraba un punto de inflexión, cuando la crítica de la cultura burguesa empujó a mirar con otros ojos a las culturas que hasta entonces se habían juzgado atrasadas. Y, sin embargo, se cuidaba de aclarar que pertenecía a otra generación: no a la del 68, sino a la que habían marcado la “Segunda Guerra, el fascismo y la lucha antifascista”. La experiencia política de su padre, militante del socialismo liberal, y las distintas izquierdas que convivían bajo el mismo techo (la adhesión de su madre al Partido Comunista desde el catolicismo de izquierda de Felice Balbo, y el socialismo humanista del abuelo Giuseppe Levi, capaz de reunir las distintas tradiciones progresistas) habían moldeado, al menos en parte, su conciencia política. De ese mundo, quizás más que del 68, provenían sus ideas.

Sólo una vez escribió un libro con un fin práctico y concreto, y fue, sin dudas, el más doloroso. El juez y el historiador nació para probar la inocencia de su amigo Adriano Sofri, dirigente de la organización marxista revolucionaria Lotta Continua, condenado por un crimen sobre la base de un único testimonio: el de un arrepentido que se acusaba a sí mismo mientras señalaba a otros. Ginzburg reconoció en esa trama el mismo mecanismo de los procesos por brujería que había estudiado toda su vida, y se lanzó a desarmarlo, sopesando con cuidado la valía de las pruebas presentadas en el juicio. Su trabajo no alcanzó para cumplir su cometido. Sofri fue condenado a veintidós años y estuvo a punto de morir en la cárcel. Ginzburg consideraba ese libro como un fracaso. Quizás esa sea, también, la prueba más conmovedora de lo que la historia significaba para él, cuando lo que estaba en juego no era un molinero del siglo XVI, sino un amigo del presente.

Cruzó la historia con la antropología, la filología, la crítica de arte y la literatura, y desconfió hasta el final de las categorías que clausuran. Detestaba, por ejemplo, la palabra «identidad». Prefería pensar a cada persona como un cruce de muchas pertenencias, nunca como algo fijo, idéntico a sí mismo a lo largo del tiempo. Él, que rechazó toda su vida lo que permanece idéntico a sí mismo, deja sin embargo algo destinado a perdurar. Una obra vasta y fundamental, en la que los hombres y mujeres del pasado hablan con voz propia, como si todavía estuvieran en este mundo. Una obra que tampoco es idéntica a sí misma: vive, y cambia, en cada lector. Quizás esa sea, al final, la enseñanza de Ginzburg. La de una ética del conocimiento que lo llevó a mirar de cerca, a no aplastar el pasado con categorías demasiado seguras, a desconfiar de las evidencias fáciles. Su vida y su obra estuvieron unidas, hasta el final, por una sola certeza: que detrás de cada documento, aun del más frío, late una vida humana.

Plot twist: el deseo y el goce también tienen canas

Plot twist: el deseo y el goce también tienen canas

¿Te imaginás viejo o vieja? ¿Qué es lo primero que pensás cuando escuchás la palabra «vejez»? ¿Hay algo que te da miedo o te guste de envejecer? ¿Pensás que la sociedad trata bien a las personas mayores? ¿Nos incomoda pensar a las personas mayores vivenciando con goce su sexualidad? 

Fotografía de Marilyn Minter (Elder Sex, JBE Books (Paris) & LGDR (New York City), 2023).

Gentes varias, sigo en territorio de conmemoraciones. ¿Excusa para abordar temas que me interesan y que no sabía cómo comunicar? Probablemente.

En la nota anterior —que pueden encontrar por acá mismo— decidí hablar de masturbación. La excusa fue la conmemoración de la práctica autoerótica durante el mes de mayo. Intenté compartir algunas reflexiones, pareceres e información sobre la vivencia del placer y los tabúes que todavía la rodean.

Pero hoy quiero situar el foco en una etapa de la vida que rara vez asociamos con el placer y el goce: la vejez.

Personas mayores, viejos y viejas, vejeces, gerontes. Hay muchas maneras de nombrar esta etapa de la vida. Y aunque parezca un detalle menor, las palabras importan. Porque detrás de algunas formas de nombrar se esconden prejuicios que terminan justificando distintas formas de discriminación por edad, es decir, viejismo.

Pensemos en algo bastante habitual: llamar «abuela» o «abuelo» a cualquier persona mayor, tenga o no nietos. Como si alcanzar determinada edad implicara automáticamente ocupar un único lugar posible en el mundo. De repente, desaparecen los nombres, las historias, los proyectos y los deseos. Queda el rol. Y cuando solo vemos el rol, dejamos de ver a la persona.

Pensemos en algo bastante habitual: llamar «abuela» o «abuelo» a cualquier persona mayor, tenga o no nietos. Como si alcanzar determinada edad implicara automáticamente ocupar un único lugar posible en el mundo. De repente, desaparecen los nombres, las historias, los proyectos y los deseos. Queda el rol.

Cada 15 de junio se conmemora el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, una fecha impulsada por Naciones Unidas para visibilizar las distintas formas de violencia que atraviesan las personas mayores y promover el respeto de sus derechos. En Argentina, además, desde 2022 la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores —aprobada por la Organización de los Estados Americanos en 2015— tiene jerarquía constitucional, consolidando un marco de derechos.

Junio también es el mes de la diversidad sexual. Lo que me permite dejar planteada una genuina inquietud: si la sexualidad y el goce en la vejez siguen siendo temas silenciados o invisibilizados, imaginemos por un momento lo que ocurre con las personas mayores que forman parte del colectivo LGBTI+. ¿Cuántas historias, identidades, deseos y experiencias permanecerán ocultas detrás de esos prejuicios?

PERO RETOMEMOS, VOLVAMOS SOBRE LA VEJEZ

Fotografía de Marilyn Minter (Elder Sex, JBE Books (Paris) & LGDR (New York City), 2023).

Hace un tiempo ya que vengo pensando una idea que, al tomar conciencia de ella, me resultó disruptiva: las personas queremos vivir muchos años, pero pocas nos imaginamos siendo viejas. Y ahí me pregunto, ¿cómo vamos a construir proyectos, expectativas, deseos e incluso derechos sobre una etapa de la vida en la que no podemos visualizarnos?

Es así que decido, tirar un facto y me voy: somos seres envejecientes. Desde el mismo momento en que nacemos empezamos a envejecer. Porque el tiempo no para, canta La Bersuit.

Los prejuicios perpetúan la relación entre la vejez y palabras como enfermedad, deterioro, dependencia, soledad o pérdida. La filósofa Simone de Beauvoir escribió La vejez, allá por 1970 y lúcidamente decretaba que «para la sociedad la vejez parece una especie de secreto vergonzoso del cual es indecente hablar».

Sin embargo, una cosa es imaginar la vejez en otras personas y otra muy distinta es imaginársela para una misma. ¿No? La solemos pensar como algo lejano, como una experiencia que les sucede a otros y que, de algún modo, nunca va a alcanzarnos. En esa fantasía también opera el mito de la eterna juventud, de creernos invencibles, de no tener consciencia de finitud y es un ideal arraigado en nuestra cultura que contribuye a sostener una mirada viejista de la vejez.

Los prejuicios perpetúan la relación entre la vejez y palabras como enfermedad, deterioro, dependencia, soledad o pérdida. La filósofa Simone de Beauvoir escribió La vejez, allá por 1970 y lúcidamente decretaba que «para la sociedad la vejez parece una especie de secreto vergonzoso del cual es indecente hablar». Y, pareciera que hoy la vejez sigue siendo, en muchos sentidos, algo de lo que cuesta nombrar y, más aún, proyectar con deseo (a pesar de que es una de las pocas certezas que tenemos en nuestra vida. Siempre estamos más viejos que ayer, y si todo sale más o menos bien, vamos a envejecer).

SPOILER: EL DESEO LLEGA A VIEJO, PERO NO ENVEJECE

Fotografía de Marilyn Minter (Elder Sex, JBE Books (Paris) & LGDR (New York City), 2023).

Seguimos viviendo en sociedades que rinden culto a la juventud, que también termina construyendo identidad (en los términos que mencioné más arriba). Todo parece estar diseñado para parecer más joven, sentirse más joven, actuar más joven y, si fuera posible, borrar cualquier evidencia de que el tiempo pasa. Es así que, el deseo se presenta como si tuviera fecha de vencimiento, como si el placer fuera patrimonio exclusivo de algunos cuerpos y algunas edades o como si llegar a viejo implica automáticamente dejar de ser una persona deseante.

Sin embargo, las experiencias de muchas personas mayores muestran una realidad bastante diferente. El deseo, el goce, la necesidad de afecto, la intimidad, la compañía y el placer no desaparecen por cumplir años. La sexualidad cambia, se transforma y se reinventa, pero no se extingue, es parte constitutiva de nosotros.

Y seamos punzantes, quizás se acepta la idea de que los viejos y las viejas puedan enamorarse o tener pareja. Pero ¿qué pasa cuando se piensa en que esas personas se vinculan sexualmente, o se masturban, o miran pornografía, tienen fantasías eróticas, usan aplicaciones de citas o utilizan juguetes sexuales? ¿Imaginamos que una persona mayor de 60 años (edad en la que la Convención ubica el inicio de esta etapa de la vida) consume contenido erótico, se compra un vibrador, intercambia fotos íntimas o explora nuevas formas de placer? 

Quizás, en este punto, nos encontremos frente a una doble censura: la de hablar de la vejez y la de hablar del goce o del derecho al placer, como si el deseo tuviera una fecha de vencimiento. Porque si aceptamos que las personas mayores también fantasean, se excitan, sienten curiosidad sexual o buscan nuevas formas de placer, se derrumba la idea de que la vejez es una etapa desprovista de erotismo.

De hecho, suele resultar más habitual escuchar que una persona mayor necesita tomar una medicación que imaginarla teniendo orgasmos. ¿Verdad? Vemos con total naturalidad que alguien de 30 años compre preservativos (úsalos siempre, por favor), use una aplicación de citas o adquiera un juguete sexual. Sin embargo, cuando quien hace esto mismo tiene 80 años, la reacción suele generar sorpresa, incomodidad o, incluso, burlas.

Cuidar también implica respetar: la intimidad, los tiempos, las decisiones y el derecho de cada persona a construir vínculos, enamorarse, disfrutar de su propio cuerpo y vivir la sexualidad de la manera que elija. Porque proteger no es controlar y acompañar no es decidir por otras personas. El buen trato implica reconocer a las personas mayores como sujetos plenos de derechos, con dignidad, autonomía, independencia, proyectos, deseo, erotismo y derecho al goce y al placer.

En este sentido, cuando hablamos de maltrato hacia las personas mayores solemos pensar en situaciones de abandono, violencia física, negligencia o abuso económico, entre otras. Sin embargo, existen diferentes formas de vulneraciones mucho más silenciosas y naturalizadas que rara vez identificamos como tales. Podríamos llamarlas «microviejismos», tales como negar la intimidad, cuestionar nuevas relaciones afectivas, infantilizar decisiones, controlar vínculos, suponer que una persona mayor ya no necesita o no quiere privacidad, y la lista podría continuar. Actitudes que terminan por censurar, desaprobar moralmente, ridiculizar o tener actitudes paternalistas para con las personas mayores.

Como si el placer tuviera fecha de vencimiento. Como si hubiera una edad a partir de la cual el deseo dejara de ser legítimo. Como si el erotismo fuera un privilegio reservado para la juventud.

Puede que estos ejemplos se escondan tras el relato del cuidado. Sin embargo, cuidar también implica respetar: la intimidad, los tiempos, las decisiones y el derecho de cada persona a construir vínculos, enamorarse, disfrutar de su propio cuerpo y vivir la sexualidad de la manera que elija. Porque proteger no es controlar y acompañar no es decidir por otras personas. El buen trato implica reconocer a las personas mayores como sujetos plenos de derechos, con dignidad, autonomía, independencia, proyectos, deseo, erotismo y derecho al goce y al placer.

Miremos a nuestro alrededor, ¿Cuáles son las representaciones de vejez que consumimos? ¿Cuándo fue la última vez que viste una escena de placer sexual protagonizada por personas mayores en una película, una serie o una publicidad? No reflexionar sobre esto, invisibiliza contribuyendo a reforzar prejuicios. Por todo esto, jubilemos nuestros prejuicios y preguntémonos ¿Qué vejeces queremos ser? 

Reitero, querido lector, querida lectora —y quienes habitan los grises de la vida—: contame, ¿Qué más te gustaría leer, discutir o escuchar sobre este tema?