Generic selectors
Exact matches only
Search in title
Search in content
Post Type Selectors
¿Milei es ruptura o continuidad con la tradición liberal argentina?

¿Milei es ruptura o continuidad con la tradición liberal argentina?

Javier Milei es un capítulo más en la historia del liberalismo argentino, pero uno muy idiosincrático. Recurriendo a la perspectiva histórica, Roy Hora intenta develar cuánto de novedad y cuánto hay de continuidad entre el presidente y la tradición liberal argentina de Roca, Pellegrini y Alberdi. 

El presidente Javier Milei de visita en el Jockey Club Argentino.

*Artículo reproducido del substack Causas y Azares. 

En esta nota me pregunto qué clase de liberalismo hizo posible que una figura como Javier Milei sea aceptado por tantos liberales argentinos como un miembro pleno de su propia tribu. El presidente suele invocar autores exóticos, muchos de ellos de la “escuela austríaca”, o ignotos pensadores libertarios, que hasta hace muy poco estaban completamente ausentes del canon intelectual local. Voy a dejar de lado toda consideración estricta sobre este plano, el de las ideas y la retórica, que creo desvía la atención hacia cuestiones de segundo orden, para dirigir la atención hacia el terreno de las prácticas y el contexto, siempre más relevante para entender de qué modo una tradición intelectual lee y procesa las contribuciones de los autores que constituyen sus referencias intelectuales. Es aquí, más que en la cita textual de los dichos de Alberdi o de los pensadores liberales del siglo XX o de nuestro tiempo, donde alcanzamos una comprensión más profunda sobre el significado de ese cuerpo de ideas (y, para el caso, para cualquier tipo de pensamiento que se propone actuar e incidir sobre el mundo). Y sobre las razones que hacen de Milei un heredero legítimo de la tradición liberal.

Visto desde este ángulo, el punto que me interesa destacar es que, en nuestro país, el liberalismo argentino tomó la forma de un liberalismo de gobierno, más preocupado por la construcción del orden que por otras dimensiones de la propuesta liberal, como la protección o la expansión de los derechos individuales. Esa fue su matriz originaria, la que le dio forma a la tradición político-intelectual y moldeó el sentido común liberal. Allí encontramos una de las claves que nos ayudan a entender las continuidades que, por debajo de la superficie, unen el pasado y el presente. En lo que sigue, entonces, tomaré este hilo para referirme a los rasgos principales de esa tradición, distinguiendo los dos grandes momentos —de ascenso y de retroceso— que marcaron su evolución, para terminar con unas breves referencias a su Milei y el renacimiento actual de la idea liberal.

Vamos entonces a la historia. El programa liberal cobró forma tras el derrocamiento de Juan Manuel de Rosas y dominó la vida pública durante casi tres cuartos de siglo. A lo largo de ese período, los hombres referenciados en este credo impulsaron una transformación profunda y, en conjunto, muy positiva de la sociedad argentina. La era liberal estuvo marcada por el crecimiento económico y el aumento del bienestar. Basta mirar los datos sobre la evolución del salario, la tasa de alfabetización o la esperanza de vida para comprobarlo. Pero, además de la mejora material, la afirmación de principios e instituciones afines al ideal del gobierno limitado enriqueció la vida pública y amplió la protección de los derechos ciudadanos. Como toda experiencia histórica, el país liberal tuvo luces y sombras, y no faltaron impugnaciones a sus desigualdades y jerarquías. Pero que la Argentina del Novecientos contara con la izquierda más poderosa de América Latina no obedeció únicamente a la vitalidad de sus organizaciones obreras, o una sociedad civil movilizada y activa. También fue consecuencia de un entorno institucional y cultural más amable hacia los disidentes que el entonces vigente en España o Italia, para no hablar de Brasil, Chile o México que, pese a lo que digan los críticos del credo y la política liberal, llevan la marca de esta tradición. Ese fue, al menos en parte, un mérito de la propuesta liberal.

Surgido como proyecto de poder tras décadas de fragmentación política y guerra civil, la némesis del liberalismo fue el conflicto y la división, no el poder arbitrario del soberano. […] Con Sarmiento, Roca o Pellegrini, liberalismo, estabilidad política y concentración del poder marcharon de la mano. 

Dos factores contribuyeron decisivamente a moldear la tradición liberal que sirvió de cauce para el desarrollo del Estado, la esfera pública y la cultura política nacional. El primero es bien conocido. A diferencia de lo sucedido en buena parte de América Latina, en la Argentina no llegó a consolidarse una división nítida entre liberales y conservadores. Como observó Tulio Halperin Donghi en una formulación ya clásica, la Argentina “nació liberal”. Y nació liberal porque desde muy temprano su configuración social, sin jerarquías arraigadas, fue compatible con una sociedad abierta y con el despliegue de la economía de mercado. Ello hizo posible que el liberalismo argentino fuese más ecuménico y a la vez menos progresista que el de aquellos países que, como Chile o Colombia, contaban con fuerzas conservadoras más poderosas y, por tanto, con una división más nítida del campo político-ideológico entre liberales y conservadores.

El segundo rasgo resulta todavía más importante. En Europa, el liberalismo nació para criticar a la autoridad. En Francia, Inglaterra o Alemania, la voz liberal alimentó la impugnación del poder arbitrario de la monarquía en nombre de los derechos del individuo. Con mayor o menor radicalidad, de manera más pacífica o desafiante, alimentó las corrientes de ideas que cuestionaron los aspectos autoritarios del orden político, poniendo sobre la mesa la necesidad de limitar el poder y proteger los derechos del individuo. El camino argentino fue distinto. La idea liberal se recortó contra el legado autoritario del régimen rosista. Pero el liberalismo fue, ante todo, el cemento ideológico no de los críticos sino de los constructores del Estado. El largo hiato entre Mayo y Caseros, ese medio siglo de luchas armadas y guerras civiles, fue decisivo para definir su proyecto histórico, la construcción del Estado. Ese programa terminó de perfilarse en la turbulenta etapa abierta en 1853, esos “treinta años de discordia” (para apelar a otra feliz expresión de Halperin Donghi) durante los cuales el liberalismo batalló para imponerse, hasta su triunfo final hacia 1880, momento a partir del cual el lema “Paz y Administración” se convirtió en su norte y su bandera.

Carlos Pellegrini (primero a la izquierda) y Julio Argentino Roca (tercero).

En síntesis: surgido como proyecto de poder tras décadas de fragmentación política y guerra civil, la némesis del liberalismo fue el conflicto y la división, no el poder arbitrario del soberano. En este punto, la experiencia argentina también se distingue de la vivida en Estados Unidos, donde una transición menos conflictiva entre colonia y república abrió tempranamente un espacio más amplio para un liberalismo atento a la protección de los derechos individuales y contribuyó a moldear una cultura política –y una cultura a secas– más marcadamente individualista.

Con Sarmiento, Roca o Pellegrini, liberalismo, estabilidad política y concentración del poder marcharon de la mano. Hay que notar que una tradición preocupada sobre todo por asegurar el orden difícilmente podía ofrecer un terreno fértil para el desarrollo de una concepción pluralista de la comunidad política o una alta valoración de la autonomía de la sociedad civil. El hecho de que el Partido Autonomista Nacional gobernara el país de manera ininterrumpida durante más de tres décadas (1880-1916) dice mucho acerca de los valores, la sensibilidad y las prioridades de aquella dirigencia.

Por cierto, la importancia asignada a la construcción del orden político, una construcción que siempre se pensó como moldeada desde el poder estatal, así como su reverso, la escasa valoración del pluralismo y de cierta sospecha ante las iniciativas provenientes de la sociedad civil, no desaparecieron con la llegada de la democracia electoral en 1916. Estos rasgos quedaron incorporados a la cultura política argentina y continuaron moldeando las maneras de concebir la relación entre Estado y sociedad dentro de los cuales se desplegó la vida cívica argentina. Es por ello que el momento liberal y el momento peronista comparten bastante más de lo que a sus seguidores les gusta reconocer. Ambas culturas políticas otorgaron a la construcción del orden político y a la capacidad transformadora del Estado un lugar más central que al pluralismo y a los derechos del individuo como principios organizadores de la vida pública. Esa afinidad, por supuesto, no agota las diferencias entre ambas tradiciones, pero ayuda a comprender por qué, a pesar de sus notorias diferencias, y al margen de la retórica agonal que las opone, comparten una misma gramática del poder.

El momento liberal y el momento peronista comparten bastante más de lo que a sus seguidores les gusta reconocer. Ambas culturas políticas otorgaron a la construcción del orden político y a la capacidad transformadora del Estado un lugar más central que al pluralismo y a los derechos del individuo como principios organizadores de la vida pública.

La centralidad que el liberalismo argentino otorgó a la cuestión del orden ayuda a entender por qué, cada vez que entraron en tensión los derechos individuales y la razón de Estado tal como esta era concebida por los gobernantes liberales o las figuras asociadas a este credo, la balanza tendió a inclinarse en favor de esta última. Así, por ejemplo, la Constitución de 1853 imaginó una nación abierta “a todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Otro tanto hizo la ley de inmigración de 1876. Sin embargo, cuando esa aspiración generosa comenzó a verse cuestionada por los conflictos sociales y políticos del cambio de siglo, la respuesta del sector predominante de la clase dirigente liberal fue la Ley de Residencia de 1902, que autorizó al Poder Ejecutivo a expulsar extranjeros sin intervención judicial. Por cierto, algunas voces liberales alzaron la voz contra la idea de que el Estado podía atribuirse la facultad de castigar mediante un simple acto administrativo, aceptando como prueba suficiente el juicio de la policía. Pero fueron actitudes minoritarias que, como la de Francisco Barroetaveña tuvieron poco eco. No deja de ser revelador que, por más de medio siglo, ningún gobierno quisiera derogar la muy cuestionable ley 4.144 que, además de iliberal, era de muy dudosa constitucionalidad.

En la Argentina que nació con el golpe de 1930 y la crisis económica desatada por el crack del ’29, el liberalismo naufragó junto con el orden político y social que había contribuido a erigir más de medio siglo antes. Los historiadores todavía estamos tratando de entender las razones de una declinación cuya profundidad encuentra pocos paralelos en otras experiencias nacionales latinoamericanas. Entre las causas de fondo de lo que sólo puede describirse como un ocaso abrupto hay una especialmente importante. En la etapa que se abrió en la década de 1930, en la estela de la Gran Depresión, la frustración del destino de grandeza que el país había soñado en la era exportadora dañó irremediablemente el prestigio de una constelación político-ideológica que, precisamente por su condición de liberalismo de gobierno, se había identificado de manera muy estrecha con el proyecto de poder que dominó la vida pública entre Caseros y el segundo gobierno de Yrigoyen. Desde los tiempos de Mitre y Sarmiento, y por más de medio siglo, el liberalismo fue la ideología oficial de ese país que disfrutó de uno de los ciclos de crecimiento económico más veloces del planeta. Unido por un cordón umbilical a esa Argentina del progreso material, cuando ese proceso se detuvo, el liberalismo también fue arrastrado en la caída.

La Casa Rosada en octubre de 1898, durante el segundo gobierno de Roca.

En la gris etapa que se abrió en 1930, el ideal liberal dejó de concitar el favor popular. Para la década de 1950, ninguna fuerza política que aspirara a ganar la anuencia del electorado quería llevar la palabra liberal escrita en sus banderas, o evocar sus viejos logros y virtudes. Siguió habiendo partidos liberales en Chile, Colombia o Brasil. No así en Argentina. Olían a viejo, a podrido. Sin una visión poderosa de derechos individuales que pudiera proyectarse hacia el futuro, sólo quedó la cáscara del orden y la construcción institucional, que era una agenda irrelevante que miraba hacia el pasado. La izquierda socialista e incluso la comunista, que hasta bien entrada la década de 1930, gracias al magisterio de figuras como Juan B. Justo y Aníbal Ponce, se habían ubicado como el ala progresista de esta tradición, terminaron repudiándola para abrazar sus propias versiones del credo que vino a reemplazarla, asociado a la idea nacional-popular.

En ese escenario hostil, el mundo liberal no logró renovar su manera de pensar el país. Reducido a unas pocas patrullas perdidas incapaces de adaptar su prédica a las nuevas exigencias de la democracia social, no produjo ningún pensador capaz de dialogar creativamente con los problemas de su tiempo. Alberdi tuvo epígonos, pero no herederos que diera la talla. Mientras tanto, las visiones nacional-populares de la nación, a derecha o izquierda, acaparaban toda la atención. Clase, pueblo, participación popular, democracia, justicia social, desarrollo, constituyeron los conceptos que designaron una nueva agenda de problemas y nuevos modos de interpelar a la ciudadanía. Frente a los problemas que designaba este nuevo léxico, el liberalismo se quedó sin palabras.

Toda tradición intelectual aloja corrientes diversas en su seno, y el caso argentino no fue una excepción. Sin embargo, frente a la nueva realidad, predominó una respuesta liberal intelectualmente magra y defensiva (y, por tanto, perdedora). Ello se reflejó en la extendida identificación con la idea de libertad negativa, esto es, la libertad ante interferencias externas, por sobre cualquier idea asociada a la libertad positiva, esto es, la referida a la idea de que una sociedad liberal es aquella que ofrece un contexto propicio para la plena realización de las capacidades que anidan en cada individuo. Lo que Max Weber llamó afinidades electivas también contribuyó a angostar los horizontes del pensamiento liberal: recluido en el ecosistema de los sectores de más altos ingresos, se mimetizó con los intereses y los puntos de vista de estos grupos, y reforzó su perfil socialmente conservador, lo que a su turno acotó el radio de sus preocupaciones intelectuales.

Es revelador que los dos grandes temas que, vistos en perspectiva, constituyen las mayores conquistas liberales del último medio siglo, ambos asociados a visiones más generosas de los derechos de que toda persona debe gozar en una sociedad abierta y tolerante, cualesquiera sean sus creencias o marcas identitarias, estuvieran protagonizadas por actores y movimientos ajenos al universo político o cultural liberal.

Buscando consuelo e inspiración en un pasado idealizado, la corriente predominante del liberalismo argentino no consiguió elaborar una concepción más rica de los derechos individuales. Se vio más tentado por Mont Pelerin que por John Rawls. El hecho de que tuviera frente a sí una economía sobre-regulada y cada vez menos dinámica contribuyó a darle vigor a la defensa de la propiedad privada y de la libertad económica, que se convirtieran en el núcleo de su identidad. La Argentina del capitalismo sin mercados competitivos sin duda merecía una crítica liberal. Pero la machacona insistencia en este plano tuvo un costo, toda vez que otras dimensiones igualmente relevantes del credo liberal —el Estado de derecho, la libertad de expresión y, más ampliamente, la protección de los derechos individuales frente al poder— recibieron una atención distraída y vacilante. En ocasiones fueron objeto de una defensa parcial; en otras, simplemente quedaron relegados.

Es revelador que los dos grandes temas que, vistos en perspectiva, constituyen las mayores conquistas liberales del último medio siglo, ambos asociados a visiones más generosas de los derechos de que toda persona debe gozar en una sociedad abierta y tolerante, cualesquiera sean sus creencias o marcas identitarias, estuvieran protagonizadas por actores y movimientos ajenos al universo político o cultural liberal. Tanto la impugnación al programa de violaciones masivas a los derechos individuales desplegado por las fuerzas armadas y los organismos de seguridad durante la década de 1970 como el reclamo de igualdad de derechos y reconocimiento entre personas de distinto género que el movimiento de mujeres colocó en el centro de la esfera pública a comienzos del siglo XXI tuvieron sus principales animadores en motivos ideológicos y actores ubicados en otros cuadrantes del espectro político-ideológico. Ambas iniciativas se referenciaron en visiones de la comunidad más afines a las ideas de democracia, república e igualdad, que a la de libertad.

Javier Milei en la Sociedad Rural Argentina (SRA).

Esta trayectoria pone de relieve la sensibilidad y los contornos de un liberalismo que ha sido muchas veces calificado como desbalanceado, o incluso como hemipléjico. Un liberismo sin liberalismo, por utilizar la conocida fórmula de Benedetto Croce. Cualquiera sea nuestra valoración de sus méritos o sus logros en la etapa previa a 1930, o incluso a 1945, es difícil no volcar un juicio negativo sobre su contribución a la creación de una vida pública más rica en la etapa que se abrió a partir de esa fecha. Pero es importante destacar que esta minusvalía, antes que una anomalía o un desvío respecto al momento anterior, debe ser concebida como un resultado de una historia que arranca con Alberdi y Roca y, luego de recorrer un largo camino, sin traicionarse y sin perder su identidad originaria, llega hasta nuestros días. Este destino sin lustre no estaba escrito, como nada está escrito en piedra en la historia. Pero ello no quita que esta deriva no sólo era posible sino también muy probable para un liberalismo que nació más preocupado por el orden que por la libertad, que siempre fue tierra yerma para la emergencia de corrientes que propusieron otras formas de imaginar la buena sociedad.

Podría objetarse que todo esto pertenece a un pasado demasiado remoto y que el renacimiento liberal (o, si les gusta, libertario) de nuestros días poco le debe a esa historia. Creo, sin embargo, que esta conclusión es apresurada. Sería desconocer que, por debajo de las indudables novedades del momento actual, también operan las fuerzas más profundas que dan forma a la sociedad argentina, que informan sus tradiciones intelectuales y sus maneras de hace política, y que a su modo han contribuido a moldear el escenario en el cual se despliega el resurgimiento contemporáneo de la idea liberal.

Este renacimiento tiene una historia larga y otra más corta, que conecta con el momento Milei. Desde la década de 1970, conforme el orden económico nacido a mediados de siglo XX fue perdiendo vigor y dejando a más y más personas a la vera del camino, la crítica liberal al Estado fue cobrando, en oleadas sucesivas, con avances y retrocesos, mayor volumen y legitimidad. En el curso de estas décadas de alta inflación, crisis macroeconómicas y bajo crecimiento, esa crítica fue debilitando viejas certezas de impronta estatista y nacional-popular y conquistando nuevos públicos entre aquella porción de la población que ya no parece añorar la sociedad salarial. Así como el mundo nacido tras la Gran Depresión hundió al proyecto liberal decimonónico, los fracasos más recientes de nuestro sobre-regulado y disfuncional capitalismo abrieron la puerta para que, en este siglo XXI, los argumentos liberales, popularizados y llevados al extremo por un intérprete que cita autores nuevos pero que —y esto es muy importante— forjó su visión del país en el marco de esa cultura política liberal que describimos, ofrecieran el ariete más eficaz para impugnar el orden estado-céntrico construido por el peronismo kirchnerista en el último cuarto de siglo.

Al fin y al cabo, Milei le ofrece a la ciudadanía un producto que, visto con cierta perspectiva, tiene aires familiares: un liberalismo de gobierno que celebra el poder del estado para empujar el cambio institucional y abrir cauce, de manera selectiva, a las fuerzas del mercado, que se identifica con una visión agonal y polarizada de la disputa política, que abraza valores socialmente conservadores cuando no reaccionarios y que sigue huérfano de una idea potente de derechos individuales o de sociedad liberal.

Llegados a este punto, conviene distinguir entre las novedades y las continuidades. Las novedades son evidentes. Milei trae a la conversación pública ideas y autores ajenos a nuestras tradiciones intelectuales, que hasta ahora nadie conocía o había tomado en serio en la Argentina, y con esos elementos construye una identidad libertaria muy distinta del tradicional liberalismo intelectual o partidario. A la vez, despliega un estilo de liderazgo que combina elementos del populismo contemporáneo con repertorios propios de la cultura digital. Pero lo que me interesa destacar es que estas novedades estridentes resultan compatibles con el sentido común propio de esa porción de la sociedad argentina sobre la que el viejo ideario liberal ha dejado su marca. Al fin y al cabo, le ofrece a la ciudadanía un producto que, visto con cierta perspectiva, tiene aires familiares: un liberalismo de gobierno que celebra el poder del estado para empujar el cambio institucional y abrir cauce, de manera selectiva, a las fuerzas del mercado, que se identifica con una visión agonal y polarizada de la disputa política, que abraza valores socialmente conservadores cuando no reaccionarios y que sigue huérfano de una idea potente de derechos individuales o de sociedad liberal.

Por eso, la pregunta acerca de si Milei supone una ruptura o una continuidad con la tradición liberal nacional invita a una respuesta compleja. Representa una novedad en lo referido a sus referencias intelectuales y a su estilo de liderazgo. Y también en el modo de comunicación. Es un raro producto del siglo XXI, que sin embargo concita la atención (¿quizás efímera?) de un país cansado de fracasos. Pero también expresa una continuidad más profunda en otros planos, tal como se advierte al comprobar que su proclama en favor del “respeto irrestricto por el proyecto de vida del otro”, que en otro contexto sería calificada como risible toda vez que la hace suya un gobierno que, en la práctica, ha impugnado sistemáticamente este principio, no parece irritar a muchos de sus seguidores liberales. Y esto nos sugiere que, a su manera, Milei actualiza y radicaliza algunos de los rasgos más persistentes de esa tradición política. Al fin y al cabo, tal vez estemos viviendo un capítulo más de la vieja saga del liberalismo de gobierno, de un liberalismo que concibe al poder del Estado como un instrumento de reforma de la economía y de la sociedad mucho más que de expansión del horizonte de autonomía personal que ha sido y continua siendo tan importante para otras tradiciones liberales nacionales.

 

¿Por qué dejamos de cuidarnos?: el inquietante regreso de las infecciones de transmisión sexual

¿Por qué dejamos de cuidarnos?: el inquietante regreso de las infecciones de transmisión sexual

La salud sexual y reproductiva vive un momento de crisis, por alguna razón las personas ya no se cuidan como antes. A 20 años de la sanción de la ley que estableció la Educación Sexual Integral, Dolo Cova indaga con especialistas sobre las razones de esta tendencia y qué podemos hacer para revertirla. 

 

Imagen cortesía del artista indio Raj. Colección «Condom is beatiful». Instagram: @the_legend_of_raj

La salud sexual es un derecho humano y un tema de interés público, ya que sobre nosotros/as inciden las decisiones que toman quienes gobiernan. El acceso a información científica, a educación sexual integral, a métodos de prevención, a testeos gratuitos y a campañas de promoción de la salud no es voluntad propia: constituye una obligación del Estado, reconocida por nuestro marco normativo (y a nivel internacional). Sin embargo, el progresivo y sostenido retiro estatal en relación a las políticas de salud sexual como la plena implementación de la Ley de Educación Sexual Integral y de la Ley Nacional de Respuesta Integral al VIH, Hepatitis Virales, otras ITS y Tuberculosis, junto con la resistencias de sectores conservadores continúan obstaculizando nuestro derecho y configuran un escenario en el que cuidarse resulta, para muchas personas, más difícil.

Es cierto que hoy hablamos más de consentimiento, diversidad, placer, vínculos, orgasmos y juguetes sexuales. La sexualidad dejó de estar monopolizada por la culpa y el silencio para convertirse, cada vez más, en un terreno donde el deseo puede expresarse con mayor libertad. Aunque, mientras el deseo sale del clóset, el cuidado va perdiendo protagonismo.

En tiempos de match, sexo casual, aplicaciones de citas y consejos sexuales que se viralizan en menos de un minuto, la conversación sobre salud sexual parece haber quedado algunos pasos atrás. Las estadísticas muestran un incremento sostenido de las infecciones de transmisión sexual (ITS) en Argentina y en buena parte del mundo, con diagnósticos que crecen en distintas franjas etarias y en un contexto de debilitamiento de las políticas públicas destinadas a la prevención.

En las notas anteriores propuse pensar la relación entre sexualidad, placer, deseo y derecho al goce. Ahora quiero recuperar otra dimensión inseparable de una sexualidad plena: el cuidado. No para volver a discursos alarmistas, sino para preguntarnos por qué, justamente cuando contamos con más información, más derechos y mejores herramientas, las ITS vuelven a ocupar un lugar de preocupación para los equipos de salud.

La respuesta no es simple. No existe una única causa ni un único responsable. Lo que aparece es la convergencia de transformaciones culturales, avances científicos, cambios en las formas de vincularnos y decisiones políticas que, juntas, modificaron la manera en que percibimos el riesgo. Entonces, si bien el cuidado implica decisiones personales, también requiere un Estado presente que garantice derechos y condiciones materiales para ejercerlos. Entonces, hablamos tanto de responsabilidad individual como de responsabilidad política.

“No hubo compras de preservativos durante el año pasado y el presupuesto destinado a prevención es considerablemente menor al de años anteriores. Tampoco existen campañas masivas ni acciones sostenidas de comunicación pública”, señala Leandro Cahn de la Fundación Huésped.

UN FENÓMENO QUE ATRAVIESA LAS FRONTERAS

El aumento de las ITS no es un fenómeno exclusivamente argentino. Los sistemas de salud de numerosos países registran desde hace varios años un crecimiento sostenido de diagnósticos, con una tendencia intergeneracional.

Para Leandro Cahn, director ejecutivo de Fundación Huésped, el fenómeno responde a una combinación de factores sociales, culturales, sanitarios y políticos que modificaron profundamente la percepción del riesgo.

Uno de esos cambios tiene que ver, paradójicamente, con una buena noticia. Los avances científicos transformaron el VIH: los tratamientos antirretrovirales permiten hoy que las personas que viven con el virus tengan una expectativa y calidad de vida comparables a las de la población general, y la aparición de estrategias preventivas como la profilaxis preexposición (PrEP) marcó un antes y un después.

La PrEP es una herramienta altamente eficaz para prevenir el VIH en personas con mayor riesgo de exposición, pero no protege frente a otras infecciones de transmisión sexual. Por eso forma parte de una estrategia de prevención combinada que también incluye el uso del preservativo, los testeos periódicos, la vacunación cuando corresponde y el acceso a información de calidad.

Según explica Cahn, a medida que disminuyó la percepción del VIH como una amenaza inminente también comenzó a observarse una reducción progresiva del uso del preservativo, acompañada por un aumento de otras ITS, especialmente sífilis y gonorrea.

“Muchos adolescentes desconocen incluso la existencia de algunas infecciones de transmisión sexual, cómo se transmiten y cuáles son los riesgos que implican”, advierte.

La consecuencia es que muchas decisiones vinculadas con la salud sexual terminan tomándose con información incompleta, atravesadas por experiencias personales, contenidos virales o falsas certezas que reemplazan al conocimiento basado en evidencia.

En ese contexto, la expansión de prácticas como el sexo “a pelo” tampoco puede analizarse únicamente como una elección individual. “No hubo compras de preservativos durante el año pasado y el presupuesto destinado a prevención es considerablemente menor al de años anteriores. Tampoco existen campañas masivas ni acciones sostenidas de comunicación pública”, señala Cahn.

El crecimiento de las ITS, entonces, no habla solamente de conductas individuales. También interpela la manera en que una sociedad construye —o deja de construir— una cultura del cuidado.

 

 

Imagen cortesía del artista indio Raj. Colección «Condom is beatiful». Instagram: @the_legend_of_raj

LO QUE MUESTRAN LOS CONSULTORIOS

Las estadísticas describen una tendencia. Los consultorios permiten ponerle rostro.

La médica tocoginecóloga feminista, Fabiana Taul observa desde hace varios años un aumento sostenido de consultas vinculadas con infecciones de transmisión sexual y coincide con el diagnóstico de Leandro Cahn: no existe una única explicación. “Es un fenómeno claramente multifactorial”, resume.

Para Taul, el cambio más profundo es cultural. La generación que hoy ronda los treinta años recibió una educación sexual fuertemente centrada en la prevención del embarazo y del VIH. Con el paso del tiempo, los avances científicos modificaron esa percepción del riesgo, pero no siempre fueron acompañados por una educación sexual más amplia ni por información de calidad. “Muchos jóvenes ya no tienen el miedo que existía décadas atrás. El problema es que perder el miedo no necesariamente significa haber ganado información”, explica.

“La ESI sigue faltando en muchos niveles educativos y en muchas instituciones. Si además disminuyen las campañas públicas y el acceso a los métodos de barrera, es esperable que también disminuya su utilización”, señala la médica tocoginecóloga feminista Fabiana Taul.

Las redes sociales ocupan hoy un lugar central en esa construcción de saberes. Allí conviven contenidos producidos por profesionales con experiencias personales, consejos sin evidencia científica y afirmaciones que se viralizan con rapidez hasta convertirse, muchas veces, en verdades incuestionables. “Hay información, pero muchas veces es incompleta o directamente incorrecta”, advierte la especialista.

A esa circulación de contenidos se suma un retroceso de las políticas públicas de prevención. Para Taul, la implementación desigual de la Educación Sexual Integral y la menor presencia de campañas estatales terminan debilitando una herramienta que sigue siendo indispensable para tomar decisiones informadas. “La ESI sigue faltando en muchos niveles educativos y en muchas instituciones. Si además disminuyen las campañas públicas y el acceso a los métodos de barrera, es esperable que también disminuya su utilización”, señala.

Taul también considera importante aclarar una diferencia que suele pasar inadvertida. Durante años hablamos de enfermedades de transmisión sexual (ETS); hoy se prefiere el término infecciones de transmisión sexual (ITS), porque una persona puede portar un virus, una bacteria o un parásito sin presentar síntomas y, aun así, transmitirlo. “La infección significa que el microorganismo está presente; la enfermedad aparece cuando esa infección produce manifestaciones clínicas”, explica.

Imagen cortesía del artista indio Raj. Colección «Condom is beatiful». Instagram: @the_legend_of_raj

MUCHO MÁS QUE UN CAMBIO DE NOMBRE

Parte de la desinformación comienza incluso por el lenguaje. Durante años hablamos de enfermedades de transmisión sexual (ETS). Hoy el concepto de infecciones de transmisión sexual (ITS) resulta más preciso porque permite comprender que una persona puede portar un virus, una bacteria o un parásito sin presentar síntomas y, aun así, transmitirlo. Esa diferencia no es menor: muchas ITS transcurren durante meses sin síntomas evidentes, y esperar a que aparezcan molestias para consultar puede retrasar el diagnóstico y facilitar nuevas transmisiones.

Entre las infecciones más frecuentes se encuentran la sífilis, la gonorrea, el virus del papiloma humano (HPV) y la tricomoniasis. Muchas tienen tratamiento y pueden curarse completamente. Otras, como el VIH o algunas hepatitis virales, requieren tratamientos prolongados que hoy permiten desarrollar una vida plena gracias a los avances científicos.

Respecto de los controles, “no existe un protocolo único para indicar cada cuánto tiempo realizar un testeo. Como orientación general recomendamos hacerlo al menos una vez por año y con mayor frecuencia en personas con mayor riesgo de exposición, pero siempre debe evaluarse según la situación de cada paciente”, concluye.

La Ley 25.673 creó el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, estableciendo el deber estatal de garantizar información, educación y acceso a métodos de prevención. A ello se suma la Ley 27.675, de Respuesta Integral al VIH, Hepatitis Virales, Tuberculosis e Infecciones de Transmisión Sexual. “La ley no solamente garantiza tratamientos. También reconoce el derecho al diagnóstico temprano, al acceso a preservativos, a la PrEP, a la PEP y a recibir atención integral libre de discriminación”, explica la abogada Julieta Molina.

LA PREVENCIÓN ES UN DERECHO

La abogada especializada en género y derechos humanos Julieta Molina recuerda que el acceso a la prevención no depende exclusivamente de la voluntad política de cada gobierno, sino que constituye una obligación legal asumida por el Estado argentino.

Por un lado, la Ley 25.673 creó el Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, estableciendo el deber estatal de garantizar información, educación y acceso a métodos de prevención. A ello se suma la Ley 27.675, de Respuesta Integral al VIH, Hepatitis Virales, Tuberculosis e Infecciones de Transmisión Sexual, que consolidó un enfoque basado en derechos humanos y amplió las estrategias de prevención disponibles.

“La ley no solamente garantiza tratamientos. También reconoce el derecho al diagnóstico temprano, al acceso a preservativos, a la PrEP, a la PEP y a recibir atención integral libre de discriminación”, explica Molina.

Desde esa perspectiva, reducir el debate a una cuestión presupuestaria resulta insuficiente. Cuando el Estado interrumpe campañas de prevención, disminuye la compra de preservativos o desfinancia programas específicos, no está simplemente modificando prioridades de gestión: también compromete el cumplimiento efectivo de derechos que cuentan con respaldo legal.

Molina señala además que, con frecuencia, personas afiliadas a obras sociales o empresas de medicina prepaga encuentran obstáculos para acceder a estudios diagnósticos, medicamentos o estrategias preventivas contempladas por la legislación vigente. Tanto las obras sociales como las empresas de medicina prepaga tienen la obligación de garantizar las prestaciones vinculadas con la prevención, el diagnóstico y el tratamiento del VIH y otras ITS.

Cuando ello no ocurre, existen mecanismos administrativos y judiciales para reclamar su cumplimiento. Sin embargo, advierte, recurrir a la Justicia nunca debería convertirse en la puerta de entrada al derecho a la salud. “El acceso a la salud no puede depender de que una persona tenga tiempo, recursos o conocimientos para iniciar un juicio”, concluye.

 

 

Imagen cortesía del artista indio Raj. Colección «Condom is beatiful». Instagram: @the_legend_of_raj

EN VOZ PROPIA: LA ESI, UNA LEY Y UN DERECHO

Este año la Ley de Educación Sexual Integral cumple veinte años. Y, como suele ocurrir con las buenas ideas, llegó para quedarse. La ESI no es una moda, una concesión ni un permiso que pueda encenderse y apagarse según el humor de la época: es un derecho vigente y una política pública fundamental para construir autonomía, acceder a información confiable y ejercer la sexualidad con libertad, responsabilidad y dignidad.

Las personas entrevistadas para esta nota coincidieron en señalar su importancia, y comparto plenamente esa mirada. Sin embargo, hay algo que me viene rondando mientras escribo estas líneas: solemos pensar la ESI casi exclusivamente en relación con niñas, niños y adolescentes, como si la educación sexual terminara junto con el último boletín escolar.

Los datos sobre el aumento de las infecciones de transmisión sexual muestran que esa idea resulta insuficiente. La sexualidad no desaparece a los treinta, a los cincuenta ni a los setenta; cambia, se reinventa y encuentra otros ritmos y otras preguntas. Por eso necesitamos pensar estrategias de educación sexual también para personas adultas y adultas mayores, muchas de las cuales ya no transitan el sistema educativo y, sin embargo, siguen necesitando información actualizada, espacios de escucha y herramientas para tomar decisiones sobre su salud sexual.

Todavía persiste un imaginario que asocia la vejez con la ausencia de deseo. Pero la realidad, afortunadamente, suele ser bastante más interesante. Hay personas enamorándose a los setenta, iniciando vínculos a los ochenta y preguntándose —con toda razón— cómo cuidarse en relaciones que comenzaron mucho después de la adolescencia. La pregunta no es si existe sexualidad en la vejez; la pregunta es por qué seguimos sorprendiéndonos de que exista.

A veinte años de su sanción, quizás el mayor desafío de la Educación Sexual Integral sea ampliar la conversación. Defender la ESI es sostenerla en las escuelas, fortalecerla como política pública y reconocer que el derecho a informarse, a cuidarse, a disfrutar y a decidir acompaña a las personas durante toda la vida. Porque la sexualidad no se gradúa, no se jubila y no pierde vigencia con la edad. Y, por suerte, el deseo tampoco.

A veinte años de su sanción, quizás el mayor desafío de la Educación Sexual Integral sea ampliar la conversación. Defender la ESI es sostenerla en las escuelas, fortalecerla como política pública y reconocer que el derecho a informarse, a cuidarse, a disfrutar y a decidir acompaña a las personas durante toda la vida. Porque la sexualidad no se gradúa, no se jubila y no pierde vigencia con la edad. Y, por suerte, el deseo tampoco.

ALGUNOS HACKS PARA CUIDARNOS Y DISFRUTAR

Erotizar el preservativo. Integrarlo naturalmente a los encuentros sexuales, en lugar de vivirlo como una interrupción, también forma parte del disfrute. Incluso, practicar masturbarse con su uso.

Naturalizar los testeos y los controles médicos. Conocer nuestro estado de salud sexual y realizar consultas periódicas es una práctica de cuidado, no un motivo de vergüenza. Mientras más sepamos sobre nosotros, mejor. 

Hablar de salud sexual con nuestras parejas. Conversar sobre métodos de prevención, prácticas de cuidado y expectativas fortalece la confianza y permite tomar decisiones informadas.

Conocer las distintas estrategias de prevención. El preservativo sigue siendo una herramienta fundamental, pero también es importante informarse sobre otras estrategias disponibles y comprender la función de cada una.

DEFENDER LAS POLÍTICAS PÚBLICAS DE SALUD SEXUAL

En fin, queridxs, ¿sobre qué otros temas vinculados con sexualidad, derechos y diversidad les gustaría leer? Porque todavía queda muchísimo por decir: podríamos escribir un verdadero vademécum sobre ITS y ETS, desarmar mitos, responder preguntas y seguir escuchando las voces de quienes investigan, acompañan y trabajan todos los días en estos temas. Pero el propósito último de estas líneas no es llenar casilleros de información, sino invitarnos a algo mucho más simple y profundo: desear cuidarnos para vivir el disfrute, el placer y la libertad sexual con más herramientas, más autonomía y más alegría. Me encantaría leerles en los comentarios

 

Raj cree que existe el arte como una forma de vida y la vida como una obra de arte. Desde el principio, sus instintos siempre se han inclinado hacia esta última.

Formado en Diseño Gráfico en el Government College of Art & Craft de Calcuta, comenzó su carrera en la publicidad antes de encontrar su verdadera vocación en el periodismo visual. Durante los últimos 25 años, ha transformado ideas complejas en poderosos relatos visuales a través de medios impresos y digitales. Su trabajo ha sido publicado en revistas, libros, exposiciones y plataformas digitales de todo el mundo.

Inquieto por naturaleza, Raj explora continuamente nuevos caminos creativos: desde la fotografía, la ilustración, el cómic y los libros infantiles hasta el arte asistido por inteligencia artificial y la escultura en 3D. Guiado por la convicción de que el diseño debe iluminar la información, y no limitarse a decorarla, procura hacer que el conocimiento resulte atractivo, memorable y visualmente inolvidable.

Para Raj, crear no es una profesión: es una forma de vida.

A 60 años de la Revolución Argentina y la «noche de los bastones largos»

A 60 años de la Revolución Argentina y la «noche de los bastones largos»

A 60 años de uno de los hechos más cruentos propiciados por la autodenominada Revolución Argentina, nos proponemos reconstruir aquella «Noche de los Bastones Largos». Con aportes de los historiadores Florencia Osuna y Esteban Pontoriero, nos adentramos a un episodio represivo que marcó las siguientes décadas de la política y la ciencia en nuestro país. 

El 29 de julio de 1966, el Ejército irrumpió en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA.

El 29 de julio pasado se cumplieron sesenta años de uno de los episodios más traumáticos de la historia de la universidad argentina: la Noche de los Bastones Largos. Aquella noche, efectivos de la Policía Federal irrumpieron violentamente en cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires para desalojar a docentes, investigadores y estudiantes que resistían la intervención ordenada por la dictadura encabezada por el general Juan Carlos Onganía, quien había asumido el poder apenas un mes antes. Los golpes propinados por las fuerzas de seguridad, las detenciones masivas, la destrucción de laboratorios y el posterior exilio de centenares de científicos transformaron ese episodio en un símbolo del autoritarismo y de la persecución al conocimiento. Sin embargo, la Noche de los Bastones Largos no fue un hecho aislado ni una reacción improvisada del nuevo gobierno militar. Constituyó la expresión más visible de un proyecto político mucho más amplio que pretendía reorganizar profundamente la sociedad argentina. Para comprender por qué las universidades se convirtieron en uno de los primeros objetivos de la Revolución Argentina resulta necesario retroceder varios años y observar un escenario atravesado por la Guerra Fría, la proscripción del peronismo, las disputas internas dentro de las Fuerzas Armadas y la creciente influencia de la Doctrina de la Seguridad Nacional en América Latina.

Florencia Osuna, Doctora en Historia, nos explica: “en este tipo de guerra no convencional contra un enemigo no convencional, es necesario no solo que las acciones represivas se planteen en este escenario de guerra atípico sino, también, que la política pública se transforme en una estrategia de combate y de guerra contra este enemigo de nuevo tipo, que es al mismo tiempo un enemigo político, militar e ideológico».

UN MUNDO DIVIDIDO EN DOS

Cuando Onganía llegó al poder en junio de 1966, el mundo atravesaba uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el planeta había quedado dividido en dos grandes bloques liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética, cuya competencia excedía ampliamente el plano militar. Se trataba de una confrontación ideológica, económica, tecnológica, cultural y hasta deportiva, que atravesaba prácticamente todos los conflictos internacionales y América Latina ocupaba un lugar estratégico dentro de esa disputa.

Hasta fines de la década de 1950, Washington había considerado a la región latinoamericana como un área relativamente estable y aislada de la influencia de cualquier ideología cercana a la soviética o china. Esa percepción cambió drásticamente con el triunfo de la Revolución Cubana en enero de 1959, ya que la llegada de Fidel Castro al poder alteró el equilibrio geopolítico del continente. Por primera vez desde el inicio de la Guerra Fría, un gobierno revolucionario se declaraba abiertamente socialista a pocos kilómetros del territorio estadounidense. El temor a que la experiencia cubana se reprodujera en otros países latinoamericanos llevó a la administración norteamericana a redefinir su estrategia hemisférica. Comenzó entonces una etapa caracterizada por un fuerte fortalecimiento de la cooperación militar entre Estados Unidos y los ejércitos latinoamericanos. Miles de oficiales fueron entrenados en nuevas doctrinas de seguridad, inteligencia y lucha contrainsurgente en la infame Escuela de las Américas, instalada en Panamá, en donde los métodos de tortura desarrollados por los militares franceses en la Guerra de Argelia (1954-1962) serían transmitidos a muchos de los dictadores latinoamericanos más sanguinarios que surgirían en las décadas siguientes.

La principal innovación de este conjunto de ideas, que pasaría a ser conocida como la Doctrina de Seguridad Nacional, consistía en modificar completamente la noción de enemigo. Tradicionalmente, las Fuerzas Armadas habían sido preparadas para enfrentar amenazas provenientes de otros Estados. A partir de la década de 1960, el peligro comenzó a definirse como interno. El comunismo internacional no avanzaba únicamente mediante invasiones militares sino también infiltrándose en sindicatos, universidades, medios de comunicación, organizaciones estudiantiles, partidos políticos, ámbitos culturales e incluso sectores religiosos. En consecuencia, la defensa nacional debía involucrar a todas las instituciones estatales. Florencia Osuna, Doctora en Historia y coordinadora (junto con Valeria Galván) del libro Política y cultura durante el Onganiato (Prohistoria, 2026), nos explica: “en este tipo de guerra no convencional contra un enemigo no convencional, es necesario no solo que las acciones represivas se planteen en este escenario de guerra atípico sino, también, que la política pública se transforme en una estrategia de combate y de guerra contra este enemigo de nuevo tipo, que es al mismo tiempo un enemigo político, militar e ideológico. Por eso, se lo combate en el plano armado y represivo, pero, también, se lo combate en el plano cultural, educativo, social, ideológico”. Dentro de esa lógica, entonces, las universidades ocupaban un lugar particularmente sensible ya que, según estos actores, constituían espacios privilegiados para la difusión de ideas marxistas y para la formación de cuadros políticos opositores. La autonomía universitaria, conquistada desde la Reforma Universitaria de 1918, comenzó a ser interpretada como un obstáculo para el control estatal.

LA CRISIS ARGENTINA Y EL PRETORIANISMO MILITAR

Mientras el contexto internacional se transformaba aceleradamente, la Argentina atravesaba su propia crisis política. El golpe de Estado de septiembre de 1955 que derrocó a Juan Domingo Perón inauguró un período de profunda inestabilidad institucional. La denominada Revolución Libertadora prometía restaurar la democracia, pero simultáneamente decidió excluir de la competencia política al movimiento que había gobernado el país durante casi una década.

La proscripción del peronismo alteró el funcionamiento del sistema político argentino. Millones de ciudadanos continuaban identificándose con Perón, pero no podían votar libremente por ese movimiento. Los sindicatos permanecían bajo permanente vigilancia y numerosos dirigentes sufrían persecuciones, encarcelamientos o exilio. El peronismo, entonces, conservaba una enorme capacidad de movilización social y ninguno de los gobiernos que habían accedido al poder luego del 55 habían podido resolver ese dilema. La gran pregunta que atravesó toda la década fue cómo construir estabilidad política mientras el principal movimiento popular permanecía excluido de la vida institucional. Frondizi intentaría llevar a cabo su propia estrategia, integrando progresivamente a los votantes peronistas sin levantar formalmente la proscripción, pero esto terminaría acrecentando el malestar dentro de las Fuerzas Armadas.

Asimismo, tampoco había consenso entre los militares. En esos años, fueron conformándose dos grandes facciones cuyo enfrentamiento hizo eclosión en esos años: los llamados azules y los colorados. Aunque ambos sectores compartían un fuerte antiperonismo y coincidían en atribuir a las Fuerzas Armadas un papel tutelar sobre la política argentina, discrepaban respecto del modo de enfrentar el problema peronista. Los colorados sostenían la postura más radical, ya que consideraban que cualquier apertura política terminaría favoreciendo el regreso del peronismo y defendían la posibilidad de interrumpir el orden constitucional siempre que resultara necesario para impedirlo. Los azules, por su parte, imaginaban la posibilidad de canalizar gradualmente a los votantes peronista dentro de otras expresiones partidarias, evitando que continuaran alimentando una fuerza política proscripta.

Finalmente, quien se terminaría imponiendo sería la facción azul, encabezada por Juan Carlos Onganía, quien a partir de entonces se convertiría en el militar con mayor influencia política del país. Esteban Pontoriero, doctor en Historia e investigador del CONICET, señala que las diferencias entre azules y colorados, tan marcadas antes de la llegada de Onganía al poder, deben ser matizadas ya que “la historia luego mostraría de alguna manera que, finalmente, no parecía haber en la práctica diferencias tan profundas ya que una vez que la facción azul realiza el golpe de Estado de 1966 e instaura su proyecto político, este se trataría básicamente de una dictadura sin plazos que proscribía toda actividad política, quedando muy lejos esa idea del profesionalismo prescindente, la preocupación por lo estrictamente técnico-militar y el alejamiento de las luchas políticas de parte de las fuerzas armadas.”

Esteban Pontoriero, autor de La represión militar en la Argentina (1955-1976) (UNGS-UNLP-UNMi, 2022), sintetiza: «la dictadura tenía una idea de reconfigurar el poder en la sociedad a partir de este esquema de largo plazo, que se vería a nivel de la planificación económica y política asociada más bien a una gestión administrativa técnica, más que política». 

UNA DICTADURA PENSADA PARA DURAR

Cuando Arturo Umberto Illia asumió la presidencia el 12 de octubre de 1963, la democracia argentina seguía funcionando bajo severas limitaciones y esto afectó al propio gobierno electo. El peronismo continuaba proscripto, las Fuerzas Armadas conservaban un fuerte poder de veto y la inestabilidad política parecía haberse convertido en una característica permanente del sistema institucional. El gobierno radical impulsó una agenda que buscó fortalecer el papel del Estado, ampliar la inversión social y consolidar el desarrollo científico y educativo, pero con claras limitaciones en su legitimidad de origen sustentada en un volumen estrecho de sufragios.

Más allá de las intenciones del gobierno de Illia y de lo logrado, su gestión fue víctima de un constante ataque por parte de los medios de comunicación y de los grupos concentrados de poder, por lo que, en la madrugada del 28 de junio de 1966, las Fuerzas Armadas llevarían a cabo el quinto golpe de Estado en nuestro país, esta vez al mando del mismísimo general Juan Carlos Onganía. Finalizaba así la presidencia encabezada por un hombre que, a la distancia, es considerado como una de las personas más honestas e íntegras que ha ocupado la primera magistratura de nuestro país y que pagó el precio de enfrentarse a los grupos concentrados de poder de la Argentina. Sin embargo, el golpe que lo desalojó del poder fue bien visto por amplios sectores de nuestra sociedad. Curiosamente, uno de los pocos actores sociales que condenó el golpe sería el Consejo Superior de la UBA y más tarde pagaría el precio de esta postura.

La autodenominada Revolución Argentina no era un golpe de Estado más, sino que estaba dotado de particularidades nunca vistas en las interrupciones precedentes al orden democrático. Pontoriero, autor de La represión militar en la Argentina (1955-1976) (UNGS-UNLP-UNMi, 2022), sintetiza estas particularidades afirmando, en primer lugar, que “se trató de un golpe de Estado que tuvo un nivel de organización, planificación y concreción entre las tres fuerzas como no había existido antes. Asimismo, dicho golpe se planteó como un proyecto de largo plazo, debido a varios motivos, especialmente la búsqueda de una dictadura que durara el tiempo suficiente para que, durante su transcurso, falleciera Perón y de esa manera, en teoría, se terminara con el ‘problema del peronismo’. Por otra parte, la dictadura tenía una idea de reconfigurar el poder en la sociedad a partir de este esquema de largo plazo, que se vería a nivel de la planificación económica y política asociada más bien a una gestión administrativa técnica, más que política. Y, por último, a escala internacional o, al menos, americana, se trató de un golpe de Estado y de una dictadura militar que nació en el esquema de seguridad en el marco de la Guerra Fría, del esquema de seguridad nacional, la preeminencia de Estados Unidos y la colaboración entre distintos gobiernos y dictaduras militares en relación con la llamada lucha contra el comunismo”.

La idea, entonces, era reemplazar el funcionamiento tradicional de la democracia por un modelo de conducción tecnocrática. Los ideólogos del régimen sostenían que la política partidaria había demostrado ser incapaz de resolver los problemas estructurales del país. En consecuencia, el Estado debía quedar en manos de técnicos y especialistas capaces de administrar racionalmente la economía y reorganizar la sociedad. En este esquema, entonces, la política tradicional no tenía nada para ofrecer y, por tal motivo, los partidos políticos fueron suspendidos, el Congreso Nacional disuelto, la Corte Suprema reemplazada y los gobernadores destituidos. El próximo objetivo en este plan de control, entonces, debían ser las universidades.

Pocas semanas después del golpe, el gobierno avanzó sobre uno de los símbolos más importantes de la Argentina del siglo XX: la universidad reformista. El decreto-ley 16.912 eliminó la autonomía universitaria, puso fin al cogobierno e intervino las universidades nacionales. Las autoridades académicas dejaron de responder a la comunidad universitaria para depender directamente del Poder Ejecutivo. Dichas medidas formaban parte de una política mucho más amplia destinada a combatir lo que el gobierno definía como infiltración marxista dentro de las universidades. La intervención era presentada como un instrumento para terminar con la agitación estudiantil y reorganizar el sistema universitario de acuerdo con los principios de la Doctrina de la Seguridad Nacional.

La respuesta de buena parte de la comunidad universitaria fue inmediata. En distintas facultades de la Universidad de Buenos Aires, docentes, investigadores y estudiantes resolvieron permanecer dentro de los edificios como forma de resistencia pacífica. Sin embargo, nadie imaginaba aún la magnitud de la respuesta oficial.

LA NOCHE DEL 29 DE JULIO

Los destrozos provocados por la redada conocida como «La noche de los bastones largos».

El viernes 29 de julio de 1966 la Policía Federal recibió la orden de desalojar los edificios ocupados. Las facultades de Ciencias Exactas y Naturales, Arquitectura, Ingeniería, Filosofía y Letras y Ciencias Económicas fueron rodeadas por efectivos policiales. En su interior permanecían cientos de personas que rechazaban la intervención universitaria y se negaban a abandonar los edificios. Durante la noche, los policías ingresaron utilizando largos bastones de madera con los que golpearon indiscriminadamente a docentes, investigadores, estudiantes y autoridades universitarias quienes, en muchos casos, serían detenidos por las fuerzas de seguridad. La violencia ejercida sobre la comunidad académica se vería acompañada, además, por la destrucción total o parcial de laboratorios, instrumental científico, bibliotecas, archivos y oficinas. Si bien algunos contemporáneos vieron en la Noche de los Bastones Largos un simple exceso por parte del gobierno de facto o un conflicto que escaló a niveles impensados, lo cierto es que, tal y como afirma la investigadora del CONICET Florencia Osuna “estas intervenciones estaban justificadas por este sesgo anticomunista o antisubversivo de la doctrina de la seguridad nacional  a la que adhería plenamente Onganía, porque se consideraba que era importante intervenir las universidades para poner fin a la infiltración marxista y a la agitación estudiantil que se consideraba que habían sido propiciadas por el reformismo”.

Las consecuencias fueron inmediatas. En las semanas posteriores comenzaron a multiplicarse las renuncias de profesores e investigadores y si bien algunos encontraron su lugar en universidades privadas, lo cierto es que muchos eligieron el camino del exilio. La Argentina perdía, en muy poco tiempo, una parte sustancial de la generación de científicos que había construido durante la década anterior uno de los sistemas universitarios más prestigiosos de América Latina. Para Osuna, lo ocurrido a finales de julio del 66 “es un golpe de represión muy fuerte en contra de la universidad y el movimiento estudiantil. Pero, al mismo tiempo que estas prácticas provocaran que se instalara de manera permanente la llamada fuga de cerebros por razones políticas, posteriormente seguirá ocurriendo lo mismo, pero ahora por razones económicas”. La reconstrucción del sistema científico, entonces, demandaría décadas.

Si bien algunos contemporáneos vieron en la Noche de los Bastones Largos un simple exceso por parte del gobierno de facto, lo cierto es que, tal y como afirma la investigadora  Florencia Osuna, “estas intervenciones estaban justificadas por este sesgo anticomunista o antisubversivo de la doctrina de la seguridad nacional a la que adhería plenamente Onganía, porque se consideraba que era importante intervenir las universidades para poner fin a la infiltración marxista y a la agitación estudiantil que se consideraba que habían sido propiciadas por el reformismo”.

UN EFECTO INESPERADO

Paradójicamente, la represión produjo un resultado muy diferente del buscado por el gobierno ya que lejos de desmovilizar al movimiento estudiantil, aceleró su politización. Durante los años siguientes se profundizaron los vínculos entre estudiantes, organizaciones de izquierda y distintos sectores del movimiento obrero y será dicha articulación la que desempeñaría un papel decisivo en las grandes protestas sociales que estallarían pocos años después, como lo fue el Cordobazo en mayo de 1969. La insurrección protagonizada conjuntamente por obreros y estudiantes (y que tendrá réplicas posteriores, aunque a menor escala en diferentes puntos del país) reveló que el proyecto político de Onganía comenzaba a perder apoyo incluso entre sectores que inicialmente habían recibido con expectativa el golpe de Estado. La represión, entonces, se mostraba ineficaz como mecanismo de disciplinamiento social

La explicación principal del fracaso del gobierno de Onganía no debe buscarse solamente en los problemas económicos o en el crecimiento de la violencia: la causa central fue política. La Revolución Argentina había intentado reemplazar la negociación democrática por una administración puramente técnica del Estado. La eliminación de los canales institucionales para procesar los conflictos sociales, terminó acumulando tensiones que finalmente estallaron entre 1969 y 1970. A esto se le sumaría, además, la pérdida de apoyo de las Fuerzas Armadas y, en especial, del general Alejandro Agustín Lanusse, ya que, tal y como afirma el historiador Esteban Pontoriero, el futuro presidente del país entre 1971 y 1973 “era el cerebro detrás de la experiencia de la dictadura de la Revolución Argentina, y para ese momento, había identificado que era urgente plantear una salida política ordenada y que la situación se había agravado enormemente a nivel político interno, debido a la violencia y radicalización de importantes sectores de la sociedad. Todo esto provocará una valoración muy negativa de todo lo que había sido la experiencia de su gobierno y que se piense en Roberto Levingston como un posible sucesor”.

SESENTA AÑOS DESPUÉS

La Noche de los Bastones Largos ocupa hoy un lugar central en la memoria histórica argentina porque sintetiza múltiples procesos que marcaron la segunda mitad del siglo XX. Fue la consecuencia de la radicalización ideológica propia de la Guerra Fría, de la creciente intervención militar en la política iniciada tras 1955, de la difusión de la Doctrina de la Seguridad Nacional y del proyecto autoritario impulsado por la Revolución Argentina. Pero también simboliza otra historia: la de una universidad pública que, pese a las intervenciones, persecuciones y exilios, logró reconstruirse una y otra vez. La de una comunidad científica que continuó produciendo conocimiento incluso en condiciones extremadamente adversas. Y la de una sociedad que terminó comprendiendo que la autonomía universitaria no constituye un privilegio corporativo, sino una condición indispensable para garantizar la libertad de investigación, la pluralidad de ideas y la formación de ciudadanos críticos.

Sesenta años después, los bastones que aquella noche buscaron disciplinar a la universidad siguen siendo uno de los símbolos más elocuentes de los riesgos que enfrenta una democracia cuando el conocimiento se convierte en objeto de persecución política. En momentos como los que actualmente atraviesa la Argentina, con un gobierno que desprestigia recurrentemente a las universidades y a sus trabajadores (tanto desde el maltrato discursivo como en la asignación de los recursos económicos que le corresponden), comprender la Noche de los Bastones Largos implica, en definitiva, comprender una época. Una época en la que la Argentina creyó que podía reemplazar la política por la fuerza, la deliberación por la obediencia y el pensamiento crítico por el control ideológico. El resultado fue exactamente el contrario al esperado: lejos de pacificar al país, profundizó los conflictos que terminarían marcando el dramático recorrido de la historia argentina durante los años siguientes. Las universidades argentinas han sido castigadas infinidad de veces y los acontecimientos de 1966 son, tal vez, uno de los golpes más duros que han sufrido. No solo por los efectos inmediatos sino también por los de largo plazo. Sin embargo, amplios sectores de la sociedad salieron a las calles y lucharon desde el lugar que pudieron para preservar a una de las instituciones más importantes de nuestro país (tal vez una de las que más nos debería enorgullecer como argentinos) y volver a ponerla de pie. Ya ocurrió hace sesenta años. Que ocurra también ahora.

 

130 años de socialismo y educación en Argentina. Una historia de igualdad, laicidad y emancipación

130 años de socialismo y educación en Argentina. Una historia de igualdad, laicidad y emancipación

Un exhaustivo balance del Equipo de Educación de CEMUPRO Argentina sitúa el derecho al conocimiento, la laicidad y la inclusión socioeducativa como el núcleo de la identidad socialista desde el programa fundacional de 1896 hasta las vanguardistas gestiones en Santa Fe y el actual escenario de resistencia.

Escuelita rural (1956) Antonio Berni

UN BALANCE HISTÓRICO CON PROYECCIÓN A FUTURO

En el marco de la conmemoración de los 130 años de la fundación del Partido Socialista de Argentina, el Equipo de Educación del Centro de Estudios Municipales y Provinciales (CEMUPRO) Argentina presentó un documento estratégico clave para el encuentro partidario celebrado el pasado 27 de junio de 2026.

Bajo la consigna «130 años trabajando por más igualdad y mejor democracia», la propuesta de la organización coloca a la educación en el centro gravitacional del balance histórico del partido. Lejos de ser abordada como una temática sectorial o accesoria, la dimensión educativa es ratificada como el verdadero hilo conductor que atraviesa al socialismo argentino desde su primer programa doctrinario hasta sus experiencias más recientes de gestión pública.

La presentación del informe adquiere un carácter de urgencia política ante la coyuntura nacional de 2026. Los equipos técnicos del CEMUPRO advierten que la recuperación de esta memoria histórica no responde a un ejercicio de nostalgia melancólica, sino a la consolidación de un programa político de resistencia activa frente a lo que denuncian como un avance gubernamental sistemático en el desmantelamiento de la educación pública, las universidades nacionales, el sistema científico y la educación técnica en todo el territorio argentino.

EL PROGRAMA DE 1896: LA EDUCACIÓN LAICA Y GRATUITA COMO CONQUISTA FUNDACIONAL

La investigación histórica ratifica que la ligazón entre socialismo y educación nació con el partido mismo. Durante las históricas jornadas del 28 y 29 de junio de 1896, delegados de agrupaciones socialistas y gremiales, bajo el liderazgo del médico y pensador Juan B. Justo, se congregaron en las instalaciones del Club Vorwärts de Buenos Aires para celebrar el Congreso Fundacional del Partido Socialista.

En ese acto fundacional se aprobaron la Declaración de Principios, los Estatutos y el denominado Programa Mínimo. Este último ya inscribía de forma explícita y prioritaria la exigencia de una educación laica, obligatoria y gratuita hasta los 14 años de edad.

El socialismo situó a la educación popular en la raíz de su proyecto emancipatorio, sosteniendo la premisa de que en ese contexto particular resultaba imposible edificar la ciudadanía sin el acceso al conocimiento, y que, por extensión, no existía democracia real desprovista de ciudadanos plenos.

Para fines del siglo XIX, en una Argentina fuertemente moldeada por el modelo agroexportador y la recepción aluvional de corrientes inmigratorias, el acceso al sistema escolar constituía un territorio de disputa política de primera magnitud. El análisis sectorial del CEMUPRO expone que el diseño pedagógico oficial de la época se dirimía bajo el paraguas de una Ley Nacional de Educación Común orientada entre la inclusión y la normalización.

En ese escenario, el socialismo situó a la educación popular en la raíz de su proyecto emancipatorio, sosteniendo la premisa de que en ese contexto particular resultaba imposible edificar la ciudadanía sin el acceso al conocimiento, y que, por extensión, no existía democracia real desprovista de ciudadanos plenos.

JUAN B. JUSTO Y LA PEDAGOGÍA OBRERA COMO PRÁCTICA DE LIBERTAD

La figura del fundador del partido, Juan B. Justo (1865-1928), es rescatada en el documento no solo bajo su rol de líder político, parlamentario y primer traductor de El Capital de Karl Marx al castellano, sino fundamentalmente en su faceta de infatigable educador popular. La perspectiva ideológica de Justo dictaminaba que la praxis educativa y el proyecto político eran dos caras de una misma moneda orientada a la emancipación integral de la clase trabajadora.

Este empeño constante por elevar las condiciones de existencia del proletariado mediante el despliegue de herramientas culturales e intelectuales es respaldado por sólidas investigaciones historiográficas. Al respecto, el análisis recupera las conclusiones de la prestigiosa historiadora Dora Barrancos en su obra Educación, cultura y trabajadores (1890-1930), donde explicita:

«Difícilmente pueda objetarse la conclusión de que las propuestas educativas del socialismo se desarrollaron privilegiando los sectores del trabajo y, por lo mismo, transcurrieron en barrios y áreas eminentemente obreros. Los sujetos a quienes se destinó el esfuerzo educativo realizado por el frente político y gremial socialista (…) se encontraron entre los diversos estratos del trabajo, alargándose a otros sectores populares.» (Dora Barrancos)

La traducción material de este enfoque se tradujo en el impulso y la creación de dispositivos culturales y educativos concretos que marcaron la historia social del país, tales como la Biblioteca Obrera, la Sociedad Luz —destinada específicamente a la cultura y la difusión científica y social— y la cooperativa El Hogar Obrero.

En el plano legislativo, Justo defendió con vehemencia la Reforma Universitaria de 1918 desde su banca parlamentaria, redactó e impulsó normativas contra el analfabetismo y la explotación infantil, y fustigó permanentemente los mecanismos por los cuales el aparato escolar formal de su época tendía a reproducir las asimetrías sociales preexistentes en lugar de neutralizarlas. Para el ideario fundacional, la educación jamás poseía neutralidad: operaba como un vector de dominación o como una herramienta de liberación, opción por la cual el socialismo militó orgánicamente.

PIONEROS DEL FEMINISMO PEDAGÓGICO: LA EMANCIPACIÓN DE LAS MUJERES

Un capítulo sustancial del balance elaborado por CEMUPRO Argentina visibiliza el carácter vanguardista del socialismo en el cruce entre la igualdad de género y el derecho irrestricto a la educación.

Lejos de concebirse como una concesión accesoria, la inclusión de las mujeres en el trayecto educativo formal respondía a una rigurosa coherencia doctrinaria: el horizonte de emancipación carecía de sentido si se restringía únicamente a la población masculina.

Juan B. Justo denunció sistemáticamente las condiciones opresivas del ámbito fabril y del taller, señalando el dolor de ver a mujeres y niños transformados en los eslabones más severamente explotados del tejido productivo decimonónico.

Juan B. Justo denunció sistemáticamente las condiciones opresivas del ámbito fabril y del taller, señalando el dolor de ver a mujeres y niños transformados en los eslabones más severamente explotados del tejido productivo decimonónico.

La máxima encarnación de esta lucha fue Alicia Moreau de Justo, médica, pedagoga, directora de La Vanguardia, y fundadora, en 1902, del Centro Socialista Feminista y la Unión Gremial Femenina.

Su legado, extendido a lo largo de un siglo de existencia, la recuerda también por haber sido la primera mujer de América Latina en haber emitido un voto en 1911. Junto a ella, la figura de Julieta Lanteri se inscribe como la primera mujer en emitir un sufragio formal en el país y una tenaz batalladora por la apertura de las aulas universitarias al género femenino.

El documento del CEMUPRO recalca el carácter disruptivo y radical que poseía el programa de 1896: exigir universalidad educativa, obligatoriedad y laicidad en una época donde las mujeres estaban formalmente excluidas de la vida civil, política y de la formación superior profesional, consagraba al programa socialista como una auténtica e histórica proclama feminista.

ALFREDO PALACIOS: LA LEGISLACIÓN LABORAL COMO LA CONDICIÓN MATERIAL DE LA ESCUELA

La llegada de Alfredo Palacios al Congreso de la Nación en 1904, consagrado como el primer diputado socialista de América Latina por el barrio porteño de La Boca, marcó un hito en la arquitectura jurídica del país. Palacios estructuró un corpus de legislación social inédito para las fuerzas políticas tradicionales de la época.

El socialismo plantea que las leyes impulsadas por Palacios —entre las que destacan la regulación de la jornada de trabajo, la prohibición taxativa del trabajo infantil y la protección integral de la mujer en los talleres— constituyeron el sustrato de derechos materiales indispensables para hacer fáctico el derecho a la educación.

La tesis socialista es categórica: resulta imposible el ejercicio del derecho a la educación si las infancias están sometidas a jornadas laborales de 12 horas diarias. No hay espacio para la escuela si previamente no se garantiza la existencia de la infancia.

La tesis socialista es categórica: resulta imposible el ejercicio del derecho a la educación si las infancias están sometidas a jornadas laborales de 12 horas diarias. No hay espacio para la escuela si previamente no se garantiza la existencia de la infancia.

Posteriormente, desde su rol como rector de la Universidad Nacional de La Plata, Palacios proyectó una universidad pública comprometida con la producción científica y de saberes puestos directamente al servicio de las necesidades de la comunidad, anticipándose por décadas a los debates contemporáneos respecto a la función social de la educación superior.

EL DEBATE CONTEMPORÁNEO SOBRE «LO PÚBLICO» Y LA CONFLUENCIA CON PAULO FREIRE

El Equipo de Educación de CEMUPRO Argentina introduce en su documento una conceptualización teórica profunda acerca de la resignificación de ‘lo público’ en el siglo XXI. Desde su perspectiva, lo público desborda la mera noción de lo estatal; se define como aquello que pertenece comunitariamente a la totalidad de la sociedad, edificado de forma colectiva y regido bajo la lógica irrenunciable del derecho humano, en franca oposición a las dinámicas mercantilistas de la oferta y la demanda.

Esta matriz ideológica encuentra un punto de confluencia y diálogo directo con la tradición pedagógica latinoamericana, de modo particular con la obra del educador brasileño Paulo Freire.

«La educación no cambia el mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo». Paulo Freire.

El informe recupera la célebre premisa freireana que postula la educación como una práctica de la libertad basada en procesos de concientización y humanización mutua entre educador y educando, sintetizada en su máxima: «La educación no cambia el mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo». El CEMUPRO destaca que esta concepción guarda una perfecta sintonía con el viejo ideario emancipador de Juan B. Justo, a pesar de haber emergido en coordenadas temporales y geográficas distintas.

Bajo este marco analítico, los equipos técnicos precisan que, en la actual coyuntura histórica, la tarea de reconstruir lo público exige la defensa irrestricta de las instituciones escolares como espacios inalienables de transmisión de la cultura, igualación real de oportunidades y construcción de ciudadanía democrática.

Ello implica rechazar de plano la consideración del conocimiento como una mercancía transable o de la educación como un simple servicio comercial, reafirmando la obligación indelegable del Estado en garantizar el acceso, permanencia y calidad en todos los niveles del trayecto educativo.

LA EXPERIENCIA DE GESTIÓN: 12 AÑOS DE POLÍTICAS DE ESTADO EN SANTA FE (2007-2019)

El balance del socialismo adquiere una dimensión de contrastable empirismo al analizar el período comprendido entre los años 2007 y 2019 en la provincia de Santa Fe.

Durante doce años consecutivos, bajo los mandatos gubernamentales de Hermes Binner, Antonio Bonfatti y Miguel Lifschitz, la provincia implementó políticas públicas sectoriales estructuradas sobre las vigas maestras de la inclusión, la calidad y la equidad pedagógica.

Esta experiencia demostró que la persistencia en el tiempo de un modelo educativo es viable cuando media una firme definición doctrinaria que ubica al Estado como garante del derecho y no como un mero prestador de servicios.

Un rasgo distintivo de esta etapa fue el rol de liderazgo asumido por destacadas mujeres en la conducción ministerial:

Élida Rasino (Ministra de Educación, 2007-2011): Condujo el inicio del Frente Progresista en el área, ejecutando una histórica reparación laboral mediante los procesos de titularización docente —mecanismo que llevaba 14 años paralizado en la provincia— y sentando los cimientos metodológicos para más de una década de innovación pedagógica.

 

María de los Ángeles “Chiqui” González (Ministra de Innovación y Cultura, 2007-2019): Sostuvo a lo largo de las tres administraciones la tesis de la indisolubilidad entre cultura y educación. Su gestión revolucionó las fronteras del aula tradicional a través de dispositivos urbanos y pedagógicos masivos como el Tríptico de la Infancia, la Isla de los Inventos y políticas radicales de apropiación del espacio público para las niñeces.

 

Mónica Bifarello (Ministra de Desarrollo Social, 2011-2015): Articuló las carteras de promoción social y educación, logrando un abordaje intersectorial reflejado de forma nítida en el diseño del Plan ABRE y en la transversalización de las políticas de género dentro del tejido escolar

El documento del CEMUPRO sintetiza el espíritu de esta militancia técnico-política apelando a las palabras de la propia «Chiqui» González, quien acuñó la definición de que «la política es poética», imprimiendo mística, símbolos y metáforas a la transformación institucional de la provincia.

EL CATÁLOGO DE INNOVACIÓN SOCIOEDUCATIVA SANTAFECINA

El balance detalla pormenorizadamente los programas que hoy constituyen el patrimonio pedagógico del socialismo argentino:

Al concluir el ciclo en 2019, las estadísticas provinciales reflejaron la edificación de 255 nuevas escuelas secundarias y un incremento neto del 65% en la matrícula de la educación superior no universitaria (nivel terciario).

El exgobernador Miguel Lifschitz sintetizó el proceso confirmando que todas las líneas estratégicas instaladas originariamente por sus predecesores, Binner y Bonfatti, habían sido rigurosamente continuadas, profundizadas y consolidadas.

LOS SEIS EJES DE UN BALANCE DE 130 AÑOS DE CONSISTENCIA

El informe elaborado por el CEMUPRO condensa la trayectoria socialista en seis grandes vectores de consistencia histórica e ideológica indiscutible:

Reunión del equipo de educación de CEMUPRO junto a miembros de Argentinos por la Educación.

La universalidad del derecho: La defensa irrenunciable de una educación laica, gratuita y obligatoria plasmada formalmente desde el acta de nacimiento partidaria en 1896.

La educación popular como praxis: La construcción de un andamiaje cultural alternativo a través de bibliotecas obreras, universidades populares y centros culturales obreros desde los albores del siglo XX.

La base material del aprendizaje: El desarrollo de una legislación social protectora del trabajo que erradicara la explotación infantil, garantizando el tiempo vital necesario para la escolarización de las infancias.

La democratización de la educación superior: El rol protagónico y de acompañamiento orgánico a las banderas de la Reforma Universitaria de 1918 y la gratuidad de los estudios superiores.

El feminismo pedagógico: La temprana e inclaudicable batalla por abrir las fronteras de la ciencia, la formación profesional superior y la participación pública a las mujeres argentinas.

El socialismo como opción de gobierno: La validación empírica desarrollada en Santa Fe entre 2007 y 2019, que demostró la viabilidad técnica de gestionar bajo las coordenadas axiológicas de la solidaridad y la igualdad.

LA EDUCACIÓN PÚBLICA EN 2026: EL ESCENARIO DE LA RESISTENCIA ACTIVA

El tramo final del documento sitúa la herencia doctrinaria frente a la realidad política actual de la Argentina de 2026. Desde la perspectiva analítica del Equipo de Educación de CEMUPRO, la administración nacional encabezada por el presidente Javier Milei ha convertido a las políticas educativas en un severo escenario de confrontación ideológica.

Sostienen que lo que se dirime en la actualidad no constituye una controversia técnica o metodológica, sino una mutación conceptual de fondo: el intento de suplantar la noción de la educación como un derecho universal por un modelo de mercado.

La denuncia sectorial enumera con preocupación los impactos del desfinanciamiento de las casas de altos estudios nacionales, el vaciamiento presupuestario del CONICET y del complejo científico nacional, el repliegue de la educación técnica y la introducción discursiva y operativa de la lógica del «voucher educativo». Para el socialismo, estas medidas persiguen el propósito de transformar la educación en una mercancía regulada por la capacidad de pago individual de cada grupo familiar, consolidando la deserción del Estado de sus funciones regulatorias básicas.

«La figura de Juan B. Justo y su lucha por una educación emancipadora adquiere una dimensión inusitada en este incierto momento, donde un feroz ataque desde las esferas del poder pone en jaque a nuestra brillante tradición educativa». Gustavo Battistoni publicado en El Correo de Firmat (2026)

Frente a este adverso panorama, la herencia de 130 años provee una respuesta nítida: la escuela pública no representa una rémora ineficiente del pasado ni un gasto corriente a recortar, sino el requisito indispensable de subsistencia para la democracia, la igualdad civil y la ciudadanía organizada. Sin la presencia de un sistema escolar estatal de alta calidad, la existencia de la república se vuelve quimérica.

Para graficar la gravedad de la encrucijada actual, el informe recupera un pasaje del análisis del historiador Gustavo Battistoni publicado en El Correo de Firmat (2026), donde afirma: «La figura de Juan B. Justo y su lucha por una educación emancipadora adquiere una dimensión inusitada en este incierto momento, donde un feroz ataque desde las esferas del poder pone en jaque a nuestra brillante tradición educativa».

Es precisamente ante ese escenario que el socialismo ratifica su mandato histórico: la respuesta institucional y militante no puede ser otra que la movilización y la defensa activa de la educación pública, gratuita, laica, inclusiva y de calidad como un patrimonio inalienable de las mayorías populares.

CIERRE ANALÍTICO: UN IDEARIO QUE MANTIENE SU VIGENCIA

El documento elaborado por el CEMUPRO en Buenos Aires concluye explicitando su voluntad de funcionar como un insumo dinámico para el debate colectivo y como una invitación abierta a profundizar en el conocimiento de una corriente histórica indispensable para comprender la evolución de los derechos sociales en Argentina.

«La educación no es un negocio. Es un derecho. Y los derechos no se venden: se defienden».

Los equipos técnicos reafirman con optimismo que las banderas históricas del socialismo no han envejecido ante las transformaciones del nuevo siglo. Por el contrario, la vigencia de su marco teórico y el respaldo de sus experiencias de gestión estatal validan su autoridad para intervenir con fuerza en el debate pedagógico contemporáneo.

La declaración final del informe sintetiza la postura de la organización con una definición doctrinaria tajante que traza la frontera del conflicto actual: «La educación no es un negocio. Es un derecho. Y los derechos no se venden: se defienden».

El racista es el otro

El racista es el otro

La derrota argentina en la final mundialista abrió un debate inesperado en torno al racismo de nuestro país y precipitó una serie de respuestas ante esa acusación. Investido de cierto nacionalismo herido, estas respuestas suelen ocultar una genuina discusión sobre la discriminación y la cuestión racial en nuestro país. 

Gentileza de la artivista Mirta Toledo. Serie «Héroes Afrodescendientes Argentinos Invisibilizados».

 

“La belleza del antirracismo es que no tenés que fingir que estás libre de racismo para ser antirracista.

El antirracismo es el compromiso de luchar contra el racismo donde sea que se lo encuentre, incluso uno mismo.

Y este es el único camino posible”
Ijeoma Oluo 

“¿Argentina es un país racista?” se preguntan comunicadores y generadores de contenido del mundo y de Argentina. Se lo preguntan frente a otros que responden. En el plano local, en su inmensa mayoría, unos y otros son blancos, y hasta pertenecen a distintos tipos de mainstream y otras formas de clases privilegiadas. Cientos de contenidos audiovisuales, placas, entrevistas, gráfica, notas digitales que parecen guionadas por un cadáver exquisito a fuerza de la IA y del listado de titulares que asoman en alguna búsqueda Google sin demasiada profundidad en su instrucción para responder tamaña pregunta que parte de no saber bien qué es el racismo. 

Las hegemonías culturales locales y del mundo, hegemonías que como acusaba Henri Lefebvre siempre son canal activo de lo que en verdad dicen o pretenden rechazar, quedaron divididas a dos aguas: las que sentencian que Argentina es lo más racista de la historia de la humanidad y las que sentencian que Argentina no solo no lo es, sino que es un paraíso para todos los sectores racializados. Bah, un paraíso para los negros, porque para todos estos nuevos especializados del tema a ambos lados de la corriente, el racismo se trata no sólo de un color, sino específicamente de un solo color.

Hay tanto, pero tanto contenido a disposición, hay tanta basura tan a mano, tantas opciones pretendiendo información, alimentando la sobreinformación, pretendiendo interpretación y promoviendo las sobreinterpretaciones, hay tanto de todo que la exageración aparece como aliada para sobresalir sobre esa marea de confusión, vanidad, monetización, aspiraciones dudosas. Grandilocuencia, adjetivación e irracionalidad llevadas a extremos como combustible del clickbait, de anzuelo para lograr el ansiado like, para capturar nuestra bendita y preciada atención. Que hoy, vale recordar, es un activo y es lo que toda esa gente necesita de nosotros, simples navegantes digitales o simpáticas audiencias, para monetizar. 

Argentina, como todos los países del mundo, es racista. Lo es porque el racismo es huella del colonialismo pero también porque su condición es estructural. Como cada violencia estructural, el racismo toma diferentes formas de revelarse acorde a los recorridos históricos de cada territorio.

Bajando un poco el volumen, lo que podemos empezar a decir es bien simple: Argentina, como todos los países del mundo, es racista. Lo es porque el racismo es huella del colonialismo pero también porque su condición es estructural. Como cada violencia estructural, el racismo toma diferentes formas de revelarse acorde a los recorridos históricos de cada territorio. Formas de revelarse que, a su vez, exigen formas diferentes de comprensión y de relato propio. Un relato muy abierto y elástico porque también genera experiencias particulares: hay algo de lo racial que se pone en juego frente a un otro que nunca es el mismo; ser blanco en Argentina entra en jaque bajo el lente de qué es blanco y qué es no blanco en Europa, al mismo tiempo que un no blanco en Argentina puede ser considerado el más blanco de todos en Estados Unidos. ¿Cómo se le explica a un norteamericano que acá El Polaco —cantante y compositor de cumbia— es considerado un negro?

En nuestro país, entonces, se racializan la clase social, los hábitos y consumos y la ideología —el pobre es negro; el desempleado según su clase o zona de residencia pasa rápidamente a ser vago y en consecuencia, negro; “mirá esas zapatillas que usa, ¡qué negro!”; la cumbia y el reguetón es de negros; el peronista es negro—, para pasar a extranjerizarse la raza: el negro siempre es “bolita”, peruano, si tiene rastas es jamaiquino, etcétera. Es una extranjerización estereotipada, exótica. Si Argentina es el país blanco de Latinoamérica, obviamente negro será siempre un otro. Una Argentina que en verdad es un puñado de avenidas porteñas que suelen darle forma a una argentinidad conceptual más que territorial y poblacional, que entonces puede mirar al norte argentino y sin ruborizarse decir cosas como “parece Bolivia y, si te ofende, el racista sos vos”.

Defender la excepcionalidad argentina —ideario sublime del porteñocentrismo, por eso es gracioso ver “al interior” repetirlo— al mismo tiempo que se niega el racismo y se practica el supremacismo no solo es contradictorio en términos que se excluyen entre sí, o sea, funcionan como contradicción fatal y no como una contradicción posible para sacar de ahí algo jugoso, sino que, a su vez, es el tiro al pie: sos excepcional en lo bueno pero también en lo malo. De esa disyuntiva nace que de repente seamos los más villanos, porque nos narramos en la excepción, no le damos aire a todo eso que somos. Esa condena inevitable es la que genera la nefasta construcción de una excepcionalidad que, más allá de los parámetros que la originan, la han sostenido comprensiones sin dudas racistas, supremacistas, clasistas, misóginas, y un largo etcétera.

Gentileza de la artivista Mirta Toledo. María Remedios del Valle, 2013, Serie «Héroes Afrodescendientes Argentinos».

Estas formas en las que el racismo argentino se revela tienen lógica en nuestros relatos funcionales, presos de su tiempo, pues son eurocentristas. Un poema nacional como el Martín Fierro, donde el gaucho mata al negro y tilda de buscona a la negra, un negro y una negra figurados con poco sentido del humor que reciben un tono que salta de agresivo a paternalista por parte del gaucho; o La Vuelta del malón, un cuadro de Ángel Della Valle, que inaugura lo que llamamos arte nacional, pero que surge como necesidad de una convocatoria celebratoria de “la conquista española”, un cuadro hecho para ser llevado a Chicago, la ciudad anfitriona de la fiestita colonizadora, pero que también se piensa como un guiño de apoyo directo a Roca. El “matar al padre” de cada sociedad/país debería significar matar a esos relatos. 

Cuando hablamos de lo abierta y generosa que es nuestra Constitución Nacional solemos olvidar que habla de fomentar la inmigración europea: hay en el artículo 25 una calificación a la inmigración deseada acorde a su espíritu eurocentrista. Gracias a los dioses constitucionales, nuestro país recibió a los que en su propio país, en su gran mayoría, eran racializados. 

La riqueza de Argentina no solo nace en sus periferias, sino que viene de las periferias y de los periféricos del mundo. Y esta gracia aún está ahí frente a cada uno de nosotros más viva y radiante que nunca, pero también siendo atacada: ¿De qué creen que se tratan las campañas de criminalización que lleva adelante Jorge Macri en las villas? 

¿De qué “color” son las cárceles en Argentina? Si ocurre algo, falta algo, se va de las manos una situación en cualquier lugar: ¿Quién o quiénes van a ser los primeros sospechosos? ¿La gente blanca o la no blanca? Si en una búsqueda laboral van una mujer no blanca y una mujer blanca a un trabajo, aunque la primera esté más calificada, ¿quién se queda con el puesto? Lo mismo entre hombre blanco y hombre no blanco. Ahora, puede cambiar un poco el asunto entre un hombre no blanco y una mujer no blanca, porque si hay alguien aún en peores condiciones frente al racismo y al supremacismo esa es la mujer racializada. ¿Quiénes sostienen las cacerolas en los barrios? ¿Quiénes limpian y sostienen las casas de las mujeres empoderadas? ¿Quiénes crían a los hijos de las familias independientes y exitosas? ¿Acaso nadie recuerda cuando se denunció que a “las chicas que ayudan en casa, que son como la familia” no las dejaban tomar el mismo transporte que al resto para llegar a Nordelta? ¿Quiénes son las que sostienen las redes de cuidado? La lista de preguntas retóricas y apuntes puede ser interminable. 

Cuando decimos que hubo un borrado sistémico de lo negro, no estamos diciendo que se desapareció a la totalidad de la población negra, decimos que se los borró de la historia. No se los contó, no se los narró: no existieron durante siglos, y aún hoy, en muchos abordajes no se los incorpora, no existen incluso en temas que han sido y son protagonistas. 

El cuentito de la Argentina hecha desde los barcos es reduccionista, eurocentrista y racista. Para cuando llegaron esos barcos de los que se habla, a finales del siglo diecinueve y a inicios del siglo veinte, ya habían llegado durante varios siglos antes otros tantos barcos desde África. Y otros tantos más de otras partes del mundo en las más diversas condiciones que poco y nada tienen que ver con el turismo, y demasiado con la posibilidad de salvar sus vidas, de venir a encontrar a nuestras tierras una vida.

Cuando decimos que hubo un borrado sistémico de lo negro, no estamos diciendo que se desapareció a la totalidad de la población negra, decimos que se los borró de la historia. No se los contó, no se los narró: no existieron durante siglos, y aún hoy, en muchos abordajes no se los incorpora, no existen incluso en temas que han sido y son protagonistas. Apenas hace unos años asoman algunos nombres heroicos e indispensables para el devenir de esta tierra, como el de la gloriosa María Remedios del Valle, que comparte billete con Manuel Belgrano. Pero en general es un modus operandi y no ponerlo sobre la mesa es parte del problema: la historia, la participación, el protagonismo no blanco no solo se ha borrado sino que se sigue borrando, ninguneando, minimizando, y apropiando. No plantearlo es no escuchar los reclamos que nuestros hermanos afroargentinos, afrodescendientes, que la diáspora africana en Argentina y diversas comunidades no blancas mantienen con el Estado y sí, también con la sociedad toda. Supongo que, como argentinos que no son racistas, que son antirracistas, patriotas que dan la vida por otro argentino, entenderán esto.

Ahora, parte de los problemas estructurales para la comprensión íntegra del racismo surgen de la hegemonización del racismo estadounidense. Esto es, por un lado, creer que el racismo apunta solo y exclusivamente a lo negro, y que lo negro es solo afro, y por otro lado, el definir la cuestión racial en los términos estadounidenses, que por supuesto no son universales. Y esto es gravísimo y problemático. Es prácticamente imposible aplicar la particularidad racial de un país en otro, pero Estados Unidos ha dominado esta conversación, y la propia comunidad afroestadounidense es también parte de esta errata que queda presa de su propia experiencia y no habilita otras. 

 Gentileza de la artivista Mirta Toledo. Horacio Salgán, 2016, Serie «Héroes Afrodescendientes Argentinos».

La anécdota que mejor lo grafica la protagoniza Malcolm X: hace un viaje a África y conoce a blancos que lo reciben y abrazan como un hermano; cuando regresa a su país hace una autocrítica y hasta se disculpa por la visión absoluta que tenía. No todos los blancos son como los norteamericanos, plantea. Es muy interesante ese giro por la propia deriva relacional entre él y Martin Luther King, que en su visión era el Tío Tom. Al final de sus vidas cada uno se movió; los mataron antes de que esos movimientos los aproximaran como para unir fuerzas: Malcolm X ya no creía que el problema fueran todos los blancos, sino que con ellos se podía construir un mundo antirracista también; y King empezaba a darse cuenta de que debía estar más atento a los problemas estructurales de su comunidad en particular, que eran planteados por un Estado blanco que, aún escuchándolo, lo tenía a raya.

Las contradicciones, las demandas, los rechazos a estas formas estadounidenses de parte de la diáspora africana, digamos, para hacerlo cortito y al pie, de todos los negros del mundo, de todos los no blancos, de los que somos antirracistas, de los que estudiamos y pensamos la cuestión racial y practicamos la interseccionalidad, es una constante, es una vieja lucha conocida. En cambio, la conversación pública y cultural argentina, que por lo general habla de racismo cuando aparece un caso como el de George Floyd o cuando desde aquella mirada yankee se preguntan por qué no hay negros, es excesivamente propensa a aferrarse a la bibliografía tanto de Estados Unidos como de Inglaterra, que puede ser muy certera en general y en sus propias introspecciones, pero totalmente fallida para aplicar acá (y en Latinoamérica). Y esto, claro, no solo se ve en lo racial sino prácticamente en todo, lo que termina generando no solo pésimos y nulos aportes a lo local, sino un progresismo cómodo en su esnobismo y poco afecto al ejercicio crítico con la realidad local.

La raza es una construcción política, el antirracismo es una construcción de conciencia política, le recuerda a todo cuerpo su condición política. La primera define los grupos de poder, la segunda organiza a las personas frente a la primera, convoca, le da voz, memorias, proyecto de vida, reconocimiento de su lugar en una cadena de producción y de economías. 

Es muy difícil que haya antirracismo si no hay escucha. Veo todo el contenido, toda la producción informativa, efectista, emocional de unas semanas a esta parte y es increíble que casi no aparezcan voces de los sectores racializados. Insólito, inédito, parece una ofensa preguntar si a nadie se le ocurrió sumar a las voces negras, a las voces no blancas, a las que vienen estudiando y trabajando desde toda su vida el racismo local, regional, estructural, con recorrido geográfico, político, con los devenires culturales y las biografías sociales.

Por eso me gusta tanto cómo Steve Biko rompe el cerco de ese relato racial hegémonico que opera en y desde Estados Unidos: el tipo nos dice que negro es el explotado. Todo explotado. O cómo Stokely Carmichael pone el foco en la jerarquía y posibilidad de violencia, una posibilidad resultado de la impunidad que otorga la jerarquía: “Si un hombre blanco quiere lincharme, ése es su problema. Si puede lincharme, ése es mi problema. El racismo no es una cuestión de actitud, es una cuestión de poder”.

Es muy difícil que haya antirracismo si no hay escucha. Veo todo el contenido, toda la producción informativa, efectista, emocional de unas semanas a esta parte y es increíble que casi no aparezcan voces de los sectores racializados. Insólito, inédito, parece una ofensa preguntar si a nadie se le ocurrió sumar a las voces negras, a las voces no blancas, a las que vienen estudiando y trabajando desde toda su vida el racismo local, regional, estructural, con recorrido geográfico, político, con los devenires culturales y las biografías sociales. Es decir, voces no blancas y no influencers, no generadores de contenido con IA y Google, no habladores ni vivenciales, sino investigadores, activistas, organizaciones sociales a diferente escala, porque el racismo no es uno solo por lo que una sola voz no alcanza, y menos si es una sola voz blanca, mainstream, privilegiada. ¿Acaso solo importa que las ciencias y las militancias alcen su voz y ocupen los espacios que les corresponden por derecho cuando son de nuestro partido, cuando van a sostener nuestros relatos, cuando van a defender mi maldito sentido común, cuando son útiles al kiosquito sectorial? ¿O acaso no confían en el saber y decir no blanco?

El racismo tiene un primo hermano que es el supremacismo. No son lo mismo, muchas veces van de la mano, pero otras tantas no. Alguien puede no ser necesariamente racista pero sí ser supremacista. Si el racismo es el desprecio y la intolerancia violenta al otro no blanco, al otro diferente, al explotado, el supremacismo es el que paternaliza a ese otro, el que se cree en una posición, valga la redundancia o la obviedad, de superioridad intelectual, cultural, moral. 

Basta una conversación musical para ejemplo: durante la final de Argentina y España se revoleaban los “no somos racistas” al mismo ritmo que se sucedían los “qué grasa María Becerra, groncha, no me representa, qué hace ahí si ni sabe hablar esta villera”. Gran momento para volver a las sabias palabras de James Elkins: “El gusto —construcción europea posrenacentista— siempre ha defendido valores distintos a los estéticos, y siempre ha borrado la política y naturalizado la sociedad. Mientras te resistas a entender eso seguirás confundiendo lo local con lo universal, el placer con el significado, el conocimiento con la comprensión”. ¿Hace falta recordar los kilómetros de textos, de audios, de conversaciones supremacistas que despertó el Super Bowl de Bad Bunny? ¿Las declaraciones de Fito Páez sobre Latinoamérica, muy especialmente sobre el Caribe? Los que dicen que “sobre gustos no hay nada escrito” supongo que lo dirán porque todo lo escrito, que es mucho, los interpela. Pienso también ahora en medios como Futurock burlándose de cómo hablan en el Caribe: creer que el único idioma posible no solo es el tuyo, sino la forma en la que el tuyo pronuncia debe ser de los supremacismos no solo más básicos, sino más infantiles. Como ven, la realidad es más compleja y no entra en un reel apresurado informando, atacando ni defendiendo. 

Gentileza de la artivista Mirta Toledo. Ida Edelvira Rodríguez, poeta, 2016, Serie «Héroes Afrodescendientes Argentinos».

En tiempos como los nuestros en los que poco se discierne –y esto aplica también a la confusión de conceptos–, volver a separar racismo y supremacismo nos ayuda a rever, a elegir, a pensar amplia y profundamente las palabras que elegimos, las posiciones en las que queremos pararnos en un mundo de violencias estructurales y algoritmos que se alimentan a velocidad de la luz no solo de ellas, sino de la reacción inmediata, sin que haya tiempo para mediar, para darle paso a la reflexión, al pensamiento político. Tuiter directamente ya tiene botones que invitan a “amplificar”, usa exactamente ese verbo. La sociedad del espectáculo siendo una sociedad de puro nervio, porque eso es la reacción, y esa es la fuente de riqueza de los algoritmos.

Me parece muy preocupante que en la conversación digital, pero también en medios, streams y demás, entre gente adulta y profesional de las ciencias sociales, de la cultura, figurines de esas hegemonías culturales mainstream o conocidas, tampoco se distinga entre Estado, gobierno, nación, pueblo, comunidades. Es realmente preocupante porque es una proyección, un traslado de responsabilidades, y todas bajo un falso nacionalismo. Claro que este es un mal global.

He escuchado a muchos y muchas decir que eligen a cualquier argentino antes que a cualquier otro extranjero: ¿en serio entre Videla y Martin Luther King elegirían a Videla? Bueno, supongo que algo de esto explica por qué entre muchos peronistas Victoria Villarruel cae simpática, ja. He escuchado a muchas y a muchos del campo nacional y popular pedir privatización de escuelas, universidades y hospitales para latinoamericanos porque no apoyaban a Argentina en una final. Los he visto salir a cancelar artistas a lo loco por no decir nada grave, solo por preferir otras selecciones, o por compartir imágenes de algunos jugadores defendiendo causas que ellos también defienden, como Patti Smith con Palestina. 

Lo más brutal por estas horas es la cancelación masiva a Rosalía, por los mismos que hasta no hace mucho acusaban de nazis a los canceladores, porque compartió un video en el que sonaba su canción sin leer que era contra nosotros, y lo eliminó luego, y se disculpó. Javier Bardem tuvo que hacer un video también extenso con idéntico fin: vale la pena porque habla del juicio a las juntas y de esa Argentina modelo en derechos humanos. Todos españoles que celebraron su campeonato y en el fervor pudieron pifiarla un poco más o un poco menos, o quedar presos del recorte malintencionado. En todo esto asoma esa construcción de jerarquías y poder que mencionábamos antes pero, más allá de todo análisis profundo, lo ridículo que es el sujeto tomado por la manera de comunicación que han impuesto las redes. Ya sea por gusto o por ansia monetizadora. Ridículo y funcional: si alguna de las conspiraciones son reales, todo marcha según el plan. Aislados, amplificando todo el odio y con pésima defensa, estamos con el moño puesto para terminar de rematar el país.

El problema del nacionalismo mundialista, o del nacionalismo berreta que abunda también más allá del evento deportivo, no es que sea efímero sino que es selectivo y sobreactuado: porque esconde en su interior exactamente lo opuesto. Perdón que no les crea, pero no les vi un solo gesto político ni inteligente durante semanas, semanas en las que también estaba en juego la Ley de Tierras, propiedad privada, y demás.

Por eso es de mínima llamativo el nivel de mediocridad o de deshonestidad intelectual con el que estos defensores de lo patrio no abordaron nunca cómo funciona el algoritmo, y cómo —por vanidad, por desesperación de no perderse una, de aprovechar para ir contra otro pueblo (sin distinguir, de nuevo, entre Estado, gobierno, pueblo, nación, comunidad), etcétera— han amplificado cada zoncera, han legitimado cada zoncera. Somos bastantes responsables del uso que le damos a lo que se produce y reproduce, que nos quieran hacer creer que es una batalla perdida tiene razones que se explican solas estos días. No quiero decir que por no darle un RT ganamos, pero sí que hay algo de la retroalimentación que nos encierra entre cuatro paredes y ya no se ve más allá de eso. Como diría Lorde, no somos responsables de nuestras opresiones pero sí de liberarnos de ellas. Y para darnos una pista de cómo hacerlo, nos dejó su hit: nunca con las herramientas del amo.

Hay responsabilidades políticas que son claras en esto y jugando a las conspiraciones nadie las planteó. Durante estas semanas a ninguna de esas mentes brillantes e hipernacionalistas, que lo quieren mucho más que yo al país porque yo digo que hay racismo estructural, se les ocurrió poner en el foco de lo que estaba pasando al gobierno de Milei, que es sin dudas el gran responsable de todo esto, y para dar quizás un poco más de profundidad y márgenes, hablar del Estado argentino en perspectivas históricas. Eligieron siempre quedarse en el clima digital, incluso cuando luego pasó a mayores y tomó en serio lugar en ciertos medios (lo del The New Yorker fue una vergüenza, pero no asombra a nadie, ni siquiera a los propios, pero también recuerdo tantas notas en esa línea en La Nación, Clarín, tantos programas sosteniendo el relato civilización y barbarie, la idea de un Messi maradonizado que ataca a nuestros dos capitanes amados con un solo tiro). Capaz porque tampoco distinguen los conceptos y categorías de los que venimos hablando. ¡Vaya sabiondos, especialistas e intelectuales! En efecto, muchas de esas voces rechazan la posibilidad de hablar de fascismo en nuestro tiempo; bueno, capaz ahora que tocó el corazón futbolero sí se animan.

Veo en esto que pasó una oportunidad perdida de salir al mundo a decir no somos lo que Milei dice que somos, no somos Milei de rodillas frente a Trump, no somos el trumpismo. De exponer en el mundo cómo Milei, frente a determinada ola de odio, no salió a decir nada a favor de Argentina, al contrario: porque odia a su país, lo desconoce. Lejos de poner las fuerzas en reclamarle al gobierno dignidad y respeto a nuestro país, a nuestro pueblo, el orgullo salió por alimentar algoritmos y desterrar lo político para convertirlo en entretenimiento y consumo vanidoso en nombre de un falso nacionalismo. Una oportunidad única que podría incluso haberse adelantado a todo esto y, desde el vamos, exponer cómo estamos viviendo y cómo somos violentados continuamente por un presidente agresivo. No hubo día que no salieran fotos de las principales figuras del gobierno israelí, desde Netanyahu a personalidades del mundo que lo apoyan, con un funcionario del gobierno argentino luciendo camisetas de nuestro país, o los influencers de la LLA tratando de monos a los jugadores negros, haciendo teorías de cómo todo lo arruinan los negros, compartiendo plantillas de jugadores blancos contabilizando sus copas y los fracasos de equipos negros, que además eran falsas. No hubo un solo día que los grandes nacionalistas que salieron a enfrentar la campaña antiargentina tomara algo de eso para rechazar y redireccionar la conversación a la responsabilidad política. 

El problema del nacionalismo mundialista, o del nacionalismo berreta que abunda también más allá del evento deportivo, no es que sea efímero sino que es selectivo y sobreactuado: porque esconde en su interior exactamente lo opuesto. Perdón que no les crea, pero no les vi un solo gesto político ni inteligente durante semanas, semanas en las que también estaba en juego la Ley de Tierras, propiedad privada, y demás, cuyo tratamiento ahora fue pasado para tratarse el 6 de agosto. Supongo que nos veremos en las calles, ¿no? Porque parte de lo que nos permite defender esta ley es también defender a la población no blanca a lo largo y ancho del país. No se trata solo de nuestros recursos sino también de aquellos que los trabajan, los cuidan y habitan nuestra tierra.  

Gentileza de la artivista Mirta Toledo. Sargento Juan Bautista Cabral, 2013, Serie «Héroes Afrodescendientes Argentinos».    

Mirta Toledo (Buenos Aires, 1952) es una «artivista» quien, desde 1990, consagra su obra a la celebración de la diversidad étnica, sexual, cultural y religiosa, proponiendo una mirada alternativa y superadora del relato eurocéntrico. Egresada de la Universidad Nacional de las Artes (UNA) como Licenciada en Artes Visuales con especialización en Pintura, consolidó su formación técnica previa con los títulos de Maestra de Dibujo (1973), Profesora de Pintura (1977) y Profesora de Escultura (1984). A lo largo de su etapa formativa, recibió más de una veintena de distinciones en dibujo y escultura.

En 1987 se radicó en los Estados Unidos, período en el cual inauguró su célebre serie Pure Diversity y representó a su país de origen en la exhibición 7 Women from 7 Countries (Museum of the Americas, 2004). Durante su residencia en el exterior, fue becaria de prestigiosas instituciones como Coronado Studios en Austin, Stone Metal Press en San Antonio —donde se especializó en serigrafía artística— y el Leadership Institute de la Asociación de Arte y Cultura Latina (NALAC). Asimismo, desempeñó una intensa labor en la gestión cultural: fue periodista para el Fort Worth Star Telegram, curadora en La Peña Latino Arts Organization y docente en la Fundación LUPE Arte. Este compromiso comunitario y artístico fue reconocido con las distinciones «Orgullo Hispano» (Univisión 23, 1995) y la Estrella Award a Mujeres Sobresalientes en el Arte (Hispanic Women’s Network, 1998). Si bien ha priorizado las artes visuales, Toledo posee una trayectoria literaria. Desde 1992 publica textos en diversas antologías, y es autora de la novela La semilla elemental (Vinciguerra, 1993) y del libro de cuentos Dulce de leche (Torremozas, 1996).

A su regreso a la Argentina en 2007, la artista profundizó su enfoque en temáticas ligadas a la identidad, la niñez, la depresión y muerte, la inmigración y los afrodescendientes. Entre 2012 y 2016, llevó a cabo una rigurosa investigación histórica que culminó en la creación de cuarenta retratos de la serie Héroes Afrodescendientes Argentinos, un proyecto conjunto con el instituto IARPIDI. En 2019, esta colección fue declarada de Interés Cultural por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Declaración 727/2019). Ese mismo año fue incluida en el compendio historiográfico 100 grandes Mujeres Latinoamericanas, de la Dra. Lauren Rea (Editorial Atlántida).

El caballero moderno de la resignación

El caballero moderno de la resignación

El pesimismo filosófico es una tradición de pensamiento que niega serlo. Con aforismos y aporías, Eugene Thacker nos invita a navegar las aguas de la resignación infinita. 

Una acusación suele partir del supuesto de que aquel que la emite observa algo que el acusado no. Poco sabe ese dedo que denuncia, y menos aún su corazón y su cabeza, que se ha delatado. La costumbre que se hace pasar ingeniosamente por superioridad -de mofarse de aquellas personas melancólicas, apesadumbradas y taciturnas-, y colocarles un maquillaje payasesco que ante nuestros ojos los transforme en seres inmaduros y frágiles es toda una declaración de la enfermedad, muerte y putrefacción de aquello que la filosofía occidental llamó felicidad. Ella ha imputado y subordinado a la vida a una aporía como lo es la felicidad. Y como tal aporía, su carácter metamórfico la ha hecho, ante el paso del tiempo y la literatura, mutar de estado a meta (o fin) para luego volverse una creación de sentido universal. La acusación del hombre a la vida de someterse irremediablemente a la felicidad quita la sombría máscara que este porta y revela aquello que carga consigo mismo a escondidas de los otros: un pesimismo que culmina en la resignación.

La modernidad ha identificado la felicidad con productos, servicios, experiencias y cultos que entronizan el optimismo como la idiosincrasia que monopoliza lo sano y lo verdadero, lo que la vida debería ser. No hay vida (necesariamente verdadera y buena) por fuera de la felicidad. Tal vez haga falta correr la voz de la existencia e irrenunciable influencia de un ser humano como Arthur Schopenhauer, adalid legendario del pesimismo en la filosofía occidental, para demostrar que la resignación puede también articular un deber ser existencial. En tanto ejemplo indudablemente particular debido a su carácter, no ha sido Schopenhauer la única figura que muestra la cara negativa de la condición humana. Hay todo un canon que se halla semioculto porque se condena a sí mismo al ostracismo en el borde de existencia. El pesimismo filosófico no trata ni de ser una sistematización ni mucho menos una cosmovisión articulada; es solo aquello que efectivamente es: resignación infinita.

El pesimismo filosófico no trata ni de ser una sistematización ni mucho menos una cosmovisión articulada; es solo aquello que efectivamente es: resignación infinita.

Pareciese ser que este pesimismo no es más que un imberbe intento de tomar otro camino que inevitablemente tiene su fin en un nihilismo ya figurado y agotado. Pero Eugene Thacker, filósofo asociado a corrientes como el nihilismo y la colapsología, y profesor en la New School for Social Research de New York publica en 2018 Resignación Infinita casi con un sentido de cruzada, cual caballero de la resignación infinita kierkegaardiano, para exhalar un último suspiro que deje testimonio de lo contrario. El prefacio escrito por él, aun así, ya lo advierte; el silencio hubiera sido mejor, su existencia (la de la obra) es poco confiable. Nada puede hacerse porque nada se altera.

Resignación Infinita es el título de la obra traducida por Alejo Ponce de León y presentada por Interferencias, sello de Adriana Hidalgo. Ya su cubierta oscura puede (de forma premonitoria; profética) alertar sobre el andar de su lectura; una sensación de vacío, de exclusión, que lo sume al lector en un vórtice interminable, donde el tiempo simplemente se desvanece. Su estilo ecléctico es el principal culpable. Thacker alterna sin temor ni reproche entre su atrapante y desgarradora prosa, la poesía y el aforismo en la primera sección del libro. Este último, que tiñe el carácter de la obra al ser el más recurrente y que él mismo describe como “(…) una inmovilidad voluptuosa” (p.131), no se halla inocentemente allí (como casi nada). Su arsenal de influencias, más que alentarlo a recurrir a tal recurso, lo obligan; es el único formato capaz de expresar adecuadamente la resignación. El aforismo trata de decir lo menos posible no por vaguedad sino por la indiferencia del mundo, a la que corresponde con dejarla lo más intacta posible. Algunos de los filósofos y literatos presentes son el ya mencionado Arthur Schopenhauer, Friedrich Nietzsche, Emil Cioran, Franz Kafka y Sören Kierkegaard (probablemente el que, a mi juicio, juega un papel crucial en todo el libro; el título es una alusión directa a Temor y Temblor). Thacker presenta, además, una sección final, con semblanza de epitafio, donde se apuntan los hechos capitales de la vida y las ideas más relevantes de cada una de estas figuras incluidas (siempre extraoficialmente) dentro del canon pesimista, junto a sus propias observaciones.

A manera de cierre, insto al lector, con atrevimiento, a tratar de resolver la siguiente cuestión que, a lo largo de la obra, se plantea Thacker: “El pesimismo es la irrupción de la humildad al interior del pensamiento. ¿Pero cómo hacer para distinguir la humildad de la futilidad?”. Yo creo haberla resuelto; basta con mirar con suspicacia los tiempos que corren. Pero no puedo decir más; sería inútil para el lector, para Thacker y para mí.