Cabos sueltos / Octubre 2026
Cuatro libros que ofrecen distintas formas de contar el pasado: memorias de una época, de una ética, de una imaginación y de un hombre común. Subrayados, notas al margen y otras formas de leer.

¿Cómo se escribirán las biografías del futuro? ¿Qué mecanismos de chequeo y confirmación serán necesarios para distinguir lo que sucedió de lo que se dijo que sucedió; la personalidad del biografiado y lo que esa persona quiso dejar registrado, por ejemplo, en sus redes sociales? ¿Qué tan distintos serán esos chequeos a los que vienen usando los historiadores para explorar cualquier época antes de que la vida se volviera digital, cuando la impostura, el engaño o la edición de uno mismo también podían intentarse, a veces con éxito?
Escribir una vida (una vida ajena, en general una vida notable) es una práctica antigua y transitada. Escribir la propia vida se ha impuesto últimamente como un mandato terapéutico, estético, una obligación para pertenecer a esta época. En esta columna intentamos una vía en diagonal para acceder a este terreno poblado: exploramos cuatro formas distintas de contar las vidas de los otros y con otros, de convertir una biografía en un retrato de época y de épica, de bordear con elegancia la autoficción para decir otra cosa.
BIOGRAFÍA DE UNA ÉPOCA
Magníficos rebeldes. Los primeros románticos y la invención del yo, de Andrea Wulf (Taurus, 2022)

Ninguna revolución se hace de la noche a la mañana. Debajo, detrás y alrededor de los acontecimientos más disruptivos, los que separan un antes de un después, hay años de incubación de circunstancias que, un buen día, dan forma a un mundo nuevo. Pero a veces el tiempo histórico puede comprimirse. Es lo que sucedió, por ejemplo, en el transcurso de unos diez años, en una pequeña ciudad europea de 800 casas, donde surgieron las ideas que inauguraron la mente moderna bajo cuya luz todavía pensamos.
Magníficos rebeldes, de la historiadora y escritora germano-británica Andrea Wulf, reconstruye esa excepción de la historia: se ocupa del surgimiento, esplendor y disolución del Círculo de Jena, un grupo de novelistas, poetas, filósofos y críticos literarios influidos por los nuevos vientos de la Revolución Francesa que, a mediados de la década de 1790, pusieron el yo y el libre albedrío en el centro de su pensamiento y de su acción. Y lo llevaron adelante en libros, clases, discusiones apasionadas, viajes grupales, amores y peleas épicas entre ellos.
El libro es una polibiografía: se ocupa de las vidas pero sobre todo de las relaciones de figuras célebres que integraron aquel grupo, como los poetas Goethe, Schiller y Novalis, los filósofos Fichte, Schelling y Hegel, los hermanos August y Friedrich Schlegel, la escritora, traductora, musa y promotora del grupo Caroline Böhmer-Schlegel-Schelling, y hasta Alexander von Humboldt, con una aparición breve (de él se había ocupado la autora en un libro anterior). Se detiene, sobre todo, en lo que hicieron juntos, de acuerdo y en disenso, y por eso es, fundamentalmente, la biografía de una época.
En aquellos años, Jena, a 240 kilómetros al sudoeste de Berlín, era una ciudad universitaria de 4500 habitantes en el ducado de Sajonia-Weimar. La autora hace un retrato encantador de una ciudad que conservaba aún cierto aire medieval, a la orilla del río Saale, en la encrucijada de muchas rutas postales. A diferencia de otros países de Europa occidental, donde las monarquías imponían, entre otras cosas, censura a las ideas más revolucionarias, la fragmentación del territorio hoy alemán en un mosaico de más de 1500 estados hacía ese control ideológico casi imposible de aplicar. Así, a Jena llegaban libros, cartas y periódicos llenos de ideas innovadoras que, junto con un ambiente universitario liberal, fueron atrayendo a pensadores progresistas de otros lugares. Todo estaba dado para que floreciera una nueva manera de ver el mundo.
Magníficos rebeldes, de la historiadora y escritora germano-británica Andrea Wulf, reconstruye esa excepción de la historia: se ocupa del surgimiento, esplendor y disolución del Círculo de Jena, un grupo de novelistas, poetas, filósofos y críticos literarios influidos por los nuevos vientos de la Revolución Francesa que, a mediados de la década de 1790, pusieron el yo y el libre albedrío en el centro de su pensamiento y de su acción.
Una época también se cuenta desde la vida cotidiana y material, y Wulf la reconstruye con todo detalle, en las descripciones de los distintos ambientes en los que suceden los hechos (las casas de Fichte, de los Schlegel, de Schiller, la residencia algo más alejada y pretenciosa de Goethe, las orillas del río, el Jardín Botánico, la biblioteca de la Universidad), las fiestas y los chismes que a ellas seguían, las enfermedades y muertes, los problemas prácticos que suponían los viajes, las interacciones no siempre amables con editores, las repercusiones de algunas publicaciones, la voluminosa correspondencia literaria. Las pruebas de la investigación minuciosa de la autora están en las 200 páginas finales de notas y referencias, pero pueden leerse las 400 primeras sin que ese aparato erudito distraiga para nada (la obra recuerda, en ese sentido, a los libros de Jacques Le Goff sobre la Edad Media, o al de Paul Johnson sobre el Renacimiento).
Estos primeros héroes intelectuales románticos -varios llegaron a ser reconocidos en vida- veían signos de alarma en su época. Las nuevas tecnologías, las carreteras, los relojes, los avances de la medicina hacían que el tiempo se acelerara, que el ingenio científico promoviera la productividad y el utilitarismo. Advertían una realidad despojada de poesía y de sentimiento, y querían dar a la imaginación tanto lugar como a la razón. Por eso el yo (el Ich), su relación con la naturaleza, la identidad y el libre albedrío fueron sus obsesiones intelectuales, que reflejaron en ensayos, en poesía, en ficción y en la intensidad de sus propias vidas. Confiaban en la libertad radical y en la creación colectiva como motores del pensamiento, ideas que de allí irradiarían al resto de la filosofía y el arte europeos.
“El fenómeno más maravilloso, el hecho eterno, es nuestra propia existencia”, escribió Novalis en 1797. La tarea de una vida, parece decir el Círculo de Jena -si se puede unificar sus voces por un momento- es la autoconciencia. Y esto tiene un sentido comunitario: solo al ser plenamente conscientes de nosotros mismos, de nuestros deseos y pensamientos, podemos comprender verdaderamente a los demás. En algunas reseñas se ha querido encontrar en este libro algún alegato contra el egoísmo y el autocentramiento contemporáneo. En honor a las encendidas discusiones del Círculo de Jena voy a disentir: el riesgo del anacronismo es muy alto. Mi experiencia de lectora no tiene que ver con el presente; fue, por el contrario, el haberme sumergido por completo en un tiempo intelectualmente intenso, en los cruces de algunas vidas que se encontraron y potenciaron -por condiciones políticas, intelectuales, tecnológicas y, seguro, también por azar- en el momento justo y en el lugar indicado para hacer una revolución.
BIOGRAFÍA DE UNA ÉTICA
Severino Di Giovanni. El idealista de la violencia, de Osvaldo Bayer (Siglo XXI, 2025).

Lo primero que llama la atención es la mirada: la determinación en los ojos claros, la hinchazón debajo del ojo izquierdo (un golpe), el modo de adelantar su pie derecho hasta armar una imagen casi displicente. Se entiende mejor la audacia cuando se sabe que quien toma la foto es un policía y que la imagen irá a un prontuario. Es junio de 1925 y Severino Di Giovanni -que había llegado a la Argentina con su familia hacía dos años- acaba de ser detenido, junto con otros nueve compañeros anarquistas, por arrojar volantes y entonar consignas antifascistas en el Teatro Colón, durante una función de gala en honor al embajador de Italia en la Argentina. Casi seis años más tarde, será detenido, torturado, juzgado sumariamente y fusilado. Tenía 29 años.
Osvaldo Bayer publicó la primera versión de la historia de Severino Di Giovanni en 1970 y la última -con agregados que ya se habían incluido en vida del autor- salió el año pasado por Siglo XXI. Sus algo más de 700 páginas, con documentos, fotografías, reconstrucciones minuciosas y transcripciones extensas de textos y cartas, logran varios resultados a la vez. Por un lado, cuentan la vida breve e intensísima de un maestro italiano que se formó y trabajó como obrero gráfico en la Argentina, un autodidacta que leyó con fruición los clásicos del anarquismo, que publicó una revista, creó una editorial, abrió una biblioteca, sostuvo campañas antifascistas y se dedicó a la floricultura mientras con un pequeño grupo de compañeros organizaba y participaba en asaltos y atentados con explosivos e intercambiaba correspondencia con grandes figuras del anarquismo europeo.
Por otro lado, dibuja un cuadro de época: la sociabilidad, las encendidas discusiones ideológicas internas y la metodología de lucha anarquista en una Buenos Aires ya plenamente moderna, en la que el anarquismo era un actor muy presente, un enemigo declarado de la policía y las fuerzas de seguridad y un objeto de culto. Conviene completar el panorama que ofrece Bayer con una mirada que va un poco más hacia atrás: como señala el historiador Martín Albornoz, ya a fines del siglo XIX el anarquismo era en Buenos Aires un fenómeno habitual en el naciente periodismo de masas y en sus lectores ávidos de novedades resonantes. En las crónicas de diarios y revistas, pero también en el registro policial y criminológico de entonces, los anarquistas se habían convertido en un fenómeno que causaba temor, sí, pero casi en la misma medida curiosidad y hasta cierta fascinación. Eran, dice Albornoz en su libro Cuando el anarquismo causaba sensación, también publicado por Siglo XXI, “actores ineludibles de la vida social y cultural de la ciudad”.
Volvamos a Bayer y a lo que interesa remarcar aquí. Su biografía de Severino di Giovanni puede leerse, en tercer lugar, como un retrato de una manera de estar en el mundo, una ética vivida hasta la obcecación, desplegada incluso en el momento de la propia muerte.
Pero volvamos a Bayer y a lo que interesa remarcar aquí. Su biografía de Severino di Giovanni puede leerse, en tercer lugar, como un retrato de una manera de estar en el mundo, una ética vivida hasta la obcecación, desplegada incluso en el momento de la propia muerte. Cuando fue fusilado, el 1 de febrero de 1931 en el patio de la cárcel de la avenida Las Heras, ante un público nutrido -en el que estaba el cronista Roberto Arlt registrando el hecho para El Mundo-, se negó a que le pusieran una venda en los ojos y, segundos antes de recibir los ocho tiros que lo mataron, gritó en italiano: “¡Viva la anarquía!”
En las palabras preliminares, Bayer explicita su objetivo con la investigación y el libro. Quiere denunciar “la respuesta del medio, del entorno, ante un rebelde, un cuestionador a ultranza (…) un sepultado para siempre, un extirpado de la vida colectiva, un muerto definitivo”. Desde su propia militancia en las filas del anarquismo, Bayer indaga y escribe para devolverle espesor a esa figura, para traerlo de vuelta a un linaje de luchadores contra la opresión. Lo hace con pulso narrativo intenso en los momentos de tensiones internas, semiclandestinidad, organización de atentados y robos para financiar sus acciones, además de encuentros primero furtivos con su amor América Scarfó. Ella (y la estratagema para lograr vivir juntos) se lleva varias páginas: es una adolescente cuando la conoce junto con sus dos hermanos, que serán compañeros de Severino hasta el final, y su relación ocasiona discusiones internas encendidas en las filas anarquistas (Severino había llegado casado y con dos hijos al país). América lo sobrevivirá más de 80 años, murió a los 93 y mereció una biografía y un documental. En paralelo a la trama novelesca, el libro se demora en la transcripción completa de artículos, correspondencia y polémicas entre los propios anarquistas y con otros grupos políticos de izquierda. El anarquismo es un movimiento de la acción, pero también de la palabra: Di Giovanni fue atrapado cuando salía de entregar unas pruebas a una imprenta en Callao al 300, aunque sabía muy bien que después del golpe de 1930 el cerco se cerraba sobre él y sus compañeros, y que era inminente que al anarquista más buscado le fallara la estrategia o la suerte.
“Ya que te han de matar, vende cara tu vida, no entregues tus armas, pelea, dale a entender que no impunemente fusilarán a todo aquel que sea una expresión de avanzada y de rebeldía en la vida de los pueblos; que la vida de cualquier subversivo no se troncha así nomás sino que es digna de respeto”, escribe en octubre de 1930 en Anarchia, el único periódico opositor a la dictadura de Uriburu, clausurada La Antorcha.
Registra Martín Albornoz en su libro que, en 1894, el jurista cordobés Cornelio Moyano Gacitúa publica sus Notas de filosofía penal. Sobre el anarquismo, en las que esboza el asombro que por aquellos años causaba ese objeto inasible a la antropología criminal. Escribe: “No son locos y obran como locos, son todo y nada, mezcla informe de delirio y de razón, de fatalismo y voluntad”. Casi 40 años después, seguía siendo cierto.
BIOGRAFÍA DE UNA IMAGINACIÓN
La mujer que escribió Frankenstein, de Esther Cross (Minúscula, 2022).

En el prefacio de Frankenstein, publicado en 1818, Mary Shelley hace una declaración de principios. Lo que sigue es, escribe, una obra de ficción, pero no una narración de espectros y fenómenos sobrenaturales. “Me he propuesto -asegura- preservar la verdad de los principios de la naturaleza humana sin que ningún escrúpulo me impida combinarlos de forma innovadora”. La imaginación, dice, “permite describir las pasiones humanas con mayor exhaustividad y certeza que el que ofrece la simple narración de los hechos cotidianos”.
En lo que Mary no abunda, y que colocó en el tiempo a su obra como un clásico que nunca termina de leerse, es en la particular “forma innovadora” de organizar su material. ¿De qué estuvo hecha la imaginación de Mary Shelley? ¿Qué alimentó su intención de escribir, como ella misma dijo, “una historia que tocara los miedos ocultos de nuestra naturaleza y que despertara un horror espeluznante”?
La mujer que escribió Frankenstein, de Esther Cross, es una biografía del estado mental (intelectual y emocional, quiero decir) que dio a luz aquella obra. Es un libro breve pero que exige detenimiento: la información es mucha, las citas piden relectura, los datos obligan a sacar los ojos del libro y recalcular lo que sabíamos sobre la autora y la leyenda que rodea a su vida. Digamos que ella también la alimentó, quizás inadvertidamente: la primera información que nos ofrece Esther Cross es que Mary Shelley, que quedó viuda a los 24 años, viajaba llevando con ella el corazón de su marido Percy, el poeta muerto en un naufragio en Italia, con el que escapó del hogar paterno y con quien deambularon por Europa, casi siempre pobres, hambrientos y endeudados
La mujer que escribió Frankenstein, de Esther Cross, es una biografía del estado mental (intelectual y emocional, quiero decir) que dio a luz aquella obra. Es un libro breve pero que exige detenimiento: la información es mucha, las citas piden relectura, los datos obligan a sacar los ojos del libro y recalcular lo que sabíamos sobre la autora y la leyenda que rodea a su vida.
¿Qué ingredientes tiene, entonces, una imaginación literaria? El talento personal, digamos en primer lugar pero, aunque puede ser fascinante, como contenido de un libro biográfico se parece más bien a un fuego artificial: se agota rápido. En el caso de Mary Shelley, dice el libro de Esther Cross, hay que sumar al menos dos elementos para entender su cabeza literaria, si se me permite la expresión propia: su familia, por un lado, y la época precisa en la Londres del siglo XIX en la que los cuerpos muertos eran un objeto fascinante de estudio y de intercambio comercial. Inmersa en esas dos tramas, Mary empuja su imaginación para preguntarse qué pasaría si lo que muchos intentaban lograr con los métodos científicos a disposición en aquel momento efectivamente se alcanzaba. La desmesura es su material.
Empecemos por la familia, entonces. La de origen y la que ella arma después. Como es sabido, Mary Shelley es hija de William Godwin -escritor y pensador, precursor de las ideas anarquistas- y de Mary Wollstonecraft -defensora de los derechos de la mujer, escritora, fallecida diez días después del nacimiento de Mary-. El cementerio será un lugar conocido para ella, incluso de refugio y de juego. La propia Mary vivirá la muerte accidental de su marido, el suicidio de su media hermana y de la primera mujer de Percy Shelley, la muerte de tres de sus cuatro hijos. Hay, por supuesto, algo más que tragedias personales: sin duda las condiciones de vida y los avances médicos colocaban entonces a todas las personas en una relación más cotidiana y menos distanciada con la enfermedad y la muerte. Pero para Mary es probable que hubiera perdido casi toda extrañeza.
Sigamos por la época. Uno de los puntos más originales de libro de Esther Cross es el relato de los entretelones del comercio de cadáveres que en la Londres que vivió Mary alimentaba los experimentos de profesores y estudiantes de Medicina. Existía en aquel tiempo un verdadero mercado de robo de cuerpos, guerras de precios, bandas organizadas de resurreccionistas (el dato es llegaron a existir en la ciudad diez conocidos jefes de bandas de ladrones de cuerpos con 200 empleados) hasta la inquietante muerte para disección de personas cuyos cuerpos nadie reclamaría. De hecho, en el mismo año en que se publicó Frankenstein, cuenta Cross, un fabricante de velas de sebo llamado Edward Bridgman patentó su féretro de hierro, diseñado a prueba de robos, “un ataúd de seguridad”. La autora reconstruye la relación entre médicos y ladrones de tumbas organizados. No es raro que Mary haya podido dar vida en su imaginación a un médico interesado en la fisiología de la muerte y en los mecanismos científicos de la resurrección, porque conoció a varios. Solo lo llevó al extremo.
La obra de Mary Shelley trascendió su época, pero no habría existido sin los sueños de la ciencia y los monstruos que a veces despierta.
BIOGRAFÍA DE UN MARGEN
Lo que es mío, de José Henrique Bortoluci (Random House, 2025).

“¿Cómo se narra la vida de un hombre común?”, se pregunta José Henrique Bortoluci en las primeras páginas de su libro. La cuestión ha desvelado a historiadores, sociólogos, psicoanalistas, escritores y poetas. Pero Bortoluci retacea en esa primera inquietud una información clave que luego despliega: ¿cómo se narra la vida de un hombre común cuando ese hombre común es el padre de quien escribe, cuando ese padre pasó cinco décadas de su vida trabajando como camionero en las rutas interminables de Brasil, cuando a ese hombre común acaban de diagnosticarle un cáncer?
El autor describe lo que no hará en las páginas que siguen. No serán, dice, “una historia social de los camioneros brasileños”, ni una sociología histórica que usará a su padre como “un caso”, tampoco escribirá una biografía. A veces los lectores podemos disentir con el autor, ¿verdad? Lo hago: el libro de Bortoluci hace a su manera esas tres cosas y algo más. Construye un recorrido personal por los márgenes sociales que, como suele pasar, ilumina a su vez el centro. De esos márgenes, finalmente, el trabajo de su padre y de su madre le abrió las puertas a una educación universitaria en su país y en el exterior. Un viaje al centro.
Lo que es mío -primer libro del joven autor, con una carrera académica como docente e investigador en Brasil- puede también leerse como la historia de una conversación. Bortoluci, autor contemporáneo, deja a la vista la trama de la confección de su libro y hasta comparte con el lector las vacilaciones sobre cómo manejar la información que va reuniendo. Por un lado, padre e hijo tienen una serie de diálogos que graban sobre los años que pasó llevando y trayendo carga pesada por las rutas brasileñas. Pero el libro entreteje esa voz con las memorias del linaje familiar y con los enormes proyectos de infraestructura impulsados en el país entre los años 60 y 80, que no son sino formas de volver social a una historia propia. A la trama se suma el tratamiento del cáncer, que inaugura una relación nueva entre padre e hijo, la del cuidado al revés.
El libro de Bortoluci hace a su manera esas tres cosas y algo más. Construye un recorrido personal por los márgenes sociales que, como suele pasar, ilumina a su vez el centro. De esos márgenes, finalmente, el trabajo de su padre y de su madre le abrió las puertas a una educación universitaria en su país y en el exterior. Un viaje al centro.
“Un día me pidió que calculase cuántas veces se daría la vuelta al mundo con la distancia que había hecho como conductor. ¿Será suficiente para llegar a la Luna?”, escribe el hijo que reescribe al padre. Como conductor de camiones, su padre José (que en casa llaman Didi) es conocido como Jaú. En las largas horas de la carretera, el tabaco, la comida escasa o de dudosa calidad, el alcohol, las drogas para soportar las distancias manejando (que el padre niega al hijo haber tomado), incluso la añoranza por lo que no se comparte con la familia, van dejando cuerpos marcados. Ahí es cuando Jaú se vuelve “un caso” que el lector multiplica de inmediato. Males cardíacos, vasculares, ortopédicos y hepáticos afectan a su padre y a los compañeros de carretera que llama sus amigos, varios de ellos muertos tempranamente. Son víctimas del progreso. Entre los años 70 y 80, la Carretera Transamazónica y otros proyectos de infraestructura avanzaron con una brutal deforestación. Los camiones transportaban las cargas que harían posible esos proyectos, a través de caminos peligrosos, en cualquier clima (el calor impiadoso, la lluvia que convertía todo en un lodazal) y hasta a veces inexistentes. Desde los márgenes, los hombres de la carretera estaban construyendo una idea de país que dejaba heridas en la naturaleza y en las poblaciones originarias. También en sus propios cuerpos.
La experiencia del cáncer, un diagnóstico que llega justo cuando padre e hijo acaban de acordar la grabación de las charlas, no puede evitarse al leer las conversaciones, aunque versen sobre avistajes de ovnis en la ruta, noches en aldeas perdidas, heroicos salvatajes de camiones accidentados. El autor esquiva con elegancia cualquier golpe bajo al narrar el proceso, y también lo hace su padre, que atraviesa con dignidad y humor la mutación biológica que le impone el tratamiento oncológico. Por ese tránsito se escapa una trama que es también social: el recorrido agotador de la atención sanitaria de un hombre de casi 80 años.
“Así era la vida”, cuenta el hijo que dice el padre cada vez que termina de relatar una anécdota de carretera. Su vida ya es otra. La del hijo que esperaba ansioso su llegada después de cada viaje, también. Las de ambos, entrelazadas, hacen la de un país.
