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Notas desde una caravana

Notas desde una caravana

Entre la burocracia que ralentiza las solicitudes de refugio y la precariedad de la frontera sur mexicana, miles de personas huyen de la persecución y la violencia para quedar atrapadas en Chiapas, impulsadas finalmente a caminar juntas en caravana tras una última ilusión.

Tapachula, ciudad fronteriza de México. (PH Esteban Scuzarello)

Tapachula es una ciudad donde comienza la patria mexicana. O donde termina, dependiendo desde dónde uno la mire. Es una ciudad de frontera con Guatemala, de 350.000 habitantes. Si no fuera por su carácter fronterizo, probablemente no sería conocida.

Soy investigador y llegué hace algunas semanas con la intención de comprender mejor cómo funcionan las migraciones y el sistema de refugio en una ciudad que recibe el 70% de las solicitudes de refugio en el país que más solicitantes de refugio tiene en toda Latinoamérica. Desde que llegué, mi vida transcurre entre los distintos albergues, ONGs y oficinas públicas que dan asistencia a los entre 30.000 y 50.000 migrantes que llegan hasta aquí (aunque son muchos más los que simplemente pasan sin quedarse). Ellos son mayormente de Centroamérica, el Caribe y Venezuela, pero también llegan hasta aquí desde lugares tan remotos como Ghana, Nigeria o China.

Hace algunas semanas comenzó a circular información a través de redes sociales y grupos de WhatsApp de una nueva caravana migrante. Las caravanas migrantes se popularizaron hace poco más de cinco años. Son grupos auto-organizados de migrantes que parten juntos con la intención de llegar a algún punto específico: a veces cruzar Centroamérica, a veces atravesar México hasta Estados Unidos y, otras, llegar a alguna ciudad interior del Estado mexicano. Este último tipo ha sido el más común en el último tiempo, especialmente desde el endurecimiento de las políticas migratorias con Trump que, como dicen muchas de las personas que he conocido aquí, los ha hecho (re)pensar la idea de ‘pegar el salto al otro lado’. Caminan juntos porque así se protegen de la violencia (de las bandas y del Estado).

Las caravanas migrantes se popularizaron hace poco más de cinco años. Son grupos auto-organizados de migrantes que parten juntos con la intención de llegar a algún punto específico.

Muchos de estos migrantes se encuentran en Tapachula escapando diversos problemas de sus países de origen: la persecución de Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, la falta de libertades LGBTQI+ en Cuba o Venezuela, las maras centroamericanas o el caos generalizado en Haití. Son decenas de personas que buscan ejercer su derecho a solicitar refugio y a ser protegidos; a tener una vida que no conste solo de sobrevivir, sino a tener capacidad también de proyectar; buscan opinar sin que eso sea un problema, o tener sexo sin que eso los ponga en el banquillo de los acusados.

Según la ley mexicana, todos ellos tienen la posibilidad de solicitar refugio y, en caso de cumplir con los requisitos, recibirlo luego de un plazo de 100 días. Esta ley, no obstante, fue pensada para otro México, uno que ya no existe, cuando pocas personas solicitaban refugio en este país. Hoy, en promedio, la gente recibe sus respuestas en un año y medio (si tiene suerte) y hasta dos años (si no la tiene). Durante ese periodo, o lo que dure, no tienen el derecho de abandonar el Estado de Chiapas, donde se encuentra Tapachula, y deben ir cada quince días a ‘firmar’ a la oficina de refugiados. Por eso es que aquí el tiempo se cuenta en firmas. Es muy común escuchar: “¿Y tú cuántas firmas llevas?” en vez de escuchar “¿Y hace cuánto tiempo que estás acá?”.

La caravana parte con el cartel desplegado (PH Esteban Scuzarello).

De acuerdo a la ley, siendo solicitantes de refugio, tienen el derecho a trabajar, pero, como me dijo una mujer nicaragüense que hace cuatro años tuvo que irse tras haber sido puesta en una lista negra del gobierno de su país, “acá lo que dicen los papeles no sirve de nada, la realidad siempre es otra. Las leyes no funcionan”. Muchos relatan que las empresas se niegan a contratarlos por tener estatus de solicitantes de refugio y, por eso, solo les quedan los empleos más precarios, peores pagos y con más carga horaria del mercado de trabajo. “¿Trabajar 12 horas y cobrar 200 pesos por día (10 dólares)? Es muy difícil”, sentencia.

Tapachula es, además, una ciudad insegura, con graves problemas habitacionales y con infraestructura mínima (desde que llegué ya perdí la cuenta de la cantidad de cortes de luz que ha habido). Por todo eso, y atrapados en un limbo en el que no saben cuánto tiempo de espera tienen por delante, es que muchos deciden salirse y sumarse a la caravana. “Yo ya no tengo paciencia”, dice una persona venezolana mientras otra le recrimina que ‘sólo’ lleva seis firmas (cinco meses en total de espera). Es difícil practicar la paciencia en estas condiciones, pienso para mí.

La caravana estaba programada para las 17, pero ya era posible divisar personas a las 10 AM en el punto de encuentro. Poco a poco fueron llegando: mujeres y hombres solos, en pareja, con niños (muchos niños, muchos de ellos con solo meses de vida) y algunos adultos mayores. El objetivo de máxima de la caravana es llegar a Ciudad de México, algo así como 1.100 kilómetros desde Tapachula. Pronto comienza a circular la idea de que el objetivo, en verdad, sería llegar a Oaxaca, que son poco más de 650 kilómetros.

La caravana estaba programada para las 17, pero ya era posible divisar personas a las 10 AM en el punto de encuentro. Poco a poco fueron llegando: mujeres y hombres solos, en pareja, con niños (muchos niños, muchos de ellos con solo meses de vida) y algunos adultos mayores.

Dicen que alguien dijo que allí les darían un permiso con el cual podrían ir en colectivo hasta Ciudad de México y que así se ahorrarían casi la mitad del viaje. Dicen que conocen a alguien que también hizo esto hace algún tiempo. Pero cuando les preguntas quién es ese alguien, nadie sabe dar un nombre concreto, una característica física o decir cuándo ocurrió. En el punto de encuentro también hay periodistas y autoridades, quienes intuyen que es muy poco probable (si no imposible) que eso ocurra. No conocen que esto haya sucedido antes tampoco y todos vaticinan que, antes de salir de Chiapas, migraciones y la Guardia Nacional disolverán la caravana. Todos creen eso, a excepción de los migrantes. Ante la certeza de un presente agotador, siempre vale la pena aferrarse a una ilusión por más irreal que sea; aferrarse, a tal punto, que lo imposible se vuelva real.

Cuando ya son las 17, la caravana comienza a formarse. Alguien saca de algún lado una bandera blanca que dice “Caravana sueños sin frontera, Agosto 2026”, así han decidido llamarla. Se forman en fila: mujeres y niños adelante, hombres atrás. La idea es caminar al paso de los que andan más lento para que nadie quede atrás en el camino que, en el mejor de los casos, será de siete días. Se forman lentamente mientras algunos periodistas toman fotos y hacen videos. Cuando el reloj marca las 17.15, dicen que van a arrancar, pero antes rezan. Algunos cierran los ojos; otros, muchos, alzan las manos al cielo. Uno toma la voz cantante y, entre todos, le piden a Dios, cualquiera que sea su Dios, misericordia y que los proteja; que los ayude a buscar su sueño, su nuevo sueño. “Nosotros también nos merecemos uno”, dicen.

Luego, poco a poco, comienzan a caminar.