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Gramsci: 80 años de vida después de la muerte

Gramsci: 80 años de vida después de la muerte

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La palabra “marxismo” merece ser entrecomillada en señal de alerta, por el hecho –¿conocido?– de que existen tantas versiones diferentes del “marxismo” que resulta verdaderamente poco serio intentar asignarle un contenido homogéneo. Se trata en realidad de “marxismos” que abarcan múltiples corrientes de interpretación del legado de Marx, y maneras extremadamente diversas de concebir la “ortodoxia marxista”.

Uno de los referentes principales dentro de esa amplia tradición es, sin duda, Antonio Gramsci, quien entre los y las “marxistas” se destaca hoy como ninguno por la  propagación y la vigencia de sus principales contribuciones teóricas. Para comprobarlo basta con echar un vistazo a la cantidad de títulos dedicados a su pensamiento que se han venido publicando año a año, desde que aparecieran las primeras ediciones de lo que escribiera durante su prisión política de una década bajo el régimen fascista mussoliniano (que acabaría definitivamente con su precaria salud un 27 de abril de 1937, a pocos días de haber conseguido la libertad condicional, con sólo 46 años). Esos escritos carcelarios, lúcidamente redactados bajo condiciones deplorables y heroicamente arrebatados al fascismo, venían a sumarse a los textos producidos durante los trece años previos, de intensa labor en la prensa obrera y la dirigencia política socialista y comunista. Pero es en aquéllos donde el pensamiento de Gramsci alcanza su mayor riqueza y madurez.

[blockquote author=»» pull=»normal»]Gramsci es quien, entre los y las “marxistas”, más se destaca por la propagación y la vigencia de sus principales contribuciones teóricas.[/blockquote]

Fueron dados a conocer por primera vez como las Cartas desde la cárcel y los Cuadernos de la cárcel, a caballo entre los años ’40 y ’50 del siglo pasado, por el masivo Partido Comunista de Italia cuando este país se organizaba por primera vez como república. Como señalábamos, ya a partir de tal primera edición (hubo otras más cuidadas y completas), las obras de Gramsci no han cesado de difundirse y de suscitar una infinidad de estudios. No sólo en  Italia o en italiano, sino en todo el mundo y en numerosos idiomas. Y no únicamente dentro del campo de la teoría política, sino atravesando y enlazando las disciplinas humanísticas y sociales más diversas: de la pedagogía a la lingüística, de la antropología a las relaciones internacionales, de la filosofía a la historia, de la sociología hasta la comunicación social, etc. (Puede consultarse en línea la completísima –y aun así no exhaustiva– Bibliografía Gramsciana que John Cam_57mett comenzara a recopilar arduamente hace ya tres décadas). Pero su figura y su pensamiento no sólo se vienen dando a conocer bajo la forma de libros y artículos que se cuentan ya por decenas de miles, sino también en los más diversos espacios de formación académica y extra-académica, en la prensa, los medios audiovisuales, las redes sociales, los muros e incluso –como en el caso famoso del “Che” Guevara– las camisetas y otras variadas formas de iconografía popular.

Esta popularidad de Gramsci no puede sorprendernos si nos adentramos en el estudio de su obra, cuyo contenido y cuyo destino han estado siempre marcados precisamente por el desafío de la autocomprensión y la autotransformación de la vida popular, con toda su insondable complejidad cultural y su historia jamás escrita, sus miserias, sus riquezas, su creatividad, sus lenguajes, sus potencialidades, sus resistencias, sus luchas, sus sueños. Y es que él sabía perfectamente que el lema griego “conócete a ti mismo” sólo cobra verdadera relevancia histórica –y hasta se torna revolucionario– cuando es asumido por los grupos sociales que él llama “subalternos”, quienes día a día construyen el mundo pero bajo una dirección ajena, esto es, bajo la “hegemonía” de las clases dominantes, sin lograr pensar y actuar por sí mismos a partir del reconocimiento de sus propias necesidades y de su propia fuerza colectiva. En efecto, para Gramsci no puede ser coherente una teoría revolucionaria que no se traduzca en la cohesión práctica concreta de los sectores populares oprimidos. Sabe que no se puede pretender borrar de un plumazo el “sentido común” imperante en estos grupos, o hacer como si no existieran sus tradiciones y sus variopintos saberes y creencias, procurando sencillamente imponer por pura lógica una nueva doctrina ya lista y cerrada. Muy por el contrario, él asume que la necesidad de dialogar con ese “sentido común” constituye inevitablemente el punto de partida de toda ideología que aspire realmente a “prender en las masas” convirtiéndose así en un verdadero “poder material” (como dice el joven Marx) que transforme efectivamente la realidad en sentido emancipatorio. La teoría crítica-revolucionaria no puede permanecer como monopolio de ninguna vanguardia, de ninguna élite, de ningún partido político –en la estrecha acepción institucional del término–, sino que tiene que lograr articularse como una lógica prolongación de los sanos “núcleos de buen sentido” que habitan ese mismo “sentido común” tan plagado de experiencias e ideas contradictorias: conservadoras, progresistas, reaccionarias, libertarias, cavernarias, modernas, etc. En suma, no puede haber una verdadera revolución social sin una previa revolución cultural, sin una “reforma intelectual y moral” de las mayorías, o bien, dicho de otro modo, sin la construcción de una “hegemonía” desde abajo, de carácter “nacional-popular”:

«Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos ‘originales’, significa también y especialmente difundir críticamente verdades ya descubiertas, ‘socializarlas’, por así decirlo, y por lo tanto hacer que se conviertan en base de acciones vitales, elemento de coordinación y de orden intelectual y moral. El que una masa de hombres sea conducida a pensar coherentemente y en forma unitaria el presente real es un hecho ‘filosófico’ mucho más importante y ‘original’ que el hallazgo por parte de un ‘genio’ filosófico de una nueva verdad que permanece como patrimonio de pequeños grupos intelectuales.» (A. Gramsci, Cuadernos de la cárcel, vol. 4, Era, México, D. F., 1986, Cuaderno 11 <§ 12>, p. 247).

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Tal construcción de un inédito sentido común coherentemente socialista desde lo nacional-popular, no se logra, pues, promoviendo la existencia de vanguardias iluminadas, sino desde una “guerra de posición” desde las diversas “trincheras” de la compleja “sociedad civil”, en donde cotidianamente tiene lugar la “lucha cultural para transformar la ‘mentalidad’ popular y difundir las innovaciones filosóficas que demostrarán ser ‘históricamente verdaderas’ en la medida en que se vuelvan concretamente, o sea históricamente, universales” (Ibid., Cuaderno 10 <§ 44>, p. 209). En esa batalla de ideas todos somos de algún modo soldados-intelectuales, aunque no todos tengamos el mismo entrenamiento para este tipo de combate.

[blockquote author=»» pull=»normal»]Para Gramsci no puede ser coherente una teoría revolucionaria que no se traduzca en la cohesión práctica concreta de los sectores populares oprimidos. [/blockquote]

El principal legado de Gramsci pasa sin duda por esta contribución a la ampliación del concepto de la política hasta abarcar toda la vida social y su organización, desde la producción material hasta la cultural, plagada de conflictos y “relaciones de fuerzas” siempre inestables. Es por eso que siempre puso el énfasis mucho menos en aquello del “condicionamiento material de la conciencia” que en el desafío político de crear una “hegemonía” de signo verdaderamente popular, una “voluntad colectiva” de emancipación de los grupos “subalternos”, como único motor posible de una auténtica “praxis” revolucionaria, la cual –hoy lo vemos con una claridad que no podía tener Marx hace 170 años– jamás va a brotar espontáneamente del mero desarrollo de las fuerzas productivas y su supuesta incompatibilidad con las relaciones de producción burguesas.

156Podemos sentir orgullo de que la Argentina haya sido el primer país en donde comenzaron a traducirse y publicarse en castellano los Cuadernos de la cárcel, ya en los años ’50, aún antes de que acabaran de aparecer en Italia los seis tomos de su primera edición, hoy conocida –y cuestionada– como la “edición temática”. Luego, hubo que esperar hasta 2000 y 2003 para poder contar con una versión castellana integral de la “edición crítica” de los Quaderni del carcere (1975) y de las Lettere dal carcere (1996), gracias a la editorial mexicana Era. En cuanto a la publicación en nuestra lengua de los volúmenes que reúnen todos sus escritos precarcelarios, en los últimos años ha habido un gran avance con la aparición de los tres primeros, que abarcan lo publicado por Gramsci como periodista entre 1913 y 1919: Crónicas de Turín (2014), La ciudad futura (2015) e Il nostro Marx (2016). Antes contábamos con unas pocas antologías valiosas pero incompletas. Estas flamantes ediciones dicen mucho sobre la juventud y la vitalidad de Gramsci en pleno siglo XXI, en Argentina, en América Latina y en el mundo entero.

 

El ecocidio como delito penal internacional

El ecocidio como delito penal internacional

Médicos, agricultores, víctimas de agrotóxicos, abogados y jueces de todo el mundo se reunieron en La Haya para enjuiciar simbólicamente a la compañía estadounidense Monsanto por crímenes contra la humanidad y contra el ecosistema. Piden que el delito de «ecocidio» se incorpore al derecho internacional.

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Ni corrupción ni ajuste: el PS va por un frente

Ni corrupción ni ajuste: el PS va por un frente

Los órganos provinciales del Partido Socialista en Córdoba y en Buenos Aires adoptaron sendas decisiones en el mismo sentido: conformar frentes progresistas de izquierda democrática para ofrecer una opción a la ciudadanía que no quiere volver al pasado ni tampoco acepta el ajuste neoliberal como receta para el futuro inmediato. 

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Enrique Del Valle Iberlucea y su peculiar feminismo

Enrique Del Valle Iberlucea y su peculiar feminismo

A 140 años de su nacimiento, analizamos figura de Enrique del Valle Iberlucea y su particular «feminismo».

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Enrique Del Valle Iberlucea (1877-1921) nació en Castro Urdiales, España, en 1877. Al llegar a la Argentina, dadas las condiciones de concentración económica de la tierra en pocos propietarios a través del latifundio, la mayoría de lxs inmigrantes se quedaba en Buenos Aires o se radicaba en el litoral. Lxs Del Valle Iberlucea se radicaron en la ciudad de Rosario, donde Del Valle asistió al Colegio Nacional. Luego, en Buenos Aires, como estudiante de la Facultad de Derecho, constituyó el “Centro de Antropología y de Sociología Criminal” que auspició las conferencias que daba el Dr. Pedro Gori, recién llegado de Europa.

En 1902 se recibió de Doctor en Jurisprudencia, y en 1903 se doctoró en la Facultad de Filosofía y Letras. Además de ejercer como abogado y periodista dictó diversos seminarios en el Colegio Nacional Central, denominado años después como Colegio Nacional de Buenos Aires –y cuyo cuerpo de profesores elevó en 1921 una carta a las autoridades pidiendo la expulsión de Del Valle “por anarquista” del histórico Colegio, luego de su adhesión explícita a la revolución rusa y la III Internacional–; en la Universidad Nacional de La Plata, y en la Universidad de Buenos Aires.

[blockquote author=»» pull=»normal»]Del Valle constituía un original nexo político entre el mundo masculino partidario del socialismo y lo que comenzaba a articularse como movimiento feminista.[/blockquote]

Desde 1906 editó la revista Vida Nueva y desde 1908, junto a Alicia Moreau, fundó y dirigió la Revista Socialista Internacional, que desde 1910 se publicó con el título de Humanidad Nueva como órgano del Ateneo Popular, sociedad de extensión universitaria que Del Valle fundara, nuevamente junto a Alicia Moreau. Entre 1916 y 1917 dirigió también el periódico socialista La Vanguardia, mientras ejercía funciones, desde el año 1913, como senador nacional por la Capital Federal, convirtiéndose así en el primer senador socialista de América. En 1921, semanas antes de morir, los miembros más conservadores del Senado de la Nación votaron el desafuero de Del Valle, dada su adhesión pública a la revolución rusa y la III Internacional.

Disonante en las filas del partido socialista argentino, y extraño también entre los del-vallepolíticos que impulsaban diversos proyectos de reformas modernizantes en el Congreso de la Nación, Del Valle constituye un ejemplo de aquellas voces que por sus mismas tensiones no pueden ser reducidas a una dimensión unívoca –sea reformista, socialista  o liberal–. Pero además, Del Valle constituía un original nexo político entre el mundo masculino partidario del socialismo, y lo que comenzaba a articularse como movimiento feminista  (en adelante, aparece mencionado en el texto como “Del Valle”). Del Valle formó parte del partido socialista argentino, aunque su marxismo lo alejó de las concepciones hegemónicas en dicha organización. Como senador socialista presentó numerosos proyectos en defensa de los derechos femeninos –se trata del primer senador socialista de América–, y trabajó por proyectos de educación popular y de extensión universitaria dirigidos a mujeres y varones trabajadorxs, junto a las feministas socialistas de la época.

Me interesa destacar dos cuestiones centrales en el pensamiento político de Del Valle. En primer lugar, su concepción de ciudadanía, que era tributaria de una idea moderna acerca de la igualdad de derechos, heredada del liberalismo de la revolución francesa. Pero esta idea convivía en tensión con una concepción particularista, basada en el sexo, a partir de la identificación de lo femenino con lo maternal. En este sentido, interesa señalar que aún una de las voces más avanzadas en materia de luchas por la ampliación de los derechos femeninos, era tributaria del maternalismo hegemónico que reducía la mujer a sus funciones maternales. De todos modos, una de las paradojas históricas de la modernidad consiste precisamente en el hecho de que a partir de una concepción maternalista –es decir, la reducción de lo femenino en lo maternal (y viceversa)– las mujeres lucharon por sus derechos, abriendo un camino de autonomía que les permitiría cuestionar la subordinación a la que estuvieron sometidas, especialmente a partir de la sanción de los códigos civiles del siglo XIX. Y esas luchas por los derechos civiles y políticos, por las cuales se movilizaron las mujeres, fueron las que consolidaron al movimiento feminista en la Argentina, en los inicios del siglo XX. A su vez, los logros conquistados a lo largo del siglo XX en relación a los derechos de las mujeres fueron, en gran medida, producto de aquellas luchas de las mujeres por la inclusión.

Del Valle había tomado el modelo de extensión universitaria a partir de las ideas de los españoles Rafael Altamira y Adolfo Posada, representantes de la Universidad de Oviedo y del Instituto Libre de Enseñanza, quienes habían venido a la Argentina en 1909 y 1910 respectivamente, en el contexto de intensificación de los contactos de intelectuales argentinos con viajeros europeos, característico del Centenario (1910). Estos representantes de la renovación hispánica tenían como interlocutores privilegiados a los intelectuales de la élite reformista liberal argentina pues existía cierto universo ideológico común entre el reformismo español y el argentino, coincidentes en la democratización institucional. Del Valle, desde su cargo de secretario de la Universidad Nacional de La Plata, había promovido el dictado del curso de Altamira en dicha universidad en 1909, y también había participado personalmente.

[blockquote author=»» pull=»normal»]Del Valle luchaba por desnaturalizar los roles sexuales, es decir, intentaba cuestionar la violencia simbólica que organizaba las posiciones masculinas y femeninas en la sociedad. [/blockquote]

En segundo lugar, es central el desplazamiento de los estereotipos de género en la conceptualización educativa de Del Valle. Su particular elaboración de las vinculaciones entre género y ciudadanía que se darían –según su cosmovisión– a través de propuestas educativas “modernas”, “democráticas” y abiertas a ambos sexos, provoca una desnaturalización de los estereotipos de los géneros en la educación. A su vez, esta desnaturalización de los mandatos definidos para cada sexo, para Del Valle, se produce a partir de dos vías principales: en primer lugar, a partir de la historización de los procesos sociales, es decir, acudiendo al relato histórico. En segundo lugar, a partir de “desvincular” (sic) a lxs niñxs de los prejuicios impuestos por sus predecesores. Y ésta última sería precisamente la función específica de la educación. En este sentido, en su conceptualización, historia y educación se entrelazan en forma inescindible, dialéctica, para dar lugar a un cuestionamiento original y radicalizado de las formas establecidas en su época para “ser” mujer y para “ser” varón.

En resumen, Del Valle –junto a las feministas socialistas y a algunos hombres de su mismo partido– luchaba por desnaturalizar los roles sexuales, es decir, intentaba cuestionar la violencia simbólica que organizaba las posiciones masculinas y femeninas en la sociedad. En este sentido, el socialista concebía las diferencias sexuales fundamentalmente como productos de procesos histórico-sociales. A partir de allí, defendía las diferencias entre los sexos, pues consideraba que funcionaban como términos equivalentes y complementarios. Y frente al rígido esquema de identidades estables –de un lado las características femeninas (como los sentimientos), y del otro las masculinas (la razón)– Del Valle funda su propuesta en los sentimientos como articuladores del lazo social, a través de una educación menos racionalista, y que incluyera los trabajos manuales y de exploración por parte de lxs propixs alumnxs. De este modo, arma puentes que ponen en cuestión no sólo las escisiones entre trabajo manual e intelectual en el proceso educativo, sino también la idea tradicional de la división entre los sexos en las esferas pública y privada.

ft0248_141Por otra parte, estos debates socialistas aparecen como un acceso indirecto para ver los efectos materiales de la impronta estatal, de la imaginación de una comunidad nacional que promete la integración civilizatoria, en fin, de la construcción hegemónica del Estado en la vida cotidiana. A tal punto se materializa el avance del Estado en estos procesos de modernización –y en particular, a través de la secularización y sistematización de la educación básica–, que la corriente hegemónica dentro del partido socialista, en el año 1910,  decidió dejar de sostener las escuelas socialistas, que venían funcionando desde inicios del siglo XX. Esta tendencia hegemónica se hacía eco de los debates existentes entre lxs socialistas franceses, quienes sostenían que el único responsable de la educación debía ser el Estado.

Si bien todxs lxs socialistas coincidían en que una de las principales tareas del partido era la producción de una ciudadanía moderna, democrática y universal, es decir, iguales derechos para todas las personas, esta visión universalista convivía con una visión particularista, basada en derechos diferenciales para cada sexo. Por último, las relaciones entre los sentimientos de solidaridad y “amor” –a partir del cuestionamiento de su visión idealizada–, la producción de ciudadanía y los géneros en la escuela siguen siendo cruciales, también en el presente, para cuestionar de algún modo el discurso hegemónico que esencializa y fija determinadas características como propiamente masculinas, y otras femeninas, naturalizándolas.

 

Fragmento del artículo publicado en: Práxis Educativa, Ponta Grossa, Ahead of Print, v. 10, n. 1, jan./jun. 2015. Disponíble en: http://www.revistas2.uepg.br/index.php/praxiseducativa

El PSP: un hecho significativo para la historia del socialismo argentino

El PSP: un hecho significativo para la historia del socialismo argentino

A 45 años de su fundación, recordamos algunos hitos del Partido Socialista Popular en su historia. 

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No se trata de hacer de la fecha una efemérides autocelebratoria. Viene al caso la aclaración, porque fui uno de los protagonistas de aquella jornada; más aún: su primer orador. Pero lo cierto es que esa fecha tuvo importancia. Me refiero al 23 de abril de 1972, cuando se fundó el Partido Socialista Popular (PSP) en el marco de un entusiasta acto en el salón de la sociedad Unione e Benevolenza de la todavía llamada calle Cangallo.

Los cuarenta y cinco años transcurridos verifican que fue para los socialistas de este país, el hecho más importante, porque sentó las bases de una nueva realidad cuyos efectos, bien o mal, se proyectaron en el tiempo y llegan hasta hoy.

Sin aquel 23 de abril, las fuerzas que expresaban casi simbólicamente la historia del socialismo en la Argentina hubiesen sucumbido. Tal vez esto no sea compartido por muchos, por lo me permito, muy modestamente, invitarlos a reflexionar, desapasionadamente y con espíritu crítico -como cabe a los socialistas- sobre lo que venía pasando, y pasó después.

Sin aquel 23 de abril, las fuerzas que expresaban casi simbólicamente la historia del socialismo en la Argentina hubiesen sucumbido.

Cuando en 1958 se dividió el Partido Socialista fundado en 1896 por Juan B. Justo (fue la tercera división importante: la primera fue después de la Revolución Rusa que determinó la creación del Partido Socialista Internacional, luego Partido Comunista y la segunda en 1928 que dio a luz al Partido Socialista Independiente), quedaron en la Argentina dos partidos Socialistas con sendos aditamentos que copiaban una nomenclatura de uso en Italia desde 1948 con su propia división: el Partido Socialista Democrático (PSD) y el Partido Socialista Argentino (PSA). Cuando hacia 1972 se permitió recrear la existencia de los partidos políticos, disueltos por la dictadura de Onganía, tanto uno como otro estaban en un proceso de franca decadencia, más el segundo que el primero.

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El PSD, que había llegado casi a justificar el golpe de Estado de 1966 por la incapacidad del gobierno radical de Arturo Illia de eliminar químicamente al peronismo, se deslizaba por una pendiente liberal de la mejor tradición manchesteriana que lo llevaría en 1976 a apoyar abiertamente a la dictadura militar de Videla. Sin embargo supo preservar su caudal electoral en algunas localidades del interior bonaerense como Mar del Plata en la que ganó todas las elecciones municipales que se sucedieron a partir de 1958 y hasta 1976: Teodoro Bronzini, Jorge Lombardo y Luis Fabrizio fueron, con los interregnos de los gobiernos militares, elegidos intendentes básicamente sustentados en su excelente y transparente capacidad de gestión. Supo mantenerse unido, salvo aquel pequeño número de jóvenes afiliados a los que nos avergonzaba nuestra pertenencia a un partido que hacía del antiperonismo, del anticomunismo y del anticastrismo un dogma de fe y que se encargaba en cuanta oportunidad podía, de condenar a los movimientos de América Latina, Asia y África que luchaban por su liberación nacional. Discreta y silenciosamente creamos el llamado Grupo Evolución que renegó rápidamente del legado ghioldista y nos hizo pasar la década de los sesenta y parte de los setenta alentando ideas progresistas y de transformación social y de esperanza con la experiencia chilena. De allí en más el PSD no tuvo más escisiones. Los que quedaron acompañaron al partido en su apoyo a la dictadura, aceptaron embajadas y altos cargos en el gobierno y terminaron, en 1983 en una alianza electoral que encabezó como candidato a presidente, otro connotado “procesista”, el embajador de Videla en Roma, Rafael Martínez Raymonda. Debo dejar constancia –porque así me consta- que en todo ese período un grupo de jóvenes del PSD repudió este apoyo a la dictadura del mismo modo que en 1983 haberle ofrecido la candidatura presidencial a Martínez Raymonda.

De su parte el Partido Socialista Argentino, el que aparecía como el más consecuente heredero de las tradiciones de la Casa del Pueblo y de la línea izquierdista del antiguo partido (no en balde quedó en sus filas la más emblemática figura del socialismo en nuestro país, Alfredo L. Palacios), se fue dividiendo en partes como una ameba hasta llegar a su virtual disolución, producto no sólo de una diferente consideración de la situación política interna, sino también de los modos de desarrollar sus acciones para llevar adelante el ideario socialista: desde los que querían reunificarse con el socialismo democrático, hasta los que proponían la lucha armada.

El socialismo había perdido el apoyo de los trabajadores, y sólo cuando el peronismo quedaba proscripto alcanzaba representación parlamentaria.

Tanto una como otra de la partes del viejo partido, tenían en sus filas prestigiosas personalidades, muchas de ellas con una impecable y trascendente trayectoria en la historia política y social de la Argentina. Más allá de Palacios, los nombres de Alicia Moreau de Justo, Nicolás Repetto, José Luis Romero y Carlos Sánchez Viamonte alcanzan para dar fe de esta afirmación.

Pero el socialismo había perdido el apoyo de los trabajadores, y sólo cuando el peronismo quedaba proscripto, alcanzaba representación parlamentaria. Pero a fines de la dictadura de Onganía – Levingston – Lanusse, con el peronismo electoralmente habilitado, no quedaba espacio para hacer siquiera ensayos electorales para poner socialistas en el congreso.

Los grupos que se escindieron del socialismo argentino fueron entremezclándose con otras fuerzas de izquierda, algunas trotskistas, otras cercanas al Partido Comunista, y hasta con el comunismo  de orientación maoísta. Otros hicieron “entrismo” con el peronismo revolucionario.

Finalmente, con sus jirones, Jorge Selser llevó al PSA a la llamada Hora del Pueblo, que era un punto de encuentro que incluía a peronistas, radicales y democristianos, consiguiendo de ese modo un protagonismo político que excedía lo que en realidad era aquel partido. Pero aún así, esta política de Selser no era compartida por la mayoría del partido, al que pese a su progresismo, no aceptaba tan cercanos tratos con el peronismo y de hecho, en el último de sus congresos, el día anterior a dejar de ser Partido Socialista Argentino, un Congreso partidario lo retiró de la Hora del Pueblo.

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Para colmo de males, la nueva ley de los partidos políticos prohibía a éstos el empleo del aditamento “argentino” y exigía obtener la personería jurídica en cinco distritos electorales del país con por lo menos el 4 por mil de afiliados de los empadronados en cada uno de ellos, extremo que no era muy fácil de alcanzar, salvo en distritos con pocos habitantes. Por su parte, el PSD, que se había mantenido unido y organizado, tenía un horizonte más esperanzador, por lo menos para subsistir.

En estas condiciones, un grupo del interior llamado MAPA (Movimiento de Acción Popular Argentino), liderado por Guillermo Estévez Boero y con una fuerte presencia en el movimiento universitario reformista -sobre todo en las universidades del Litoral, de Rosario y de Córdoba, al punto de que uno de sus más connotados afiliados, Ernesto Jaimovich, era el Presidente de la Federación Universitaria Argentina (FUA)-; firme y centralmente organizado con una estructura de cuadros leninista y autodefinido como socialista; irrumpió en este escenario con una propuesta de unidad que sedujo a algunos y espantó a otros, pero que no dejó indiferente a nadie en el no muy  amplio universo socialista, con excepción del PSD que siguió su rumbo de afirmación ultra liberal al calor de su más destacado dirigente: Américo Ghioldi.

Guillermo Estévez Boero nunca había estado afiliado al PS y su militancia política más destacada la había tenido en el Partido de los Trabajadores, una singular experiencia izquierdista, que había llegado a tener representación en la Convención Constituyente de Santa Fe de 1957 y que tenía como figura más destacada a Juan Carlos Deghi. A la pluma de Estévez Boero se debió la más dura objeción a la legitimidad de aquella Convención y la afirmación de la vigencia de la Constitución de 1949.

Si alguien considera que este derrotero socialista tuvo aspectos positivos debe honrar la figura y el recuerdo de Guillermo Estévez Boero, verdadero numen de aquel 23 de abril.

El MAPA entusiasmó a parte de la conducción del PSA, sobre todo a aquellos que, como su Secretario General, Jorge Selser, no le hacían asco a sentarse a trabajar con el peronismo y los radicales. Sin embargo a otros, o porque preferían seguir los pasos del Partido Comunista, o porque quería reunificarse con el PSD, o porque directamente desconfiaban de la intencionalidad del MAPA, no les entusiasmaba la idea. Este grupo tenía una base militante de envergadura –de la que los otros sectores carecían- lo que hacía suponer que en cualquier elección interna se iban a quedar con la mayoría, y además no existía en este grupo una explícita adhesión a la tradición histórica del viejo Partido Socialista. No estaba organizado por Centros, sino por Frentes, su organización era centralizada y su formación de cuadros se sustentaba en las lecturas de Marx, Engels, Lenin, los espartaquistas alemanes y Gramsci, ajenas por principio a la tradición histórica del PS, cuya adscripción al reformismo de la Segunda Internacional, había sido hasta entonces un dogma. El MAPA era definidamente latinoamericanista y en el sancta sanctorum de su ideario lucían José Carlos Mariátegui, Manuel Ugarte, Julio Antonio Mella y Salvador Allende aún presidente de Chile. Es cierto también que el trabajo escrito por Estévez Boero “Realidad Política Argentina”, que los militantes del MAPA distribuían como la clave de interpretación de la realidad nacional, no nombraba ni una vez ni a Juan B. Justo ni a Alfredo L. Palacios.

De todos modos con el impulso del MAPA, la estructura y la tradición del PSA, más la presencia de otros dos grupos, Militancia Popular y el Grupo Evolución, este último integrado por jóvenes, el 23 de abril de 1972 se fundó el PSP. En el acto inaugural un telón de fondo lucía el rostro de Alfredo Palacios. En el centro y abajo,  Juan B. Justo. Sobre el escenario, a la derecha, el Che Guevara y a la izquierda Salvador Allende. No era una síntesis, era un acuerdo. Hablaron Carlos Constenla (Grupo Evolución), Andrés Lopez Acotto (Militancia Popular), Guillermo Estévez Boero (MAPA) y Víctor García Costa (PSA). Mis recuerdos no hallan disonancias ideológicas en aquella primera presentación. Cuando Estévez Boero dijo que «los reaccionarios no había podido todavía eructar el 45» algunos dirigentes se retiraron del acto. Entre ellos Alicia Moreau de Justo. Los militantes del MAPA, que eran mayoría en aquella jornada, portaban tacuaras con banderines rojos cruzados por cintas celestes y blancas. Las ansiedades y dudas crecieron, pero se siguió adelante.

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Lo que sigue, con muchos incidentes políticos es otra historia. Para no apartarme de la invitación a escribir estas líneas quiero ir ahora a los efectos:

Decía al principio que este fue un hecho importante. Siempre tuve para mí que el único que sabía qué era lo que estaba haciendo en la plenitud de su conciencia era Estévez Boero, y supongo que alguno de sus allegados, no muchos, también. Eso explica la coherencia de su desarrollo. Porque aquella idea unificadora, que yo conocí con otros compañeros de nuestro grupo en Cañada de Gómez una tarde de noviembre de 1971, fue afianzándose a la vez que adecuándose a la realidad (siempre compleja) que la Argentina presentaba. Las sucesivas rupturas y deserciones en el partido, si bien implicaron grandes batallas judiciales y peligrosas incidencias personales por la época que se vivía, con el terrorismo de Estado como telón de fondo, el núcleo central del PSP siguió creciendo, sobre todo a favor de su sólida organización interna. A tal punto que, cuando los últimos tiempos de la Dictadura Militar fue abriendo el juego a la política, el PSP vuelve a reunir los que lo habían abandonado en otra organización que le serviría para ocupar un papel en el retorno a la democracia: PSP – Confederación Socialista – PS del Chaco, concurrieron a elecciones con la personería del PSP. Para entonces el PSP había sido convalidado con una nueva conducción, la membresía en la Internacional Socialista, presidida entonces por Willy Brandt y que contaba con la fulgurante participación de un joven Felipe González.

Dos años después se conforma, por primera vez, la Unidad Socialista con el PSD.  Y se da la paradójica situación que muchos de los más severos críticos de las posiciones del PSD se afiliaron a este partido político que le había dado embajadores, funcionarios y colaboradores a la Dictadura Militar para no quedar fuera del socialismo, pero que no se animaban a sumarse al PSP, no ya por cuestiones ideológicas -habida cuenta del compromiso social democrático de este último-, sino para no confrontar con una base militante más disciplinada y organizada que auguraba seguras derrotas en eventuales elecciones internas. La unidad de los dos partidos con el nombre del PS (2002) fue el resultado final de aquel curso iniciado en 1972. Ya prácticamente no hubo espacio para otras formaciones socialistas, salvo de muy poca entidad o bien del camp11140325_1645668475670694_4743937335276700496_no trotskista. Y no fue por casualidad que fuera precisamente primero en Rosario y después en la Provincia de Santa Fe, en la que el PS alcanzaría sus mayores logros. Incluso la inédita experiencia de que uno de aquellos originarios militantes del MAPA, llegase a ser el primer gobernador socialista de la República Argentina.

Estoy fuera de la militancia política desde hace muchos años, aunque conservo mi afiliación. Tengo una mirada crítica hacia el PS, y ante una generosa invitación relaté algunos recuerdos e impresiones de primera mano y me permití reflexionar sobre un hecho histórico para el socialismo de la Argentina. Aunque sé que incurro en una impostación contrafáctica, creo que todo lo que sucedió en el socialismo desde aquel 23 de abril, hubiese sido muy distinto y me animo a decir que mucho peor.

Como se advierte, esta no es una remembranza autocelebratoria; pero de todos modos, si alguien considera que este derrotero socialista tuvo aspectos positivos –y yo soy uno de ellos, a pesar de mi inducida deserción militante- debe honrar la figura y el recuerdo de Guillermo Estévez Boero, verdadero numen de aquel 23 de abril.

Desarrollan un nuevo método para impresiones 3D con vidrio

Desarrollan un nuevo método para impresiones 3D con vidrio

La técnica se basa en el uso de una solución de pequeñas partículas de vidrio para formar la estructura deseada, así se podrá ampliar el uso de la cada vez más ubicua técnica de impresión 3D.

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La impresión 3D es una técnica para crear objetos que está ganando cada vez mayor importancia en la manufacturación de nuevos productos. La técnica fue utilizada inicialmente para producir prototipos a una velocidad mucho mayor que la que se obtiene por otros métodos. Hoy día está empezando a usarse en la fabricación de piezas para diferentes tipos de productos, desde plantillas para zapatillas personalizadas hasta piezas de automóviles.

La impresión 3D consiste a grandes rasgos en la deposición de capas sucesivas de material para la obtención del producto deseado. Existen diferentes técnicas de impresión 3D y, por lo general, el material más utilizado es el plástico. Esto se debe principalmente a que es maleable, lo cual permite fundir ese material a medida que se va depositando cada capa.

Por otra parte, el vidrio es un material muy conocido con propiedades realmente interesantes.  Es un aislante térmico y eléctrico y, como cualquier persona con lentes sabe, tiene propiedades ópticas muy útiles.  Además, tiene una característica que la vuelve más útil que el plástico en algunas aplicaciones: es un sólido que funde a altas temperaturas. Pero, obviamente, tal propiedad hace que sea mucho más difícil crear objetos mediante la impresión 3D.

Por esa razón, el desarrollo de científicos alemanes del Instituto Karlsruhe de Tecnología viene a revolucionar el campo de la impresión 3D. Estos investigadores han publicado en la prestigiosa revista Nature un método que permite crear figuras de vidrio con una resolución de hasta la centésima parte de un milímetro.

La técnica consiste en la preparación de una solución de partículas vidrio muy pequeñas (nanopartículas, es decir, cuyo tamaño es del orden de la millonésima parte de un milímetro). Dicha solución contiene un precursor polímerico, es decir, un compuesto a partir del cual se obtiene un plástico. Este precursor permite que la solución viscosa de las partículas de vidrio pueda depositarse para preparar el objeto que uno desee. La solución se va solidificando al formarse el plástico y se obtiene la forma deseada. Por último, el objeto se calienta a 1000°C, con lo que el plástico se quema y las partículas de vidrio se unen entre sí.

Esta técnica abre un abanico muy amplio de posibilidades, ya que el uso de impresoras 3D con vidrio permitiría preparar materiales para aplicaciones ópticas, pequeños reactores de vidrio para la síntesis de compuestos químicos o simplemente pequeñas obras de arte de vidrio.

 

Fuente: Chemical & Engineering News