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¿Qué pierde la sociedad cuando el Estado deja de garantizar la ESI?

¿Qué pierde la sociedad cuando el Estado deja de garantizar la ESI?

A veinte años de la Ley 26.150, un balance sobre el impacto de la Educación Sexual Integral en las aulas, la prevención de violencias y la baja en la fecundidad adolescente. El peligro del abandono estatal y los desafíos que siguen vigentes.

En las marchas, la ESI es un reclamo recurrente y crucial.

El 4 de octubre de 2026 se cumplieron 20 años de la sanción de la Ley 26.150, que creó el Programa Nacional de Educación Sexual Integral (ESI). Dos décadas después, la fecha invita a hacer un balance de las transformaciones que impulsó esta política pública, reconocer a quienes sostuvieron su implementación y preguntarnos qué está en juego cuando el Estado deja de garantizar un derecho.

Porque la sexualidad no desaparece cuando deja de hablarse de ella. Las preguntas siguen ahí, las experiencias también y las dudas no piden permiso para aparecer en el aula. Lo que puede desaparecer, en cambio, son los espacios para abordarlas con información confiable, perspectiva de derechos y sin prejuicios.

La ESI no es una materia aislada ni una charla extraordinaria que aparece cuando sobra tiempo. Tampoco se reduce a una clase sobre métodos anticonceptivos o a dibujar un aparato reproductor en el pizarrón. Es una política educativa integral que reconoce a niñas, niños, adolescentes y estudiantes de todas las edades como sujetos de derecho. Incluye el cuidado del cuerpo y la salud, el reconocimiento de las emociones, el respeto por la diversidad, la construcción de vínculos libres de violencia y el ejercicio de los derechos sexuales.

A lo largo de estas dos décadas, la ESI abrió espacios para poner en palabras experiencias que durante mucho tiempo permanecieron silenciadas. En las aulas se empezó a hablar de consentimiento, abuso, identidad, diversidad, desigualdades de género y violencia sexista. También se fortalecieron las herramientas para reconocer vulneraciones de derechos, pedir ayuda y construir relaciones basadas en el respeto y la autonomía.

No es poca cosa. Aprender a reconocer una situación de violencia, saber que se puede decir que no o contar con información para tomar decisiones sobre el propio cuerpo puede cambiar una trayectoria de vida.

La implementación de la ESI estuvo atravesada por dificultades, resistencias y obstáculos. Sin embargo, su apropiación por parte de estudiantes, docentes, familias y organizaciones sociales permitió ampliar los debates sobre sexualidad y cuestionar prejuicios profundamente arraigados.

UNA POLÍTICA PÚBLICA QUE TRANSFORMÓ CONVERSACIONES Y EXPERIENCIAS

La implementación de la ESI estuvo atravesada por dificultades, resistencias y obstáculos. Sin embargo, su apropiación por parte de estudiantes, docentes, familias y organizaciones sociales permitió ampliar los debates sobre sexualidad y cuestionar prejuicios profundamente arraigados.

La ESI también forma parte de un entramado de políticas públicas que contribuyeron a ampliar derechos y mejorar las condiciones para que niñas, niños y adolescentes puedan tomar decisiones informadas sobre sus cuerpos y sus proyectos de vida.

En ese recorrido, la disminución de los embarazos y la maternidad en niñas y adolescentes constituye una transformación relevante, vinculada con políticas públicas de prevención y garantía de derechos, como la Educación Sexual Integral (ESI) y el Plan de Prevención del Embarazo No Intencional en la Adolescencia (Plan ENIA). Mientras la ESI brinda herramientas para conocer el propio cuerpo, reconocer situaciones de abuso, construir vínculos respetuosos y tomar decisiones informadas, el Plan ENIA fortaleció el acceso al asesoramiento y a los servicios de salud sexual y reproductiva.

Los resultados dan cuenta de la relevancia de estas políticas. Según datos de Proyecto Mirar, entre 2018 y 2021, la tasa específica de fecundidad adolescente se redujo un 43% entre niñas de 10 a 14 años, un 45% entre adolescentes de 15 a 19 años y un 49% en el conjunto de 10 a 19 años. A su vez, los resultados del Censo 2022 registraron una reducción del 50% en la cantidad de adolescentes con hijos e hijas, un dato significativo para dimensionar los avances en materia de prevención del embarazo adolescente. (Informe del Equipo ELA, Mayo de 2025)

Detrás de las cifras hay algo más que estadísticas: hay niñas y adolescentes que pueden contar con mejores herramientas para decidir sobre su sexualidad, reconocer situaciones de violencia y proyectar sus vidas. Que la maternidad no sea un destino impuesto por la falta de información, las desigualdades o el abuso sexual también es una cuestión de derechos. Por eso, garantizar la ESI y sostener políticas integrales como el Plan ENIA resulta fundamental para que esas posibilidades no dependan del lugar donde se nace, se vive o se estudia.

Las transformaciones tampoco pueden medirse únicamente por los contenidos que llegan a las aulas. La ESI contribuyó a instalar conversaciones sobre aquello que antes se consideraba privado, incómodo o directamente innombrable. Y cuando algo que parecía natural empieza a discutirse, también se abre la posibilidad de cambiarlo.

Nada de esto ocurrió por generación espontánea. Detrás de la implementación hubo docentes, equipos educativos, organizaciones sociales, militantes y comunidades que sostuvieron el trabajo incluso cuando faltaron recursos, formación y acompañamiento institucional. La sanción de una ley es fundamental, pero no alcanza por sí sola para garantizar un derecho: el Estado tiene la responsabilidad de generar las condiciones para que pueda ejercerse efectivamente.

Garantizar la ESI significa reconocer que todas las personas tienen derecho a recibir información, comprender los cambios que atraviesan, tomar decisiones sobre su sexualidad y vivir sin discriminación ni violencia. No se trata de imponer una única forma de vivir los cuerpos y los vínculos, sino de ampliar las posibilidades para que cada quien pueda hacerlo con libertad y respeto.

¿QUÉ PERDEMOS CUANDO EL ESTADO DEJA DE GARANTIZARLA?

Cuando el Estado se retira, la sexualidad no se toma vacaciones. Las preguntas siguen apareciendo, los vínculos se construyen y las experiencias suceden. Lo que se debilita son las herramientas para comprenderlas, transitarlas y tomar decisiones con información, autonomía y acompañamiento.

Se reducen las oportunidades para identificar y prevenir situaciones de abuso y violencia; se debilitan los espacios de escucha y orientación, y se vuelve más difícil cuestionar los mandatos de género y las desigualdades que condicionan la libertad de las personas.

También se pierde la posibilidad de que las instituciones educativas funcionen como espacios donde las experiencias puedan ser escuchadas sin discriminación y donde la diversidad no tenga que justificarse para ser reconocida.

La ausencia de ESI tampoco afecta únicamente a las infancias y adolescencias. La sexualidad atraviesa toda la vida y se transforma con las experiencias, los vínculos y los cambios sociales, culturales, biológicos y subjetivos. Sin embargo, todavía persisten prejuicios que suponen que el deseo tiene fecha de vencimiento, como si cumplir años implicara entregar las llaves de la vida erótica.

¿Quién decidió que el erotismo tiene edad de jubilación? ¿En qué momento se estableció que las personas mayores debían dejar de tener preguntas, deseos, vínculos o ganas de explorar su sexualidad?

La ESI también permite discutir estas representaciones, cuestionar la desexualización de las personas mayores y reconocer que el derecho a vivir la sexualidad no se agota en una etapa de la vida. Hablar de educación sexual desde una perspectiva integral supone contemplar las distintas edades, trayectorias y experiencias, sin reducir la sexualidad a la reproducción ni confundir el envejecimiento con el final del deseo.

En este sentido, garantizar la ESI significa reconocer que todas las personas tienen derecho a recibir información, comprender los cambios que atraviesan, tomar decisiones sobre su sexualidad y vivir sin discriminación ni violencia. No se trata de imponer una única forma de vivir los cuerpos y los vínculos, sino de ampliar las posibilidades para que cada quien pueda hacerlo con libertad y respeto.

VEINTE AÑOS DESPUÉS, GARANTIZAR ESTE DERECHO SIGUE SIENDO UNA RESPONSABILIDAD DEL ESTADO

Esteban Paulón, Ricardo Iacub y Silvia Ausburguer.

A dos décadas de la sanción de la Ley 26.150, la discusión no debería centrarse en si la ESI es necesaria ni en si su implementación puede quedar librada a la voluntad individual de cada docente o institución. Se trata de un derecho del estudiantado y de una obligación estatal.

Una ley sin presupuesto, sin formación docente, sin materiales y sin acompañamiento institucional corre el riesgo de convertirse en una declaración de buenas intenciones. Y los derechos, por más que queden muy bien escritos en el papel, no se garantizan solos.

En un contexto en el que se ponen en cuestión políticas de ampliación de derechos y se multiplican los discursos que buscan desacreditar la perspectiva de género, defender la ESI supone sostener una herramienta educativa, democrática y colectiva. Su continuidad requiere políticas públicas capaces de trascender los cambios de gobierno y garantizar condiciones reales de implementación.

La pregunta por lo que pierde la sociedad cuando el Estado deja de garantizarla no remite solamente a los contenidos que dejan de enseñarse. Interpela las oportunidades que se restringen, las desigualdades que se profundizan y las libertades que quedan más expuestas cuando falta información y acompañamiento.

Porque garantizar la ESI no significa que todas las personas deban pensar, sentir o vivir su sexualidad de la misma manera. Significa que puedan construir sus propias respuestas con información, autonomía y derechos.

«Cuando el Estado deja de garantizar la Educación Sexual Integral, la sociedad pierde la posibilidad de construir infancias y adolescencias más libres y protegidas frente al abuso, la violencia y la discriminación» (Esteban Paulón, diputado nacional por el PS).

¿QUÉ PIERDE LA SOCIEDAD CUANDO EL ESTADO DEJA DE GARANTIZAR LA EDUCACIÓN SEXUAL INTEGRAL?

Para profundizar esta pregunta, le pedimos su opinión a Silvia Augsburger, exdiputada nacional que participó del proceso legislativo que dio origen a la ley; Esteban Paulón, diputado nacional; y Ricardo Iacub, especialista en vejez y sexualidad.

Sus miradas recuperan distintas dimensiones de una misma discusión: las transformaciones sociales que impulsó la ESI, las consecuencias de debilitar las políticas públicas que garantizan derechos y la necesidad de pensar la sexualidad a lo largo de toda la vida. Tres voces para seguir una conversación que, veinte años después, está lejos de haber terminado.

Silvia Augsburger. Diputada nacional (MC, 2005-2009). Como integrante de la Comisión de Educación, firmó el dictamen de mayoría de la ESI, que se convirtió en ley el 4 de octubre de 2006.

En este octubre se cumplen 20 años de la sanción del Programa Nacional de Educación Sexual Integral, al que hoy conocemos como ESI, y es una gran oportunidad para reflexionar acerca de las transformaciones sociales sustantivas que se han producido gracias al aporte de esta ley y qué perdemos como sociedad si el Estado no garantiza la ESI.

La ESI llegó al Congreso de la mano de las diputadas feministas. Se adelantó más de una década a la marea verde que tuvo su cresta en 2018. Así fue que, desde el primer Ni Una Menos de 2015, cuando las generaciones de adolescentes se empezaron a sumar al movimiento feminista, las «pibas» de las escuelas secundarias se pusieron el pañuelo verde en la mochila y se apropiaron del espacio escolar de ESI para hablar sobre sexualidad, abuso, derecho a la identidad sexual y violencia sexista.

Aún con enormes dificultades y obstáculos en su puesta en marcha y aplicación efectiva, la ESI puede mostrar sus logros. Quizás el resultado más destacado, junto a otras políticas públicas como el Plan ENIA, haya sido la disminución abrupta de «niñas madres», que hoy explica mayormente la disminución de la natalidad que se registra desde 2014 y que, lejos de ser una mala noticia, es la muestra más clara de la elección de esas niñas y adolescentes de un proyecto de vida con más libertad.

Si el Estado no cumple con garantizar la ESI, perdemos la herramienta esencial para garantizar los derechos sexuales de niños, niñas y adolescentes; nos quedamos sin el espacio de escucha más amigable para que las niñas puedan denunciar un abuso sexual que estén padeciendo y sin el lugar más adecuado para reflexionar sobre la necesidad de construir relaciones sexoafectivas libres de violencia machista, que ya se cobró 200 femicidios en lo que va de 2026.

Durante estos 20 años, desde distintos espacios del Estado, desde las aulas o desde la militancia social o partidaria, con enorme compromiso, docentes y militantes han sostenido y ampliado el impacto de esta ley enorme de defensa y protección de derechos humanos fundamentales.

Ese trabajo ha permitido la apropiación social de la ley, como lo muestra el cambio de las subjetividades de las generaciones de adolescentes que toman decisiones sobre su sexualidad con mucha más libertad y conocimiento y que, en estos tiempos de vientos de ultraderecha que intentan arrasar con todo lo conquistado, levantan en las movilizaciones estudiantiles la bandera de la ESI como su reivindicación más emblemática.

Podrán intentar que el Estado no garantice, pero como sociedad ya no retrocedemos.

«Si el Estado no cumple con garantizar la ESI, perdemos la herramienta esencial para garantizar los derechos sexuales de niños, niñas y adolescentes; nos quedamos sin el espacio de escucha más amigable para que las niñas puedan denunciar un abuso sexual que estén padeciendo y sin el lugar más adecuado para reflexionar sobre la necesidad de construir relaciones sexoafectivas libres de violencia machista» (Silvia Ausburguer, diputada nacional (MC) y referente feminista).

Esteban Paulón. Diputado nacional.

Cuando el Estado deja de garantizar la Educación Sexual Integral, la sociedad pierde la posibilidad de construir infancias y adolescencias más libres y protegidas frente al abuso, la violencia y la discriminación.

Esto implica perder una formación integral y la oportunidad de brindar herramientas para que cada persona pueda reconocer y expresar lo que siente. También es una pena desatender una política que aborda cuestiones centrales para la vida, porque eso posterga la posibilidad de que las personas vivan con mayor libertad y autonomía, y puedan expresarse, vivir y sentir libremente.

Ricardo Iacub. Titular de la cátedra Psicología de la Tercera Edad y Vejez en la Facultad de Psicología de la UBA.

La sociedad pierde mucho cuando el Estado no se hace responsable de la sexualidad de las personas, porque tiene que ver con el bienestar subjetivo y social, y también con la salud. La ESI es, en alguna medida, una de las mejores herramientas para combatir las enfermedades infectocontagiosas. Es una vía por la cual las personas pueden comprender muchos de los cambios que se producen con la edad y despejar muchísimos prejuicios.

Existe evidencia de que, cuando las personas tienen una lectura más amplia de su sexualidad, particularmente cuando las formas del erotismo son más vastas, pueden experimentar menos ansiedad y angustia frente a problemas de índole sexual. También sabemos que muchas personas creen que hay problemas de índole biológica cuando no lo son; que las mujeres tienen muchas limitaciones para encontrar nuevas parejas por cuestiones de prejuicio social; y que los varones tenemos más dificultades para detectar cambios biopsicológicos en el ámbito de la sexualidad. Esto puede llevar a las personas a la depresión.

En países como el Reino Unido, donde la salud está socializada, entienden que las personas viven mejor cuando tienen más salud o, como decía Freud, que cuando la gente tiene más salud puede salir a trabajar, lo que incluso tiene un rédito económico para el Estado.

Pero, básicamente, la función del Estado es garantizar estas cuestiones a lo largo de toda la vida. Y más aún en una etapa de la vida como la vejez, en la que hay cambios psicológicos, biológicos y sociales que inciden notoriamente sobre la sexualidad. En la medida en que estas cuestiones puedan ser abordadas y comprendidas, las personas pueden vivir su sexualidad mejor, con más salud y mucho mayor bienestar.

Queridos, queridas, querides lectores: espero que disfruten esta nota, que la compartan y que sigamos ampliando la conversación sobre la ESI, porque defender este derecho también es defender la posibilidad de vivir con más libertad, información y autonomía.

Renata Prati: «Escuchar la depresión no es algo agradable, escuchar el dolor duele, pero igual lo vale»

Renata Prati: «Escuchar la depresión no es algo agradable, escuchar el dolor duele, pero igual lo vale»

Entre el estigma y el diagnóstico, entre la experiencia íntima y las condiciones sociales, Renata Prati explora las palabras con las que intentamos comprender nuestra pena y malestares. Una conversación sobre lenguaje, psiquiatría y las posibilidades de escuchar el dolor propio y ajeno.

Renata Prati, autora de «Esta es tu pena» (PH Matías González).

La salud mental está en boca de todos. La depresión es la enfermedad de nuestro tiempo, o eso pareciera. Ese monstruo invisible e invisibilizado, uno de los muchos que aquejan nuestra cotidianeidad en tiempos de incertidumbre y angustia, es el foco del libro de Renata Prati, Esta es tu pena (Siglo XXI, 2025). Su autora es doctora en Filosofía y especialista en Traducción Literaria, ambas por la Universidad de Buenos Aires, y trabaja en la intersección entre el giro afectivo, la filosofía de la psiquiatría, la teoría feminista y los estudios sociales de la ciencia y la tecnología.

Entre el discurso médico psiquiátrico y las infinitas metáforas de la literatura, el libro se sumerge en un laberinto de significados y significantes para intentar nombrar lo innombrable, narrar lo inenarrable, entender lo inentendible. Un mal que anida en lo más profundo de la intimidad, pero que es, al mismo tiempo, un fenómeno capilar y, aparentemente, masivo en nuestra contemporaneidad.

Con ese objeto tan escurridizo y amorfo, Prati se propone navegar por algunas de las múltiples variantes que se dieron para aprehender y comprender eso que hoy llamamos depresión. Considera y discute con el discurso psiquiátrico y el auge de los psicofármacos, poniendo en evidencia la soberbia de sus pretensiones y los límites de sus conocimientos, pero evitando (y ese es un gran mérito de la autora) incurrir en una mirada anticientífica o relativista. Viaja también por las modulaciones que en el pasado tuvo este malestar, como ser la melancolía de los poetas o el mal femenino por antonomasia, la contraparte del genio creativo o el compañero vergonzante de la histeria.

Recurriendo a la primera persona, sin por eso menguar la erudición que domina el libro, la autora señala las dificultades y la necesidad de escuchar, leer, narrar y discutir la depresión. El anglicismo uptake es el que la autora escoge para condensar la necesidad de sacar al mal depresivo de la ignominia de la privacidad y la soledad, un dolor compartido que, a pesar de eso, nos cuesta compartir. Sobre eso y otras cuestiones, conversamos con Renata Prati para La Vanguardia.

Tu libro propone un tema de increíble actualidad como la depresión, pero que también hunde sus raíces en el pasado con otras modulaciones y referencias (la melancolía, la histeria, etcétera): ¿Cuánto hay de novedoso en la depresión, su nombre y sus síntomas?

Es curioso, creo que percibimos la depresión como algo de mucha actualidad pero a la vez, de alguna manera, casi atemporal. El gesto central del libro nació un poco de ahí, diría, de la incomodidad que me generaba esa idea de la depresión como algo muy de nuestro tiempo y a la vez desvinculado del contexto, algo biológico, interno, casi eterno. Me llamaba la atención cómo se hablaba de la historia de la melancolía y la depresión como si fueran simplemente nombres distintos para una misma esencia, como si simplemente “depresión” fuera la nueva etiqueta, más moderna, más científica y por lo tanto más correcta, para lo que antes se llamaba “melancolía” o tal vez “histeria”, como decís, incluso “locura”. Pero me molestaba la ecuación, porque sentía que disimulaba una diferencia de valor, porque cuando hablamos de melancolía hay una cierta dignidad, profundidad, nobleza, pensamos en alguien creativo o reflexivo o interesante, y no pasa nada de eso cuando aparece el vocabulario de la depresión.

Pensar la actualidad de la depresión me parece que debería implicar pensarla situada, y entre otras cosas pensar qué le hace a la experiencia de depresión esta difusión de un nuevo nombre, porque en general no nos damos cuenta de dónde vienen las palabras que usamos, no tenemos presentes sus historias y todo lo que arrastran y producen. No quiero decir que la depresión sea un fenómeno enteramente novedoso, en el sentido más llano de que estemos más deprimides que nunca o que sea una experiencia completamente distinta a los malestares del pasado. Pero sí que prestarle atención a los desplazamientos en las maneras de comprender el malestar puede darnos algunas pistas que nos sirvan para transitarlos mejor. En este sentido, lo que para mí enseña claro el contraste entre las categorías de melancolía y de depresión es que la depresión es una forma devaluada de vincularnos con el malestar: la melancolía era un mal noble, profundo, y la depresión en cambio es puramente negativa, desagradable, despreciable. Ahí es donde me interesaba intervenir, pero no para decir que la depresión no es mala, lo que obviamente no solo no sería cierto sino que sería una romantización, una banalización muy dañina. La experiencia del malestar es intrínsecamente negativa, no hay vuelta que darle. Pero esa devaluación que me parece que se introduce con estas maneras de entenderla suma una negatividad agregada, injusta. Esa carga extra es muy dolorosa y creo que nos haría bien ver que es innecesaria.

«La psiquiatría y los saberes científicos en salud mental tienen un valor enorme, pero para mí es muy importante devolverles sus límites, porque si no pueden volverse una autoridad que arrasa con todas las otras voces. Y si estamos hablando de nuestros malestares, de lo que nos duele, lo que siempre va a tener algo que ver con el mundo, con la experiencia, con nuestros vínculos con lo que nos rodea y con las demás personas, no podemos quedarnos sin ninguna voz en el debate».

¿Es la depresión el mal de nuestro tiempo? ¿Cómo se relaciona con la ansiedad, la angustia u otras variantes de ese malestar?

No sé si la depresión es “el” mal de nuestro tiempo, en el sentido de si le “gana” ese podio nefasto, en términos concretos, cuantitativos, a otros candidatos como la ansiedad, o la soledad, o los consumos, o los suicidios, y en fin, seguro podríamos ampliar la lista. Yo elegí enfocarme en la depresión porque había algo ahí que me resultaba productivo para pensar algunas tensiones de nuestro tiempo, pero un poco en el espíritu de una frase de Ian Hacking, que decía que una manera de hacer filosofía, una entre otras, es mirar con cuidado un rincón del mundo, pero para que sirva como ejemplo o parábola de algún asunto de interés común. En el libro hablo de la depresión, pero creo que mucho vale más en general para los lenguajes psiquiátricos, médicos, institucionales con los que abordamos lo que nos duele en nuestras vidas y en nuestras sociedades. Tal vez la categoría de depresión lo muestre más nítidamente que otras, y en ese sentido pueda servirnos pensarla como el mal de nuestro tiempo, como “palabra clave” para abordar el malestar de nuestro tiempo, pero creo que en otros terrenos aparece esa misma tensión que para mí tiene que ver con la expansión del lenguaje psiquiátrico: cómo apelamos a esas herramientas para dar sentido, realidad y relevancia a los malestares, pero a la vez son herramientas que alimentan una cierta opacidad, una desconexión de los contextos y las relaciones en que están entramados esos malestares.

Con el debate en estas semanas en torno a las tasas récord de suicidios en el país pasa un poco eso por momentos: si bien hay un gran esfuerzo por subrayar que se trata de un asunto sistémico que requiere un abordaje colectivo, el lenguaje de la salud mental tiende a empujarnos de nuevo hacia lo individual. Pensemos en ese grafiti chileno, “No era depresión, era capitalismo”: lo que hace es más bien conectar la depresión al capitalismo, instalar la idea de que el capitalismo nos deprime y a la vez restituir el contexto de esa depresión, usando ese lenguaje para denunciar un estado del mundo, una estructura injusta. Pero tiene que hacerlo por la negativa, diciendo que no era depresión, porque justamente la lógica del lenguaje psiquiátrico es abstraer todo el contexto, hacernos sentir el dolor como si fuera solo nuestro, hacernos sentir que no hay relación entre el dolor y lo que nos rodea. Este punto me parece crucial para pensar la relación entre los malestares y el presente, las estructuras y contornos particulares del mundo en que vivimos.

Tu trabajo hace un gran esfuerzo por cuestionar a la psiquiatría y los límites del encuadre médico, pero sin caer en un discurso anti-científico: ¿Qué recaudos tomaste al momento de hacer esa crítica?

Me parecía muy importante actualizar las herramientas para la crítica en el terreno de la psiquiatría, porque creo que la discusión se polariza rápido y que eso no nos ayuda ni a entender ni a intervenir mejor en estos temas que son tan sensibles y tan urgentes. Los aportes de las críticas clásicas a la psiquiatría me resultaron muy valiosos, por supuesto, pero también siento que tienen varios puntos ciegos para pensar el contexto actual y que también corren el riesgo de quedar pegados a discursos anticientíficos que pueden ser muy peligrosos, como queda más claro apenas nos trasladamos a otros terrenos de discusión como el de las vacunas. Pero sí, esto de esquivar las polarizaciones es más fácil decirlo que hacerlo, porque las oposiciones del tipo blanco y negro orientan mucho. Algo que me ayudó a sostener este trabajo de crítica no polarizante fue una idea de Bruno Latour, que dice que la crítica no necesita ser siempre lo que refuta, sino que puede ser lo que reúne, lo que nos reúne en una arena de discusión, en torno a un asunto en común que nos interesa. De lo que se trata, me parece, sobre todo con problemas tan complejos y sensibles, es de sumar voces y miradas de gente interesada en mejorarlos, no de andar erigiendo muros entre disciplinas o entre posturas

Volviendo a los riesgos de los discursos anticientíficos, pensar que la autoridad de la ciencia tiene una base incuestionable de suyo, ajena a todo, casi divina, tampoco ayuda a cuidar la ciencia, a alimentar la confianza más profunda y duradera en la producción social de conocimiento. La psiquiatría y los saberes científicos en salud mental tienen un valor enorme, pero para mí es muy importante devolverles sus límites, porque si no pueden volverse una autoridad que arrasa con todas las otras voces. Y si estamos hablando de nuestros malestares, de lo que nos duele, lo que siempre va a tener algo que ver con el mundo, con la experiencia, con nuestros vínculos con lo que nos rodea y con las demás personas, no podemos quedarnos sin ninguna voz en el debate.

 

Me interesó mucho un pasaje, casi una nota al pie, donde discutís la noción de “melancolía de izquierda” de Walter Benjamin y, en particular, las relecturas que hicieron de ella el historiador Enzo Traverso y la teórica política Wendy Brown. ¿Cuáles son las objeciones que hacés a ese concepto y sus usos políticos?

Cuando empecé con la investigación, una vía de entrada que parecía más habilitada para mí como filósofa eran estas discusiones en torno a la melancolía y la melancolía de izquierda. Lo primero que me molestaba era esta sensación que mencionaba antes de una especie de doble vara, la sensación de que la filosofía puede hablar de melancolía, porque hay grandes filósofos que la trataron, pero no puede hablar de depresión porque no pertenece al corpus de conceptos filosóficos. Y me molestaba porque el problema que interesa en la arena pública es la depresión, no la melancolía. Nos quejamos de que la filosofía ya no tiene tanto peso en la arena pública, pero tampoco hacemos el esfuerzo por entrar en la discusión en los términos que circulan y que interesan al resto, por así decirlo. Y después empecé a sospechar que había algo que de nuevo tenía que ver con una cuestión de valor: si hablamos de melancolía, incluso para criticarla, nos mantenemos cerca de una manera más noble de entender el malestar, lo que de alguna manera nos protege, nos valoriza.

Así que lo central de mi lectura de estos debates en torno a la melancolía de izquierda apunta a señalar esta cuestión subyacente y soslayada del valor, y lo vano de pretender trazar una línea clara y estable entre melancolías buenas y depresiones malas, dolores útiles e inútiles. Es una entrada al debate sobre la melancolía de izquierda un poco por el costado, pero creo que en el fondo la preocupación es la misma y tiene que ver con la pregunta por la relación entre el dolor frente un mundo injusto y la posibilidad de una política transformadora. Comparto con Benjamin y con Brown que muchas veces el dolor nos estanca más, pero no creo que sea ni posible ni deseable tratar de aislar esa melancolía mala que es la depresión. Al contrario, creo que justamente tenemos que concentrarnos ahí, con todas sus complejidades, para tratar de ver cómo podemos movilizarla o ablandarla.

En muchos pasajes de tu libro recurrís a la primera persona y a tu propia experiencia frente a la depresión, algo no tan usual en la producción académica: ¿A qué se debió esta decisión?

Bueno, esto tiene mucho que ver con una coherencia con lo que venía diciendo antes, de entender la producción de conocimiento como algo situado y evitar lo que Donna Haraway llamaba el “truco divino” de hacer de cuenta que hablamos desde un punto de vista totalmente neutro y objetivo, el punto de vista “desde ningún lugar”, cosa que es imposible y un sinsentido. No quiere decir que me haya resultado fácil usar esa primera persona. En parte porque cuesta salirse de lo que te exige la academia, pero sobre todo porque no quería que la primera persona y la experiencia inmediata terminaran copando lo que quería decir a través de eso. No quería que fueran el primer plano, lo importante para mí era lo que estaba queriendo aportar al debate público, lo que podría resonar con las experiencias de otra gente y lo que podía discutirse a partir de ahí. Pero sí, más allá de esas dudas y negociaciones internas, sí tenía claro que no podía intervenir en una discusión pública sobre la depresión si no era desde un lugar de honestidad sobre mi relación con la depresión, es decir, sobre por qué me interesaba, por qué me importaba. Además, en un sentido más profundo tal vez, más difícil de aprehender, creo que traté de escribir de alguna manera junto a la depresión. No desde la depresión, porque me daba cuenta de que para mí ese era un lugar de mucho silencio, donde tal vez había algunas verdades pero muy distorsionadas. No podía dejarla manejar la escritura, digamos, porque no iba a poder escribir nada, pero creo que sí traté de no alejarme demasiado de la textura de esa experiencia. Bueno, como dice el subtítulo, traté de escucharla.

«Porque los sentimientos nos hablan del mundo y nos conectan con el mundo y con les otres, y renunciar a esa trama nos debilita, nos aísla, y encima profundiza el dolor. La mayor parte de nuestros malestares se remontan a estructuras injustas contra las que no tenemos mucho margen de acción real y concreta en nuestras vida cotidiana, pero lo que sí está en nuestras manos, o al menos un poco, es la escucha, la cabida, el uptake que les damos a los sentimientos de malestar, propios o ajenos».

Otro de los ejes del texto tiene que ver con el lenguaje, sus limitaciones y potencialidades. Lo inenarrable del dolor, el uso de metáforas (animales, físicas, etcétera) o a la clausura propia del lenguaje médico: ¿Qué lugar ocupa en tu mirada la necesidad de hacer inteligible ese dolor?

La cuestión del lenguaje es algo que realmente atraviesa todo lo que hago, me fascina, el lenguaje me parece una cosa increíble y además absolutamente inagotable como motivo para el pensamiento, y un terreno de disputa fundamental hoy en día con los “grandes modelos de lenguaje” que son los chatbots de IA. Pero más en concreto, la necesidad de hacer inteligible el dolor es un punto clave para entender la tracción del lenguaje médico, sobre todo en contextos donde parece haber cada vez menos espacio para escuchar y atender el malestar. En mi manera de pensar diría que ese impulso a hacer inteligible ocupa un lugar un poco paradójico, de un deseo comprensible y potente y probablemente necesario pero a la vez imposible de cumplir, y además algo que puede ser incluso bastante peligroso. Porque el lenguaje es una herramienta que empuñamos para hacer cosas, como entender o hacerle entender algo a otra persona y ponernos de acuerdo, pero también es algo que hace cosas con nosotres. Es nuestro y no nuestro a la vez, lo cual me parece fascinante. En este sentido, me parece peligroso cuando el encanto de nombrar nos hace creer que el nombre ya lo resuelve todo, mágicamente, que ya entendimos todo lo que había por entender ahí y punto. Me parece peligroso porque el nombre nunca va a agotar la cosa, pero además porque esa sensación de llave mágica nos hace bajar la guardia a otros efectos que también pueda estar produciendo ese lenguaje. Y, así y todo, tampoco diría nunca que abandonemos esa búsqueda de hacer inteligible el malestar, al contrario. Esto lo pienso bastante en la línea de lo que dice Barbara Cassin sobre la traducción, que lo imposible de traducir es también lo que nos mueve a traducir. Es un nudo, una paradoja, pero en cierto sentido eso es bueno.

Un concepto clave que proponés y que, por las limitaciones del caso, optás por no traducir es uptake. ¿De dónde proviene esa noción y por qué es tan relevante en el desarrollo de Esta es tu pena?

Es un muy buen ejemplo justamente para la productividad de lo que cuesta traducir, porque te lo topás una vez, dos veces, y probás una traducción y otra y algo sigue insistiendo, algo sigue sin agotarse, y eso te mueve a seguir pensándolo. En el caso de este concepto de uptake (que en verdad más que dejar sin traducir, diría que traduzco de muchas maneras, multiplico las traducciones), creo que fue un concepto que noté por primera vez leyendo el ensayo de Marilyn Frye sobre cómo la ira de las mujeres sirve de instrumento cartográfico, porque nos da información sobre el mundo y las estructuras de poder según cómo sea recibida esa ira en los distintos espacios y contextos. El concepto de uptake viene de la teoría de los actos de habla de John L. Austin, y se lo suele traducir como “aprehensión”, pero al llevarlo al terreno de los sentimientos, como hace Frye, me daba la impresión de que la traducción perdía fuerza, resonancias.

Podemos percibir que una persona está enojada, o dolida, y no dejarnos mover por esos sentimientos, no darles cabida, no reconocérselos en un sentido más profundo y real, lo que además puede ser muy frustrante o doloroso para esa persona. Y creo que, como decís, es un concepto central en mi libro porque va al corazón de lo que quería decir: que escuchar la depresión no es algo agradable, escuchar el dolor duele, pero igual lo vale. Porque los sentimientos nos hablan del mundo y nos conectan con el mundo y con les otres, y renunciar a esa trama nos debilita, nos aísla, y encima profundiza el dolor. La mayor parte de nuestros malestares se remontan a estructuras injustas contra las que no tenemos mucho margen de acción real y concreta en nuestras vida cotidiana, pero lo que sí está en nuestras manos, o al menos un poco, es la escucha, la cabida, el uptake que les damos a los sentimientos de malestar, propios o ajenos. Y tal vez ahí haya al menos una rendija posible de transformación.

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La irrupción de la IA obliga a revisar las reglas con las que organizamos el trabajo, distribuimos la riqueza y construimos la vida en común. El desafío, propone Juan Carlos Melliard, es aprovechar su potencial sin sacrificar aquello que no puede reducirse a métricas de eficiencia.

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UNA TRANSICIÓN QUE NOS INTERPELA

En los últimos años, los sistemas de inteligencia artificial han pasado de ser herramientas especializadas a plataformas capaces de asumir tareas que antes requerían habilidad, formación y tiempo humano, y de uso generalizado. La velocidad de ese proceso ha llevado a gobiernos, empresas e instituciones a plantear con urgencia una pregunta tanto técnica como política: ¿Cómo se gobierna esta transición para que sus beneficios sean universales y sus costos, equitativos?

El problema es que esa pregunta se formula casi siempre desde los centros del poder tecnológico mundial. Sus respuestas llevan la marca de su origen: instituciones del hemisferio norte, mercados laborales formalizados, infraestructuras digitales consolidadas. Cuando esos marcos se proponen como universales, lo que se hace —a veces sin advertirlo— es presentar como común una realidad que no lo es para todos. Leer este debate desde Argentina produce una incomodidad que vale la pena explorar: ¿Qué implica la llegada de la superinteligencia para una sociedad atravesada por desigualdades estructurales, con una economía históricamente informal y una democracia que todavía se está consolidando?

Cuando la automatización alcanza no solo el trabajo físico sino el pensamiento, el juicio y la creación, la respuesta no puede ser simplemente adaptarse a los nuevos mercados. Debe ser una reafirmación de lo que ningún algoritmo puede reemplazar ni debe reemplazar: la experiencia vivida, el vínculo entre personas, la responsabilidad ética, la comunidad política.

LO QUE EL MERCADO NO PUEDE MEDIR

La inteligencia artificial radicaliza una pregunta que el humanismo viene sosteniendo desde sus orígenes: ¿Qué especificidad define a la especie humana? Cuando la automatización alcanza no solo el trabajo físico sino el pensamiento, el juicio y la creación, la respuesta no puede ser simplemente adaptarse a los nuevos mercados. Debe ser una reafirmación de lo que ningún algoritmo puede reemplazar ni debe reemplazar: la experiencia vivida, el vínculo entre personas, la responsabilidad ética, la comunidad política.

La lógica de mercado opera sobre lo que puede medir: transacciones, productividad, rendimiento. Pero la vida humana desborda permanentemente esas categorías. El maestro rural que transmite conocimiento con paciencia, el músico de folklore que sostiene una identidad regional, el militante barrial que teje redes comunitarias: ninguno es ‘productivo’ en el sentido que calcula un sistema de eficiencia. Pero todos hacen algo irreemplazable. Si aceptamos que el valor humano se define por lo que la IA todavía no puede hacer mejor que nosotros, estamos aceptando intrínsecamente que el criterio de valor que nos vamos a apicar a nosotros mismos es el del mercado tecnológico. Y ese criterio degrada sistemáticamente todo lo que no puede cuantificar. La historia lo confirma: la electricidad iluminó los palacios y las fábricas antes que los barrios populares. Internet expandió la vigilancia y la desinformación con la misma eficiencia con que expandió el conocimiento. La IA hará lo que las estructuras de poder que la regulen —o que la dejen sin regular— permitan que haga. En la era de la superinteligencia, ese riesgo se vuelve estructural: el mercado no fallará ocasionalmente en distribuir sus beneficios —fallará por diseño.

EL CONOCIMIENTO ES DE TODOS

Obra de Mirta Dermisache de la muestra retrospectiva «Porque ¡yo escribo!», Museo Malba (Curador: Agustín Pérez Rubio).

Ningún inventor parte de cero. Newton lo reconoció mejor que nadie: «Si he visto más lejos es porque estoy parado sobre hombros de gigantes». Los algoritmos de aprendizaje profundo que sustentan la IA actual descansan sobre la estadística bayesiana del siglo XVIII, la lógica formal de Aristóteles, la lingüística del siglo XX y décadas de matemática académica financiada con fondos públicos. Los modelos de lenguaje fueron entrenados con el texto que la humanidad produjo libremente durante generaciones. La inteligencia artificial no inventó nada desde la nada: procesó y aceleró lo que millones de seres humanos construyeron colectivamente a lo largo de milenios. Internet misma nació como proyecto del Estado norteamericano —ARPANET, financiada con fondos públicos— y su apertura a la sociedad fue la condición de su potencia transformadora. La historia del progreso tecnológico es, en buena medida, la historia de lo que ocurre cuando el conocimiento se comparte.

Y hay una deuda aún más profunda: la que sostiene las condiciones materiales en que el conocimiento se produce. El maestro que enseñó a leer al ingeniero que diseñó el chip no aparece en ninguna patente. La enfermera que cuidó al matemático que desarrolló el algoritmo no figura en ningún paper. El agricultor que alimenta a los científicos del laboratorio no tiene participación en los beneficios. Sin embargo, sin cada uno de ellos, nada de lo que llamamos progreso tecnológico sería posible. Apropiarse de los frutos sin reconocer esa deuda —y sin redistribuir en consecuencia— no es solo ingratitud. Es un modelo de acumulación que destruye las mismas bases que lo hacen posible. El conocimiento es patrimonio de la humanidad. Y los beneficios de la tecnología que ese conocimiento hace posible deberían serlo también.

EL TRABAJO Y LA DIGNIDAD EN DISPUTA

La dimensión del trabajo es quizás la más urgente de esta transición. El desplazamiento laboral será masivo y no afectará a todos por igual. Pero las propuestas que circulan en los foros especializados están pensadas para economías con alta formalización laboral, sindicatos fuertes y redes de seguridad social consolidadas. En Argentina, donde aproximadamente la mitad de los trabajadores está en el sector informal y donde esas redes son objeto permanente de ajuste fiscal, esas propuestas necesitan una reformulación de fondo.

La pregunta central no es solo cuántos empleos se destruirán y cuántos se crearán. Es una pregunta más antigua: ¿qué clase de relación entre trabajo y dignidad queremos construir? La tradición humanista de la socialdemocracia no reduce el trabajo a su función económica. Lo entiende también como espacio de realización personal, de identidad colectiva, de pertenencia social. Las políticas de transición laboral no pueden limitarse a la recapacitación técnica. Deben incluir el reconocimiento de trabajos irreductiblemente humanos: el cuidado de personas mayores, la educación temprana de infantes, la salud mental comunitaria, la producción cultural. Argentina tiene una historia rica en estas economías del vínculo, muchas veces organizadas de forma cooperativa o comunitaria. Esa historia debe ser un activo estratégico en la transición tecnológica, no una memoria del pasado.

Apropiarse de los frutos sin reconocer esa deuda —y sin redistribuir en consecuencia— no es solo ingratitud. Es un modelo de acumulación que destruye las mismas bases que lo hacen posible. El conocimiento es patrimonio de la humanidad. Y los beneficios de la tecnología que ese conocimiento hace posible deberían serlo también.

LA OPORTUNIDAD HISTÓRICA DE LA SOCIALDEMOCRACIA

Hay momentos en que las ideas que una tradición viene sosteniendo se vuelven inevitables para todos. La socialdemocracia atraviesa hoy uno de esos momentos. Si las máquinas producen cada vez más y los humanos producen cada vez menos en el sentido en que el mercado lo mide, el mecanismo tradicional de distribución de riqueza a través del vínculo empleado/empleador sencillamente se rompe. Y cuando ese mecanismo se rompe, la única institución con capacidad y legitimidad para reemplazarlo es el Estado.

En ese marco, el ingreso universal —un ingreso básico garantizado para todos, independientemente de su situación laboral— deja de ser una utopía marginal para convertirse en una respuesta concreta a un problema sistémico. Esta propuesta tiene dos fundamentaciones que raramente convergen. Desde la perspectiva humanista: la dignidad no se gana en el mercado laboral, se tiene por el solo hecho de existir. Desde la lógica liberal y económica: si la automatización avanza sin redistribución, la riqueza se concentra en quienes poseen los sistemas mientras una masa creciente pierde poder adquisitivo. Serán miles de millones los consumidores que dejarán de consumir. Los mercados colapsarán desde adentro. El ingreso universal no es solo una demanda de la izquierda humanista: es también una condición de supervivencia del propio capitalismo. Que esa conclusión provenga de ambas tradiciones es la señal de que estamos ante una propuesta que la socialdemocracia está en condiciones únicas de liderar.

Para Argentina, esto tiene resonancia inmediata. La Asignación Universal por Hijo, las transferencias condicionadas, los planes de empleo nacieron como respuestas de emergencia y la realidad los convirtió en estructuras permanentes. La transición hacia la superinteligencia no hace esas experiencias obsoletas: las vuelve fundacionales.

DEMOCRACIA, DIVERSIDAD Y SOBERANÍA

Obra de Mirta Dermisache de la muestra retrospectiva «Porque ¡yo escribo!», Museo Malba (Curador: Agustín Pérez Rubio).

La democracia en la era de la superinteligencia requiere condiciones materiales, no solo procedimientos. No puede haber participación genuina si los ciudadanos no tienen acceso a las tecnologías en discusión, ni debate público informado si la brecha digital reproduce las desigualdades preexistentes. Para Argentina, con su persistente desigualdad territorial en conectividad y educación tecnológica entre el Gran Buenos Aires y las provincias, entre centros urbanos y zonas rurales, una política de IA que no aborde esa base no democratizará el acceso: solo profundizará las brechas existentes.

La integración social no es simplemente tolerancia de la diversidad: es la construcción activa de condiciones para que personas con distintos orígenes, capacidades e identidades participen en igualdad real. Esto significa que los trabajadores informales deben tener acceso a redes de seguridad que los protejan del desplazamiento, y que los jóvenes de sectores vulnerables deben acceder a educación tecnológica de calidad antes de que el mercado laboral los deje obsoletos. La diversidad, además, no es solo un valor cultural sino una garantía epistémica: las sociedades que incorporan la pluralidad de voces en sus decisiones toman mejores decisiones: así de simple. Un sistema de gobernanza tecnológica que no incorpore la perspectiva de las mujeres, los trabajadores y las comunidades marginadas producirá tecnología sesgada y políticas excluyentes.

La soberanía tecnológica tampoco es un programa de autarquía: es una condición de la autonomía democrática. Argentina tiene universidades públicas con masa crítica científica y una tradición en software y desarrollo tecnológico. La política pública en inteligencia artificial debe partir de ese inventario real, no de una imitación de los modelos del norte. Y debe exigir, en los foros internacionales, que las reglas de gobernanza global de la IA se construyan con voces del sur y no solo para el sur.

La soberanía tecnológica tampoco es un programa de autarquía: es una condición de la autonomía democrática. Argentina tiene universidades públicas con masa crítica científica y una tradición en software y desarrollo tecnológico. La política pública en inteligencia artificial debe partir de ese inventario real, no de una imitación de los modelos del norte.

LO QUE NO PUEDE CALCULARSE

Hay una dimensión de esta transición que los marcos regulatorios suelen eludir: la dimensión de sentido. Las preguntas sobre para qué vivimos, cómo construimos vínculos que nos sostengan, qué transmitimos a quienes vienen después de nosotros. Argentina tiene, en este punto, algo genuino para ofrecer al debate global: una cultura de la adversidad que ha sabido producir sentido en condiciones de precariedad. El tango nació en los márgenes de una ciudad que no sabía qué hacer con sus migrantes. El teatro independiente argentino construyó una de las tradiciones escénicas más ricas del mundo con recursos mínimos y vocación comunitaria. El psicoanálisis arraigó aquí con una intensidad inusual porque encontró una sociedad dispuesta a hacerse preguntas incómodas sobre sí misma. Esa capacidad de producir cultura, vínculo y pensamiento crítico en contextos difíciles no es una curiosidad folclórica: es una competencia social profunda que la transición tecnológica no debería barrer sino potenciar.

En una sociedad donde la IA puede hacer cada vez más cosas que antes requerían habilidad y tiempo humano, la pregunta sobre qué queda reservado a lo humano se vuelve más urgente, no menos. Y esa pregunta no tiene respuesta técnica: tiene respuesta cultural, política y filosófica. La disposición a no reducir lo humano a lo medible, a no confundir eficiencia con valor, es lo que debería orientar la política argentina frente a la superinteligencia. No el rechazo a la tecnología ni la fascinación acrítica, sino la pregunta persistente: ¿para quién? ¿Con qué fines? ¿Bajo qué condiciones de igualdad y diversidad? Preguntas que no tienen respuesta en ningún laboratorio de Silicon Valley. Tienen respuesta en la tradición política y filosófica. En la nuestra.

CONCLUSIÓN: UNA APUESTA RENOVADA

La inteligencia artificial es el desafío político más importante de nuestra época, no porque la tecnología sea intrínsecamente amenazante sino porque su impacto cambiará el pacto social y este dependerá de las decisiones que tomemos como sociedades. La tradición humanista y socialdemócrata tiene algo genuino para decir: una concepción del ser humano que no se agota en su utilidad económica, una teoría del Estado como arquitecto de la vida digna, una historia de conquistas —el sufragio universal, la educación pública, la seguridad social— que demuestra que las transiciones más difíciles pueden procesarse democráticamente cuando existe voluntad política: prueba de ello son las leyes laborales argentinas del siglo XX, el “New Deal” norteamericano, y los Estados de Bienestar europeos de la postguerra.

El humanismo no es nostalgia. Es la apuesta, renovada en cada época, de que la historia puede tener una dirección más justa. La inteligencia artificial no cancela esa apuesta: la hace más urgente. Lo que hagamos con esta tecnología extraordinaria depende de nosotros. Y ese ‘nosotros’, en democracia, no puede dejar a nadie afuera.

Obra de Mirta Dermisache de la muestra retrospectiva «Porque ¡yo escribo!», Museo Malba (Curador: Agustín Pérez Rubio).

Mirtha Dermisache (Buenos Aires, 1940-2012) estudió en las Escuelas Nacionales de Bellas Artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón. Entre 1966 y 1967 realizó su primer libro de grafismos. En la década de 1970, su trabajo fue valorado por Jorge Romero Brest, Amancio Williams, Oscar Masotta y Edgardo Cozarinsky, entre otros, y presentado en el CAYC, que dirigía Jorge Glusberg. Ulises Carrión expuso sus obras en la galería Other Books and So (Amsterdam) y el editor y curador belga Guy Schraenen las publicó a través del sello Archive for Small Press and Communication. Los grafismos de Dermisache fueron también editados por Marc Dachy en Amberes, y publicados Flash Art, Doc(k)s, Kontext, Ephemera y Axe. Participó de distintas muestras colectivas, entre las que se destacan: From Figuration Art to Sistems Art in Argentina, en Camden Arts Centre (Londres); Arte de Sistemas en Latinoamerica 1974, en el International Cultureel Centrum (Amberes), y en el Palais des Beaux-Arts (Bruselas); y Arte e Ideología. CAyC al aire libre. Arte de Sistemas II, en el Museo de Arte Moderno (Buenos Aires). En paralelo a su producción plástica desarrolló una extensa labor docente desde el TAC (Taller de Acciones Creativas) y con la creación y desde los talleres y las seis ediciones de las Jornadas del Color y la Forma (1974 a 1981), talleres públicos de gran escala destinados a la enseñanza de distintas técnicas plásticas con el objetivo de desarrollar la capacidad creadora y la libre expresión gráfica de los adultos. Su obra pertenece a las colecciones del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (España), el Museu de Serralves (Portugal), el Museum of Modern Art (EE.UU.) y el Museo Nacional de Bellas Artes (Argentina).
El teatro en las cenizas: «Civilización», de Mariano Saba

El teatro en las cenizas: «Civilización», de Mariano Saba

En 1792 se incendió el Teatro de la Ranchería, el primer teatro estable de Buenos Aires. Ese hecho histórico es el punto de partida de “Civilización”, la obra escrita por Mariano Saba y dirigida por Lorena Vega. 

 «Civilización» de Mariano Saba (ph Sebastián Freire).

*Artículo reproducido del substack Blogteatro.

El incendio es apenas el comienzo, porque mientras el teatro arde, también empieza una investigación. Dos hermanas huyen entre los pajonales en medio de la noche después de haber escapado de las llamas. Una tercera quedó atrás. O eso dicen. Dos militares españoles salen a buscar a la responsable de un crimen que el humo todavía oculta.

Desde ahí la obra empieza a jugar. Juega con las palabras. Con la historia. Con el teatro. Con la idea misma de cultura.

Transcurre en tiempos del Virreinato, en una tierra inmensa donde apenas crecen pastizales y donde los representantes de la Corona sienten que viven desterrados, demasiado lejos de esa Europa refinada que tanto añoran. Hablan de civilización mientras alrededor sólo creen ver barbarie.

Pero la obra va dejando claro, poco a poco, que la verdadera violencia quizás no esté donde ellos creen. Que lo verdaderamente salvaje puede esconderse detrás de los uniformes, de los discursos civilizados y de quienes dicen representar la ley, la moral y la cultura.

Mariano Saba invierte la pregunta. ¿Quiénes son realmente los salvajes? El texto es muy inteligente porque nunca responde de manera directa. Prefiere construir una comedia llena de humor, ironía y dobles sentidos donde las certezas empiezan a resquebrajarse.

Hay canciones con aires españoles. Versos que remiten a los salones aristocráticos. Personajes obsesionados con las buenas maneras, con el prestigio europeo y con una cultura que consideran superior.

Todo eso choca con ese territorio que imaginan hostil. Con los pueblos originarios. Con el malón. Con aquello que en algún momento nombran como amenaza.

Pero la obra va dejando claro, poco a poco, que la verdadera violencia quizás no esté donde ellos creen. Que lo verdaderamente salvaje puede esconderse detrás de los uniformes, de los discursos civilizados y de quienes dicen representar la ley, la moral y la cultura.

 «Civilización» de Mariano Saba (ph Sebastián Freire).

Me gustó mucho cómo el espectáculo pone a conversar aquel pasado con nuestro presente. No desde la cita obvia ni desde el comentario político explícito, sino a través del lugar ocupa el teatro en estas tierras.

Porque mientras vemos personajes escapando de un teatro incendiado, también asistimos a una celebración del propio teatro. Del juego. De la ficción. Del artificio. En varios momentos la obra recuerda que estamos dentro de una sala y convierte ese dispositivo en parte del relato.

Como si dijera que el teatro argentino siempre vuelve. Que incluso entre las cenizas encuentra la manera de seguir existiendo.

Las actuaciones son muy buenas y muy parejas. No hay protagonismos que desequilibren el conjunto. Todos sostienen con precisión un lenguaje donde conviven la comedia, el absurdo, el verso y el juego permanente. Se dio una buena combinación entre el talento de las actrices y los actores con la mirada creativa de Lorena Vega en la dirección.

Como si dijera que el teatro argentino siempre vuelve. Que incluso entre las cenizas encuentra la manera de seguir existiendo.

También suma mucho el vestuario (diseñado por Julieta Harca), que construye con enorme detalle ese universo virreinal y acompaña muy bien el contraste entre las aspiraciones europeizantes de algunos personajes y el territorio que los rodea.

Y el trabajo sonoro merece un párrafo aparte. La música y los sonidos crean un paisaje que remite tanto a las raíces de esta tierra como a la amenaza permanente que los personajes creen escuchar detrás de los pastizales. Una amenaza que termina revelando algo incómodo: el peligro no siempre llega desde afuera.

“Civilización” puede verse los martes, a las 20, en El Galpón de Guevara. Actúan Julieta Brito, Pablo Fusco, Andrea Nussembaum, María Inés Sancerni y Mariano Sayavedra.

Extensión universitaria: el desafío de construir una Universidad al servicio del pueblo

Extensión universitaria: el desafío de construir una Universidad al servicio del pueblo

A 108 años de la Reforma Universitaria de 1918, quienes integramos el MNR Litoral proponemos discutir no solo cómo defender la Universidad Pública frente al ajuste, sino también qué institución queremos construir. A partir de experiencias territoriales y de una mirada crítica sobre la extensión universitaria, reivindicamos el diálogo entre los saberes académicos y populares.

Marcha de la federación universitaria de Córdoba.

UNA PREGUNTA QUE SIGUE VIGENTE

Nos encontramos, una vez más, ante un nuevo aniversario de la Reforma Universitaria de 1918. Cada 15 de junio, la comunidad universitaria argentina vuelve la mirada hacia aquel movimiento que transformó para siempre la vida de las universidades y que dejó como legado una concepción democrática, pública y comprometida de la educación superior.

Este nuevo aniversario nos encuentra en un contexto atravesado por el ajuste, el desfinanciamiento y la movilización de la comunidad universitaria en defensa de la educación pública. Frente a esta realidad, corremos el riesgo de limitar nuestras aspiraciones a la defensa de la Universidad que hoy conocemos y relegar una pregunta tan necesaria como urgente: ¿qué Universidad queremos construir?

corremos el riesgo de limitar nuestras aspiraciones a la defensa de la Universidad que hoy conocemos y relegar una pregunta tan necesaria como urgente: ¿qué Universidad queremos construir?

Desde el MNR Litoral queremos aprovechar este mes y este aniversario para preguntarnos también qué Universidad habitamos, qué universidad necesitamos y qué transformaciones hacen falta. La lucha que hoy sostenemos —y que más temprano que tarde dará sus frutos— debe encontrarnos impulsando nuevas formas y nuevos horizontes para la Universidad Pública argentina.

Uno de los aspectos que consideramos fundamental repensar es la extensión universitaria, una de las funciones sustantivas de la Universidad Pública y, posiblemente, una de las más relegadas. Su potencial para fortalecer el vínculo entre el sistema universitario y la sociedad es enorme. También puede contribuir a construir un modelo de producción de conocimiento más democrático, participativo y comprometido con las necesidades de la comunidad.

EXTENSIÓN UNIVERSITARIA: DEMOCRATIZAR EL CONOCIMIENTO

Acto de premiación a los ganadores de la décima edición del Programa INGENIA

Para reflexionar sobre el valor de la extensión en nuestra región, recuperamos las experiencias de dos excompañeras del MNR Litoral: Analia Gaspoz, participante de “Conectate con Alto Verde”, y Florencia Galvan Darrichón, coordinadora del programa provincial “INGENIA” durante el período 2017-2019.

“Conectate con Alto Verde” fue una iniciativa impulsada por estudiantes de la Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Tecnológica Nacional. Su objetivo fue promover el desarrollo comunitario y educativo y contribuir a la reducción de la violencia barrial mediante propuestas como el programa de huertas familiares.

Por su parte, “INGENIA” fue un programa provincial iniciado durante la gestión de Hermes Binner y desarrollado entre 2010 y 2019. La iniciativa financió y acompañó diversos proyectos elaborados por estudiantes universitarios.

Si regresáramos a 1918 y revisáramos las propuestas formuladas por el movimiento reformista y la Federación Universitaria Argentina, encontraríamos que la extensión universitaria aparecía estrechamente vinculada con la creación de universidades populares. Ambas iniciativas expresaban una misma vocación política: democratizar el conocimiento y derribar las barreras entre el saber académico y el saber popular.

Por un lado, se buscaba abrir las universidades existentes a la sociedad. Por el otro, generar nuevos espacios de formación y producción de conocimiento impulsados desde la propia comunidad. Desde entonces, la extensión se consolidó como una de las misiones comunes de las universidades latinoamericanas, aunque sus interpretaciones y prácticas hayan sido diversas según las regiones y las instituciones.

¿QUIÉN EXTIENDE A QUIÉN?

Si la Universidad extiende conocimiento hacia la sociedad, ¿significa eso que la sociedad no tiene nada para enseñarle a la Universidad?

Con el paso de los años comenzó a cuestionarse una concepción de la extensión basada en la transmisión unidireccional de conocimientos y tecnologías. Bajo ese enfoque, la sociedad aparece como una receptora pasiva, carente de saberes propios, y se configura una relación vertical entre quienes enseñan y quienes aprenden. Esta perspectiva fue denominada posteriormente “extensión transferencista”.

Con el paso de los años comenzó a cuestionarse una concepción de la extensión basada en la transmisión unidireccional de conocimientos y tecnologías. Bajo ese enfoque, la sociedad aparece como una receptora pasiva, carente de saberes propios, y se configura una relación vertical entre quienes enseñan y quienes aprenden. Esta perspectiva fue denominada posteriormente “extensión transferencista”.

El pedagogo brasileño Paulo Freire sentó las bases de esta crítica en su célebre libro ¿Extensión o comunicación? La concientización en el medio rural, publicado en 1969. Allí describió cómo el extensionista tradicional asume un rol de superioridad y busca “transferir” saberes técnicos a un receptor considerado ignorante.

Freire vinculó esta lógica con el concepto de “educación bancaria”: una práctica antidialógica que supone un sujeto activo y un objeto pasivo, como si el conocimiento fuera estático y pudiera ser entregado o depositado en otras personas.

HACIA UNA EXTENSIÓN CRÍTICA

A partir de estos debates surgió el concepto de “extensión crítica”, desarrollado, entre otros autores, por Tommasino y Cano. Esta perspectiva propone producir conocimiento nuevo mediante la articulación crítica entre los saberes académicos y populares.

Desde este enfoque, el futuro profesional no se limita a transmitir conocimientos. También debe aprender, escuchar y problematizar la realidad junto con otros actores sociales. Se trata de construir una relación en la que todas las partes puedan reconocer y comprender sus propios contextos de aprendizaje.

Este modelo tuvo un impulso significativo en Uruguay, especialmente en el marco de la denominada Segunda Reforma Universitaria de la Universidad de la República, desarrollada entre 2006 y 2014.

Como miembros del MNR Litoral, sostenemos la necesidad de repensar permanentemente el vínculo entre la Universidad Pública y la sociedad. Apostamos a una construcción colectiva, democrática y transformadora del conocimiento, que amplíe los espacios de participación y fortalezca el compromiso social de la producción científica y académica.

UNA EXPERIENCIA DE INTERCAMBIO CON EL TERRITORIO

En ese sentido, Analia Gaspoz recuerda la experiencia de “Conectate con Alto Verde”:

“No era un proyecto de extensión de la UNL, sino un proyecto de extensión del MNR. Surgió a partir de la concepción que teníamos como organización sobre la extensión universitaria, en un contexto en el que todavía existían pocos proyectos de este tipo dentro de la universidad.

La manera en que nosotros teníamos de mostrar lo que entendíamos que era la extensión universitaria era a través de este proyecto más propio, que tenía que ver con un real intercambio, un ida y vuelta con la sociedad. Uno no iba al territorio a transmitir saberes, sino que el saber se construía: todos somos portadores de saberes y, desde ahí, se podía favorecer un intercambio y una apropiación colectiva del conocimiento”.

“No era un proyecto de extensión de la UNL, sino un proyecto de extensión del MNR. Surgió a partir de la concepción que teníamos como organización sobre la extensión universitaria, en un contexto en el que todavía existían pocos proyectos de este tipo dentro de la universidad.»

A partir de experiencias como esta podemos preguntarnos qué transformaciones producen los proyectos extensionistas de estas características dentro de la UNL. Una posible respuesta es que promueven y diversifican las formas de vinculación con la comunidad.

En determinados momentos, iniciativas innovadoras impulsadas desde los márgenes —e incluso por fuera de los circuitos institucionales tradicionales— pueden visibilizar otras maneras de construir la relación entre la Universidad y la sociedad. Estas experiencias complementan la necesidad de generar propuestas que dialoguen con las demandas, los saberes y las necesidades del territorio.

Sabemos que este camino está atravesado por disputas académicas, políticas e ideológicas. Sin embargo, estamos convencidos de que se trata de un horizonte que vale la pena perseguir. Y ese camino debe emprenderse de la mano de una organización estudiantil que, como en 1918, se pregunte permanentemente qué Universidad quiere construir y al servicio de quiénes.

LA EXTENSIÓN UNIVERSITARIA EN LA ARGENTINA ACTUAL

Pensar la extensión exige atender al contexto que atraviesa nuestro país. La Universidad Pública argentina enfrenta uno de los momentos más críticos de su historia reciente, marcado por el desfinanciamiento presupuestario y por discursos que buscan deslegitimar el rol de la educación superior.

Para nosotros, estos hechos no son aislados: representan un ataque directo a nuestra identidad reformista. A esto se suma la profundización de discursos individualistas y meritocráticos que presentan el “sálvese quien pueda” como única salida posible.

Es precisamente en este escenario de crisis donde resulta imprescindible preguntarnos por la extensión. Frente al ajuste, la deslegitimación de la educación pública y la ruptura de los vínculos sociales, debemos fortalecer las iniciativas orientadas al encuentro con otros y a la construcción colectiva.

La verdadera defensa de la Universidad no se da únicamente puertas adentro. También se construye con el vecino del barrio, el cooperativista, el productor local y el trabajador de la economía popular: personas que marchan junto con estudiantes y docentes porque reconocen en la Universidad una herramienta propia y un espacio aliado.

La verdadera defensa de la Universidad no se da únicamente puertas adentro. También se construye con el vecino del barrio, el cooperativista, el productor local y el trabajador de la economía popular: personas que marchan junto con estudiantes y docentes porque reconocen en la Universidad una herramienta propia y un espacio aliado.

En tiempos como estos, la extensión funciona como un puente que demuestra que el conocimiento adquiere sentido cuando es colectivo. Muchas veces, su realidad concreta es la de una comunidad organizada que resiste y articula teoría y práctica en medio de limitaciones materiales. Esta situación nos obliga a desplegar creatividad y a comprender que la mejor manera de cuidar la Universidad Pública es garantizar que continúe perteneciendo al pueblo que la sostiene.

Aun así, no podemos conformarnos con los modelos de extensión existentes, independientemente de los recursos con los que cuenten. Por eso volvemos al origen de esta nota: necesitamos reflexionar acerca de qué extensión proyectamos para la Universidad que queremos construir.

EL DESAFÍO DE CONSTRUIR OTRA EXTENSIÓN

Entendemos la extensión como una de las expresiones más vivas del reformismo universitario. Es la manera en que la Universidad deja de mirarse a sí misma y sale al encuentro de la sociedad en la que está inmersa.

Es también la juventud universitaria recorriendo el territorio, involucrándose con las problemáticas de su tiempo y asumiendo el desafío de transformar la realidad en colaboración con otros y otras.

Creemos en una Universidad comprometida con su pueblo, que no se encierre detrás de libros, laboratorios, maquetas o aulas, sino que ponga el conocimiento en movimiento. La Universidad no es una institución aislada de la realidad; quienes la habitamos tenemos la responsabilidad de construirla, defenderla y proyectarla al servicio de las mayorías.

En este sentido, recuperamos las palabras del expresidente uruguayo José Mujica:

“No se crean que son superiores por tener un título o una calificación. En todo caso, esa es la oportunidad de tener más herramientas para ayudar a su pueblo, no para creerse superior. Porque, al fin y al cabo, una parte de lo que aprenden la pagaron los analfabetos, los que sudan, los que luchan, a veces conscientemente y las más de las veces ni siquiera inconscientemente”.

Por eso proyectamos una extensión sensible y solidaria, capaz de escuchar las demandas de su comunidad y construir respuestas junto con ella. Una extensión que sea presencia, contención y organización; que no llegue a los territorios con soluciones prefabricadas, sino con la voluntad de aprender, construir y transformar en conjunto.

En definitiva, reivindicamos una extensión crítica que rompa con las lógicas del modelo transferencista.

LA EXTENSIÓN COMO PARTE DE LA FORMACIÓN UNIVERSITARIA

Para avanzar en esa dirección, consideramos necesario que la extensión forme parte de la currícula y se convierta en un componente fundamental de la formación profesional en la Universidad Pública.

Esto permitiría que no sea reconocida únicamente por su valor social y político, sino también por su relevancia académica y pedagógica. La extensión no es una actividad complementaria: es una forma de entender la Universidad y nuestro rol como universitarios.

Desde esta perspectiva, la extensión universitaria es mucho más que una función institucional: es una forma de construir conocimiento con la sociedad y desde la sociedad, poniendo nuestra formación al servicio de la transformación de la realidad.

LAS VOCES DE QUIENES MILITAMOS EN EL MNR LITORAL

Para cerrar esta reflexión, les preguntamos a compañeros y compañeras militantes del MNR Litoral qué significa para ellos y ellas la extensión, qué valor le otorgan y por qué consideran que es importante.

“La extensión universitaria es el mejor nexo entre la Universidad y su territorio. Democratiza los conocimientos generados en ella e intercambia saberes con la comunidad, no desde un lugar de superioridad, sino de igual a igual”. — Estudiante de Biotecnología

“La extensión permite que la Universidad llegue a personas que no pudieron ser parte de ella”. — Estudiante de la Licenciatura en Historia

“Para el futuro o la futura profesional significa ver la profesión de otra manera y, para la sociedad, ver a la Universidad de otra manera”. — Estudiante de Arquitectura y Urbanismo

“Considero que la extensión es salir un poco de la burbuja universitaria y aplicar y compartir los saberes construidos en la Universidad”. — Estudiante de la Licenciatura en Historia

“Es lo que se construye entre la Universidad y la sociedad, de par a par: un intercambio de saberes, sentido e identidad”. — Estudiante de Trabajo Social

“Es el vínculo directo entre Universidad y sociedad”. — Estudiante de Ingeniería Ambiental

“Es llevar la Universidad al pueblo y aportar lo que aprendemos para generar un impacto en la sociedad”. — Estudiante de Bioquímica

“Es la extensión del conocimiento producido o por producir en las aulas hacia el territorio”. — Estudiante de Arquitectura y Urbanismo

“La extensión es democratizar el conocimiento”. — Estudiante de Ingeniería Química

Estas miradas recuperan el espíritu reformista de una juventud comprometida con su tiempo y su territorio. Como herederos y herederas de la Reforma del 18, tenemos la responsabilidad de mantener vivo ese inconformismo transformador y seguir luchando para que la extensión universitaria sea un verdadero puente entre la Universidad y la sociedad.

Reforma del BCRA: el poder existe (e influye en la toma de decisiones)

Reforma del BCRA: el poder existe (e influye en la toma de decisiones)


Anunciada en cadena nacional, la reforma del Banco Central propuesta por Javier Milei tiene como objetivo primordial la cuestión monetaria. A pesar de ello, el economista Leonardo Stanley señala los límites de la visión del gobierno y advierte sobre la necesidad de apuntar también a la estabilidad financiera. 

El presidente del Banco Central, Santiago Bausili; el presidente Javier Milei y el ministro de Economía, Luis Caputo.

El Poder Ejecutivo ha enviado al Congreso una propuesta de reforma de la carta orgánica del Banco Central de la República Argentina (BCRA), iniciativa que el gobierno entiende fundacional para terminar con décadas de desidia, reflejadas en una constante presión inflacionaria originada, según el presidente Javier Milei, en la potestad de emitir dinero que posee la entidad: “usar la maquinita”. La propuesta elevada destaca la prohibición de financiar al Tesoro, objetivo que puede compartirse aun cuando el gobierno actual no lo haya cumplido – véase sino su decisión de financiar el déficit cuasifiscal con desembolsos originados en operaciones con Letras Intransferibles.

La inflación, según lo expresado por Milei, resulta, ante todo, un fenómeno monetario. Amén de los excesos que ocurrieron a lo largo de la historia de la entidad, no puede dejar de mencionarse el creciente consenso que evidencia la profesión reconociendo la multiplicidad de causas que originan un aumento generalizado en el nivel de precios de una economía. Dejando de lado las discusiones históricas respecto a la persistencia del fenómeno en sociedades como la argentina, donde las expectativas inflacionarias de los agentes económicos no pueden desestimarse. O cómo se forman precios, en una economía cuya estructura resulta fuertemente concentrada en un puñado de empresas. Ciertamente, ambos problemas también pueden observarse en Colombia o Chile, países que desde hace más de dos décadas conviven con bajos registros inflacionarios. Reconozcamos también que la multiplicidad de objetivos otrora introducidos tampoco resolvieron el problema, tanto como que la política monetaria instaurada bajo el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner tampoco impartía confianza.

El preservar el valor de la moneda resulta un objetivo loable. También podríamos catalogarlo como necesario, aunque no suficiente. Bajo un contexto de estabilidad monetaria también pueden surgir crisis, pues la estabilidad de los mercados genera entusiasmo en los agentes económicos. Pero también presenta excesos y riesgos.

Volviendo al proyecto, el preservar el valor de la moneda resulta un objetivo loable. También podríamos catalogarlo como necesario, aunque no suficiente. Bajo un contexto de estabilidad monetaria también pueden surgir crisis, pues la estabilidad de los mercados genera entusiasmo en los agentes económicos. Pero también presenta excesos y riesgos. La estabilidad, en definitiva, a menudo induce comportamientos especulativos, cuestión que terminó explicando una de las crisis financieras más agudas que evidenció la economía mundial. Es por ello por lo que, tras la crisis financiera global (CFG) de 2008 los bancos centrales reconocieron tal peligro, incluyendo la estabilidad financiera como parte de su mandato.

El mencionado episodio llevó también al Fondo Monetario Internacional a reconocer la necesidad de reconsiderar su política de apertura de la cuenta de capital, cambio respaldado por un documento surgido del staff de la entidad en 2012. No solo se rehabilitaron los controles de capitales, también se listaron una serie de medidas macro-prudenciales tendientes a evitar la formación de burbujas en los mercados financieros domésticos, con especial énfasis en el inmobiliario. Más importante aún fue el cambio de paradigma que reconoce la academia. En una serie de trabajos, muchos de ellos producidos por economistas del Fondo, se reconsidera el modelo de economía abierta (modelo Mundell-Fleming). Estos aportes destacan el rol preponderante del dólar y la existencia de una profunda asimetría en el sistema financiero internacional; en definitiva, el poder existe e incide en la toma de decisiones. También se vuelve a discutir la posibilidad de seguir haciendo política monetaria en un contexto global donde las acciones de los inversores se rigen por las decisiones de la Reserva Federal de EE.UU. (FED). En definitiva, el nuevo contexto viene a reconsiderar el reconocido “trilema monetario” que caracterizó la discusión académica por décadas: aun en un contexto de tipo de cambio flexible, resulta imposible pensar en un banco central que fije sus políticas de manera autónoma.

La propuesta elevada por el Ejecutivo también destaca la necesidad de profundizar la liberalización del sistema financiero, abriendo las puertas a un mayor protagonismo de las entidades financieras no bancarias (bancarización virtual) tanto como a la propagación de las criptomonedas –en particular, las denominadas “estables”. Este tipo de actitud refleja la postura liberalizadora adoptada por el gobierno de Donald Trump, medidas que resultan fuertemente cuestionadas por amplios sectores de la academia por la inestabilidad inherente que conlleva estos instrumentos.

Banco Central de la República Argentina.

Bregar por la estabilidad financiera resulta extremadamente importante, tanto como preservar el valor de la moneda. Más en un contexto como el local, donde, de forma recurrente, los vaivenes de los mercados financieros internacionales terminaron afectando la estabilidad macroeconómica, disparando crisis cambiarias, de balance de pagos y bancarias. La entrada masiva de capitales induce burbujas y a la apreciación del tipo de cambio: fenómeno que afecta a vastos sectores productivos competitivos, lleva al cierre de empresas y destrucción de empleo, al tiempo que fomenta un exceso de consumo suntuario en sectores acomodados (“dólar turismo”). Pero tan fácil como llegan los flujos, pueden retirarse y las crisis se suceden. No es necesario seguir con la descripción: la historia argentina reciente posee suficiente poder explicativo.

En definitiva, una nueva carta orgánica debería incluir la estabilidad monetaria pero también reconocer la estabilidad financiera. Y, también resultar receptiva a los nuevos desafíos que enfrentan las autoridades monetarias en el momento actual. Entre otros, destaca la cuestión climática. A excepción de la FED, entidad donde tras la llegada de Trump reina el negacionismo, el resto de los bancos centrales vienen reconociendo el peligro que entraña la emergencia climática para el sistema financiero, tanto en lo que hace a la estabilidad monetaria como la financiera. Se plantea la necesidad tomar de decisiones políticas tendientes a reducir los efectos inflacionarios que puede originar la mencionada crisis (basta pensar el efecto que los eventos extremos tienen sobre los alimentos o las guerras sobre el sector energético). También se destaca minimizar los riesgos asociados a la adaptación como aquellos vinculados a la transición, pues ambos podrían afectar las hojas de balance de los bancos. En definitiva, la estabilidad del sistema financiero.

Bregar por la estabilidad financiera resulta extremadamente importante, tanto como preservar el valor de la moneda. Más en un contexto como el local, donde, de forma recurrente, los vaivenes de los mercados financieros internacionales terminaron afectando la estabilidad macroeconómica, disparando crisis cambiarias, de balance de pagos y bancarias.

Un último aspecto por destacar es la búsqueda de la independencia, diseñada para blindar a las autoridades monetarias ante los caprichos del poder. Aunque ello puede resultar conveniente, no deja de llamar la atención el mensaje de apoyo a Santiago Bausili cuando éste desde hace años mantiene una relación profesional con el ministro de economía. Todos hacen la “vista gorda”, pues el blindaje intenta instaurar un esquema de economía dual donde el BCRA garantice preservar el valor de la moneda – desatendiendo, a priori, los problemas asociados al manejo de la deuda externa (privada y pública) y de los riesgos financieros que dicho endeudamiento conlleva.

Basta recordar el pasado reciente para mencionar que tal disociación no existe. O la postura del Gobierno por limitar el rol legislativo en la discusión de la toma de deuda externa, el Decreto de Necesidad y Urgencia que introdujo el Ejecutivo para exceptuar la aplicación de la llamada “Ley Guzmán”; o el rol que termina asumiendo el Estado toda vez que irrumpe una crisis –tal como ocurrió en 2018. En definitiva, la reforma de la carta orgánica debería reconocer tanto de los errores del pasado como de los desafíos que se avecinan en un futuro no tan lejano.